Los árboles de cristal


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Se han apagado las luces y el silencio se ha hecho profundo. No hay olor a nada, ni peso. Tampoco hace frío o calor. Los recuerdos se marchan con lentitud, primero los nuevos, luego los viejos, pero todos terminan por desaparecer. El tiempo ha dejado de transcurrir y las dimensiones han colapsado sobre sí mismas hasta que el espacio se ha aglomerado en un punto. El universo parece haber implosionado. Tras el colapso, se abre la libertad absoluta de la existencia sin norma y el apagón sensorial que precede a la aniquilación. La conciencia se disipa en el infinito y nada por fin en la más espléndida expresión de libertad, antes de desgarrarse por completo.


Trómos


Después de lo que parecen milenios enteros en guerra, las oscuras tropas enemigas avanzan sin descanso, día y noche. Desde hace varias jornadas, el cielo se ha oscurecido aún más y ha transformado la ya perpetua penumbra en casi noche cerrada. El atronador sonido del paso marcial de nuestros adversarios nos indica que nuestro fin está cada vez más cerca. Esos incansables pasos no bajan el ritmo, es constante y cadencioso. Chapotean en las podridas ciénagas que se extienden a lo largo de innumerables kilómetros y se aproximan hacia nuestro escondite, donde apenas mil hombres, agotados y ojerosos, sin esperanzas ya, aguardan para hacer frente al numeroso enemigo.


La pelada y fangosa llanura permite que los gritos de las legiones enemigas lleguen a nosotros con tanta nitidez como la llegada de nuestro propio fin. La falta de sueño y el hambre me impiden pensar con claridad, mi embotada mente convierte los aullidos de guerra en el sonido de un enjambre de espectrales mosquitos grises que aguijonean el interior de mi cabeza. Todo ese amasijo confuso crea profundas y pantanosas cavernas en mi razón. Solo siento desesperanza.


La fina llovizna, que no ha cesado en varias semanas, impide que mi ropa y mi cabello se sequen. Con nuestros pasos se remueve el fango y se hace aún más irrespirable el denso hedor del empozado fondo.


No sé cuánto tiempo llevo aquí escondido mientras aguardo la muerte, tal vez sean días, quizás meses. El dolor de la herida de mi pie se ha intensificado hasta hacerse insoportable, pero la horripilante visión de lo que puedo encontrar me ha impedido quitarme la bota. Aún sentado, la armadura se convierte en un pesado lastre sobre mis hombros. La espada, mellada y sin brillo, es un ancla que me dificulta ponerme en pie.


Al fin, con esfuerzo, consigo incorporarme y otear el horizonte para ver con cuanta crueldad se cernirá el destino sobre nosotros. Lo que veo me paraliza la sangre: varias decenas de miles de espectrales y gigantescos soldados avanzan con rapidez hacia nosotros en perfecta formación. Bien izada, su siniestra bandera negra y, empuñadas con fuerza, gigantescas rodelas con la imagen de calaveras talladas. Macizos escudos que han de defenderles de nuestros penosos ataques. Sujetas con férreos puños, las ejecutoras implacables de nuestro final: las formidables espadas forjadas en los fuegos eternos del inframundo y las pesadas y afiladas hachas.


Al frente del tenebroso ejército, varios cientos de furiosos y rugientes cerberos husmean el podrido aire en busca de nuestra presencia. Son sujetados con fuerza, pues quieren escapar y aniquilar. Desde mi posición puedo presentir sus varias filas de afilados colmillos y su espeso y maloliente babeo. El rabioso rugido de los desmesurados perros se une al sonido martilleante del firme paso de las tropas para convertirse en nuestro agonizante réquiem.


Varios compañeros han perecido ya víctimas de las enfermedades que los mosquitos del pantano les han contagiado, y sus podridos cadáveres se apilan a pocos metros de nuestra ubicación. En sus rostros exánimes se dibujan cavernosos ojos suplicantes, que parecen pedirnos ayuda para dar descanso a sus cuerpos en una tierra fértil y tibia. El espectral viento ha cambiado de dirección y nos trae ese doloroso olor de la muerte y la terrible sensación de que nosotros mismos estamos ya muertos también.


Por unos instantes, mi mirada se fija en la deslucida hoja de mi espada. Intento buscar en ella mi reflejo, acaricio la empuñadura y la sujeto con ambas manos. Elevo los cansados brazos y señalo mi agotado cuerpo con la punta. Algunos miran hacia mí, pero nadie trata de detenerme.

Pronto, el pie deja de dolerme y mis músculos parecen recobrar su fuerza. Mi grisácea sangre se torna roja primero y transparente después. Mi ropa parece haberse secado y un agradable aroma flota en el ambiente.


Ni una nube estropea el intenso y profundo cielo azul y, después de mucho tiempo, oigo tu voz que me llama entre risas. El aire fresco y limpio de la calurosa mañana, soleada y perfecta, me anima a correr hacia ti. Allí estás, a la sombra de un árbol mientras te abanas y me regañas por llegar tarde a comer. Lejos quedó ya el sombrío y fantasmagórico recuerdo de la guerra, el suplicante sonido de las almas errantes de los compañeros que allí expiraron y que pasaron a formar parte del fondo del pantano. Atrás quedaron los días de perpetuas sombras y nubladas esperanzas, en el deseo de ser olvidados.



Ipéroco


Hace un día precioso, la mañana es resplandeciente, como hacía mucho tiempo que no lo era. Cuando nos despertamos y desayunamos, decidimos que pasaríamos el día en el campo para disfrutar de la llegada del calor. Es lo que más me gusta en el mundo, estar al aire libre y gozar de la naturaleza. Trómos quiso aprovechar para pescar junto al río, que como una cinta de plata líquida se desliza con delicadeza entre las colinas suaves y verdes. Preparó sus bártulos de pesca con alegría mientras yo decoraba la cesta de mimbre blanco con unas cintas celestes para que quedara bien cerrada. Nada es capaz de opacar un domingo así de maravilloso.


Sin embargo, ahora no parece el mismo de siempre. Cuando lo llamé para almorzar, llegó cojeando de un pie. Sus ojos, eternas llamas brillantes y risueñas, parecen ahora nublados, y un cuadro de terror se ha pintado en el fondo de sus pupilas profundas; creo que de poder mirar dentro de ellas, vería un terrible cataclismo. No le ha pasado nada en el río, me cuenta, solo que no ha conseguido pescar pieza alguna. Me pareció que adoptaba un aire de confusión al decírmelo: miró el cubo vacío como en un intento de comprender, y después, entre balbuceos, me ha dicho que no ha tenido suerte esta vez.


No tiene nada en el pie. Se quita la bota, pero la piel no está dañada, no hay heridas ni rojeces. No entiendo muy bien qué le pasa. El gesto de su rictus es de cansancio extremo, como si no hubiera dormido nada la noche anterior, sin embargo, me consta que tuvo un sueño profundo y reparador y cuando se despertó y se estiró, más tarde que yo, me dijo que había descansado mejor que nunca. Esas ojeras rojizas han aparecido de repente.


No quiero insistirle más. Será mejor que comamos lo que preparé antes de salir, quizás se le pase rápido. Hice sus emparedados favoritos, con panecillos blancos y atún. También he puesto dulces en la cesta. No sé si será buena idea que beba cerveza, pero las ha abierto con avidez, como si estuviera sediento.


No deja de mirarme mientras devora, uno tras otro, los pequeños bocadillos y las magdalenas rellenas de chocolate. Se ha comido incluso los míos. Me clava la mirada de manera inquietante, con insistencia.


Le pregunto, con toda la dulzura que soy capaz de reunir, que si se encuentra bien. Asiente, sin dejar de devorar. Al terminar de almorzar le he pedido que me acompañe hasta el río, quiero ver si allí hay algo extraño que pueda explicar lo que sucede.


Cuando me pongo en pie, me abraza con fuerza y me acaricia el cabello, como si hiciera tiempo que no me ve, o como si estuviera a punto de perderme. Hunde su rostro en mi cuello y aspira mi perfume. Casi creo entrever que sus ojos se humedecen, pero se gira rápido y hace un gesto de limpiárselos con la manga.


Me pregunta la fecha. Le respondo que estamos a 10 de junio de 2356. Parece cansado y confuso y vuelvo a insistirle en que me cuente si se encuentra bien.


Escuchar la fecha lo ha descolocado. Se para de camino al río y se coloca las manos en la cintura, después, mira a su alrededor y me observa a mí con una expresión difícil de definir. Se ha dejado caer de rodillas y, con ansiedad, ha pasado las manos por el césped fresco, como si no creyera lo que sus ojos ven. Tras ponerse de nuevo en pie, ha corrido hacia el río y se ha metido dentro hasta la cintura. Con ambas manos, coge el agua cristalina y la bebe, se moja la cara. Cuando sale del agua, aprieta el pantalón húmedo contra su piel y me dice, con una sonrisa inquieta, que «puede sentirlo».


De repente, se ha desabotonado la camisa y se examina de manera obsesiva su vientre y su pecho. Me mira, como implorando que le explique lo que veo, pero no tiene nada. Su piel húmeda refulge bajo el sol de la mañana.


Le pido que salga del agua, que se va a resfriar. Me hace caso y camino abrazada a él hasta donde hemos dejado las cosas. Con la toalla en la que habíamos colocado la comida le seco el cuerpo todo lo que puedo. Quiero llevarlo a casa, parece enfermo.


Como un niño pequeño, empieza a llorar sin que yo sea capaz de comprender nada de lo que puede haberle sucedido.


Por el camino empieza a hablar de cosas extrañas, quizás tiene fiebre y delira. Habla de una guerra, de su muerte, de sus compañeros perdidos. Dice que yo también estoy muerta.

En casa se ha dado un baño tibio, no me he despegado de él ni un instante. Después, con ropa seca, se ha ido a la cama. Está acurrucado como un niño pequeño, tembloroso, asustado. No tiene fiebre. Espero que el sueño profundo le devuelva la paz que ha perdido.




Tromos


Ella no lo sabe, pero ninguno de los dos está vivo. Somos el eco difuso de unos fantasmas que son lo que podían haber sido en un brevísimo lapso de tiempo que se consumió sin remedio, pero eso ella no lo va a comprender. Yo lo entendí todo hoy en el prado: la fecha, su perfume y el agua limpia. Se veían incluso las piedrecillas del fondo, y nunca el agua de un río puede ser tan transparente mientras fluye. Hay cosas que no tienen posibilidad de existir.


En aquella guerra horrible yo me suicidé, busqué la muerte de nuevo para poder volver a su lado. Estoy seguro de que Ipéroco debió perecer en manos de los siniestros moradores, esos malditos seres que surgieron de las entrañas de la tierra cuando ya la hubieron horadado por completo. En las oscuras cavernas del subsuelo, donde tienen sus forjas al rojo vivo, se prepararon a conciencia para tomar la vida de los hombres.


El alma de Ipéroco debió quedar flotando en un lugar hermoso, como ella misma, mientras yo estaba en el frente. Los ángeles buenos van al cielo y yo… yo estoy aquí para estar a su lado, para que no se asuste si no me ve. ¿Cómo podría permanecer sola aunque los prados sean verdes y el cielo azul en su mundo perfecto si siempre he estado a su lado? Ni la muerte posee potestad para separarnos. Quiero sustentar toda esa fantasía que pervive en su recuerdo para que no sepa nunca lo que ha ocurrido con la vida. Debí callarme y no decirle que ella también está muerta, pero no pasa nada, no me ha creído, y así es como tiene que ser. Su felicidad es lo más importante.


Se quedó dormida cuando le dije que ya me sentía mejor y cuando simulé que mi malestar había sido pasajero. Según su sueño se ha vuelto profundo, a su alrededor, la colcha perfumada con dibujos de flores ha empezado a disolverse. Los pétalos azules y anaranjados se marchitan y la tela se cubre de agua turbia. Su cuerpecito se hunde en la maldita ciénaga, donde miles de brazos grises se extienden para arrastrarla hasta el fondo. No puedo permitirlo, la sujeto con todas mis fuerzas y la saco de allí.


Los dedos espectrales, de largas uñas cubiertas de piel, salen de la superficie y se aferran a sus ropas y cabellos. Aquellos seres han vivido en el lodo demasiado tiempo, no saben respirar ni querer. Solo quieren comer. Sus rugidos penosos llenan el aire.


Suplico, sin saber en realidad a quién ni a qué, que no permita que vea esto mientras corro con ella en los brazos.


Su piel se vuelve casi transparente, mortecina. Las violáceas venas de sus mejillas adquieren un color gris plomizo, casi negro. Su cabello brillante es ahora un crespón reseco y mate. Su precioso camisón blanco ha quedado hecho girones por las uñas de los monstruos del pantano. Esos malditos consiguieron rasgar su piel y la sangre de sus muslos se mezcla ahora con la suciedad del barro.


—Debes entregárnosla —logro escuchar entre el estridente chillido que proviene de los sepulcros hechos de descomposición que dejo atrás, sumergidos en el agua corrompida.

Dentro del pantano, pequeñas lucecitas se van apagando, una a una. Se esfuma la llama en señal de un alma más que entra en el lodazal.


No sé dónde está el frente de batalla, ni quiero saberlo. Yo ya morí allí, seguro que ni tan siquiera han podido enterrarme. No sé muy bien que soy ahora, muerto dentro de la propia muerte, mientras corro con ella en brazos. Tampoco sé qué pretendo hacer para salvarla. La pierna vuelve a dolerme demasiado.


Si se despertara ahora, ¿qué vería? ¿El cielo azul y su camisón blanco?


Quiero encontrar un lugar que esté al menos seco para depositarla, no puedo seguir con ella en brazos porque poco a poco pierdo fuerza en la pierna. Mi preciosa muñeca empieza a romperse en mis brazos. Las heridas que le han infringido las criaturas del lodo se han propagado con rapidez y han hecho que su piel comience a cuartearse. Su cuerpo huele muy mal, pero a mí no me importa eso. Nada huele bien ya en la superficie de la tierra, el sol mismo es una montaña de escombros. Los seres del subsuelo han hecho que todo se convierta en una pesadilla tenebrosa.


Le suplico en un lacrimógeno susurro a Ipéroco que no se despierte ahora. No quiero que vea esto.



Ipéroco


Cuando me he despertado, estaba tumbada en el jardín, y él, a mi lado, sollozaba. No sé cómo llegó conmigo hasta aquí sin que yo me despertara. Se llevaba ambas manos a la pierna de la que cojeaba esta mañana en el prado.


Se me hace difícil pensar que esto pueda suceder. Me pregunta a gritos, desesperado, qué veo a mi alrededor. Le explico, mientras señalo con serenidad, que lo que veo son los naranjos que plantamos hace dos años y la fachada blanca de nuestra casa.


Mira a su alrededor y su gesto es de angustia. Yo quiero que vea lo mismo que yo, pero no lo consigo. Desde esta mañana, su mirada se ha perdido en una realidad que nada tiene que ver con la mía, que está adormecida en la belleza.


Cuando miro hacia los naranjos de nuevo, me parece, por unos instantes, ver algo extraño. La luz de la luna se refleja en ellos con fugacidad y me ha parecido que se convertían en árboles de cristal tornasolado. Todos a la vez. Quizás algún fenómeno atmosférico. He escuchado un tintineo cuando las hojas transparentes han chocado entre sí por la brisa, incluso he creído ver que dos de ellas se partían al chocar y que los diminutos fragmentos, como hielo puro, se deshacían en el aire y se iban con la brisa.


Al entrar en casa me he fijado en los parterres de la entrada. ¿Cuándo se han colmado de flores tan coloridas y hermosas? No hay dos iguales. Una mariposa, en plena noche, revolotea entre ellas mientras deja a su paso una estela luminiscente que al tocarla permanece unos instantes entre mis dedos. Sus alas son las más grandes que he visto jamás. Se mueven como abanicos de seda pintados a mano. Las trepadoras que planté ayer ya han ascendido por las jambas de la puerta y un olor a jazmín delicado impregna el aire suave y tibio de la noche.


Comienza a amanecer. Los primeros rayos del sol refulgente colorean de rosa y violeta el cielo despejado que, hasta hacía solo unos instantes, estaba tachonado de estrellas, tantas, que abarrotaban el cielo de plata. Amanece muy deprisa.


En efecto, los naranjos de mi jardín son de cristal. El sol los atraviesa y crea un tímido arcoíris que se refleja en el aire y dibuja de forma difusa un prisma colorido que tiñe de naranja mi camisón. Las flores, que tímidas dormían, se abren con rapidez ante la primera caricia del sol y estiran sus pétalos para desplegar por completo su esplendor.


Las casas de alrededor han desaparecido, solo existe la nuestra en mitad de un bosque apacible y frondoso. Pequeños animales corretean de un lado para otro y unas risas infantiles y juguetonas se esconden tras los árboles. Creo haber visto un ciervo con las astas colmadas de flores rosáceas esconderse deprisa tras unos arbustos azulados. Empieza a caer una lluvia leve: pequeñas gotitas doradas que parecen fragmentos de purpurina. Algunas se quedan en mi cabello y lo decoran, me gusta, parece que de mi cabeza brotara una cascada de oro. A mis pies se forman pequeños charcos de escarcha de fantasía aúrea.


Tromos no está por ningún lado. ¡Cómo me gustaría que viera lo que yo veo! En este instante hermoso en el que amanece podríamos vivir toda la eternidad, no es necesario salir de esta burbuja de tiempo. Pero él habita en otro lugar, me parece.


Un pequeño remolino de brisa ha traído a un grupo de luciérnagas de luz azul, que en su revoloteo emiten una melodía tocada por una celesta, como si cada una de ellas fuera una diminuta teclita. Crean arabescas entre las hojas de cristal de los naranjos. Cuando se colocan tras estas, su fosforescencia azul se propaga como una ola en el aire y por momentos, la realidad se vuelve cobalto.


—Tromos, no importa donde estén nuestros cuerpos ubicados ahora mismo. Cierra los ojos, extiende tu mano y deja que te traiga a mi lado. No hay guerra, no hay seres muertos, no hay enemigos en el subsuelo.


No sé dónde está, pero trato de que me escuche y siga el eco de mi voz, que rebota en la distancia contra los cristales y contra el aire. Las aves que despegan el vuelo se la llevan lejos, para que Tromos pueda escucharme. Una ráfaga de aire fresco me despeina en su camino hacia él, reverbera en los rincones más profundos del bosque y hace que la superficie de los arroyos se perturbe por unos instantes para llevar mi mensaje. La luz azul de las luciérnagas se vuelve resplandeciente por un momento, han copiado mi mensaje para crear con él una aurora que ocupe todo el cielo.



Tromos


La piel de Ipéroco es ahora como barro seco en el que alguna vez llovió con fuerza. Se cuartea tan deprisa que no me da tiempo de sujetarla y unirla. Se volverá polvo de un momento a otro. Temo tocarla por si se deshace y temo no hacerlo porque se deshará.


Cuando paso una mano por su cabello observo como el crespón cobrizo se desbarata entre mis dedos helados y se desclava de su cráneo.


—No supe atarte a la vida, Ipéroco —me disculpé ante su belleza abatida—. Abandoné el frente para ir en tu busca, pero tu mundo se disolvía y te traía al mío. Quizás no fue el destino, sino yo mismo.


Un fulgor azul atraviesa el cielo en el instante en el que la sustancia que fue mi otro yo se deshace por completo a la par que la de Ipéroco. El aire húmedo y caluroso se lleva con prisa las millones de partículas en que nos hemos convertido adheridas a su lomo macabro. Aquella luz estridente y aquel zumbido en el aire me anunciaron el fin, ninguno de los dos estaba ya sobre la faz de la tierra hacía tiempo, solo éramos almas en transición hacia la nada, y hacia la nada nos dirigimos.





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