• elmundoenpalabras

Misiva desde el limbo

Actualizado: 2 de abr de 2019


Queridos amigos:


He tenido a bien escribirles esta carta para explicarles lo que me ha sucedido y el motivo por el que desde hace algún tiempo no me han visto. Espero que mis palabras puedan servir de ayuda a alguno de ustedes y, aunque la situación es muy compleja, trataré de explicarme de la mejor manera posible. Disculpen si mi relato les resulta enredoso y largo, pero creo que es necesario que conozcan detalles de cosas que ocurren sin más, cuando uno menos lo espera y, sobre todo, que entiendan que hay demasiados elementos que se escapan de nuestras manos y nos convierten en la veleta viva de las vicisitudes del destino.


Como otra cualquiera. Ni opulenta, ni miserable, ubicada en una barriada humilde pero tranquila a las afueras de la ciudad. Así era la casa en la que me había criado. Siempre me gustó lo luminosa que era, recuerdo que cuando yo era pequeño y dormía hasta tarde los fines de semana, el sol que entraba a raudales desde el balcón alcanzaba la puerta de mi habitación en las luminosas mañanas que solo posee la infancia, cuando los veranos eran eternos y soleados y los atardeceres duraban horas y horas.


Volver allí después de tanto tiempo se me hacía extraño. Cuando abrí la puerta el olor a cerrado se mezclaba con el aroma familiar de la casa de mi infancia. Hacía muchos años que aquel no era mi domicilio, aunque yo siguiera considerándolo mi hogar. A fin de cuentas cada rincón contaba una historia de mi vida y en cada habitación podía aún seguir viendo a sus antiguos moradores con sus tareas cotidianas: mis padres, mis hermanos y a mí mismo, cada uno haciendo lo que solía hacer: mi madre siempre apurada en tener la casa limpia y ordenada y mi padre intentando arreglar los pequeños desperfectos que siempre tiene una vivienda antigua. Aunque las imágenes ya se tornaran algo borrosas por el tiempo transcurrido seguían dándole vida a los ahora desvencijados y polvorientos muebles. La carcoma había hecho de las suyas en las puertas de las habitaciones, sin embargo, las fotos antiguas, que habían perdido parte de su color y un viejo calendario, que quedó colgado en la pared sin nadie que pasara la hoja cuando mis padres se fueron de allí, hacían entender que, de alguna manera, el tiempo se había detenido entre aquellas paredes. Los recuerdos y las vivencias se habían quedado allí también como si tuvieran la oportunidad de ser retomadas en cualquier momento y continuadas desde el instante en que quedaron a la espera, durante años, a que alguien volviera a darles vida de nuevo. Sin embargo, me equivocaba. Aquellos recuerdos no estaban flotando en el aire de la casa, sino en mi imaginación, pero eran tan reales que se convertían en algo casi tangible.

Ahora que mi vida se había vuelto un poco del revés debía quedarme allí durante una temporada, en la que fuera mi antigua casa. Estar allí me traía recuerdos que habían quedado guardados en algún rincón olvidado de mi memoria y que ahora afloraban sin yo poder impedirlo, no me sentía con fuerzas para detenerlos, a borbotones brotaban de mi cabeza y se posaban ante mi vista para revivirlos una y otra vez. “¿Dónde habían estado todo este tiempo?” Algunos recuerdos eran buenos y otros no tanto, sin embargo, todos me hacían sentir que lo que soy ahora fue forjado allí dentro, con dureza, de manera indeleble. Existían secretos inconfesables del pasado que quedaron sellados en la casa mezclados con anécdotas familiares de esos que se cuentan con frecuencia y que siempre hacen reír a todos. Ambos extremos convivían en aquel lugar, revueltos, y tal vez confundiéndose entre ellos. Las paredes de una casa albergan todo lo que uno vive: ternura, terror, afecto, grandes celebraciones de Navidad, logros personales y dolor, íntimo y conjunto. Mis primeros 25 cumpleaños, con sus agridulces sabores, los amanecí allí; todos los días de Reyes de mi niñez, mis aprendizajes diarios del cole, las noches en vela estudiando para un examen, las primeras llamadas de amor… todo absolutamente. Aquella casa era el gran baúl de los recuerdos de mi vida.


A medida que caía la primera tarde de mi regreso al hogar de mi infancia, los espectros del pasado se iban haciendo más nítidos, cuanto más se apagaba la luz del día más resplandecían ellos. La soledad penetrante de las paredes viejas y los ventanales sucios y descuidados por el abandono comenzó a intensificarse con sutileza hasta el punto de sobrecoger mi ánimo. En mi cabeza no era capaz de reconstruir la casa como fuera en el pasado, bien arreglada, limpia y ordenada, vivía los recuerdos con el aspecto que tenía ahora: desvencijada y deshabitada. “Será la tristeza de mi situación,” pensé. En aquel momento, tras los acontecimientos vividos días atrás y que me habían empujado a la situación en la que me encontraba ahora, no era capaz de mirar nada con ojos positivos. Reconocía que el desaliento me gobernaba y que cada elemento decorativo de la casa me parecía incluso amenazante.


Sin deshacer nada, simplemente me quité los zapatos y me tendí en la que fue mi antigua cama, me puse una manta por encima y me dispuse a conciliar el sueño y a alejar mi mente de toda la marea de sensaciones intensas que me habían atorado la garganta desde que puse un pie allí dentro. En el duerme vela que mezcla la vigilia con el sueño pude escuchar retazos del pasado: el débil murmullo de la música que solía oír mi hermano, el sonido de la loza siendo fregada por mi madre y el propio eco de los problemas que hasta allí me habían traído. Poco a poco me fui quedando dormido con el sentimiento de que parte de mí se había quedado atrapado en aquella casa antes de que me fuera y que ahora, que había vuelto, es cuando podía darme cuenta de que los años que había pasado fuera de sus paredes habían tenido en cierta medida mutilado mi sentir y mi memoria. Si saliera de allí de nuevo, ¿podría llevarme aquellos recuerdos y sensaciones conmigo o tendría que dejarlas de nuevo bien colocadas en su lugar y en su momento?

Cuando todos los instantes que era capaz de recordar se superpusieron desordenadamente uno sobre otro fue cuando el sueño se hizo conmigo. Dejé de sentir. Una pequeña muerte sin memoria se apodera de nosotros cada noche cuando al día siguiente no somos capaces de recordar el sueño, pero es una muerte reparadora por lo general, no hay paso hacia las tinieblas ni un juicio para los justos. Solo olvido y silencio.


Desperté a media noche con ganas de ir al baño, tardé unos instantes en darme cuenta de que no estaba en mi cama habitual y me costó unos segundos acordarme dónde me hallaba y cómo era la estructura de la casa. Cuando salí al pasillo que accede al baño y comencé a caminar observé con extrañeza que la luz del baño estaba prendida, no recordaba haberla dejado encendida, pero bien era cierto que mi mente, abarrotada de problemas estaba demasiado dispersa como para poder dar nada por sentado. Caminé tranquilamente hacia el baño absorto en mis pensamientos, y para cuando alcé de nuevo la cabeza me di cuenta de que el baño seguía a la misma distancia que cuando empecé a caminar. El pasillo se había alargado tanto que después de varios metros me encontraba en un lugar equidistante entre el dormitorio y el cuarto de baño. Extrañado, miré alrededor, las paredes de ambos lados del pasillo se alejaron estrepitosamente dejándome en pie en mitad de la nada. Corrí con todas mis fuerzas hacia el baño, pero solo conseguía avanzar lentamente, milímetro a milímetro. Cuando ya me dolían todos los músculos por el esfuerzo y mi frente estaba empapada en sudor, pude alcanzar la puerta del baño. Una vez regresé a la cama, todo se había vuelto normal, tanto el largo como el ancho del pasillo volvían a tener las dimensiones que siempre habían tenido.


Volví a caer en un sueño profundo, esta vez rápidamente. Los fantasmas del pasado que vivían en la casa seguían haciendo sus tareas cotidianas mientras yo me desdoblaba y mi parte inmaterial recorría las estancias observando, sin poder participar en nada. Me vi en la cama acostado, arropado y roncando ligeramente. Mi hermana estudiaba sentada en su escritorio, pero cuando le puse la mano en el hombro, lo atravesé, como si estuviera compuesta de humo fantasmal, sin embargo, sentía que el espectro era yo, no ella, ya que mi cuerpo no me acompañaba en aquella incursión nocturna. Cuando se levantó de su silla no pudo verme, me atravesó sin percatarse absolutamente de nada y se dirigió a la cocina. Había ido a por agua.

Al despertarme a la mañana siguiente, la luz del día no trajo cordura a la casa. Un rayo concentrado de luz que entraba desde el balcón dejaba ver la gran cantidad de polvo en suspensión de un lugar que no se ha limpiado en mucho tiempo. No era un rayo de sol alegre, parecía antiguo, añejo. Aquel mismo rayo de sol debía haber quedado allí atrapado sin poder salir y día tras día interpretaba su magistral entrada exactamente a la misma hora en un bucle infinito de un devenir de sucesos irreparables. Por la noche, sin posibilidad de escapar, debía permanecer agazapado en algún escondite secreto.


Decidí a salir a pasear, esperaba despejar mi mente de todo el estrés que me estaba haciendo delirar. Caminar por la calle y ver gente me iba a ayudar a cambiar mi sentimiento de opresión. Me metí en el bolsillo lo indispensable y abrí la puerta que da al portal. Lo lógico hubiera sido ver el descansillo y, frente a mi puerta, la de la casa de mi vecino, sin embargo, al otro lado de la puerta estaba el salón de casa, como si hubiera un espejo en la entrada. Podía verme incluso a mí mismo reflejado con el rostro distorsionado por el espanto. Atravesé el umbral de la puerta y lo único que conseguí fue entrar de nuevo en casa. Podía ver el salón, el pasillo y, al fondo, la cocina. Era imposible que estuviera dormido. Me había levantado, había tomado café y me había dado una ducha. Incluso me había hecho un pequeño corte afeitándome que aún me escocía un poco. Comencé a sentir claustrofobia, me sentía atrapado dentro de la vivienda. Sin embargo, la “nueva casa” en la que había entrado difería ligeramente de la anterior. Las paredes no eran rectas, se curvaban y movían ligeramente como si fueran gelatinosas y en algunos puntos se retorcían como a punto de formar un vórtice, que tan pronto se creaba, se deshacía. Los cuadros de las paredes no eran exactos a los de mi casa, aunque eran bastante parecidos. Las fotografías estaban colocadas en el mismo lugar, pero quienes aparecían en ellas no eran exactamente mi familia, sino personas muy similares.


Ya empezaba a dudar seriamente de mi cordura, o de si estaba realmente despierto. Fui corriendo al baño y me miré en el espejo. Para mi terror, no fue a mí mismo a quien hallé reflejado. Al otro lado del espejo había un chico adolescente al que reconocí de inmediato. Me vi a mí mismo hacía muchos años, estrenando la brocha de afeitar que mi padre me había regalado y que aún conservaba, pero en el reflejo se veía nueva y no deshilachada, como era su actual aspecto. Sentí un pánico atroz y fui habitación por habitación, pero todas se veían ligeramente diferentes a cómo eran en la actualidad y un poco distorsionadas como si el tiempo y el espacio no tuvieran las mismas características que en el mundo real. Me dirigí hacia la puerta de nuevo, y de nuevo, encontré la entrada otra vez al interior de esta nueva casa, una casa del pasado pero a la que había accedido desde el presente. No había manera de escapar de ese laberinto. Me asomé al balcón. No estaba aún allí el parque que construyeron al poco de mudarme, y los edificios de alrededor aparecían con su antiguo color, antes de que decidieran pintarlos todos de blanco y azul. Estaba irremediablemente atrapado.

Me senté en el sofá, necesitaba hacerme a la idea de que aquello que estaba sucediendo no era real. Probablemente yo estuviera sufriendo algún tipo de alucinación, de trastorno mental puntual secundario al intenso estrés. Quise razonar, dar una explicación racional a la extravagante situación que estaba viviendo. En ese trance me hallaba cuando un estruendo que provenía de la cocina me sacó de mi cabal idea de racionalizar todo aquel extraño escenario de un macabro circo. Me levanté rápidamente del sofá con la intención de ir a ver lo que sucedía en la cocina, sin embargo, no tuve que avanzar mucho para darme cuenta: las paredes de ésta se replegaban sobre sí mismas, los ladrillos se agrietaban y los azulejos caían estrepitosamente al suelo. Cuando el piso y el techo se hicieron un único amasijo, el proceso de pliegue avanzó hacia el pasillo y el resto de habitaciones. Escuché como el cristal de la ventana del baño estallaba bajo la presión. Intenté convencerme de que aquello no estaba sucediendo realmente, me asomé a una ventana y pude ver como el resto de edificios y el asfalto se agrietaban engullendo las aceras, las farolas y el propio cielo, que se desplomaba desde el horizonte. Me sentí auténticamente en peligro e inconscientemente me fui acercando a la puerta, como si allí fuera a encontrar una salida, sin recordar que aquel averno no tenía escapatoria alguna. Cada centímetro de la casa iba sufriendo una cruenta demolición, las puertas y el suelo iban siendo devorados cada vez más rápido en esa implosión que iba concentrando toda la materia en un único punto que yo no podía ver bajo la polvareda que levantaba el derrumbamiento. Abrí la puerta para intentar huir, pero frente a mí sucedía exactamente lo mismo, la casa del otro lado se arrugaba y avanzaba su rápida destrucción hacia mí.


No sabría explicar cómo es el lugar desde el que escribo ahora. Es un lugar terrible, narro lo sucedido desde el punto máximo de la locura de la soledad, no hay nada aquí ya. Aunque físicamente saliera indemne de la catástrofe, mi mente quedó entre los escombros de la gran destrucción. En aquel gran cataclismo desapareció la casa, la barriada y todo mi mundo. Y yo quedé atrapado en ella. La hecatombe me mantuvo vivo pero aprisionado. Si alguien alguna vez consigue leer este relato quiero que sepa que no intente el rescate. Hay lugares desde los que jamás se consigue salir.




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©2018 by  Arima Rodríguez

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