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SIEMPRE TUYA. HABITACIÓN 137



Lunes, 5 de marzo de 1934.


Querida Hilda:


La última vez que hablamos te prometí que te escribiría según estuviera instalada. Me alojo en la habitación 137 del Hotel Caronte, en la Rue Saint-Honoré, una de las calles más famosas y largas de París. Probablemente pase aquí una buena temporada, después de haberme separado de Emile en tan terribles circunstancias lo que menos me apetece es regresar a casa de mis padres, con sus preguntas imposibles de responder. ¿Cómo voy a contarles lo que pasó entre nosotros? Emile siempre contó con la aprobación inmediata de ellos, no creerían sus infidelidades y su adicción al juego. Aquella gran fortuna que prometió a sus suegros para su única hija, aquella vida acomodada que garantizó que yo tendría, aquella felicidad desmedida… aquellas promesas de ensueño se quedaron en nada. Supongo que poco faltará para su quiebra: las pérdidas continuas en sus millonarias apuestas tienen que haberle dejado sin blanca. Antes de que me fuera tuvo a bien darme una cantidad de dinero suficiente para vivir una temporada de forma despreocupada. Quizás, de alguna manera, en su infinita arrogancia, reconoció que él era el culpable de las terribles discusiones que día a día fueron marchitando nuestro amor hasta convertirlo en una hoja seca que se llevó el viento cuando cerré por última vez la puerta de la casa. A través de una ventana observó cómo me marchaba, vio cómo veinte años de amor cabían en unas maletas y cómo me subía al coche con la intención de no regresar jamás.


Sé que ahora que acabas de tener a tu bebé no podrás desplazarte a París con facilidad para visitarme, sin embargo, nada me haría más ilusión que verles. Yo por lo pronto no puedo moverme de aquí, tengo que estar pendiente de mi abogado para tramitar el divorcio y padezco problemas de salud que me impedirían viajar. Me han abandonado las fuerzas, mi querida Hilda. Ahora lo pienso y maldigo a Emile por negarme la posibilidad de ser madre como tú, jamás quiso un hijo, ni siquiera supe nunca por qué, era un tema que no nos permitíamos hablar abiertamente. Ahora ya soy demasiado mayor para tenerlo, ya no hay remedio. ¡Qué envidia siento imaginándote con tu pequeña en brazos! Deseo que todo te vaya muy bien, sé que serás la mejor madre: siempre risueña, feliz y dulce.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Miércoles, 13 de marzo de 1934.


Querida Hilda:


¡Cuánto me gustaría que vieras este antiquísimo hotel, es soberbio! Hermosas lámparas de lágrimas transparentes decoran el antiguo y lujoso hall lanzando destellos de luz en todas direcciones, el tapizado de los sillones en terciopelo está tan cuidado que parece que por él no hubieran pasado los años. Todo son comodidades y atenciones. La señora Laveau, la gerente del hotel, se esmera para que todos nos sintamos como en casa. Las habitaciones son amplias, impecables y con un mobiliario exquisito. Hasta el terrible recepcionista, Harold, que parece sacado de una historia de terror con ese ojo blanquecino y esa sonrisa necia, se muestra amable y servicial, aunque tengo la inquietante impresión de que me mira de manera diferente a los demás.


Intentaré sociabilizar un poco con los demás huéspedes del hotel cuando olvide los últimos y terribles días vividos con Emile y se emborrone un poco el recuerdo del instante en que, absolutamente ebrio, confirmó mis sospechas sobre sus infidelidades. Aquí todos parecen educados y distinguidos. Cada jueves se organiza un baile en el hall, parece ser que bastante pomposo por lo que pude entender a Harold en su desesperante parquedad.


Me está resultando terriblemente difícil conciliar el sueño por las noches a pesar de las pastillas que me recetó el Dr. Archanbault. En mi duermevela nervioso oigo el crepitar de la madera antigua y susurros ininteligibles que parecen contar secretos inconfesables atrapados en el hotel, incluso a veces creo escuchar el rumor de pasos que corren por la moqueta del pasillo y que se paran justo frente a mi puerta. Si continúo así tendré que ir de nuevo al doctor, padezco de una terrible anemia y no puedo seguir sin descansar adecuadamente. Las noches en vela solo consiguen que me sienta aún más débil. A veces noto como si la vida me quisiera abandonar y yo me aferrara a ella con un frágil hálito de desesperación, con la tozudez de quién aún tiene algo importante por hacer.


Espero tu próxima carta con anhelo. Quiero que me sigas contando cosas de la pequeña Andréa, las gracias de un bebé pueden sanar cualquier herida del alma. La sonrisa de un niño ofrece la posibilidad a una madre de comenzar su vida desde cero y colmar de felicidad cada instante de su existencia olvidando a los fantasmas del pasado. ¡Deseo tanto conocerla y acunarla entre mis brazos! Creo que me curaría al instante de todos los dolores que alberga mi espíritu. La siento como parte de mí, sabes que siempre te he considerado mi hermana.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Sábado, 24 de marzo de 1934.


Querida Hilda:


Te voy a contar algo sumamente curioso que descubrí anoche. Cuando me hospedé en este hotel me fijé en el cajetín de las llaves, me impresionó lo lustroso que parecía pese a su diseño antiguo. Recuerdo perfectamente que marcaba 200 habitaciones, sin embargo, creo que hay 201. Anoche decidí deambular por los pasillos en espera de que el sueño viniera a mí, ya que cuando tengo insomnio me siento atrapada en la habitación, se me antoja un desdichado confinamiento a pesar de su belleza y comodidad. Sus paredes me hacen sentir opresión a medida que avanzan las eternas horas de la noche, como si se estrecharan poco a poco. En mi vagar nocturno observé que entre las habitaciones 139 y 140 hay una puerta sin número. ¿No te resulta muy extraño? Cuando le he preguntado a Harold por esa habitación se ha limitado a mirarme bobaliconamente con su único ojo sano y a decirme que en el hotel hay exactamente 200 habitaciones.


De todas maneras, no todo iba a ser negativo en estos días. Hoy he conocido a un caballero de lo más amable e intrigante, Jules Durand. Nuestra presentación ha sido bastante casual, se le cayeron unos manuscritos al suelo y yo me he agachado para ayudarle a recogerlos. Vi que la letra era elegante y firme y le pregunté si lo había escrito él. Nos caímos simpáticos y me invitó a sentarme a su mesa durante el almuerzo. Se aloja en este hotel porque es escritor y necesita inspiración para su nueva novela de suspense. Por lo que me ha explicado entre susurros, mientras miraba desconfiadamente alrededor, se ha informado a fondo sobre la historia del hotel y parece ser que este es el sitio idóneo para ello, ya que se rumorea que entre las paredes de este lugar se han producido extraños acontecimientos después de que se alojara una secta llamada “Vástagos de Balaam” casi a mediados de la década pasada. ¡Cuántas vidas se suceden por cada una de las habitaciones de un hotel! Todas ellas con su pasado, con su porvenir, con sus anhelos, ¿qué contarían las paredes si pudieran hablar? ¿Qué contará la habitación 137 cuando yo me vaya?… Según se cree, la maldad expelida en sus ritos quedó impregnada en la propia estructura del edificio volviendo locos a posteriores huéspedes que afirman haber visto ánimas en pena por los pasillos. Incluso se cuenta la historia de un hombre que tanto terror sintió aquí dentro que se ahorcó al llegar a su casa después de haberse hospedado una corta temporada en el hotel. No pudo sacar de su memoria las visiones que se le presentaron durante las noches y terminó perdiendo absolutamente la razón. No se conoce su identidad, pero se habla de un hombre apoderado que dejó talladas sus iniciales en la pared antes de irse durante un ataque de locura: E.L.


Le he preguntado al escritor que si no teme contagiarse de tan turbios efluvios y cómicamente me ha respondido que eso es justamente lo que desea, para así escribir su obra maestra. Él es de la opinión de que hay que transformarse en el protagonista si se quiere contar bien la historia. Parece que planea convertirse en un satanista o en su suicida. Tuve que apretar los labios para no reírme en aquel momento, de repente me pareció bastante pueril su actitud.

De todas maneras, a pesar de que sabes que soy muy escéptica con respecto a estos temas no sé por qué no le he contado a Jules -así ha insistido en que lo llame - lo de la habitación sin número. Tal vez soy yo la que está enloqueciendo por las emanaciones de aquella maldad que flota en el hotel de la que tan teatralmente habla mi nuevo amigo.


Iré a ver otra vez al Dr. Archanbault, sigo sin poder conciliar el sueño y comienzo a sentirme extremadamente cansada durante algunos momentos del día. Se ha apoderado de mí un desánimo inusual y una sensación de fatiga repentina que he achacado a la falta de descanso. Esta mañana, sin ir más lejos, cuando caminaba por el pasillo para ir a desayunar me ha parecido que las paredes se combaban y se me venían encima, como si quisieran atraparme. Apenas parpadeé se me pasó esa especie de alucinación, pero es que anoche casi no descansé, y los instantes en que me quedaba dormida me invadían pesadillas: se sucedían sin mucha cohesión escenas sangrientas y aterradoras, paredes salpicadas de sangre y unos cabellos rubios mojados que no conseguí ver en el sueño a quién pertenecían. Justo antes de despertarme se presentó ante mis ojos una terrible horca sin dueño que se balanceaba bruscamente en el aire hasta casi azotarme el rostro.


Querida amiga, creo que estoy viviendo los más duros momentos de mi vida, el divorcio y la enfermedad son una siniestra mezcla que temo que pueda acabar con mi cordura.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Viernes, 30 de marzo de 1934.


Querida Hilda:


¡Qué hermosa la fotografía de la pequeña Andréa que me has enviado! Reconozco tu mirada en sus vivos ojos inocentes y la sombra de tu sonrisa en el gesto de sus labios. Su piel de porcelana y sus cabellos claros me traen inmediatamente tu recuerdo. No te imaginas cuántas veces al día la contemplo. La he colocado en mi mesilla de noche, junto al conejito de peluche que le he comprado para cuando tenga la oportunidad de conocerla, así la tendré a la vista y podré pensar en la chiquitina sosteniendo los muñecos con sus minúsculas manitas, haciendo pucheros y cerrando sus dulces ojitos al dormirse. No puedo evitar acordarme de las muchas veces que le propuse a Emile ser padres y en las muchas veces que escuché mi propio corazón partirse ante su negativa.


Esta mañana he ido a ver al Dr. Archanbault, le he contado lo de mis alucinaciones y mis pesadillas, me ha dicho que la anemia, las amarguras sufridas con Emile y además habituarme a vivir en un lugar nuevo no es algo que se supere en dos o tres días. Me ha aumentado la medicación, así que espero comenzar a descansar mejor a partir de esta noche.


Anoche viví de nuevo una situación aterradora: como siempre, al no poder dormir, decidí salir de mi cuarto y vagar sin rumbo. Evité la habitación sin número, me causa una extraña sensación que me sobrecoge el ánimo, así que caminé en la dirección contraria. De repente, sentí tras de mí el rumor sordo de un correteo y cuando me giré me pareció ver una sombra negra salir de la puerta misteriosa. No sé por qué, corrí tras la aparición, pero se esfumó, como si hubiera atravesado la pared. Cuando me giré y miré la puerta, vi un pentáculo de fuego señalado en ella que se disolvió en menos de un segundo sin dejar ninguna señal en la madera. Atemorizadamente corrí hacia mi habitación, pero escuché de nuevo el rumor tras de mí y envuelta en pánico, totalmente lívida y sudorosa, pensando que vería un espectro, me volví a dar la vuelta. La sombra oscura no era más que un hermoso y gordezuelo gatito negro de brillantes ojos amarillos, que me miraba intensamente. Sabes que adoro los gatos, sobre todo desde que falleció el mío, no hay día que no recuerde su mimoso ronroneo y las largas tardes leyendo con él dormido en mi regazo, fue duro saber que alguien lo había matado a sangre fría. Aquel gatito que tenía en frente de mí era idéntico a mi amado Kronos, con sus ojillos de caramelo. Cuando fui a acariciarlo salió corriendo, ¿y sabes dónde se metió? De nuevo en aquella habitación, como si fuera etérea niebla atravesó la puerta. Lo que vi fue el fantasma de un gato, quizás del mío propio. Creo que de seguir así me volveré loca.


Hoy he cenado con Jules, me he sincerado con él y le he hablado de mi reciente separación y de mis noches de insomnio, aunque por ahora me he callado lo de mis alucinaciones y pesadillas. A pesar de que parece un hombre amable y comprensivo no quiero que se lleve una mala impresión de mí sin que me haya conocido un poco mejor al menos. Además, no me apetece mucho que me introduzca como personaje en su novela de conspiraciones y macabra demencia. Le he hablado de ti y de la adorable Andréa. No he podido evitar derramar lágrimas amargas mientras le hablaba. Para que me anime, me ha invitado a asistir con él al baile de los jueves. Acepté la propuesta, creo que me vendrá bien divertirme un rato.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Viernes, 6 de abril de 1934.


Querida Hilda:


Anoche asistí al baile con Jules. Pasé toda la tarde arreglándome para el evento, pensé que verme hermosa me haría sentir mejor. La decoración del hall era refinada y el ambiente delicioso. La orquesta tocaba una alegre música y hasta Harold lucía elegante con su corbata de pajarita. He conocido un poco a algunos huéspedes que hasta hace unas horas eran solamente rostros con los que me cruzaba en alguna ocasión a lo largo del día. He sido invitada a sentarme a la mesa a cenar con la señora Leveau desde que ella y su marido regresen de un breve viaje que les mantendrá alejados unos días. Se alojan aquí personas muy interesantes y educadas, pero creo que ninguna como Jules. Esta noche me estuvo contando un poco más sobre la novela que está escribiendo. No la lleva muy avanzada, pero comienza con una invocación satánica ocurrida una noche en una habitación de un lujoso hotel por parte de una secta demoníaca secreta. Formada por personajes de la más alta sociedad parisina, rinden culto a una deidad satánica con el fin de mantenerse en las más altas esferas sociales y aumentar su prestigio y fortuna. No vas a creer lo que me contó: en su historia sacrifican, ni más ni menos, que a un gato negro. En su ritual de barbarie beben su sangre mientras recitan una letanía que los transporta a un estado alterado de conciencia. Se me erizó el vello cuando oí su relato, recordé enseguida mi alucinación de la otra noche. En su novela, Jules pretende describir como el propio demonio se presenta esa misma noche durante la ceremonia y les exige a los miembros de la secta algo más valioso que el alma del pobre minino. Les pedirá el alma más pura que puedan encontrar y a cambio les otorgará el tan ansiado poder que desean.


Al finalizar la fiesta me retiré, completamente agotada, a mi habitación. Al subir las escaleras y mirar hacia el fondo del pasillo noté que éste se estiraba desmedidamente, como si tuviera que recorrer kilómetros para llegar a mi cuarto. La tenue luz que siempre permanece encendida durante la noche se fue apagando progresivamente desde el fondo del pasillo hasta mí, dejándolo completamente a oscuras. Quizás sobrecogida por la narración de Jules y por la falta de sueño sentí como si un grupo de personas caminaran por el pasillo y superaran mi posición, en completo silencio, solamente interrumpido por la respiración agitada de alguien que tuviera la boca tapada. La comitiva transmitía un aura extraña, entre horror y perversidad, y sentí un vacío en mi conciencia inexplicable, como si ésta fuera un abismo insondable en el que no había escarbado lo suficiente. Caí al suelo presa del pánico y la debilidad, pero al sentir el golpe en mis costillas, vi que las luces volvían a estar encendidas y que el pasillo había recuperado sus dimensiones normales.


Querida Hilda, me siento cada vez peor. Creo que visitaré a otro doctor, mi médico habitual no parece dar en el clavo. Desde que pueda iré a verte a ti. La brisa del campo y la sonrisa de la pequeña Andréa me devolverán la vida que me robó Emile.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Sábado, 14 de abril de 1934.


Querida Hilda:


No pasa un solo día sin que me ocurra algo extraño y aterrador. Por fin me decidí a contarle a Jules lo de la habitación sin número, necesito saber que no estoy perdiendo la cordura. Se puso la mar de contento porque, según me dijo, eso le serviría de material para su terrible novela, incluso murmuró algo sobre que había leído en algún lugar lo de una misteriosa habitación que la gerencia del hotel decidió condenar tras los sucesos de la secta. Subió conmigo hasta allí, pero cuando llegamos, junto a la habitación 139 estaba la 140. No había ninguna puerta entre ambas. No supe qué decir, apenas pude balbucear unas palabras avergonzada cuando nos topamos con Harold por el pasillo. Saludó con la cabeza sin emitir palabra, como es habitual en él, y cuando me miró, su bobalicona sonrisa se tornó astuta. Afortunadamente Jules se tomó aquello como una broma y me lo agradeció muchísimo, me nombró a partir de ese instante “su musa inspiradora”.


Cuando Jules se retiró a su habitación traté de hablar nuevamente con Harold. –Tú sabes que allí había otra puerta –le dije –. Había –esa fue toda la respuesta que Harold me dio-. El recepcionista tuerto sabe mucho más de lo que parece. Sin embargo me sentí algo más tranquila, al menos no eran del todo imaginaciones mías.


Mientras intentaba conciliar el sueño pensé en la novela de Jules. ¿Qué era aquello tan puro que el demonio les había pedido a los locos de la secta? No hay nada más puro que el alma de un niño, Hilda. No podía creer que algo así hubiera podido suceder entre las paredes del antiguo hotel. Sin embargo todo comenzaba a cuadrarme: el gato negro de ojos amarillos, el pentagrama en la puerta inexistente, la respuesta de Harold, la comitiva silenciosa... Creo que no se trata de algo que esté en mi cabeza como consecuencia de mi situación, estoy empezando a estar convencida de que algo anormal ocurre y, por algún motivo que no alcanzo a comprender, soy testigo del pasado cruento que se ha quedado aquí a vivir, en esta especie de limbo en una habitación sellada que es a su vez la propia puerta hacia el infierno, pero no del infierno bíblico, sino del infierno en la tierra del que somos responsables. Quizás el pasado me ha elegido a mí por alguna razón para contarme su historia.


Voy a dejar de tomarme las pastillas que me recetó el Dr. Archanbault y voy a tratar de averiguar lo que ocurrió aquí o lo que quiera que sea que sigue ocurriendo. Al fin y al cabo tampoco me están ayudando a dormir bien.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Viernes, 20 de abril de 1934.


Querida Hilda:


Esta noche he cenado en la mesa con la señora Leveau y su esposo, son un matrimonio de bastante edad aunque aún muy enérgicos. Me acompañaba Jules y dos señoras más, unas hermanas gemelas amigas de la señora Leveau. Me llamó la atención que a pesar de su avanzada edad las hermanas vistieran exactamente igual. La conversación fue muy amena, el señor Leveau es un gran narrador de anécdotas y, habiendo trabajado tantos años en el hotel, tenía muchísimas cosas divertidas que contar. Durante un momento noté a la señora Leveau bastante ausente y, de repente, me preguntó que si me había hospedado en el hotel con anterioridad, según ella le sonaba mucho mi cara. –Ojalá hubiera conocido este hotel mucho antes, es encantador –respondí. Sin embargo, no pareció quedarse muy satisfecha con mi respuesta. Con la gran cantidad de gente que debe haber pasado por aquí a lo largo de tantos años probablemente me confunda con alguien.


Mientras me acompañaba hasta mi habitación, Jules parecía pensativo. –El señor Leveau nos ha contado muchísimas historias del hotel pero se ha callado lo mejor, aunque claro, si cuenta lo de la niña ahogada probablemente la mitad del hospedaje salga despavorido de aquí –rió-. Sentí un escalofrío que me sacudió el cuerpo. –Jules… ¿qué niña ahogada?-. Según me contó mi acompañante, ante el desprecio que el demonio había hecho a la ofrenda del pequeño felino, los sectarios ocupantes del hotel decidieron ofrecerle algo mucho más valioso. Un joven matrimonio que ocupaba una de las habitaciones con su pequeña niña de tres años fueron las víctimas de sus oscuras ambiciones desmedidas. Ataviados con sus túnicas negras decoradas con un pentáculo rojo –¿el pentáculo de fuego que yo viera aquella noche? –llenaron parsimoniosamente de agua la bañera de una de las habitaciones, dibujaron su símbolo en el suelo de baño como puerta a una dimensión infernal para que el propio mal pudiera observar el sacrificio sentado en su trono de horror, y tras haber secuestrado a la pequeña sumergieron a sangre fría su frágil cuerpecillo hasta que ésta dejó de batallar por su vida. Según contaron quienes la encontraron a la mañana siguiente, su dorado cabello y su vestidito blanco flotaban en el agua. Parecía un ángel que quisiera despegar de este podrido mundo lleno de maldad.


Dios mío, Hilda. ¡Qué historia tan terrible! Cuentan que la niña aún se aparece por los pasillos del hotel, que su alma inocente no sabe cómo salir de aquí. Nunca se supo claramente quiénes formaban parte de aquel grupo de sanguinarios dementes. La sociedad señaló algunos nombres importantes, pero pronto aquellas voces acusadoras fueron acalladas. De todas maneras, de haberse podido demostrar su identidad, poco hubiera podido hacerse contra ellos: jueces, políticos, empresarios…


Si ya estaba siendo difícil para mí conciliar el sueño creo que a partir de ahora no volveré a dormir jamás, no puedo evitar imaginarme al demonio regocijado ante el temible acto de entrega, es como si ahora sintiera su mirada observándome desde cualquier posible lugar. Estoy convencida de que esta noche oiré el sonido de sus cascos caminando alrededor de mi lecho insomne procurando convertir en pesadillas espeluznantes cada instante de mis sueños. Su afilada sonrisa y su sulfuroso aliento estarán dibujados en las sombra de la noche que la luna dibuja con la silueta de los muebles antiguos del cuarto. No en vano creo que he sido elegida para algo, aunque aún no sepa exactamente para qué.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Lunes, 23 de abril de 1934.


Querida Hilda:


Me siento absolutamente contrariada. No sé qué ocurre, por más que escribo al abogado para acabar cuanto antes con el trámite del divorcio, no recibo respuesta. Las cartas me vienen devueltas con la señal de destinatario inexistente. Probablemente haya trasladado su despacho a otro lugar. Cuando me sienta con fuerzas iré en persona a investigar lo que sucede. También la carta que le he enviado a Emile para solicitarle que me haga llegar algunas de mis pertenencias me ha sido devuelta. No puedo creer que el muy miserable no quiera devolverme la ropa y los libros que me dejé atrás el día que me marché.


Hoy ha sido una jornada de acontecimientos inesperados, aunque no tan siniestros como los vividos días atrás. Me acerqué al banco para conocer el estado exacto de mis cuentas y vi que la cantidad de dinero que aparecía impresa en los documentos era descomunal. En principio pensé que se trataba de un error o de que Emile había preferido hacerme un traspaso para no tener que saber más de mí, ni siquiera para devolverme mis cosas. Cuando pedí explicaciones al director me llevé una abrupta sorpresa, me dijo que yo disponía de tal cantidad desde hacía diez años. Sinceramente, no entiendo nada en absoluto. Quizás Emile había ingresado dinero en aquellos años a mi nombre para evitar problemas legales, la verdad es que ahora mismo lo veo capaz casi de cualquier cosa.


Estoy bastante preocupada por ti, Hilda, hace tiempo que no recibo carta tuya, espero que la pequeña Andréa se encuentre bien. Con mis despistes he extraviado las primeras cartas que me enviaste al hotel, no aparecen por ningún lado, menos mal que conservo a buen recaudo la fotografía de la pequeña. Por favor, escríbeme aunque sea unas líneas para quedarme tranquila, ahora mismo eres todo lo que tengo.


Siempre tuya,


H. Larouchette



Viernes, 27 de abril de 1934.


Querida Hilda:


Anoche permanecí leyendo hasta muy tarde, pero no podía concentrarme en la lectura. No desaparecía de mi mente la historia de la niña ahogada ni podía evitar pensar en su cabello rubio y en su sufrimiento. No creerás lo que te voy a contar, yo tampoco lo creería si me lo contara cualquiera, pero cuando apagué la luz para intentar dormir, en la melancólica penumbra de la noche, la pequeña entró en la habitación, absolutamente mojada y con el rostro pálido. Bajo sus ojos profundos, oscuras ojeras remarcaban una mirada de tristeza inabarcable. Era un pequeño ángel de apenas tres años con un precioso vestidito blanco que escurría agua dejando un reguero en el suelo tras sus pasos. Sentí un amor inmenso y quise consolarla, secarla y abrazarla para ayudarla a encontrar descanso, sin embargo, se mostró aterrada cuando me puse en pie. Comenzó a retroceder sin desviar sus fantasmales ojos de los míos. Vi el pavor reflejado en su pupila infinita a pesar de la oscuridad solamente rota por el reflejo de la luna. Sus labios amoratados se abrieron más de lo que daban de sí, como si hubiera desencajado su mandíbula, y su boca se convirtió en un vórtice hacia el más allá desde donde surgió un grito mudo que hizo temblar las paredes. Las ventanas vibraron como en una noche de tormenta. Durante unos segundos pensé que el hotel se desharía en pedazos, los libros cayeron al suelo desde la repisa y la lámpara del techo se agitó con extrema violencia. Cuando el edificio dejó de sacudirse, el grito se convirtió en una pregunta que flotó en el aire un largo rato antes de llegar a mí: -¿por qué?-. Se quedó mirándome como esperando respuesta con mirada inquisidora, pero yo estaba congelada por el espanto y no pude articular palabra. Se dio la vuelta y se marchó diluyéndose en el vacío.


La foto de Andréa había caído al suelo, la recogí y la volví a colocar en la mesilla. No pude menos que pasar la noche en vela llorando. El agua que dejó en el suelo tardó horas en secarse, sin embargo, se evaporó más rápido que mis lágrimas. Pobre pequeña, ojalá pudiera viajar en el tiempo y rescatarla. No sé por qué, sentí que se lo debía, que mi presencia en el hotel no era casual, que el destino me había llevado allí con el único objetivo de arreglar aquel turbio pasado.


Esta mañana fui en busca de Jules para pedirle más información sobre lo acontecido. Cuando lo encontré, nada más verle me di cuenta de que algo sucedía. Al chocar nuestras miradas vi que su gesto había cambiado por completo con respecto al que había tenido días atrás, aquel Jules de esta mañana no era el amable caballero con el que había estado departiendo a diario desde que le conocí. Un brillo de desprecio se reflejó en sus ojos y sus labios se torcieron para casi escupirme unas palabras: -La señora Leveau ya te ha recordado-. Con la misma se levantó del sillón donde leía el periódico y se marchó sin darme opción a preguntarle nada.


Fui en busca de la señora Leveau pero no la encontré. Harold no sabía dónde se encontraba, sin embargo, algo me decía que ese siniestro conserje sabía exactamente lo que estaba sucediendo, su expresión era de absoluta satisfacción. Mi contrariedad parecía agradarle. Yo no lo caía bien, eso era obvio.


Subí apresuradamente a la habitación a tenderme, me sentía absolutamente fatigada. He contemplado el retrato de la pequeña Andréa durante un rato buscando alivio en sus ojos tiernos y de repente se me antojó añosa la fotografía, como si hubiera sido tomada hacía tiempo. Miré el reverso y vi que habías anotado algo con una tinta que se notaba demasiado desgastada como para haber sido escrita hace apenas unos meses: Andréa, 3 de marzo de 1921. Hasta el suave pelaje del conejito que compré al llegar a París me pareció ajado. Hilda, ¿por qué esa fecha? Nada encaja hoy en mi vida. Por favor, escríbeme, necesito respuestas.


Siempre tuya,


H. Larouchette.



Martes, 1 de mayo de 1934.


Querida Hilda:


Tras varios días intentando que Jules me explique el motivo de su enfado por fin ha tenido a bien hablar conmigo. Según cree, yo le oculto algo importante y considera que no he sido sincera con él, está convencido de que le he utilizado para conseguir información sobre los acontecimientos ocurridos en el hotel en los años veinte. En vista de que yo no entendía nada en absoluto, su enfado se acrecentó y me llevó al despacho de la señora Leveau. Casi he tenido que ir corriendo detrás de él por los pasillos. –Dígale por favor a la señora Larouchette de qué la conocía usted de antes –pidió casi a gritos y con poca educación a la señora Leveau, sin embargo, ésta no pareció molestarse. Se levantó, fue a por un libro de registros y lo abrió a la altura del mes de marzo de 1924. –Harold la recordaba perfectamente, señora Larouchette, tiene una increíble memoria –me dijo fríamente. Allí aparecían mi firma y mis datos. Según su libro de registros yo me había hospedado en el hotel Caronte el día 3 de marzo de 1934, en la habitación 140. Justo debajo de mi rúbrica aparecía la del Dr. Archinbault, era inconfundible. Al parecer se había alojado en la habitación contigua, en la 139. En ese momento pensé que tal vez aquello era un complot de Jules para su novela, o alguna estrategia sucia de Harold. Sin embargo, aquella era indiscutiblemente mi firma, ascendente, intrincada e ilegible. Me planteé por un fugaz instante que a lo mejor la habían calcado de la que utilicé cuando me registré en el hotel hace unos meses, pero no, aquello no era plausible, mi firma aparecía en la misma página que muchas otras, fechadas ese día y los posteriores, no podían haberla insertado ahí sin más. Ni tampoco tenían manera de haber obtenido la del doctor.


Pensé lo más rápido que pude frente a Jules y a la señora Leveau: la habitación sin número, el gato negro, aquella cantidad de dinero desmesurada, la fecha en la fotografía de Andréa, la horca que vi al despertar la otra noche… entonces recordé todo de golpe, el corazón quiso salirse de mi pecho y comencé a sudar y a temblar. La nitidez de las imágenes más duras de mi vida fue tal, que reviví cada emoción en mi recuerdo con la misma punzante intensidad con que las viviera años atrás. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no perder el conocimiento ante el dolor que me atravesó el abdomen y mantenerme con la mayor integridad posible frente a mis dos interlocutores. Una avalancha de bruscos sentimientos inundó mi recuerdo, el hoyo en el que los había enterrado se había desbordado por completo.


Emile y yo habíamos perdido todo nuestro patrimonio en estúpidas apuestas. En la década de los veinte el dinero fluía con tal facilidad que nos daba igual gastarlo a mansalva, pensábamos que siempre tendríamos más. Sin embargo, quedamos en la ruina. El apellido Larouchette no podía pasar tal vergüenza, así que cuando nuestro amigo, el doctor Archinbault, nos habló de un círculo secreto de conocimiento al que pertenecían los miembros más distinguidos de la aristocracia europea no lo dudamos más y aceptamos su invitación a formar parte de él, de algún modo debíamos conservar nuestro apellido intacto para nuestra hija Andréa, aún muy pequeña, e intentar salir de la bancarrota. No hay palabras que puedan explicar toda aquella locura, solo puedo decir que los opiáceos y el miedo tomaron las riendas de nuestras vidas a partir de que ingresamos en aquel culto absurdo a lo oscuro. Primero, mi dulce gatito negro, y días más tarde, te juro que lloré a mares mientras veía a Emile, con el rostro descompuesto y los ojos delirantes, empujando el cuerpo de nuestra pequeña en aquella bañera fría. Con la última exhalación de mi hija se fue parte de mi alma para no regresar jamás. Según el maestro de ceremonias, a través del cual nos hablaba Balaam, la pequeña moriría solo corporalmente, su alma sería inmortal. No imaginé en aquel instante que se fuera a convertir en un fantasma, sino que de alguna manera se haría eterna, como un ser celestial. Fui tan estúpida. El dolor tras aquello fue tan afilado que para no morir de pena mi mente fue excavando una fosa en mi memoria y enterrando en ella las imágenes y recuerdos que me estaban arrastrando hasta la locura. Poco a poco, anestesiada por la amnesia y los somníferos, fui olvidando aquellos días de suplicio.


Me disculpé con la señora Leveau diciéndole que no le había querido contar nada sobre mi estancia allí hacía diez años porque sabía que había sido una época terrible para el hotel, que a punto estuvo de perder su prestigio y entrar en quiebra. Era consciente de que sacarla a la luz nuevamente sería perjudicial para su negocio. Había sido tan amable conmigo que no lo creí oportuno. Más tarde me disculpé con Jules por no haberle dicho nada, me excusé diciendo que yo estuve hospedada allí durante el crimen de la niña y que desde entonces he sufrido una depresión intensa que me ha tenido encamada mucho tiempo. Le mentí diciendo que intentaba curarme regresando al lugar de los hechos para sellar el pasado y que no me sentí capaz en ningún momento de relatarle lo que viví hacía ya tantos años. Ambos parecieron conformes con mi disculpa, en algún momento de mi vida me convertí en una mujer fría y siniestra y en una perfecta mentirosa.


Nada saben de mi vínculo con la secta, ni lo sabrán nunca. Mañana iré a la tumba de Emile a intentar reconciliarme con él, jamás pudo superar lo que hizo y al poco, cuando estábamos de vuelta en casa, se ahorcó. Habíamos pasado largos días en el más hondo de los silencios, rumiando nuestro dolor y nuestra culpabilidad. A través de los ventanales de nuestra casa el sol se había negado a entrar, y la penumbra nos castigaba alargando las horas hasta hacerlas infinitas. No podíamos ni tan siquiera mirarnos a los ojos, creo que nos odiábamos el uno al otro en nuestro mudo confinamiento particular. Parte de esa horca me pertenecía, yo debí haber hecho lo mismo que él, pero nunca fui lo suficientemente valiente. Balaam cumplió su parte del trato y a cambio del alma de Andréa me volvió inmensamente rica, aunque se llevó también la vida de mi esposo, dejándome en la pobreza de corazón más devastadora y absoluta. Solo el consolador olvido de mi atormentada mente ha tenido a bien otorgarme momentos de reposo.


Miré por última vez mi nombre completo junto a mi firma en el libro de registros: Hilda Larouchette. Casi había olvidado mi propio nombre. El pasado se quedaría a vivir para siempre en el hotel Caronte, en el distinguido hotel que hospedaba a fantasmas. Yo ya no podía hacer nada por rescatar a aquellos que perdieron su vida por culpa de la avaricia, ni siquiera la mía propia. Solo podía volver a sepultar en el olvido toda aquella historia, de donde nunca habría de volver a sacarla durante el resto de mi vida. Para mi familia y allegados, yo seguiría siendo la respetable viuda de Emile Larouchette, quien a ojos de todo el mundo asesinó a su hija en una terrible crisis de su enfermedad mental y que, al recuperar la cordura y darse cuenta de lo que había obrado, puso fin trágicamente a su vida. Para quienes no me conocen, seré una rica divorciada de su díscolo esposo, sin hijos y sin mucho más que contar.


No volveré a este hotel, sería tentar a la suerte de mi raciocinio, pues los rescoldos que aún arden en una dimensión oculta podrían avivar de nuevo la llama de la culpa que jamás se apagará en mi interior y entonces no podría responder de mis actos. No quiero regalarle nada más a Balaam, no merece ni tan siquiera mi miserable vida. Mi hija querida, lo que más amé en el mundo, seguirá vagando por los pasillos de un hotel alejado de su hogar, aterida de frío, muerta de miedo y haciéndose preguntas que nadie sabrá responderle. Sus manos inmateriales no podrán sostener ya el conejito de peluche que le regalé cuando nació. He comprobado que yo no puedo rescatarla del incierto limbo en el que se encuentra y en el que probablemente estará toda la eternidad. La impotencia me reconcome tanto como el propio remordimiento. Creo que mi vida es peor de lo que hubiera sido mi muerte, arder en el infierno debe ser menos doloroso que esto. Dios quiera que encuentre algún día el reposo que su padre y yo le robamos.

Todo el dinero que ahora me sobra y mi apellido pomposo no me sirven ya para cosa alguna, no podría comprar nada que valga tanto como los seres que amé con locura y que perdí. Dejaré estas páginas en un cajón de la habitación 137. Si alguien lee alguna vez mis cartas, junto a las que colocaré la foto de mi pequeña y el conejito, espero que pueda sacarle utilidad a todo esto y que entienda que nada hay más valioso que la vida de quienes te rodean. He cambiado los nombres de todas las personas que aparecen en las misivas, incluido el mío. Me seguiré escondiendo como bien corresponde al monstruo en el que me he convertido.


Siempre tuya.




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