Trozos de espejo



La luna, nítida y resplandeciente, acaricia la quieta superficie del agua y le regala una blanca estela de luz que permanece inmóvil, flotando, tal es la calma que esta serena noche ofrece a mi secreta playa de arena blanca, mi marea de aguas tibias que parece arropar con blandos brazos a quien penetre en su interior.


En su orilla es necesario despojarse de todo aquello que pese en la memoria y en el alma para entrar ligero a sus aguas, casi podría sentirse que las tenues olas ofrecen la posibilidad de comenzar desde cero una nueva etapa de la vida. Sin embargo, es acto obligado recoger al salir del resguardo de sus aguas todo aquello que se abandonó en la orilla. El mar es solo un oasis temporal donde aprender o donde descansar.


Con suma lentitud, comienzo a quitarme la ropa, intento dilatar el momento previo de meterme en el agua. Quiero saborear la liberación de despojarme de toda idea y recuerdo que pesa en mi cabeza. Me dirijo hacia la quieta orilla y poco a poco voy rompiendo la estela de luz con las turbulencias que mi cuerpo origina. La sensación es tan sumamente agradable y reconfortante que siento como si liberara la carga que durante milenios he llevado sobre mis hombros.


Mis sentidos, que se encontraban alerta hasta hace unos instantes, comienzan a adormecerse con lentitud y a caer en una cómoda penumbra que me ofrece descanso. Mi tacto queda anulado con la suave tibieza del agua. Me recuesto hacia atrás y mis músculos empiezan a relajarse con placidez, no necesitan ya tensarse, no siento ni tan siquiera mi propio peso dentro de la acogedora ingravidez del mar. Introduzco mis oídos en el agua para dejar de escuchar el suave murmullo que proviene de la brisa y suprimo por completo mi sentido del oído. Mis párpados se cierran, la escasa luz de la noche es incapaz de atravesarlos. Con este gesto termino de aislarme de cuanto me rodea. No siento nada, no oigo, no veo.


Ahora puedo concentrarme en escuchar y ver mi interior, podré estar a solas con mi propia persona sin un estímulo externo que me distraiga; mis ojos, mis oídos y mi piel se agudizan en un último intento de percibir algún pulso, captar cualquier sonido, cualquier roce, pero incapaces de ello, se adormecen y se relajan, dejan de funcionar.


Ya estoy a solas, mis recuerdos han quedado en la orilla junto con mi ropa. Ahora puedo escarbar en lo más profundo de mi mente, sacar aquello que se encuentra escondido hacia la superficie. Ya he liberado, entre las aguas, las cavernas de mi cabeza para que pueda aflorar aquello que el prudente centinela ha tenido oculto durante todo este tiempo.

Una visión comienza a tomar forma: camino confusa por una habitación llena de espejos, pero no quiero mirarlos porque tengo miedo de lo que voy a encontrar en ellos, así que ando a tientas para buscar una salida con los ojos clavados en el suelo. El agobio comienza a aumentar de manera alarmante, el silencio de la sala ensordece mis oídos. Un deseo irresistible, casi indomable, de alzar la vista hacia los espejos entra en lucha con mi miedo. Los toco con las manos en busca de una salida a esta desesperante situación. La contienda de mi cabeza me impide pensar con claridad, me nubla la mente y me hace jadear y sudar, llevándome hacia el abismo del agotamiento. Al fin, la intensa lucha que durante horas o días, no sabría decir su duración, se ha debatido en mi interior, acaba. Mi curiosidad vence a mi miedo y, con una angustia que me acelera el pulso hasta casi hacerme estallar las venas, alzo la mirada con inmenso pavor. Cada milésima de segundo que tardo en elevar la vista es como un martilleo que retumba por mi cuerpo y lo hace temblar de sobrecogedor y asesino terror.


Por fin, mi mirada encuentra su reflejo en el espejo, veo mi imagen. Se me hiela la sangre y el corazón deja de latir por unos instantes. El horror inunda mi cuerpo y un ahogado grito consigue salir de mi atorada garganta. La imagen que el espejo me devuelve no soy yo. La persona del espejo es alguien ajeno a mí, nunca la había visto.


Siento una incontrolable impotencia: no puedo demostrar a nadie, ni tan siquiera a mí misma, que esa no es mi verdadera identidad. A la impotencia de quien se siente preso de por vida sabiendo su inocencia, le suceden la ira y el rencor hacia aquello que se ha llevado mi reflejo. Lo robó en algún momento de mi vida y lo hizo añicos. Cada uno de los trozos debió disolverse en el aire, fundirse con el viento, hacerse invisible e inalcanzable y dejar, por tanto, de existir.


Solo me resta resignarme, triste, a vivir con mi reflejo actual, el que no es mío. Pero aún conservo, en ocasiones, la posibilidad de cerrar los párpados y pensar en cómo soy en realidad gracias al mar.


Ahora abro los ojos y miro hacia la profundidad de la noche, regreso así a la quietud de mi playa en calma. Me incorporo y comienzo a salir del ensueño que el agua me ha ofrecido. Mis pasos se dirigen ahora hacia la orilla, mi mirada huye de la superficie del agua porque quiero que durante un rato más, la última imagen que vi en mi interior permanezca en mis retinas. Necesito que mi verdadero rostro perdure en mi memoria antes de que la vida cotidiana vuelva a diluirlo entre sus manos.


Cuando la imagen de mi faz se estropee volveré al mar a recuperarla.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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