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Tras las cinco puertas de colores


Estoy en el centro de un enorme salón decorado en dorado y blanco. Colosal y desierto, conmigo como única espectadora de su brillante suelo pulido formado por dibujos geométricos en ocre y beige. Observo con atención sus lámparas áureas salpicadas de lágrimas que lanzan destellos en todas direcciones, creando diminutos arcoíris en el más inesperado rincón. Hay enormes ventanales desde los que se ve un bosque otoñal por los que la luz entra a raudales. No hay ni un solo mueble. Estoy sola y perdida en mitad de toda esa belleza antigua.


En una de las paredes del salón hay innumerables puertas y no sé por qué, pero pienso que van a conducirme cada una a una realidad alternativa. Debo abrirlas antes de que anochezca, tampoco sé bien el motivo, solo sé que tengo que cruzarlas y ver qué hay al otro lado, siento que al caer el sol se disolverán todas. Cada una de las puertas tiene un tamaño y una forma diferente, no concuerda su diseño vanguardista con el victoriano salón en el que estoy. Parecen haber sido insertadas en otra época, por otra persona, con otro objetivo.


La primera es marrón y no es rectangular, forma un romboide asimétrico. Al abrirla siento un terrible aire frío. Al otro lado hay un pasillo ascendente de color amarillo intenso, el suelo y el techo son también amarillos, no veo el final debido al desnivel. La puerta se cierra bruscamente a mis espaldas, ya no hay retorno hasta que no haya visto lo que hay al otro lado del pasillo. Oigo un violín tocado con maestría pero sin sentimiento, como si estuviera en manos de un perfecto autómata. Asciendo y llego a un antiguo teatro donde un extraño y siniestro hombre de cabello largo interpreta una pieza. Todos parecen fascinados. Es cautivador, hipnótico, incluso yo entro en una especie de somnolencia agradable que quiere arrastrarme a algún lugar que a priori parece mejor. Nadie es capaz de reaccionar subyugados por el embrujo de su música. Junto al violinista, una extraña sombra parece guiarle los dedos como si fuera una marioneta. La misma pieza es interpretada una y otra vez. Cada uno de los espectadores va transformando su mirada perdida en vidrio apagado. Van muriendo por dentro al compás de las notas diabólicas. Han pasado de la locura a la muerte. Cuando todos y cada uno han sucumbido, la sombra me mira y yo, asustada, huyo pasillo atrás. Vuelvo al salón. No sé qué acabo de ver allí, pero no quiero formar parte de aquella muerte sin sentirla.


El tiempo apremia. La siguiente puerta es absolutamente cuadrada. En esta ocasión el pasillo es recto y negro. Sólo unas luces tenues fluorescentes de colores llamativos dispersas por el pasillo me permiten ver por dónde voy. Al otro lado hay un ático enorme de paredes de ladrillos marrones, a través de las ventanas se ven las azoteas de los muchos edificios de la ciudad, parecen no tener fin. En mitad de la estancia hay un pintor con un lienzo descomunal frente a él. Tiene la ropa manchada de pintura y el ceño fruncido. Me aproximo para ver su obra, sin embargo, no se percata de que estoy allí. Miro el lienzo. Soy yo. Ha hecho un retrato expresionista de mí, aún así me reconozco en él perfectamente. Nunca había visto nada tan parecido a mí. Las líneas distorsionadas y los colores irreales me representan. El cielo curvo sobre el que estoy pintada es el cielo que veo a diario, las nubes deformadas y el sol oblicuo son iguales que los que veo desde mi ventana al amanecer. Mi rostro gris y el rosa, mi boca descomunal y los ojos cerrados mientras sostengo la negrura entre mis manos de dedos largos me delatan. El pintor se ofusca con su obra, algo no le gusta, muy enfadado y con una gruesa brocha, comienza a pintar trazos negros hasta cubrirla. Me marcho asustada, temo desaparecer yo también bajo la pintura negra.


Vuelvo al salón sin aliento y miro hacia la tercera puerta. Redonda y roja. El murmullo de un viento que no sé por donde entra juega con mi cabello, está helado. El siguiente pasillo es rojo intenso, brillante y agresivo. Se curva extrañamente hacia abajo, así que debo agarrarme a la pared para no caer rodando. Cuando llego al final veo la bella imagen de una delgada y lánguida bailarina, que vestida de blanco interpreta una delicada pieza en torno a un hombre inmóvil, que solamente mueve los brazos de vez en cuando para sujetar las manos de la bailarina. La frágil danza es lenta al principio, pero cada vez se acelera más. Llega el momento en que sus movimientos son inhumanos. Sus flexibles miembros llegan casi a retorcerse. De repente, la bailarina se quiebra como si fuera cristal, los pedazos saltan en todas direcciones produciendo cortes en el hombre. Mana sangre de su rostro y brazos, pero él no aparenta inmutarse. Para él, parece que nada hubiera ocurrido. Aquella escena me aterra y regreso corriendo al salón.


Va cayendo la tarde y aún me quedan algunas puertas. Junto a la roja hay una de color gris, rectangular, normal. La atravieso pero esta vez no hay pasillo. He llegado a un páramo sin colores, la escasa hierba, el suelo terroso y el cielo nublado son todos de distintas tonalidades de gris. No hay una sola mota de color en ningún lado. Hasta mi ropa se ha vuelto plomiza. Hay un hombre en mitad del terreno yermo con un equipo fotográfico. Un trípode sostiene una gran cámara de fotos profesional. Realiza toma tras toma, sin moverse, todas iguales. Me aproximo intrigada. Fotografía un enorme buitre muerto, descompuesto ya, lleno de gusanos blanquecinos que producen un sonido repulsivo. Retrocedo asqueada, pero tropiezo con una piedra y caigo al suelo. El fotógrafo se gira y toma varias fotografías mías, pero pronto vuelve a su postura inicial y prosigue fotografiando la descomposición del buitre. Formo parte de la secuencia de fotos tétricas.


En el salón, el sol ya no se encuentra en lo alto, va avanzando a una velocidad anormal, las horas transcurren con una rapidez inusualmente alta. Observo la siguiente puerta, es un triángulo verde claro. Cuando la abro me sorprende que el pasillo no sea también triangular, ni verde. Es un corredor blanco con hermosas molduras finamente decoradas y acaba en un arco de medio punto que hace de umbral a una gigantesca y fascinante biblioteca antigua, de madera, con varias plantas. La propia balaustrada que acompaña a los pisos superiores es ya en sí misma una obra de arte. Siempre he adorado las bibliotecas, en cada uno de los libros se abre un universo absolutamente nuevo, las posibilidades son infinitas. La mesa central antiquísima, oscura, de nogal, está restaurada y brilla. El sillón de terciopelo marrón, mullido y añejo parece invitarme a que me siente en él. Podría pasar días enteros allí confinada, leyendo y atravesando la puerta hacia nuevas realidades, sin querer ver la mía. Los libros están encuadernados con extrema exquisitez, sin embargo, y a pesar de que cada uno es diferente del otro, me doy cuenta de que son el mismo libro. El título de todos es idéntico: La divina comedia. Subo a la planta alta y miro el lomo de los demás ejemplares. También son diferentes ediciones de la misma obra. Corro de un lado a otro buscando alguno diferente, pero no lo encuentro.


Cuando regreso al salón ya el sol ha caído. Apenas entran ya los últimos rayos agonizantes por las ventanas de un día que muere. He corrido con suerte pues al cerrar la puerta verde todas comienzan a disolverse hasta desaparecer. No parece que en aquella pared haya existido jamás puerta alguna. El sol se ha marchado, y con él, todas mis posibilidades de salir de allí. Sin embargo, mi destino no está en permanecer aprisionada y quieta a la espera de que el futuro haga conmigo cuanto estime oportuno. Camino de espaldas con la mirada fija en el ventanal central y al poco siento mi espalda chocar contra la pared, cojo el mayor impulso que he cogido en mi vida y corro desesperada hacia la ventana. La he traspasado, he roto la cristalera, estoy llena de arañazos, de heridas y de sangre, pero he podido salir de allí. Ahora vago libremente entre los árboles marrones y dorados del otoño, son maravillosos, altos. Las copas son mecidas por la deliciosa brisa fresca que anuncia un aguacero, y bajo sus ramas lo espero con todas mis ganas. Nunca me había gustado la lluvia hasta ahora, que la deseo con ansias.


Falleció el público del violinista que absorto escuchaba una y otra vez la diabólica pieza, la bailarina de cristal que danzaba más allá de sus posibilidades y el buitre, que solo parecía resultar interesante tras su muerte. El retrato de mi yo alterado fue destrozado y todas las obras de la biblioteca quedaron reducidas a una sola, pero yo estoy libre, sin bagaje, y poco a poco empezaré a sepultar en el olvido todo lo que vi allí dentro. Ya no lo necesito ni lo quiero. Lo entregaré a los relatos que escribo, donde puedan tener algo de valor para alguien, y podré leerlos desde fuera, desde una perspectiva diferente, con otro sentir y con otro precio.



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