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Psicología de la apariencia. ¿Qué es el efecto halo?


¿Por qué es útil la psicología de la apariencia y de la belleza? Esta psicología nos ayuda a entender la importancia que tienen determinados ritos de belleza y actitudes que pueden ser determinantes para conseguir lo que pretendemos. Las opiniones de productos de belleza logran influir a muchas personas en su conducta diaria y en sus hábitos sin que apenas nos demos cuenta de que gran parte de estas opiniones son externas. Maquillaje, pintalabios o complementos, todo esto forma parte de nuestra preocupación por la apariencia, por querer dar una imagen concreta a cierto colectivo de personas que nos interesan.


Aunque todo esto no se produce de una forma consciente, nuestra mente está preparada para enfrentarse a los prejuicios y la moral predominante de nuestra cultura. En cualquier lugar, televisión e Internet prioritariamente, podemos encontrar consejos de estética, de alimentación y sobre los cuidados de todas las partes de nuestro cuerpo. Todas estas pautas se han ido originando a través del concepto que hemos creado sobre la belleza. La psicología de la apariencia explica la subjetividad de la belleza y cómo es su evolución con el paso del tiempo.


La gran pregunta es ¿por qué nos importa tanto la apariencia física?




A través de la apariencia somos capaces de influir en otras personas, mandarles mensajes de cómo es nuestra personalidad, cuáles son nuestros intereses y cómo es nuestra actitud ante la vida. La mayoría de estos mensajes son inconscientes y los transmitimos de una forma involuntaria.


Pero ofrecer una apariencia en concreto ¿puede tener alguna utilidad? Sin lugar a dudas la tiene en algunos ámbitos o situaciones. Un gran ejemplo lo tenemos en las entrevistas de trabajo. Ya no son solo nuestras valías o actitudes para desarrollar el trabajo, sino además la primera impresión que damos.


Para muchas personas es inevitable querer dar una buena impresión, y para ello nos basamos, por supuesto, en lo que nos han vendido como belleza. Ya no basta con ir bien aseados y limpios. Además, hay una estética para cada tipo de persona que se cataloga con unas características determinadas. Todo esto lo tenemos en cuenta, y es por ello que en muchas ocasiones gastamos una gran cantidad de dinero e invertimos una gran cantidad de energía y tiempo en ir con una estética acorde a nuestra forma de ver la vida. Al tener una gran consciencia sobre la importancia que culturalmente tiene nuestra estética, nos sentimos más seguros llevando la que más acorde nos representa. Esta es otra de las características fundamentales de la apariencia, y es que muchos complementos, maquillajes, etc. nos hacen ganar en seguridad a la hora de conocer a alguien o de entablar relaciones con los demás.


Hablemos del efecto halo




Efecto halo es el término que acuñó en 1920 el psicólogo Edward L. Thorndike a partir de sus investigaciones con el ejército, cuando observó que los oficiales atribuían una valoración positiva en ellos partiendo a menudo de una sola característica, de un solo rasgo observado. O por el contrario, atribuían características generales negativas cuando vieron en sus superiores una cualidad no tan adecuada en un momento dado. ¿Nos suena de algo?


El efecto halo consiste en la realización de una generalización a partir de una sola característica o cualidad de un objeto o de una persona. Es decir, realizamos un juicio previo a partir del cual generalizamos el resto de características. Si lo pensamos bien este tipo de sesgo es algo que aplicamos muy a menudo casi sin darnos cuenta. Lo hacemos cuando vemos, por ejemplo a alguien atractivo y asumimos (de forma inconsciente) que también su personalidad nos resultará igual de agradable. Esta conducta nos demuestra cómo nos precipitamos a la hora de juzgar a las personas y lo determinante que puede ser una primera buena impresión. Se asocian una serie de características y valores personales sin que necesiten ser comprobados.


Un gran ejemplo del efecto de halo en la impresión general que generan las celebridades hacia quienes no les conocen en absoluto. Dado que la percibimos como atractiva, exitosa, y a menudo agradable, también tendemos a verlos como amables, divertidos e incluso inteligentes.

El efecto halo nos lleva a inferir características a partir de muy poca información, es decir, presuponemos, valoramos e incluso llegamos a concluir determinados datos sin saber lo peligroso que puede resultar en ocasiones algo así. Daniel Kahneman es un reconocido psicólogo que trabajó y estudió de forma detallada el fenómeno del efecto halo. También los profesores tienen, según el profesor, sus alumnos preferidos. Aquellos que suelen sacar mejores notas reciben por término medio un trato más benevolente que quienes tienen más dificultades o sacan peores resultados. Este hecho es tan evidente que muchas universidades han establecido medidas para prevenir el efecto halo.


Todo ello nos obliga a concluir con un hecho muy simple. Las personas emitimos juicios de valor de forma habitual. Lo hacemos eso sí, sin la mala intención. No buscamos etiquetar ni juzgar a la ligera pero lo hacemos por un hecho del que tampoco somos siempre conscientes: nuestro cerebro necesita hacerse una rápida idea sobre aquello que le rodea. Quiere saber de qué o quién puede fiarse, quién le ofrece seguridad y de quién es mejor mantener distancia. De ahí que le baste a menudo una sola característica para hacer una inferencia general (y a menudo poco acertada). No podemos permitirnos conocer en detalle y en profundidad a cada persona para formarnos una impresión sobre ella.


Los investigadores han encontrado que el atractivo físico es, sobre todo, el factor que puede jugar un mayor papel. Varios estudios han demostrado que cuando calificamos a alguien como atractivo, también tendemos a creer que esa persona tiene rasgos de personalidad positivos y encima es más inteligente. Un estudio incluso encontró que los miembros del jurado eran menos propensos a creer que las personas atractivas eran culpables de comportamiento criminal.


Podemos observar el efecto halo en múltiples situaciones, una muy frecuente es cuando sabemos a qué se dedica una persona en su trabajo, categorizándolo según sea médico, carpintero o recepcionista y en las entrevistas de trabajo, como hablábamos al principio, refiriéndonos al sesgo de que un entrevistador al ver un rasgo positivo en el entrevistado pase por alto los rasgos negativos o los preste menos atención, o viceversa.


Veamos un experimento curioso




Nisbett y Willson realizaron un experimento en la Universidad de Michigan con dos grupos de estudiantes. A cada grupo se le mostró un vídeo de un profesor en clase, el mismo para ambos grupos.


Se diferenciaba en su forma de comportarse, en uno de los vídeos el profesor era cordial y afable, y en el otro se mostraba autoritario e imperativo. Es decir, en un vídeo se mostraba al docente con cualidades positivas y en otro con cualidades negativas. Posteriormente se pidió a cada uno de los grupos que describieran el aspecto físico del profesor.


Aquellos estudiantes que vieron la faceta positiva del profesor lo describieron como una persona atractiva. Mientras, aquellos que observaron la faceta negativa lo calificaron con adjetivos poco favorecedores. A continuación se les preguntó a los estudiantes si pensaban que la actitud del profesor podía haber influido en su evaluación del aspecto físico, respondiendo todos con un “no” rotundo, y argumentando que sus juicios eran totalmente objetivos.


Aunque creamos que realizamos juicios objetivos, puede que no lo sean tanto, apoyando quizá esa afirmación que tantas veces oímos que la primera impresión es lo que cuenta. Aun así, no siempre sucede este fenómeno, en otras situaciones algunas variables como el contexto o el afecto, también pueden ejercer cierta influencia.



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©2018 by  Arima Rodríguez