• elmundoenpalabras

Y al final... el sueño


Hace unos días escribí un artículo sobre la somnifobia. Investigando para redactarlo pensé que, con toda probabilidad, este debe ser el más terrible de los miedos debido a la imposibilidad de evitar algo que es tan vital como comer o beber agua. Aficionada como soy a los relatos de terror psicológico no pude resistirme a la tentación de tratar de ponerme en la piel de alguien que padece esta inquietante fobia en su máximo grado de expresión. No es fácil describir algo que, por suerte, jamás he experimentado. Sin embargo, he vivido muchas otras cosas también terribles y de alguna manera he tratado de conjugarlas. Espero haber sido lo más fiel posible y haberme aproximado al sentir de alguien con este terrible padecimiento.


Cinco gotas de color azul intenso y sabor amargo. Esa especie de veneno adormecedor es lo que separa mi vigilia de la pesadilla que habita constantemente detrás de mis párpados, o al menos eso dicen convencidos quienes no han sentido jamás lo que yo he sentido: el más estremecedor espanto al cruzar el umbral de la puerta que me conduce al sueño. Una puerta oscura que noche tras noche temo abrir. Simplemente tengo miedo de quedarme dormido.


Ya me las he tomado, cinco, a la hora que me han dicho que debo tomarlas, sin embargo, vuelve a aproximarse la noche a toda prisa y el cielo, azul hasta hacía unos instantes, se torna gris oscuro con una velocidad que no puedo sostener entre mis dedos, se escurre la luz del atardecer agonizante y es vencido por la negrura. Siempre es ella quien se yergue victoriosa, cada día, en un eterno bucle imposible de detener. Ya empiezo a notar como me sudan las manos, trato de entretenerme mirando estupideces en las redes sociales, pero todas las imágenes que veo me hacen sentir un desagradable dejá vu, la angustiosa sensación de que este instante lo he vivido antes, el anochecer del día anterior, y del otro anterior, y que todos han terminado en noches interminables y destructivas. Los chistes, las fotografías, las frases de autoayuda… es todo tan perturbador y grotesco que comienzo a odiar a todos los que las han colgado, hubiera golpeado la pantalla de haber servido de algo más que para romper mi portátil. Las sonrisas de las fotografías en mi pantalla son caricaturescas, las letras no se están quietas: algunas son extremadamente grandes y otras se han vuelto diminutas, y los colores se mezclan entre sí bajo mi mareada perspectiva, cargada de angustia.

Los objetos de la mesa se desdibujan cada vez más a medida que oscurece, no parecen los mismos de hace un rato, ya no tienen sombra ni color, solo un contorno que amenaza con desaparecer, con ser engullido por el velo oscuro de la noche en cuestión de minutos. Desde que el sol expire detrás de la montaña se volverán amenazantes nuevamente, entrará el viento helado de la noche a romperles el alma: la pequeña libreta con mis ininteligibles garabatos, el lapicero y el flexo. Han estado ahí durante meses, inertes, pero se conjugan con el anochecer y forman parte de un ritual diario, de un todo que se alía en mi contra: el toque de queda de mi tranquilidad. Cada atardecer, la sola idea de que debo irme a dormir comienza a producirme dolor de cabeza y ansiedad que, generalmente, acababa por descontrolarme, sumergiéndome en mundos que no existen gobernados por emociones corrosivas.


Poner la cabeza en la almohada, apagar la tele y la luz, acallar los murmullos externos. Esos consejos me ha dado mi psiquiatra, sin embargo, eso solo aumenta el volumen del rumor de mis demonios internos, de los que vagan espectrales dentro de mis oídos, que se vuelven sordos cada noche para todo excepto para sus voces. Me susurran cosas terribles, son diabólicos, me dicen que no pertenezco al mundo de los que están despiertos. Me insinúan que si cierro los ojos no voy a poder a volver a abrirlos. Espantado los abro, les hago caso, les creo, a pesar de que las personas que nunca han sentido lo que yo siento me dicen que no son reales, que no debo prestarles atención. Que eso no ocurrirá. Pero un día va a ser cierto.

El cansancio me vence, ayer solo dormí tres horas, he pasado todo el día con náuseas y con la cabeza sumida en un pesado aturdimiento, el sonido me llegaba esta mañana como si fuera producido dentro del agua y la luz del sol me cegaba y hacía que me llorasen los ojos a pesar de que el día estaba nublado. Me costaba concentrarme leyendo el periódico y las cuestiones más sencillas me parecían complejos laberintos de los que no podía salir a pesar de saber a ciencia cierta que eran temas simples: qué debía comprar en el súper para el almuerzo o poner la lavadora, el aturdimiento me impedía hacerlo de manera desenvuelta. He sentido un leve frío durante todo el día a pesar de que el verano comienza a volverse tórrido a estas alturas.


Ya no puedo luchar contra el cansancio, solo soy capaz de rendirme y que el sueño me mate si así debe ser. Apoyo la cabeza en la almohada, que huele al sudor de noches anteriores. Oigo deliciosas risitas burlescas junto a mi oído -cierra los ojos, ven aquí- ríen divertidas. Son inofensivas. En el duermevela comienzo a ver a seres de luz, cándidos y hermosos, con túnicas transparentes que flotan ingrávidas en mi imaginación. Intuyo sus senos redondos bajo las telas que dejan entrever la belleza de sus siluetas. Sus voces parecen dulces y traviesas. Me invitan a formar parte de su juego sensual. Me aproximo, aliviado, puede que esta noche sea diferente y consiga dormir hasta el amanecer al menos y seguir con vida, un día más en esta lucha que algún día perderé. Mis seres de luz se asustan de repente, el espanto se refleja en sus pupilas, me miran aterrorizados. La ingenuidad de sus miradas se ha vuelto miedo. Sé que pueden verme realmente, sé que no me ven con mi envoltorio externo, sino me ven cómo soy en realidad. Pero yo me miro y no veo nada absolutamente, soy invisible a mis ojos. Un frío intenso me recorre desde los pies hasta la cabeza.

Me despierto, sudoroso, apenas ha pasado media hora desde que me dormí. Son las 12:50 ¿Qué verían aquellos seres mientras me miraban presa del espanto? No puedo evitar levantarme a toda prisa de la cama y mirarme en el espejo del baño. Tengo el rostro lívido y sudoroso, oscuras ojeras y gesto cansado. Pero no consigo ver en el espejo otra cosa que eso, mi propia cara envejecida por la falta de descanso. Arrugas profundas alrededor de mi boca, como quien ha mantenido durante demasiados años una mueca de disgusto. El pelo escaso mal peinado y una especie de bruma que vuelve vidriosos mis ojos.


- Si duermes, mueres. Algún día eso pasará.

- Soy un niño, los niños no mueren, ¿verdad?

- Los niños también mueren.


Yo iba a la iglesia con mi madre los domingos y veía las hermosas estatuas de ángeles desnudos y regordetes, blancos, con ojos inexpresivos, sin pupilas. Todos tenían el pelo rizado, como yo. Estaban inquietantemente inmóviles y fríos.


- Mamá, ¿son niños muertos?

- No cariño. Son seres creados por Dios para cuidarnos.

No la creía. Mi abuela me había dicho que los niños morían también. Y lo había expresado con mayor convencimiento que mi madre lo de los ángeles.


El sueño volvía a por mí, me sujetaba de la mano como una tenaza de hierro, me llevaba a la cama. Me decía, con demoníaca voz de terciopelo, a ratos masculina y a ratos femenina, que no había otra opción, que si no dormía moriría mañana al volante, o terminaría por enloquecer y confundir el sueño con la realidad: los monstruos que estaban atrapados en mis narcosis pasarían al mundo de la vigilia y ya no sería capaz de diferenciar una de otra. Si no dormía traspasaría una frontera sin retorno y sin posibilidad de intuir adónde me llevaría, pero sabía que el camino era solo de perdición, solo de infierno. Mientras tomaba su mano sin poder hacer otra cosa, oía una letanía lejana y sentía que desfallecía, que mis músculos ya no me respondían, percibía que volvía a caer en el sopor que me apresaba, intenté presentar batalla aunque no podía más a pesar de que no me podía permitir el lujo de dormirme. Sentía pavor, ni siquiera era capaz de respirar con normalidad. Sufrí una terrible náusea y al vomitar en el suelo, el leve dolor de cabeza que tenía se volvió absolutamente punzante. Si no descansaba me iban a reventar las sienes. Intenté limpiar el desastre pero empezaba a ver borroso todo a mi alrededor, el palo de la fregona pesaba terriblemente y yo estaba exhausto.

No sé en qué momento caí dormido de nuevo, desconozco el instante en el que descansé de verdad, pues esta vez fue la definitiva, lo supe desde que cerré los ojos y sentí que mis brazos se aflojaron y se entregaron a algo más poderoso que yo y que nada que hubiera sentido antes. No desperté más. No era un niño. Era un anciano, sin embargo, había vivido desde que era un pequeño con el terrible temor a quedarme dormido cada noche. El terror a no volver a amanecer y el miedo a la locura me habían atenazado toda la vida. Y a fe mía que enloquecí, enloquecí de dolor cada atardecer, enloquecí de miedo todas y cada una de mis noches. Ningún sueño pude hacer realidad porque el pánico me paralizó cada día, viví sumido en el sopor del cansancio. No fui nada, solo un hombre asustado sin remedio. Una sola frase de mi abuela arruinó toda mi vida, fui un náufrago sujeto a una tabla compuesta de silencio. Jamás fui capaz de delatarla en ninguna de mis sesiones con el psicólogo pues solo la recordé la tarde previa a mi muerte.



300 vistas4 comentarios

¡SÍGUEME! 

  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon

©2018 by  Arima Rodríguez

Esta página utiliza cookies y otras tecnologías para que podamos mejorar su experiencia en nuestros sitios