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Síndrome de Genovese o efecto espectador


Hoy en día es muy común que ante un accidente o una agresión en un lugar público atestado de gente nos encontremos con que algunos sujetos, en lugar de ir a socorrer a la víctima como es de esperar, simplemente permanezcan tranquilamente tras su teléfono móvil grabando lo que acontece para luego compartirlo en las redes. Parece que la falta de ética ha crecido proporcionalmente al avance de la tecnología, pero ¿es realmente esto así o solamente somos más conscientes de ello por la rápida difusión que tiene en la actualidad cualquier acontecimiento, que en pocas horas consigue la etiqueta de “viral”?


¿Qué es el síndrome de Genovese?

En psicología es el nombre que se le da al fenómeno por el cual la probabilidad de que una persona que necesita ayuda llegue realmente a recibirla es menor cuánta más gente haya presente en ese momento. Así de sencillo pero con connotaciones sociales y psicológicas altamente importantes. Es un concepto que ha servido para explicar el fenómeno por medio del cual una persona se inmoviliza al momento de presenciar una situación de emergencia donde se esperaría que brinde apoyo a alguien que corre un peligro importante.


¿De dónde proviene el nombre de este síndrome?

Catherine Susan Genovese, mejor conocida como Kitty Genovese, era una mujer estadounidense que creció en el barrio de Brooklyn, en New York. Nació en 1935 y trabajaba como gerente de un restaurante. Sabemos, ya que ha generado toda serie de una hipótesis dentro de la psicología social, cómo murió. La madrugada del 13 de marzo de 1964, Kitty Genovese fue asesinada mientras intentaba entrar a su edificio, ubicado en la ciudad de New York.


Kitty Genovese

El hombre que la asesinó, Winston Moseley, la siguió desde su coche hasta el portal de edificio, donde la agredió. Kitty intentó evitarlo y gritó pidiendo auxilio, un vecino respondió gritándole al asesino "¡Deja a esa chica en paz!". Inmediatamente después de escuchar esto, Winston se fue y dejó a la chica arrastrándose hacia su apartamento. Varios testigos informaron haber visto a Winston irse con su automóvil y regresar diez minutos después. Al ver a su presa en el suelo casi inconsciente, apuñaló varias veces más a la herida Kitty Genovese. Luego le robó el dinero y abusó sexualmente de ella. Un vecino llamó a la policía y luego llegó una ambulancia, pero ya era demasiado tarde para ella. Lo que ocurrió en el transcurso de esos minutos es lo que ha sido bautizado como el Síndrome de Genovese: ninguno de los vecinos intentó ayudarla.

El New York Times difundió la noticia y tiempo después el tema se compiló en un libro cuyo autor era el editor del mismo periódico, A.M. Rosenthal, titulado “38 testigos”. Entre los hechos narrados, el New York Times aseguró que, en total, 38 vecinos habían presenciado el asesinato, y ninguno de ellos se había molestado en dar aviso a las autoridades. Esto dio origen a distintos estudios psicológicos sobre por qué las personas nos inmovilizamos o nos volvemos indiferentes ante la emergencia ajena. Dichos estudios repercutieron, posteriormente, en la investigación científica sobre la inhibición de la conducta durante emergencias individuales cuando se viven dentro de algún grupo.

Lo que se ha despertado polémica recientemente sobre el caso de Kitty Genovese, es la propia versión del New York Times sobre las circunstancias en las que ocurrió el asesinato. Versiones más recientes de propio New York Times reportan que algunos hechos han sido malinterpretados, y que la noticia inicial pudo haber caído en distintos sesgos. La principal crítica ha sido la de haber exagerado el número de testigos.


El experimento de Darley y Latané

Treinta y ocho vecinos (quizás menos) de Kitty Genovese sabían que estaba ocurriendo un asesinato en ese momento y, sin embargo, todos eligieron no hacer nada para rescatar a la chica agredida. ¿Por qué se observó esa apatía, indiferencia y falta de interés en todos los vecinos de Kitty? Dos psicólogos sociales empezaron a cuestionarse acerca de por qué los testigos demostraron tal falta de reacción ante la necesidad de ayuda de la víctima.

El experimento pionero sobre este tema fue llevado a cabo por John M. Darley y Bibb Latané, y se publicó en 1968. Los investigadores tenían la hipótesis de que las personas que presenciaron el asesinato no ayudaron precisamente porque eran muchas personas. Mediante su investigación sugirieron que, cuando los participantes eran testigos individuales de una emergencia, había más probabilidades de que brindaran ayuda. Mientras que, cuando se presenciaba una emergencia de manera grupal, los participantes eran menos propensos a intervenir individualmente.

Darley y Latané reclutaron estudiantes universitarios y les dijeron que iban a participar de un debate sobre problemas personales. Cada participante iba a hablar con una diversa cantidad de otros participantes en un grupo de discusión, pero cada uno estaría en una habitación separada. La conversación se llevaría a cabo con micrófonos y altavoces para que los participantes no pudieran ver físicamente a los demás participantes con los que hablarían. El tema sobre el que conversarían giraría en torno a la vida universitaria.

A cada participante se le daría dos minutos para hablar en su turno. En ese momento, los micrófonos de los demás participantes estarían apagados. El sujeto no sería consciente de que todas las voces que oiría estarían pregrabadas. El número de voces con las que el sujeto estaría "hablando" dependería del escalón del estudio en el que se encontrara. El primer escalón sería una conversación de uno contra uno y el último era un grupo de seis participantes (1 sujeto y 5 voces pregrabadas).


Una de las voces pregrabadas era la de un estudiante epiléptico que estaba teniendo convulsiones. En su primer turno, la voz confiesa al grupo que es propenso a sufrir convulsiones y que su vida podría estar en peligro. Durante su segundo turno, comienza la simulación de la convulsión.

Según los datos extraídos, solo el 31% de los sujetos trató de buscar ayuda. Esto significa que la mayoría de los sujetos no se molestó en buscar a los experimentadores para ayudar al participante que estaba sufriendo. Sin embargo, el gran hallazgo de este experimento se encuentra en que en una conversación de uno contra uno, el 85% de los sujetos pidió ayuda. Esto significa que si el sujeto piensa que es el único que sabe sobre el incidente, hay una mayor probabilidad de que pida ayuda. Por el contrario, los grupos más grandes mostraron un número menor de reacciones ante el hecho.

Los experimentadores explicaron que las personas se volvían individualmente indiferentes ante la emergencia cuando se encontraban en grupos. Desarrollaron la noción de la difusión o distribución de responsabilidad: la gente piensa que otra persona va a intervenir y, como resultado, se siente menos responsable. Segundo, la ignorancia pluralista. Esto se refiere a la mentalidad de que ya que nadie está reaccionando ante la emergencia mi ayuda personal no es necesaria. Observar la falta de acción de los demás dará lugar a la idea de que la emergencia no es tan grave en comparación con la percepción cuando uno está solo.

Sin embargo pueden existir muchos otros elementos, por ejemplo, en las emergencias médicas, los individuos pueden pensar que otros observadores están más calificados para ayudar. La gente podría pensar que tal vez hay un médico presente en la escena y que el paciente estará mejor con la ayuda del médico. El carácter y personalidad de los presentes tiene también mucho que ver: algunas personas pueden sentirse demasiado cohibidas y por eso no quieren dar una imagen negativa ante los demás. Para evitar esto, estas personas simplemente no responden a la emergencia. O pueden sentir temor por ser superados por un ayudante de más jerarquía, ser rechazados cuando se ofrece la ayuda o tener que lidiar con las consecuencias legales del ofrecimiento de asistencia.

El síndrome de Genevese es un suceso que, sin duda, todavía hoy llama a la reflexión. ¿Qué harías tú si presenciaras un caso similar?



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