Me llamo Linda Jones


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FRANK


En invierno oscurece tan rápido y las luces muertas de las calles son tan frías, que tengo la sensación de vivir casi siempre de noche; me gusta la noche, siento que ella y yo nos llevamos bien. Ambos vivimos en silencio, al margen del ruido de la ciudad, de la multitud y de las prisas.

Aquella noche de invierno, recuerdo que la imagen de la calle se veía distorsionada a través de mi ventana por el efecto de las gotas de lluvia. Encendí un cigarro. Observé, abstraído, el teléfono de mi despacho; no había sonado en días.


Ser investigador privado suena muy bien, la gente piensa que es una vida emocionante, pero en realidad es una basura: la mayoría de los casos son aburridos y apenas dan para malvivir. Te codeas con delincuentes, estafadores y ladrones y terminas por pensar que el mundo entero se ha vuelto loco. Sin embargo, no sé hacer nada más. ¿A qué otra cosa podría dedicarme a estas alturas de mi vida?


No me interesa demasiado hacer fortuna. Me da igual estar en la ruina mientras tenga para pagar la habitación en la que vivo y comprar de vez en cuando una botella de bourbon. Siempre he sido un hombre poco exigente.


A principios de aquel diciembre, cuando la conocí a ella, no me había sucedido nada apasionante desde hacía demasiado tiempo. Mi último caso había sido localizar a una joven que había decidido que sus padres eran demasiado rígidos. Me costó menos de un día dar con ella: como era lógico, la chica se había marchado con su novio. Una llamada de teléfono y un corto paseo me bastaron para cerrar el caso.


El ruido de las sirenas de los coches de policía me traía viejos recuerdos, de mi juventud, cuando trabajaba en el cuerpo. No fueron malos años, conocí a buenos amigos, quizás no muy hábiles, que aún acudían a mí en ocasiones en busca de ayuda.


Aún faltaba una hora para cerrar, pero no tenía más ganas de estar sentado mirando por la ventana el tráfico, que a esa hora era más denso. Me pondría mi gabardina y daría un paseo hasta casa.


Cogí mi sombrero del perchero, un Fedora bastante desgastado, y me disponía a coger también la gabardina cuando alguien, con decisión, llamó a mi puerta. «¿Justo ahora, que me quería marchar?» pensé con cierto fastidio. Apagué el cigarrillo en el atiborrado cenicero de mi mesa y su humo se quedó aún dibujando una columna en el aire. Dejé la gabardina y el sombrero en el respaldo de la silla y me dirigí a la puerta. En un gesto que ya hacía casi sin pensar, me coloqué un poco el pelo y me arreglé el cuello de la camisa.


La mujer que estaba al otro lado de la puerta me dejó sin respiración. Una belleza de piel de porcelana, enfundada en un vestido negro y ajustado bajo la gabardina húmeda, que ya comenzaba a quitarse, preguntaba por mí, con una voz aterciopelada y sensual. Tomó una calada de su cigarro y dejó un intenso beso de color rojo en la boquilla. No se molestó en dirigir el humo que exhaló lejos de mí, así que, por unos instantes, la vi envuelta en niebla.




LINDA


«Maldito Harry, cuanto te odio». No podía dejar de pensar en él. Ni siquiera ahora, que ha pasado tiempo, puedo evitar aborrecerlo.


Harry nunca me había hecho mucho caso, sobre todo después de casarnos, pero el último verano había sido desastroso. No solo se fue de viaje de placer sin mí, sino que ni tan siquiera me avisó de que lo haría. Cuando vi a Marian preparar su maleta fue cuando supe que se largaba una semana fuera de Chicago.


Para él yo siempre fui una victoria más que añadir a su larguísima lista. Harold Jones había triunfado en la universidad, en los negocios y se había casado con una mujer inteligente y hermosa. Conducía el último modelo de automóvil y su ropa era confeccionada por el mejor sastre de la ciudad. Al igual que sus trajes a medida, que pasaban al olvido ante los nuevos, yo estaba también situada en el fondo del armario de su vida.


Gastarme su dinero en vestidos, perfume y joyas no me hacía ya tan feliz como años atrás. Es cierto que yo tenía cuánto se me apetecía, sin límites, pero eso llega a cansar pasado un tiempo; se hace insuficiente. Se alcanza un punto en el que, una vez se disipa el encanto del lujo, empiezas a añorar las cosas inmateriales: las miradas de deseo, una cena a la luz de las velas o algo tan sencillo como que te cedan la chaqueta en una noche fría.


Me resulta curioso ahora recordar que yo lo amé. Y sé que él me amó a mí. ¿Cuánto tiempo? No sabría decirlo. Apenas queda el vago recuerdo de una emoción que a mí me encogía el alma y a él le provocaba un brillo especial en sus ojos azules.


Mi marido, a pesar de haber sido tan listo como para ascender en sus negocios, era igual que un crío. Las cosas le hacían ilusión un breve período de tiempo y luego necesitaba buscar algo nuevo para divertirse porque se cansaba. Así, sin más. Justo eso había hecho conmigo aquel verano. Yo había tratado de hacer como si no me importase, ¿para qué cambiar mi acomodada vida? Era más sencillo buscar un amante que llenara mis innumerables noches a solas. No me fue complicado, tenía para escoger, incluso trataba de no repetir. Si Harry sabía de mis andanzas, no daba muestras de que le preocupara en absoluto. Yo era, además, una mujer muy discreta, así que su fabulosa reputación no iba a verse comprometida.


Era más que obvio que ya no sentíamos nada el uno por el otro, pero verla a ella fue lo que desató toda la amargura que yo había guardado durante los últimos años. Jovencísima y sonriente, aquella rubia con cara de estúpida no sabía aún que era solo un juguete en manos de mi marido: un hombre con éxito, guapo y muy rico, que se cansaría de ella en poco tiempo.


Habrá quien piense que lo que hice fue fruto del despecho. Pero no es así. Ninguna mujer debe ser tratada como un objeto con fecha de caducidad. Alguien debía pararle los pies a Harry y a todo lo que él representaba, y sin duda, esa debía ser yo.


Recuerdo que me senté con comodidad en mi sillón de terciopelo bermellón. Había empezado a hacer frío en la ciudad y le pedí a Marian que encendiera la chimenea y que me trajera un vaso de whisky. Abrí la guía de teléfonos con calma, debía buscar al detective privado más discreto, al más desconocido. «Frank Barrows, detective privado». Un insignificante cartel, perdido en una página llena de grandes anuncios ostentosos, casi invisible: era justo lo que estaba buscando.


Mi marido nunca hablaba de negocios conmigo, le parecía que «debían parecerme aburridos». Solía decirme con cierta condescendencia: «cariño, trata de divertirte, que ya me ocupo de yo de estos temas». Y se reía, el muy crietino, como si yo fuera un florero. Aunque quizás, esa necesidad de apartarme de su mundo empresarial no respondía a una obligación de reafirmación masculina. Yo no sabría de negocios, pero no era necesario ser un lince para ver claro que gran parte de lo que Harry se traía entre manos era algo turbio. Yo iba a ocuparme de que esos «temas aburridos» se convirtieran en algo más divertido, sobre todo para mí.

En los años de la Ley seca, Harry había sacado un gran provecho de ello, pero la Enmienda XXI, en el año 33, se había cargado el crimen organizado y había cerrado el grifo de sus negocios. Sin embargo, de manera un tanto sospechosa, había vuelto a despegar a toda prisa. Barrows daría con lo que yo estaba buscando.



FRANK


—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarla, señora…?


La mujer entró en el despacho, se quitó la gabardina, que aún goteaba, y la colgó en el perchero. Sin ser invitada, pasó y se sentó. Cerré la puerta y volví sobre mis pasos para sentarme a mi mesa.


—Soy la señora Jones —respondió al fin, tras dar un honda calada a su cigarrillo.


Adoptó una postura relajada en la silla, estaba claro que no tenía prisa. Eso era señal de que lo que tenía que contarme era bastante largo, así que me relajé y observé su rostro perfecto. A mí no me esperaba nadie, así que podía concederle toda la noche si era preciso. Era preciosa, tenía los ojos grandes y profundos, los labios carnosos y la mirada de una gata lista. Además, me daba la impresión de que ella sabía que era arrebatadora.


Llevaba ropas caras, perfume bueno y tenía las manos y la piel tan cuidadas que parecían llevar un esmalte blanco. Este caso podría darme dinero y quizás no fuera complicado; las señoras que acudían a mí solían tener el objetivo de encontrar infidelidades en sus maridos, pero algo me decía que la señora Jones estaba por encima de eso.


—Seguro que usted conoce a mi marido, Harold Jones. Todos lo conocen—. Terminó sus palabras dibujando una media sonrisa en sus labios que a mí me parecía que encerraba cierta amargura.


Así que se trataba, nada más y nada menos, que la esposa del empresario Harold Jones, uno de los hombres más importantes de Chicago. Si esa mujer había acudido a mí, un perfecto desconocido y un mediocre investigador privado, era porque lo que trataba de destapar era bastante gordo y tenía que asegurarse de que no se presentaba sin querer en el despacho de un amigo o de un cliente de su marido.


Volví a hacer la pregunta, que había quedado sin responder junto a la entrada de mi despacho.


—Usted dirá, señora Jones, ¿en qué puedo ayudarla?


Con movimientos felinos se levantó de la silla y caminó despacio. Intentaba reunir las ideas que quería trasladarme sin mucho éxito. El silencio se hizo sepulcral, tan solo se oían los tacones que, con lentitud, clavaba en el piso al caminar hacia la estantería que había al fondo de mi despacho. Se detuvo apenas unos instantes en leer el lomo de algunos tratados de criminología. De repente, encontró las palabras que estaba buscando, se giró hacia mí, sonrió de manera abierta y pronunció una frase corta, pero cuyo contenido bastaba para que tuviera claro lo que debía hacer: «Quiero a mi marido en la cárcel».


Lo que me pedía aquella mujer era algo muy grande, trataba que un don nadie como yo metiera entre rejas a uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Amigo de políticos, banqueros y empresarios, blindado por los cuatro costados y con más dinero del que podría gastar en toda su vida y en las próximas cinco o seis reencarnaciones.


—Supongo que entiende lo que me está pidiendo y a lo que me arriesgo.


La mirada de desprecio de la señora Jones me hubiera hecho sonrojar si yo hubiera contado con veinte años menos, sin embargo, a esas alturas, nada me daba vergüenza.


Comencé a hablarle de mis honorarios pero, sin dejarme terminar, me dijo que estaba de acuerdo. Una señora de tan alta posición se sentiría incómoda al hablar de dinero, pero ella parecía más bien que quería ahorrarse tiempo. Me dejó claro que el factor económico no era ningún problema.


Me dijo que trataría de hacerse con documentos relacionados con los negocios de su marido. No me explicó como pretendía llevar a cabo tal azaña, aunque algo me decía que nada entrañaba excesiva dificultad para alguien como ella.




LINDA


El señor Barrows se esforzaría. Además, lo haría por dos razones: una, porque podía pagarle mucho dinero y otra, porque yo le atraía. Parecía que todos los hombres actuaban activados por el mismo resorte.


La segunda vez que nos vimos apareció recién afeitado; se había quitado aquella barba de varios días que le daban un cierto aire de perdedor y además tenía un agradable olor a colonia. Ese día conocí a su secretaria, la señorita Cooper. La primera vez que fui, ella no estaba, más tarde me daría cuenta de que tenía completa libertad de horarios. Era obvio que el señor Barrows no podía pagarle lo suficiente como para reclamarle nada.


Había conseguido reunir documentos importantes en relación a los negocios de Harry. No me fue difícil, el idiota de su contable hubiera hecho cualquier cosa con tal de tenerme cerca y de que le riera sus chistes malos. Fui a su despacho y le dije que me apetecía verlo y tomar alguna noche una copa a solas con él, a escondidas de Harry. Fue suficiente para que me diera una copia de todos los documentos relacionados con las actividades financieras de mi marido. Eso sí, tuve que aguantar una aburrida velada mientras tomaba unas copas con él, le sonreía mucho y fingía que me interesaba su conversación.


Puse una carpeta cargada de papeles en la mesa de Barrows.


—Puede quedárselos, son copias—. No pude evitar hablar con cierto desprecio, me molestó que se hubiera arreglado para mi visita, eso lo convertía en uno más de la larga lista de hombres débiles que conocía.


En realidad, nunca me hubiera fijado en un tipo como Barrows, pero su voz… era tan profunda y aterciopelada que me apetecía seguir escuchándolo, dijera lo que dijera. En su mirada se reflejaba una vida interesante. Ni su rostro recién afeitado ni su colonia borraban las arrugas que la experiencia había dibujado en torno a sus ojos. No llevaba anillo de casado y su ropa no había pasado por manos de una mujer. Tal vez no fuera otro idiota más.



FRANK


—Señora Jones, necesitaré unos días para leer toda esta información y comenzar a recabar nombres, contactos y ese tipo de cosas. Mi secretaria la llamará cuando averigüe algo o si necesito alguna cosa más. Le diré que al preguntar por usted se presente como su modista.

»Solo una pregunta más, ¿por qué quiere meter a su marido entre rejas?


—Señor Barrows, eso no es asunto suyo.


Linda Jones era una mujer excepcional, había traído muchísima información en muy poco tiempo. Debía de ser muy persuasiva.


Me sentí estúpido por haber tratado de arreglarme un poco para su visita, sobre todo porque su mirada y su tono al hablar conmigo habían sonado despectivos. No tenía muy claro por qué me molesté tanto en tener tan buena apariencia para ella, no lo volvería a hacer. Estaba seguro de que se había dado cuenta y le debí parecer un mamarracho más, igual que todos los que la rodeaban y babean a sus pies.


La mirada de mi secretaria, la señorita Cooper, fue de sorpresa primero y de desaprobación después, cuando se marchó mi clienta. Pobre Marta Cooper, hacía dos meses que no le pagaba, sin embargo allí, seguía, atendiendo el teléfono y trayéndome el café. También me daba buenos consejos: «Frank, esa mujer es una víbora, sabes que me gusta verte afeitado y limpio, pero te aseguro que puedes meterte en asuntos muy feos». Marta, mayor que yo y soltera, me veía más como a un hijo que como a un jefe. Y era obvio que yo no era capaz de decirle que se metiera en sus asuntos.


Había comenzado a nevar. Chicago era una ciudad gris, fuerte, grande y crecía poderosa después de sus desventuras. Mi abuelo vivió el gran incendio, que había comenzado en el distrito maderero y que había destruido el centro de la ciudad. «Frank —me decía —Chicago es indestructible: cuando le hacen daño, lo que sucede es que se fortalece». La guerra civil había mejorado su economía y los gánsteres la habían hecho famosa en todo el mundo. El Wrigley Building, en la North Michigan Avenue, era emblema de la prosperidad de esta ciudad, que nos atrapaba a todos, grandes, pequeños, poderosos e insignificantes, y nos interconectaba de la más enrevesada de las maneras.


No podía evitar pensar de esa manera cuando llegaba el frío y mucho menos ahora, que en mis manos estaba la posibilidad de meter entre rejas a un hombre de la talla de Harold Jones. Prosperidad y miseria estaban a un paso la una de la otra aquí, y con toda probabilidad, en todo el mundo.


Linda llevaba el alma de la ciudad dentro de sí. Poderosa y enorme frente a la adversidad.



LINDA


Una de las noches, tras confiarle a Barrows la documentación que me había facilitado su contable, fui con Harry a un club de jazz, al Green Mill. Desde luego, no es que le hubiera dado un ataque romántico y quisiera pasar una agradable velada conmigo. Aquello formaba parte de sus negocios, y un hombre que se definía a sí mismo como conservador debía aparecer con su esposa en ese tipo de eventos.


«Cariño, ponte guapa y sonríe todo el tiempo, que todos vean lo felices que somos» me dijo por la tarde, cuando me anunció que iríamos al club a escuchar la orquesta de Stan Kenton. A mí me apetecía salir y el Green Mill me fascinaba. De paso podría memorizar algunas caras y nombres para Barrows.


Harry me utilizaba como elemento decorativo, jamás apreció mi inteligencia y creo que nunca imaginó lo mucho que yo podía llegar a despreciarlo, y eso jugaba en mi favor. Me enfundé en mi vestido negro brillante con los hombros descubiertos y ajusté el cinturón para que mi cuerpo, con forma de reloj de arena, no pasara desapercibido a los ojos de nadie. El propio Harry puso gesto de deseo cuando me vio bajar la escalera. Yo hice como que no me daba cuenta, me asqueaba que aún pensara que yo era un juguete en sus manos.


Casi toda la noche la pasó charlando con uno y con otros, «trabajo, nena» como él decía. Aquella velada, entre el delicado sonido del piano y el sensual saxofón, me sujeté del brazo de mi marido y no lo solté en toda la noche. Él debía pensar que interpretaba el papel que me había asignado, pero la realidad era bien distinta: no quería perderme ninguna de sus conversaciones. Si su interlocutor quedaba lejos de mis oído, extraía un cigarrillo y le pedía fuego, después permanecía a su lado para escucharlo bien todo.


Estábamos sentados junto al matrimonio Brown cuando alguien, de lejos, le hizo una seña a Harry. Cuando quise levantarme y acompañarle, me susurró en el oído de forma brusca que me quedara en mi silla. No quería que escuchara la conversación con aquel extraño. Aproveché que la señora Brown era una maestra del chismorreo y le pregunté con discreción que si conocía al hombre con el que mi esposo hablaba a lo lejos. Las habilidades de mi amiga no se hicieron esperar:


—Claro, querida. Es el secretario del antiguo alcalde, ¿cómo se llamaba? Sí, el demócrata… ¡ah!, Kennely, eso es.


¿Qué negocios se traería Harry con el antiguo alcalde de Chicago? Desde luego, algo que no quería que nadie escuchara, ni siquiera yo, la estúpida de su mujer. Estaba claro que mi investigador privado debía empezar por ahí.


Al día siguiente llamé a la secretaria de Barrows para que me diera cita. Yo no le gustaba a la señorita Cooper, su manera de hablarme era casi grosera. Las mujeres ricas y guapas como yo gustamos menos de lo que la gente piensa, nos ven como a serpientes venenosas. Quizás lo seamos.



FRANK


La señorita Cooper hizo un gesto de aprobación cuando me vio llegar a la cita con la señora Jones sin afeitar y con mi aspecto desgarbado habitual. Era la primera vez que no me regañaba por no llevar la camisa planchada.


Mi clienta era impuntual. Sabía que podía permitírselo. Según entró al despacho, mi secretaria salió a hacer recados. No le gustaba aquella mujer y prefería marcharse a tratar de disimularlo. Me fascinaba estar rodeado de mujeres con carácter.


Aquella mañana fría, en la que la ciudad aparecía teñida de blanco, la tez sonrosada de la señora Jones parecía más hermosa que nunca. La luz blanca y clara de la mañana, que se reflejaba en la nieve, había dibujado un hermoso rubor en sus mejillas, que, a diferencia de otras veces, aparecían mucho menos maquilladas. Vestida con menor lujo y, en ese momento, un tanto despeinada por el aire, parecía una chiquilla. Las veces anteriores que la vi llevaba los párpados de color oscuro, lo que le otorgaba a sus enormes ojos avellanas un aire de amargura que aquella mañana no se le acentuaba con tanto rigor. Pero no dejaba de sentir que el brillo de su mirada estaba empañado.


Esta vez, su boca no mostraba desprecio al mirarme, con barba de un par de días y peinado un poco a las prisas. Se ve que prefería pensar que yo no era otro de sus atontados admiradores. Me comporté con ella como hubiera hecho con cualquier cliente, aunque no me resultaba sencillo. Sin embargo, yo era un hombre ya bastante curtido y nunca había sido amigo de fantasías irrealizables, así que Linda Jones fue para mí, a partir de ese momento, tan solo una clienta que me podría dar beneficios económicos suficientes como para pagar todas mis deudas. Además, si conseguía meter en la cárcel a Harold Jones, mi reputación como detective privado subiría como la espuma. Quizás hasta podría mejorar mi marca de bourbon.


Mientras encendía un cigarro y apuraba mi café, la señora Jones me explicó su velada en el Green Mill y sus sospechas sobre que algo oscuro se traía su marido con el antiguo alcalde Kennely. Aquella mujer era muy avispada y concentraba todas sus energías en acabar con su marido. No hay nada peor que una mujer vengativa e inteligente. Cualquier villano del Weird Tales palidecía a su lado.


La despedí con un gesto poco impetuoso, casi distraído. Mi caballerosidad iba a guardarla para otra ocasión, y para otra mujer. Linda no debía estar acostumbrada a que no le prestaran un interés desmedido, porque un gran interrogante se dibujó en su expresión al despedirse de mí hasta la próxima ocasión. Algo me decía que solía jugar y salir siempre victoriosa, y que eso debía aburrirla en exceso. La próxima vez, incluso la haría esperar. No pude menos que sonreír de satisfacción al pensar en esa jugada.


El caso me intrigaba por ambos lados: por una parte, era suculento descubrir los negocios turbios de uno de los grandes, y por otro, era emocionante jugar con una mujer mimada y fatal, que parecía molestarle que todos bailaran a su son y que marcaba el paso para un nuevo tipo de entretenimiento en el que yo no entraría.


Tras pagarle a algunos soplones, hacer algo más que algunas llamadas y seguir los pasos de Harold Jones, descubrí que se dedicaba al poco noble ejercicio de financiar campañas políticas a cambio de favores para su empresa constructora. Kennely había llegado a la alcaldía de Chicago gracias al dinero de Jones, pero después no había querido cumplir su parte del trato. Una vez terminó su segunda candidatura y fue sustituido por Richard Daley, Harold le pidió a Kennely que le devolviera la totalidad de la financiación por incumplimiento del trato. Debía ser una cuantiosa cantidad que el ex alcalde no podía asumir, así que los matones de Jones lo extorsionaban.


Todo salía a pedir de boca. Lo que descubrí era suficiente como para mandar a la cárcel a Harry, ganar una buena cantidad de dinero y que mi nombre se hiciera un hueco entre los grandes detectives de la ciudad. Por fin podría pagarle a la señorita Cooper y los dos meses de alquiler que debía y que me pedían ya con mucha insistencia. Solo falta que Kennely tuviera el valor suficiente para declarar en su contra y ni el mejor abogado de la ciudad podría hacer nada.


La señora Jones me había pasado facturas que demostraban la financiación de la campaña. Había que hablar con los matones de Jones, necesitaba que dejaran de cumplir órdenes a cambio de una buena suma de dinero, cosa que harían sin dudar ante la certeza de que se iban a quedar sin jefe, y caso resuelto.


Como era de esperar, Kennely estaba ansioso por deshacerse de su expoliador, así que accedió a declarar cuando tuvo la certeza de que los hombres de Jones estaban comprados. La cantidad que desembolsó la señora Jones para que aquellos tipos se hicieran a un lado era tan alta, que no me cabía duda de lo mucho que Linda aborrecía a su marido.



LINDA


Frank había sido muy eficaz. Después de un juicio multitudinario, durante el cual me marché al campo a casa de mi hermana en un intento de que los medios no se me echaran encima, Harry fue a la cárcel. Su imperio se había desmoronado, pero a mí me quedaba dinero para vivir con el mismo ritmo el resto de mi vida.


Ya había pasado un tiempo prudencial, así que debía reunirme con Frank Barrows para pagarle la cuantía acordada. Se había vuelto un tipo famoso, seguro que ahora no le faltaba clientela. Cuando lo telefoneé me dijo que lo llamara más tarde, que estaba ocupado y me colgó, sin más. Aquella indiferencia que mostraba ante mí me había descolocado. La segunda vez que lo vi, recuerdo que se había arreglado, así que pensé que yo le generaba interés, pero en todas las citas posteriores, había sido impuntual y se mostraba desaliñado. Quizás aquel día no se había acicalado para mí, sino porque esperaba a alguien más.


Habíamos quedado para cenar en el Gene & Georgetti’s. Frank Barrows despertaba en mí una atracción que no había sentido hasta ese momento. No era guapo, no era rico, no era importante, pero tenía algo que lo hacía diferente al resto de hombres. Exhalaba experiencia vital y una seguridad que yo necesitaba en mi vida, llena de desequilibrios emocionales y de amores pasajeros que se disolvían al amanecer.


Traté de ponerme lo más guapa posible esa noche. Había ido de compras el día anterior para buscar un vestido que lo dejara boquiabierto, había pedido cita en la peluquería y en vez de maquillarme yo misma, le pedí a mi maquilladora que lo hiciera por mí.


—No me recargues, por favor. Haz algo que dulcifique mi rostro —le pedí a Celinne. Mi etapa de mujer fatal debía pasar a la historia, mi verdadero yo debía emerger ahora que había terminado con la penitencia que me había tocado vivir cuando pensaba que el dinero lo era todo. Quizás aún pudiera volver a ser la Linda de años atrás: alegre e inocente.

También me compré una fragancia afrutada y suave.


Aquella noche, mientras cenábamos y yo alababa su buen trabajo, el señor Barrows, que me había pedido que lo llamara Frank, me observaba de manera peculiar. Ya no mostraba el encantamiento y la fascinación del primer día, sus ojos parecían ver más allá de la mujer fría y vengativa que había pagado por ver a su marido en la cárcel. Me observaba con una expresión casi parternal.


Hablamos de mucho más que de negocios. Su buen olfato le decía que yo me sentía sola e infeliz, que aquella jugada no la había planeado para conseguir ser aún más rica e importante de lo que era. Él, según me contó, siempre vivió al día, con un sueldo mediocre cuando trabajaba en el cuerpo de policía y uno casi nulo mientras fue investigador privado. Sin embargo, tampoco parecía tener ambición más allá de la de continuar con su trabajo y pagar sus facturas.


Frank entendía que mi gran mansión y mis joyas no me propiciaban lo que yo tanto ansiaba. Había vivido sin amor demasiado tiempo. Fui tantas veces sustituida por otra más joven que yo, que solo me apetecía olvidar aquellos años horribles de mi vida. «Mi único anhelo, Frank —le confesé —es volver a ser la mujer que fui antes de conocer el lujo y el dinero y empezar de cero».


De alguna manera, yo había hecho a Frank un hombre importante y él a mí, una mujer imprescindible.



FRANK


Después de aquella noche en el Gene & Gerogetti’s, algo cambió en nuestras vidas. Linda era una mujer mucho más dulce y encantadora de lo que mostraba a primera vista. Llegó a mi vida en un momento en el que la soledad se me hacía cómoda, me había acostumbrado tanto a ella que no veía su lado inhumano. Poco a poco me sentí revivir a medida que se aproximaba la primavera, cada vez que quedaba con Linda.


Mis viejos amigos me decían que algo había cambiado en mí «¿el solitario Frank se ha enamorado?» me preguntaron algunos. Marta ya no necesita decirme que debía acudir al despacho con mejor presencia. Me compré incluso una gabardina nueva y tiré la antigua, viejísima, que adquirí el mismo día que abrí mi negocio.


Ahora solo falta aguantar los reproches de la señorita Cooper hasta que se dé cuenta por sí misma de que mi futura esposa no es una víbora come hombres, sino que estaba protegida tas un disfraz que, en el fondo, nunca le gustó.


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