Una cura para el alma

Actualizado: may 19


Quería salvarle la vida, pero los humanos no tenemos fuerzas suficientes para eso. Lo encontré entre las flores de mi jardín, débil, sin poderse mover apenas. Lo recogí del suelo, tenía los minúsculos ojos cerrados mientras se debatía entre la vida y la muerte en la palma de mi mano, donde terminó por fallecer. Al menos no fue en el suelo frío y húmedo, al menos no fue comido por los bichos, al menos murió con alguien arropándole y llorando. No sé si eso sirve de algo. Me gustaría pensar que en el último suspiro de su vidita pequeña eso le reconfortó. Lloré de absoluta impotencia y cuando ya no pude sostenerlo más en mi mano le di la sepultura más digna que pude en aquel momento y traté de olvidarlo. Sin embargo, no fui el mismo a partir de ese día. Cada vez que algo me preocupaba sentía su cuerpecito tembloroso en mi mano y volvía a sentir la rígida quietud que siguió al sufrimiento de sus minutos finales y su exhalación definitiva. Nunca sabré qué le mató, ni qué me llevó a mí a aquel lugar para tratar de confortar sus últimos momentos de vida.


Con el paso de los días el recuerdo de aquellos instantes se fue distorsionando, desdibujando como una acuarela abandonada a la intemperie a la que le llueve encima, se diluyeron los colores de mi recuerdo y se mezclaron entre sí desordenadamente, sin darme la oportunidad de reorganizarlos con lógica. Una semana después no podía apenas mirarme la palma de la mano sin ver en ella un cadáver en blanco y negro descompuesto. Comencé a lavarme las manos compulsivamente, pero eso no me ayudaba a limpiar la imagen que se iba formando detrás de mis retinas ni a eliminar el olor nauseabundo que sentía cada vez que las acercaba a mi cara, solo conseguí hacerme daño en la piel entre los dedos. En ocasiones me lavaba tanto las manos y me las secaba con tanta furia que llegaban a sangrarme, pero no hay nada que realmente sirva para limpiar un recuerdo que se mancha con el paso de los días y que luzca como una fotografía antigua que se vuelve grotesca.


Me desconcertaba lo que me estaba ocurriendo, no sabía cómo solucionarlo ni por qué me estaba sucediendo, pero aquello iba a peor rápidamente. Días después, durante unos instantes vi mi propia mano comenzando a descomponerse y sentí miedo de que aquello avanzara a una velocidad descontrolada y acabara conmigo. Aunque era solamente una de las manos la que se iba pudriendo sentía la imperiosa necesidad de lavarme ambas, como si la otra fuera cómplice o testigo, como si ambas hubieran obrado juntas un acto que se escapaba de mi control. De alguna manera estaba mermando mi cordura. Comenzó a producirme pavor mirarme la mano. Caminaba por la calle con ella escondida en el bolsillo o estiraba la manga del jersey para que nadie, ni yo mismo, pudiera verla. Sin embargo, es difícil ocultar de tus propios ojos algo que utilizas tanto como una mano, aunque fuera la izquierda.


Fui al jardín en busca de la cajita donde lo había enterrado. Era una pequeña cajita blanca de flores rojas y marrones que había rellenado con algodón para depositar el pequeño cuerpecito sin vida, no sé por qué pensé en aquel momento de desolación que algo muerto precisara comodidad. Rebusqué en la tierra frenéticamente, era una necesidad encontrarlo cuanto antes. Tenía las manos vendadas y llenas de heridas, pero el tiempo apremiaba. A medida que escarbaba me hacía aún más daño en las lesiones, la sangre y la tierra manchaban las vendas blancas, pero de algún modo sabía que tenía que encontrar aquella caja y abrirla si quería resolver lo que me estaba sucediendo.


Al fin la encontré, sucia, llena de tierra y de pequeños insectos que salieron volando en cuanto la cogí. El corazón me palpitaba a toda prisa como queriendo salirse de mi pecho mientras mi mano temblorosa y sangrante retiraba la tapa despacio. Rápidamente, algo revoloteó dentro de la caja, algo se movió. Cuando abrí la caja por completo vi sus alas hermosas amarillas y azules desplegarse y salir de su encierro de semanas de oscura sepultura volando, con gracilidad, alegremente, como si nada nunca le hubiera dañado. Su imagen se perdió entre las copas verdes de los árboles, entres las nubes blancas algodonosas y el azul del cielo claro del mediodía. No pude seguirle con la mirada porque me lo impedía el destello de la luz del sol, pero podía escuchar el trino alegre y el revoloteo de las alas batiéndose en la brisa suave.


A partir de aquel día se me fueron curando las manos, ya no necesitaba lavármelas obsesivamente, fui olvidando el aroma repulsivo a muerte y se fue desdibujando el recuerdo siniestro del óbito en la palma de mi mano. La pequeña cajita blanca que alguna vez albergó muerte fue enterrada de nuevo en el jardín, pero esta vez vacía. Semanas más tarde caí en la cuenta de algo que en aquel momento me había pasado inadvertido: el algodón que había puesto dentro estaba impoluto, de un blanco inmaculado. Lo que quiera que alguna vez estuvo allí dentro estaba ahora en otro lugar más luminoso.


Ahora recuerdo todo aquello, aquellos días de pesadilla, como un tránsito de locura necesaria, miles de cajas habría de abrir en un futuro, cajas blancas con flores marrones y rojas. Muchas cosas que habían expirado pude liberar más adelante y mis manos, herramientas mudas de aquellas vivencias, fueron destapando sin parar una caja tras otra. De algunas salían cosas oscuras, de otras, fantasmas siniestros, pero de la mayoría salían alas brillantes que volvían a perderse una y otra vez en el cielo radiante. Sólo tengo que mirar las palmas de mis manos durante unos instantes para averiguar si hay algún sello que deban romper. Sin embargo, en el fondo siento que algo se me escapa, sigue habiendo algo que no consigo entender y a veces sueño con aquella imagen de mi mano cadavérica y siento la necesidad de esconderla durante algunas horas hasta que el bullicio cotidiano, que todo lo engulle, me hace olvidarlo hasta la siguiente pesadilla.




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©2018 by  Arima Rodríguez

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