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Mi dulce bocado


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1. UN JUEVES DIFERENTE


DULCE


—Marta, no te vas a creer lo que te voy a contar. ¿Te acuerdas de Pablo? Sí, claro, ¿cómo no te vas a acordar si te he hablado de él como mil veces? Jajajajaja. Bueno, siéntate si estás de pie. ¡Me ha invitado a cenar! Y no en un restaurante, sino en su casa, se jacta de ser un gran gourmet y dice que me lo quiere demostrar, que va a preparar algo sumamente exquisito. ¡Ay! No sé qué ponerme. Claro, voy a pedir hora en la peluquería, Pablo me va a querer comer a mí jajajajajaj. Ehm, sí, sí, tendré cuidado. No seas pesada, que sí. No te preocupes. Venga, un beso, reina.


No me puedo sentir más feliz, estoy flotando en una nube de irrealidad. Nunca me he considerado especialmente guapa o interesante, incluso tengo claro que debo perder unos cuantos kilos, así que lo que menos hubiera imaginado es que aquel hombre, salido de una superproducción de Hollywood, atractivo y misterioso, me fuera a invitar a comer.


Hablar con Marta me ha dejado mal sabor de boca. No parece muy dispuesta a alegrarse por mí. No sé bien si se trata de envidia porque ella siempre ha sido “la guapa”, la que se lleva la atención de todos, y ahora yo le cuento que tengo una cita con todo un galán de cine. Cuando salimos juntas, los hombres me suelen hablar para poder acceder a ella. Mi primer novio del instituto solo salía conmigo porque Marta le había dado calabazas. Llevo siendo invisible toda la vida. No debí mandarle por whatsapp la foto del equipo señalándole quién es Pablo, pero es que me hace tanta ilusión. Pensé que se alegraría por mí.


Quizás no debo ser mal pensada y Marta solo quiera protegerme. Lo pasé muy mal tras mi última relación, en la que descubrí a Rafa con otra. Un bellezón de mujer a la que no parecía viable que ningún idiota se le resistiera. Pero debo pasar página, y cenar una noche con Pablo parece un fantástico primer paso para ello.


Pablo es un compañero de la oficina, no hace mucho que empezó a trabajar allí. Su rostro es inolvidable: facciones angulosas, labios sensuales y mirada profunda. De edad indeterminada, alto y escrupulosamente peinado y vestido, su aspecto deja bien claro que es perfeccionista, que controla cada milímetro de sus actos. Ni un solo día ha llegado a su puesto de trabajo sin estar recién afeitado y con su trabaje en condiciones impecables. Su mesa está siempre ordenada de una manera quizás un tanto obsesiva.


Ante los demás, se muestra como un hombre discreto y reservado. Casi no sabemos nada de él, no habla nunca de su vida. Nadie sabe si está casado, si vive solo o si tiene perro. Absolutamente nada.


Su voz es grave, y jamás lo he escuchado alzarla. Se pasa todo el tiempo concentrado en su trabajo y es extremadamente puntual con los plazos de entrega y con los horarios, algo poco habitual en la oficina. Si lo que intenta es pasar desapercibido, lo que ha conseguido es todo lo contrario.


Nada más llegar, despertó la curiosidad de todas y cada una de nosotras. No hay mujer en aquella planta llena de boxes grises que no se haya interesado por él. Muchas intentan llamar su atención, pero ninguna parece tener éxito. Yo ni sabría qué hacer para que se fijara en mí, así que me contento con mirarlo y con tratar de hablar con él de alguna cosa.


Hay quien murmura que tal vez sea homosexual, sin embargo, tampoco presta atención a ningún hombre. Creo que, simplemente, tiene claro que va allí a trabajar y no a flirtear. Quizás, sea un marido fiel. Pensar eso solo hace que me atraiga aún más, no puedo evitar pensar con cuántas tonteó el imbécil de Rafa hasta que yo lo descubrí. Incluso estuve planteándome perdonar su infidelidad, fue Marta la que me convenció de que no debía hacerlo, que debía tener más autoestima.


Me gusta observar a Pablo cuando va a por café. El movimiento de sus manos es preciso. Sujeta el vaso y vierte despacio el líquido humeante en él. Me da la impresión de que disfruta de su olor. Un leve gesto en su semblante, casi imperceptible, muestra placer cuando asciende el humo y lo inhala. Mira el vaso y el color oscuro del café como quien contempla un cuadro en un museo. Nunca le pone azúcar, debe complacerle el intenso sabor amargo del café que compramos entre todos.


Yo intento coincidir con él en el office. Ansío que repare en mí, me subyuga el misterio que emana de él. A mí no me gusta mucho el café, pero si quiero hablarle tengo que aprovechar ese momento, ya que no sale a fumar y por lo general no es de conversar con sus compañeros, salvo en contadas ocasiones que se ve un poco arrastrado por las circunstancias de la oficina. Sobre todo los viernes, en los que la euforia se puede palpar en el ambiente y es inevitable contestar a la pregunta clave: “¿qué harás el fin de semana?”. Pablo suele responder con vaga claridad a esa cuestión.


Nunca se me ocurre bien de qué hablarle, así que tiro de clásicos: el tiempo, la cantidad de trabajo, lo pesada que ha sido la reunión… Él, siempre amable, con una tenue sonrisa velada, me responde con la mínima cantidad de palabras posible para no ser descortés pero para no dar pie a que la conversación se alargue.


Sin embargo, hoy fue diferente. Sin saber de qué conversar con él le pregunté lo que todos preguntan cuando se acerca el viernes: —¿algo interesante este fin de semana? —me sentí tan estúpida, que si Pablo me hubiera tirado el café por encima en ese momento, lo habría comprendido.


Me miró fijamente un instante con una expresión que no supe descifrar, como si mi pregunta lo hubiera sobresaltado. Me siguió mirando, hasta el punto de que consiguió intimidarme lo suficiente como para que yo apartara la mirada de sus ojos infinitos.


—Adoro cocinar —respondió tras una larga pausa que ya se estaba extendiendo demasiado — es una de las cosas que más me gusta hacer, pero no suelo tener para quién hacerlo—. Su voz grave e hipnótica me erizó la piel.


“¡Bien!, no tiene pareja” pensé.


—Es una pena, yo adoro comer pero no tengo quien cocine para mí —dije intentando que Pablo sonriera. Tenía curiosidad por saber cómo era su sonrisa, pero lo que logré fue un efecto bastante distinto al que yo esperaba. Lejos de sonreír, se quedó pensativo unos instantes, y luego, directamente, adoptó una postura algo más enérgica, como si alguna buena idea se le hubiera encendido en la cabeza.


— ¿Querrías que cocinara para ti? Te demostraré lo buen gourmet que soy —una leve sonrisa emergió en sus labios perfectos. Unos apenas imperceptibles, pero encantadores hoyuelos, se marcaron a ambos lados de su enigmática sonrisa.


Esa invitación me cogió tan desprevenida que por unos instantes no fui capaz de responderle. Tras fijarme en sus hoyuelos, solo podía intentar una y otra vez procesar sus palabras. —¿Me… me estás invitando a comer? —acerté a tartamudear.


Su voz de terciopelo volvió a ponerme el vello de punta. —Para mí sería un placer que probaras lo que cocino. Supongo que si fuera escritor desearía que leyeras lo que escribo. La cocina es también un arte, embriaga los sentidos y puede ser tan sublime y hermosa como la más exquisita de las esculturas —hablaba extasiado de su hobby. Era la primera vez que conversaba tanto conmigo y era, además, para convencerme de que aceptara su invitación. No podía creérmelo.


—Claro, estaré encantada. Bueno, no sé dónde vives. ¿Qué día te viene bien? —me sentía aturullada y solo atinaba a decir frases un tanto inconexas.


—¿Mañana viernes te viene bien? —Él, sin embargo, hablaba con la misma mesura con que hacía todo. —Si me das tu dirección iré a recogerte a la hora que me digas. Podrás tomar una copa conmigo y charlaremos mientras cocino para ti, así nos conoceremos un poco más. Por cierto, ¿algún sabor que te desagrade especialmente?


—¿Mañana viernes? Sí, genial. Te anoto mi dirección. Me gusta todo, y si lo cocinas tú seguro que aún más —no conseguía dejar de responder atropelladamente y de sonreír con cara de tonta.


PABLO


Como no fijarme en Dulce. Su propio nombre la define. Derrama docilidad en cada uno de sus movimientos: en su forma de caminar, en su melosa manera de colocarse el cabello tras la oreja derecha cuando se pone nerviosa, en la delicadeza con la que sujeta los papeles. Me recuerda siempre a un adorable cervatillo asustadizo.


Me llama la atención, sobre todo, su piel. Es tan perfecta, tan sonrosada y parece tan suave, que he soñado con acariciarla con mis labios mil veces. Las suculentas curvas de su cuerpo se adivinan tiernas, me imagino a mí mismo en repetidas ocasiones mordiendo su apetitosa cintura y sus carnosas caderas, que ella trata de ocultar, estúpidamente, con ropa amplia. Probablemente piensa de sí misma que debería perder parte de esas curvas que a mí me enloquecen. Me subyugan también sus labios jugosos, hechos para sonreír de una manera inusualmente refrescante. Parecen rojizos pedacitos de melocotón.


Cuando pasa cerca de mí, trato de cerrar los ojos y aspirar el aroma que deja tras de sí. Tiene un delicado olor afrutado, exótico. ¿Tal vez a mango? Sí, huele deliciosamente a mango. Es su cabello el que exhala aquel bouquet. No puedo evitar imaginar el olor de su cuello, debe de ser sutilmente excitante.


Me gustó desde que la vi, pero parece tímida. Ni siquiera sé si le intereso. No es como las otras, que felinamente acuden a mi mesa, lanzando miradas indiscretas, queriendo parecer cautivadoras y sensuales, pero que a mí me resultan en realidad grotescas y vulgares, con sus insinuaciones demasiado evidentes y sus preguntas inconvenientes que trato de evitar por todos los medios.


Dulce, por el contrario, parece una jovencita: siempre cohibida y con ojos huidizos. Me enterneció lo nerviosa que se puso cuando la invité a cenar. ¿Sería difícil probarla? Quizás esa duda que crea en mí hace que me guste tanto, más que las anteriores mujeres que he invitado a cenar.


Ha aceptado mi invitación. Casi es mía.


Quiero que esta noche sea perfecta. He comprado flores, ¿cuáles serían sus favoritas? Una flor frágil, con toda probabilidad. Mi salón huele a la delicada fragancia de los lirios blancos. Las manos de Dulce parecen pétalos.


He elegido la música con parsimonia, intentando encontrar una que encaje con ella. La he observado mientras no me ve, y he calculado el ritmo de sus pasos hasta dar con la melodía perfecta que pudiera generar el suave contoneo de su cuerpo. La más sublime de las óperas, la más elegante y refinada será la música que pondré cuando entre en casa, se sentirá identificada con ella, estoy seguro.


Tengo un buen vino tinto, un cabernet sauvignon, que encargué hace semanas con el fin de abrirlo en una ocasión especial, en la que encontrara la pieza de carne idónea para él. Y justamente ahora es cuando he dado con ella. El sabor a grosella negra que deja en el paladar se mezcla con el jugo de la carne poco hecha, y su aroma a pimienta negra es el único condimento que necesitará mi plato.


Una deliciosa ensalada de mango y lima como guarnición. La mezcla de sabores opuestos, dulces y salados es, sin lugar a dudas, mi favorita. Una explosión de contradicción, contemplar a Dulce desconcertada, eso debe ser el sumun del placer. Y además, el aroma a mango es el aroma de mi invitada. Su olor y el sabor del plato serían uno solo, se confundirían entre mi paladar y mi nariz, haciéndome creer que saboreo su olor. El secreto está en lograr confundir los sentidos, cogerlos por sorpresa.


Para cuando todo haya acabado, el postre. Unos petit choux de crema, bañados con una levemente agria salsa de naranja, dejarán en mis labios el sabor agridulce de una primera y última cita con una mujer. ¡Qué lástima que mi querida Dulce no vaya a apreciar la grotesca pero acertada simbología que encierra un postre como este! Las veladas perfectas requieren ser terminadas de forma impecable.

2. VIERNES, POR FIN


PABLO


Faltan tres minutos para las siete, he aparcado el coche justo frente al portal de su casa. Mi dulce joven tiene decorado su balcón con margaritas. Siempre me han parecido las más cándidas de las flores. Se deshojan por amor, y por amor mueren, desangradas por una placentera mutilación de cada una de sus frágiles extremidades, en lo que alguien sale de dudas sobre si es querido o no. ¡Con cuánta vileza son lanzados los pétalos al viento!, ¡qué muerte tan banal!


Sale del portal con una hermosa sonrisa dibujada en su rostro. Mi dulce bocado parece feliz.


—Sé que te gusta la puntualidad, así que mira, como un reloj. Las siete en punto. Vaya, Pablo, qué elegante estás—. No sabe disimular sus nervios. Se delata a sí misma colocando el cabello detrás de su oreja.


—Estás preciosa, Dulce. Verás, quiero hacerte un regalo—.

DULCE


Antes de arrancar el coche, Pablo me ha dado un paquete pequeño, envuelto con un delicado papel brillante. Con cuidado he quitado la cinta de satén y lo he abierto. En una caja de terciopelo bermellón me ha sorprendido encontrar unos relucientes pendientes con forma de lágrima plateada. Son tan elegantes y sofisticados, que ni eligiéndolos yo misma hubiera dado con unos tan perfectos. Me he quedado tan sorprendida que no he sabido ni qué decirle.


—Espero no molestarte con mi atrevimiento. He visto que, a pesar de tener los lóbulos perforados nunca usas pendientes. Pienso muchas veces en lo hermoso que luciría tu cabello tras unos. Me ha parecido que estos pueden resultar de tu agrado, si no es así, no hay problema, los cambiaré por otros que te gusten más—. Por fin sonreía abiertamente, pero sin dejar de mirarme de manera penetrante, como si pudiera traspasar mis ojos y leer lo que hay detrás, escondido, con miedo a ser expresado. ¡Ojalá pudiera descifrar que es la primera vez que me siento tan colmada de atenciones!


Yo no suelo llevar pendientes porque es más cómodo estar sin ellos y tampoco creo que marquen una diferencia notable en mi aspecto. Pero él ha tenido tan buen gusto al elegirlos, que estoy segura de que me harán sentir realmente hermosa.


—Oh, Pablo, ¡son preciosos! No tenías que haberte molestado. Vaya, me vienes a buscar, cocinas para mí y además me haces un regalo. Me los pondré inmediatamente —una vez puestos, me he apartado bien el pelo para que pudiera ver cómo me quedaban, pero los ojos de Pablo han saltado a mi cuello, lo han recorrido despacio y han bajado hasta la V de mi escote, haciendo que me pusiera muy nerviosa. He hecho como si no hubiera notado nada y tras soltarme el cabello le he sonreído.


La casa de Pablo es extraña. La puerta de entrada da para una única pieza que es salón y cocina. Me sorprende cómo todo parece absolutamente sobrio y funcional, en tonos grises y negros. No la decora un solo adorno, ni una foto. El salón-cocina es espacioso y tiene enormes ventanales que se asoman a una soberbia vista de la ciudad sobre la que ya cae la noche.


Casi parece que no vive nadie en ella, solo delatan la presencia de alguien unas bolsas de la compra sobre la encimera de la cocina y un hermosísimo jarrón transparente con un frondoso ramo de lirios blancos que exhalan un perfume suave y embriagador.


A la derecha, y antes de llegar a la cocina hay una puerta cerrada, que debe dar al pasillo y a su dormitorio. ¿Cómo será su dormitorio? ¿Igual de sobrio que lo demás?


Desde que hemos entrado ha puesto música, debía tenerla ya preparada. Esa música… no la había oído nunca pero es como si alguien la hubiera compuesto para mí, como si latiera al compás de mi corazón y me transportara a algún otro lugar. ¿Cómo podía haber acertado tan de lleno con la melodía? Nadie se había tomado jamás tantas molestias para hacerme sentir bien.


—Un bueno vino es esencial para degustar un buen plato —la copa, en su mano grande y cuidada, extendida hacia mí hasta casi mis rozar mis labios, me intimida, como todo él—. Espero que te guste, Dulce —me susurra al oído, excesivamente cerca de mí, creando un leve cosquilleo en mi piel.


La voz envolvente de su susurro y la cadencia de esa melodía, mezcladas con el aroma de los lirios y el sabor del vino, me transportan a un estado de consciencia en el que la alerta que me ha acompañado todo el tiempo se ha apagado. De repente me siento sumamente tranquila y hermosa, como nunca me había sentido.


Sentada en una de las sillas de la cocina puedo observarlo mientras prepara la comida. Sus movimientos son lentos, armoniosos. Se quita la chaqueta para no mancharla y la cuelga cuidadosamente en el perchero que hay cerca de la puerta. Se remanga un poco su camisa negra. Sus antebrazos son fuertes.


Con sumo cuidado, coge algunas frutas y les quita la piel. Las eleva, una a una, y las observa detenidamente a la luz por si tuvieran algún desperfecto. Con un cuchillo bien afilado las corta en tiras finas, toda iguales, como si las hubiera medido. El aroma dulce llega hasta mí, sumiéndome en un extraño embeleso. Me dejo llevar por lo que creo intuir que él siente mientras prepara la cena.


Casi parece que aprovecha el compás de la música para que sus movimientos sean certeros. Apenas habla, salvo para explicarme detalles de los matices del sabor según el corte, y yo lo escucho absorta. El limpio y rítmico sonido del cuchillo y la voz aterciopelada de Pablo me transportan a él, no puedo evitar ponerme en pie y observar de cerca cómo elabora con semejante elegancia lo que quiere ofrecerme.


Lentamente, se gira, tiene en sus manos una suculenta frambuesa de un color inusualmente intenso. Tal vez sea el efecto que produce la luz tenue que ha encendido al incidir sobre ella. Me la lleva a la boca, y cuando me la ha introducido, aprovecha para acariciar mis labios con la yema de sus dedos. —Rojizos trocitos de melocotón, exactamente como yo suponía —me dice con apenas un murmullo. Con el dorso de su mano, evitando manchar de rojo mis mejillas, acaricia mi rostro y se aproxima a mí. Aspira con profundidad el aroma que exhala mi cuello mientras cierra los ojos. Yo me entrego a su placer, sintiendo cerca su respiración.


Cuando se aleja de mí me cuesta abrir los ojos, hubiera querido que ese instante de cercanía se perpetuase infinitamente, pero Pablo, como perfecto gourmet, continúa su tarea. Exprime el zumo de la lima y coloca, con la delicadeza de quien maneja porcelana, el resto de los ingredientes. Decora el plato de manera tan excelsa que casi da lástima comérselo. Ubica los colores como si preparara un ramo de flores.


PABLO


Falta lo principal. El motivo sobre el que ha girado aquella cita desde el momento en que quedamos en el office. El plato más importante, la más apetitosa y exquisita de las carnes, la que me deleitaría como hacía tiempo que nada lo conseguía.



3. AÑOS MÁS TARDE

PABLO


Han pasado los años, pero aún recuerdo con detalle como continuó aquella noche. Tomé de la mano a Dulce y la llevé hasta el sofá conmigo. El vino y la música la habían aturdido levemente. Quise probar sus labios con los míos, y, al igual que en mis pensamientos, rozar su piel sonrosada con ellos. Era tan suave, tan tierna y aromática como había imaginado mientras la contemplaba en el trabajo. Noté su cuerpo relajarse entre mis brazos y como sucumbía a mis deseos.


Permitió que mi mano descendiera hasta acariciar sus pechos suaves y suculentos y que bajara después a su cintura, que formaba una suave ondulación que culminaba en sus caderas carnosas. Era perfecta, lo supe en todo momento. Aquella noche, el tacto me confirmó lo que mi olfato había adivinado. Más allá de su olor afrutado estaba el delicado aroma de su piel, su auténtico olor, el que me enloquecía.


-Dulce, ahora es importante que estés tranquila. Es lo más importante de todo, que tu cuerpo esté relajado —le dije con la voz más suave y lenta que pude, no quería sacarla de su embeleso. Me hizo caso.


Brillante y roja fluyó la sangre de su cuello en un corte tan fino, tan preciso, que no tuvo tiempo de sentir dolor. Su rostro permaneció inalterable, parecía inmersa en un dulce sueño, con los ojos entrecerrados.


Con cuidado le quité el vestido. Toda aquella piel intacta y hermosa, blanca y deliciosa, se mostraba, cándida, ante mí, y me invitaba a deleitarme con su visión, con su aroma y con su tacto. Acaricié su carne, con los ojos cerrados, mientras buscaba la zona perfecta, la que se adaptase con suavidad a la concavidad de mi mano. Por un instante, desee que aquella piel, que parecía refinada porcelana y que la luz tenue de la lámpara había vestido de color miel, se erizase bajo mi caricia, pero era imposible ya.


Con mi mejor cuchillo, tan afilado como el bisturí de un cirujano, extraje, con mimo, la pieza de dimensiones justas. El sonido que hacía al atravesarla sonaba como el rumor de la seda de unas sábanas mientras se ama entre ellas. Unas tibias gotas de color granate, como rubíes, se deslizaron por su piel blanca, cayendo en el papel que había colocado debajo. Dibujaron en este hermosas flores rojas, como apasionadas rosas perfumadas.


El momento de desollar la carne requería la mayor de las delicadezas. Me levanté del sofá. Sobre mi tabla de cocina fabricada en suave haya pude, con la precisión más rigurosa, extraer la piel con lentitud mientras me recreaba en mi parte favorita de la ópera que había elegido para Dulce.


Coloqué un poco de aceite de oliva en la sartén, a fuego lento. Su leve crepitación me avisó de que ya era el momento de colocar encima la pieza que se convertiría en el plato especial de la velada. Aquella carne debía hacerse apenas para que no perdiera una sola nota de sabor. Las voluptuosas caderas de mi cándida Dulce me habían obsesionado desde el primer momento y ahora ya eran mías.


El sonido de la grasa disolviéndose en la sartén eran música para mis oídos, solo interrumpida por la voz aguda de la soprano. El color rojo pasaba a rosáceo. El aroma de la carne fresca recién hecha me hacía cerrar los párpados para recrearme en ella. Así era como justamente podría disfrutarla. Una pequeña porción, que con cuidado coloqué en el plato junto a la ensalada de lima y mango llevaron a aquella inolvidable mujer a formar parte de mí. Fue una experiencia que traspasó a cualquier otra que hubiera vivido antes.


Mi querida Dulce era, sin lugar a dudas, aún más deliciosa de lo que nunca hubiera podido imaginar.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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