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Las flores marchitas

Actualizado: 2 de abr de 2019


Continuaba confinada entre aquellas paredes de viejos azulejos amarillosos y sucios sin que nadie se percatara de que mi entierro debía ser inminente. Ni tan siquiera sería capaz ya de calcular cuánto tiempo hacía que había fallecido. Cada día que pasaba estaba aún más pálida, mis ojos se habían vuelto como dos bolas de vidrio, sin brillo alguno, y se hacían cada vez más cavernosos, se hundían cada vez más en aquellas cuencas profundas que habían tomado un color marronáceo. Mi antiguamente lustroso cabello se había vuelto mate, rígido, como el de las muñecas, y ya no se movían graciosamente mis rizos al compás de mis pasos, sino que aquellos crespones desaliñados me molestaban en la cara y continuamente debía estar apartándolos, hasta que aquel gesto nervioso se convirtió en un tic y, aunque nada me molestara en el rostro me apartaba febrilmente los pelos ficticios, desquiciada, torturada. De aquella situación en la que me hallaba, lo que más insoportable se me hacía era el terrible hedor que manaba de mí, yo sabía que mis órganos se estaban pudriendo, notaba como cada vez ocupaban menos espacio en mi interior y como el olor a carne podrida me invadía. No importaba cuántas veces al día me bañara porque aquel hedor iba en aumento, ya que brotaba por cada poro de mi piel, así que dejé de bañarme, no tenía ningún sentido, y solo me mortificaba viendo mi cuerpo huesudo desnudo de ropa, de carne y de vívida existencia.


Hace tan solo unos días comenzaron los gusanos a devorarme, los veía moverse debajo de mi piel y sentía su repugnante cosquilleo, intentaba aplastar con el dedo sus blandos cuerpos, pero eran demasiados, se reproducían a una velocidad vertiginosa. Oía el húmedo sonido que provocaban sus devoradoras bocas redondas arrancando la carne y moviéndose bajo la piel. Me preguntaba hasta donde debía descomponerme para que aquella enfermera de carne extremadamente blanca, fofa y obesa, que me llevaba cada día la comida repugnante se diera cuenta de que ya había fallecido.


Supe por fin los secretos que el ser humano se ha preguntado siempre, lo que hay más allá de la vida, al otro lado de la muerte. Mi cuerpo había fallecido pero el alma... el alma era inmortal, al menos la mía, pues aquí seguía, hablando, cuestionándose todo y escribiendo lo que se hallaba al otro lado del túnel que tantos decían haber visto en experiencias cercanas a la muerte. Mi legado sería esta historia, un documento escrito en el más allá que acabaría con la infantil fantasía de las religiones que tanto se negaban a percibir el cuerpo como un trozo de materia funcionando al igual que un engranaje bien diseñado. No había ascensión ni paraíso al otro lado, solo el martirio de comprobar cómo me extinguía poco a poco, y quizás, una vez consumido completamente mi cuerpo ya no tendría mi alma lugar alguno al que agarrarse y podría perecer tranquila. Desde mi confinamiento escribo estas palabras para que nadie se haga falsas expectativas sobre la eternidad ni sobre lo que encontrará en el paraíso después de haber mortificado su cuerpo durante toda la vida. Nos habían mentido, debíamos haberlo sospechado, ya que eran personas vivas las que nos habían intentado contar cómo era la muerte y la vida en el cielo. Ahora me arrepiento de no haber transgredido todo aquello que era merecedor de hacerlo en pro de la satisfacción y el disfrute. Demasiado tarde creí lo que mi instinto me decía a voces.


Me habían traído al hospital hace algún tiempo, intentando, supongo, salvarme de la terrible enfermedad que había acabado conmigo finalmente, y allí seguía, en aquel lugar vacío, lejos de todo aquello que yo había amado o que al menos me había hecho sentir cómoda durante los años en los que viví, lejos de todo aquello que ya no soy capaz ni de recordar ya que solo poseo en la memoria el vestigio de que algo así ocupó mis días cuando vivía. Lo peor de todo es ese olvido, ya que junto con mi cuerpo se extinguían poco a poco también mis recuerdos, mis preciados recuerdos, que eran como frágiles cristales de colores por los que la luz se colaba creando preciosas imágenes. Supongo que mi cerebro iba siendo también devorado por aquellos miserables gusanos que vivían de los restos de lo que alguna vez fue algo lleno de existencia, de historia y de sentimientos, y que por eso iba olvidando a medida que me iba pudriendo. Creo que ningún ser vivo era tan vil, infame y despreciable como aquellos gusanos, que carecían de respeto y de honor.


Estaba sola en una habitación sucia y desprovista de cosas, me parecía lógico que no apartaran las mejores habitaciones para los cadáveres, pero aquel lugar era extremadamente horrible. Dormía cada noche sobre el somier de una oxidada cama metálica que rechinaba al menor de mis movimientos, como quejidos nocturnos, pues no había ni tan siquiera un colchón para que mi cuerpo huesudo no se sintiera dolorido al despertar por la mañana, solo una sábana que era siempre la misma, nunca la habían cambiado, y en ella estaba impregnado mi olor a descomposición y la melancolía de una vida que se ha extinguido prematuramente. Era joven cuando morí.. creo. La humedad y el paso de los años habían acabado con el encalado del techo, que ahora se veía gris y semi pelado, como una piel leprosa y necrosada. Pintura, piedrecillas y polvo se habían desprendido de él y de las paredes llenando el suelo de la habitación de cascotes de todos los tamaños y ensuciando constantemente mis pies descalzos y fríos. Había una ventana en mi cuarto, tan sumamente llena de mugre que apenas podía pasar la luz ni me dejaba ver lo que había al otro lado. Intuía solamente días gélidos y grises, pues nunca un rayo de sol concentrado penetró e iluminó aquellas paredes terribles, y lo poco que podía ver del exterior era un muro pelado, sin pintar, solo los bloques idénticos, geométricamente colocados formando un dibujo uniforme, gris y monótono. Aquella ventana no había sido puesta allí para que pudiera abrirse, para ver el cielo o el sol o simplemente para que el aire de fuera se llevara aquel nauseabundo olor a putrefacción, pues estaba herméticamente sellada, había sido colocada para que nadie olvidara que existía un mundo ahí afuera que nos había sido prohibido y que tal vez debíamos pensar a lo largo de la enfermedad que nos había postrado en la cama de aquel hospital que ya no volveríamos a ver, que ahí afuera se quedó nuestro amor, nuestra libertad, nuestros deseos y los sueños que algún lado escribimos, nos recordaba que tal vez ya no volveríamos a dormir en nuestra cama, a utilizar nuestro tazón del desayuno, ni a regar nuestras plantas .


De cada lado de la cama pendían dos cintas de cuero con hebillas, yo no recordaba que las hubieran usado nunca conmigo, sin embargo, en mis muñecas y tobillos había heridas secas con la piel de alrededor amoratada. Tal vez la muerte tenga una cara amable y se lleve consigo los peores recuerdos de la vida y sus blandos secuaces devoradores eran ni más ni menos que ángeles de compasión que formaban parte de la oscura legión del óbito, que sin alas hermosas cumplían la misma función que aquellos otros inmortalizados en las bellas pinturas del renacimiento. Ni siquiera, pensé absolutamente decepcionada, existían esos hermosos querubines vestidos de blanco que nos habían prometido. Pero yo me sentía tan agotada, que ni aquella idea del olvido barrido por la muerte, era capaz de consolarme, solo ansiaba descansar.


La puerta de mi habitación nunca había estado trancada, así que yo podía vagar por aquellos largos pasillos sombríos a mis anchas, pero pocas veces lo hacía, eran tan solitarios y tétricos que no me gustaban en absoluto, estaban sucios, con la pintura caída a trozos en el suelo, las luces del techo casi todas fundidas y algunas parpadeantes, como a punto de extinguirse, éstas me horrorizaban más, ya que me recordaban a la agonía vana, pues finalmente se apagarían sin remedio. Miedo no me producían, ¿a qué puede temer un alma en pena? Conté diez plantas en aquel hospital, aunque jamás bajé a los sótanos, ni siquiera sabía cuántas plantas subyacían bajo el suelo, nunca me aventuré a descender, ya que pensaba que si los pasillos llenos de ventanas eran lúgubres, los sótanos debían ser lo más parecido al infierno que hubiera visto jamás. Sobre todas las cosas, lo que taladraba mi ánimo en mayor medida era el profundo y terrible silencio que se había adueñado de aquel lugar, ahogando cualquier sonido que yo produjera inmediatamente.


Nunca tropecé con otro paciente, yo estaba sola en aquel recinto gigante, junto con una enfermera a la que veía a diario y un médico que veía cada varios días, nadie me recordaba. Quién más me acompañaba era el diario que tienes entre las manos y en el que narro todo, para que nadie olvide nada. Aquel edificio se me antojaba como un laberinto sin salida, pues aunque hallé lo que yo supuse que era la planta baja nunca vi la puerta principal, una vez pereces las puertas de salida se desvanecen absolutamente. Los desvencijados ascensores funcionaban, pero cada vez que salía de uno de ellos lo que veía era siempre lo mismo, un pasillo largo, con sucias ventanas selladas a un lado y una fila de puertas al otro, que daban para habitaciones individuales, como la mía, vacías de todo pero plagadas de muerte, el aire que flotaba en ellas llevaba dolor, así debían ser todas las muertes en un hospital al fin y al cabo, y no solo el dolor de cuantos habían acabado allí sus días, sino también el dolor del amor, que había quedado anclado a aquellas paredes y que ya jamás encontraría su final y que quedaría ahí vagando en un vano intento de aferrarse a recuerdos que alguna vez fueron hermosos y ahora eran heridas abiertas, enormes heridas dolorosas que ni el tiempo iba a poder sanar sino que incansablemente, día tras día, minuto tras minuto, seguirían torturando el alma que espera un consuelo que jamás llegaría.


Cuando llegaba al recodo del pasillo, desaparecían los ventanales y las puertas se extendían entonces a ambos lados, entre las paredes semi peladas y la oscuridad a la que mis ojos tardaban un rato a acostumbrarse. Algunas puertas tenían un aspecto diferente y descubrí que al otro lado de algunas había archivos llenos de rumbientos muebles metálicos. En éstos estaban a su vez las ajadas carpetas con los historiales de cada uno de los enfermos que por allí habían pasado, pero jamás encontré el mío. Quisiera adjuntar a estas páginas algún ejemplo de los historiales, pero quizás pudieran dolerse sus dueños. Supuse que algunas de aquellas carpetas habían sido manoseadas y saqueadas pues el suelo estaba lleno de trozos de hojas que se mezclaban con los residuos de los desconchones del techo. Entre los muebles de ficheros había siempre alguna mesa de madera y en algunas plantas encontré vasos sobre las mesas, abandonados y con el café reseco en su fondo, donde invariablemente había quedado atrapada una mosca que había terminado también por perecer justamente en su búsqueda de la supervivencia.


Ensimismada me senté a observar una de ellas por ver si un vestigio de vida quedaba en aquel insecto aún y poder rescatarlo de la misma situación en la que yo me encontraba, pero allí permanecía, rígida e inerte, reseca, después de una muerte agonizante y espantosa, en la que probablemente exhausta después de librar una tremenda batalla perdida de antemano quizás muriera antes de cansancio que de inanición. Intenté, por unos instantes, deducir cuál de ambas muertes sería la menos pavorosa e infernal, un escalofrío convulsivo subió por mi espalda ante tal idea ennegreciendo aún más la visión de la senda por la que aún habría de caminar mi cuerpo sin vida, no creo que existiera respuesta a la cuestión siniestra que me había planteado. No sé de qué morí yo. Estoy segura de que si hubiera sido posible observar el rictus del diminuto cadáver, este aparecería deformado de puro dolor y de agotamiento extremo, su último grito aún formaba parte, sin duda alguna, de los ecos que habitaban en los recovecos de aquel hospital. Me pregunté si la imagen de la muerte tal vez hubiera quedado grabada miles de veces en aquellos ojos compuestos multiplicando hasta el infinito la pesadilla de aquella pobre infeliz y en ellos quedara indeleble la prueba de la crueldad en su más crudo estado. Conseguí incluso sentir pena ante la repulsiva imagen que mi mente creó del estertor último de aquella mosca. El asco que me producía el amor por todo lo descompuesto que atrae a este insecto me pareció de repente lamentablemente trágico y lastimero, pasan sus efímeras vidas, entre blancuzca larva babosa y repugnante bicho, buscando todo lo podrido para alimentarse de ello, husmeando el aire en busca de un organismo abandonado por su alma, lo único útil que realizan en su existencia es consumir cadáveres de animales, entre el hedor a descomposición y librando una batalla contra otros bichos de su misma calaña, con sus mismo regusto despreciable por lo corrompido. Ni el grotesco trabajo de un tanatopractor o la siniestra tarea de un sepulturero podían compararse con tan asquerosa labor. Quise divagar aún un poco más sobre los últimos segundos de aquella pequeña para la cual la naturaleza no había trazado nada hermoso en un vano intento de comprender cómo habían sido tal vez los míos, y supe, como si lo estuviera viviendo en ese mismo instante, con el mismo agobio y ansiedad, con la misma mortal agonía, que debía ser terrible la sensación de sentirse atrapada de muerte y saber que las fuerzas son insuficientes para liberarse de las manos huesudas, frías e inconmovibles de la parca. Ésta, probablemente, se había sentado frente al cuerpo en lucha del cual iba a apoderarse y disfrutó sonriente los últimos inútiles esfuerzos y los estertores de una vida que expira, sin conmiseración, haciendo impecablemente su trabajo. Intenté también percibir el sentimiento de culpa que debía albergar un alma errante que sabe que ha sido fruto de su propio descuido la situación desesperada en la que se encuentra, en este caso el de una insignificante mosca que solemos aplastar cuando simplemente nos estorba. Probablemente la culpa sea más terrorífica aún que el cercano conocimiento de la muerte y la sombra oscura que se vislumbra sentada frente a ti en espera paciente, tranquila y de brazos cruzados, de tu final. Tales pensamientos me hacían huir horrorizada, casi enloquecida, de aquellos ínfimos cadáveres y angustiarme y gritar con tan solo intuir la posibilidad de volver a encontrarme uno de ellos. Lamentablemente no encontré en todo el hospital ni una sola mosca viva con la que resarcir mi sentimiento de dolor.


En mi bagaje por aquel edificio de oscuros sentimientos que habían sido olvidados ya y que al no pertenecer a nadie habían quedado encarcelados entre aquellas paredes antiguas, hallé también al otro lado de algunas puertas dobles los quirófanos, en los cuales debieron haberse abierto infinidad de pasadizos hacia el lado sin retorno del fin de la existencia. Estaban en el mismo estado de deterioro que el resto del hospital, una sucia camilla en el centro del habitáculo, con enormes pantallas de luces sobre ella, apagadas y en algunos casos con los plafones rotos. Un olor a dolorosa despedida, a un adiós para siempre, invadía el aire de aquellas estancias y la melancolía, con su suave pañuelo, reposaba preparada para continuar diciendo adiós, aunque debían haber pasado ya años después del último, sin embargo, allí seguía, sentada, a la espera como si en algún momento le hubieran hecho una promesa de amor que con el tiempo se idealiza y se embellece recordándola mucho más hermosa de lo que alguna vez fue; lo que fueron unas palabras junto a un charco parecían ahora poesías recitadas junto al mar, sobre las brillantes figuras que el sol de la tarde dibujaba sobre sus aguas; el aire frío de aquel día de invierno era en la memoria una brisa suave que acariciaba la piel y ya no quedaba en el recuerdo nada de las nubes que había aquel día de la promesa en el cielo, sino que la memoria había pintado un cielo azul radiante… y así, la melancolía se volvía aún más nostálgica y derramaba lágrimas como cristales frágiles sobre su regazo solitario y anhelante.


Cada día me llevaban comida, pero yo no la probaba, no tenía ningún sentido que comiera. Le preguntaba a la enfermera el motivo por el cual no me enterraban ya y ella trataba de convencerme de que yo no había muerto. Me parecía lógico, no creía que nadie pudiera llegar a pensar que yo me había convertido en un ente inmortal. La amable y gruesa señora de blanca piel sonrosada, la cual me producía asco, y labios muy rojos fingía no darse cuenta del olor a descomposición que brotaba de mí, ni parecía ver los gusanos que se movían bajo mi piel cuando yo se los mostraba.


-¡Míralos por Dios! Me devoran.


Le preguntaba por qué no había más pacientes en aquel enorme hospital y ella, sonriente, me respondía que si había más, que de hecho tenían listas de espera porque no había camas libres. Le preguntaba por qué estaba todo tan sucio y abandonado y ella me decía que todo estaba inmaculadamente resplandeciente y que los pequeños deterioros los iba arreglando el personal de mantenimiento a medida que fueran pudiendo. Pensé que tal vez mi alma se había quedado allí a vagar y desde el futuro era incapaz de interactuar con los objetos del presente que aquella enfermera percibía, pero si con las personas que a él pertenecían y que por eso yo veía el hospital casi derruido pero ella lo veía aún nuevo. Al fin y al cabo la inmortalidad es agonizantemente eterna, corroedoramente desesperante, pues el paso del tiempo no lleva a ningún lado, los amaneceres dejan de tener significado, incluso parecen tristes lamentos del paso de esta nueva era infinita y desvaída.


Un día, la enfermera me hizo un siniestro regalo. Trajo entre sus manos una maceta con flores marchitas, muertas y resecas. La colocó en la mesilla que había bajo la ventana en la cual yo solía dejar estas páginas que ahora lees, y me aseguró que el color de las flores me traería alegría. Yo estaba sorprendida, aquellas flores eran ya de color marrón, crepitaban al tacto y se deshacían como si fueran cenizas que salían volando como queriendo huir de allí. Me pareció un gesto de sórdida burla por su parte, regalarle flores muertas a un cadáver. Así, desde que se marchó, tronché aquellos restos de vida con mi mano, aquellos cadáveres que alguna vez fueron belleza pura, la más sublime creación de la naturaleza y les di sepultura en su propia tierra como hubiera querido para mí misma. Aquel gesto de compasión por mi parte iba más dirigido a mi alma que a las propias flores fallecidas, eran el claro símbolo de mi deseo. A la mañana siguiente la enfermera miró la maceta, horrorizada y sorprendida y, sin decirme nada, observó lo que yo había hecho boquiabierta, luego, se la llevó sin más, sin cruzar conmigo ni una sola mirada, fingiendo sentirse ofendida, pero escondiendo, probablemente, el triunfo de su burla.


Después de varios días le pregunté a la enfermera por qué ella sola hacía todos los turnos y que si vivía allí, en el hospital. Me miró extrañada y me dijo que no era así, que ella trabajaba un turno diario y que semanalmente iba rotando entre la mañana, la tarde y la noche, al igual que sus compañeras. Pero aquello era mentira, yo solamente la había visto a ella, su imagen debió quedar atrapada en el instante de mi muerte. Creyó solucionar mis dudas diciéndome que debía confundirlas ya que todas iban vestidas con el uniforme idéntico. Me daba este tipo de explicaciones a menudo con una forzada sonrisa en su rostro, como quien habla con pena a alguien.


El médico, cuando me visitaba, trataba de hacerme ver que mi estado era solo un delirio nihilista producto de una extrema y depresiva hipocondría, y que si no me alimentaba por mi misma tendrían que hacerlo a la fuerza. Pensaban que yo estaba loca, no me creían en absoluto cuando les decía que estaba completamente cuerda, que lo único que me sucedía era que había muerto. Incluso supe que la propia definición de muerte cambia una vez se ha alcanzado ésta, pues es terriblemente diferente a lo que a una le prometen. Qué incrédulos somos en vida, como lo eran aquel doctor y aquella enfermera, o quizás formaban parte de un plan. Qué extremadamente cuadriculadas nuestras mentes. Después de haber fallecido es cuando nos damos cuenta de lo intransigentes que pudimos llegar a ser y de cuántas posibilidades existen invisibles a los ojos vivos y que éstos, al morir y convertirse en vidrio sin brillo es cuando comienzan a ver en realidad. Me preguntaba si alguien vería cosas bellas después de morir en lugar de un lugar siniestro y sucio como el que ante mis ojos fallecidos se presentaba.


Tras un tiempo resolvieron atarme a la cama con aquellas correas marrones e introducir en mi violácea piel una aguja que suponía el extremo de un largo tubo de goma por el que supuestamente pasaba alimento. De un desvencijado palo metálico oxidado, con un gancho en su extremo superior, pendía una bolsa con un líquido transparente, donde varias veces al día pinchaban lo que ellos me hacían creer que era medicación. Me resigné a permanecer allí acostada, atada e inmóvil y dejé de luchar por quitarme las correas que me aprisionaban al metálico somier quejumbroso sobre el que yacía. Decidí mantener los ojos cerrados y no volver a abrirlos, incluso dejé de escribir por aquellos días este relato, para ver si así se daban cuenta de mi defunción y por fin acababan con todo aquel teatro, ya que al parecer los seres vivos desconocen por completo lo que significa estar muerto. Dejé de moverme absolutamente, ni un solo músculo habría de delatarme, pero nada daba resultado.


Dejé de percibir el paso del tiempo en el encierro que había hecho en mí misma, así que no sé cuántos meses pasé atada a aquella cama. Un día, el médico se sentó a mi lado y me contó que mi caso era bastante extremo y que, muy a su pesar, debían recurrir a métodos drásticos para resolverlo, y que mi familia, ante mi imposibilidad mental para tomar decisiones habían firmado la autorización para utilizar la terapia electro convulsiva. Me puse furiosa completamente y no pude menos que abandonar el papel que estaba llevando a cabo, inmóvil y con los ojos cerrados, y hablarle a gritos a un doctor que no tenía la menor idea de la diferencia entre la vida y la muerte y entre la cordura y la locura, que se aferraba a unos conocimientos estáticos e inflexibles que le habían enseñado y sobre los cuales nada se había cuestionado jamás:


-Nadie es quién para tomar decisiones por mí, solo yo soy dueña de mi cuerpo y de mi mente. No quiero más terapias, solo quiero descansar y que den sepultura a mi cuerpo, esa es mi decisión y quiero que la respeten, me opondré con todas mis fuerzas a cualquier otra cosa que quieran hacerme. Creo que solo quieren experimentar conmigo, pues ni tengo familia ni estoy imposibilitada mentalmente para tomar mis propias decisiones. –Imprimí una pasión ilimitada en mi vano discurso. Creo que en aquellas palabras quedaron mis últimas fuerzas, pues después de ahí no recuerdo haber tenido la menor energía para nada.


No entendía por qué seguían tratando de convencerme de lo contrario y por qué querían hacerme creer que tenía una familia que decidía qué era lo mejor para mí, no iban a conseguir dinero de mí, pues nunca lo había tenido, debían entonces estar realmente convencidos de que yo no solo estaba viva, sino loca además. Esto ocurrió hace muchos años, y aquí sigo, muerta, en una silla de ruedas pues es tal el mal estado de mi cuerpo que ya no tengo fuerzas para caminar y casi ni para propulsar la silla. Hay días en los que me cuesta demasiado esfuerzo mantener erguida la cabeza y sin querer ésta cae hacia un lado y cuando quiero darme cuenta, un hilo de saliva resbala por la comisura de mi labio formando un charco en mi regazo que nadie seca, y que acaba extinguiéndose por sí mismo.


Afortunadamente la parca se ha prestado para escribir en estas páginas lo que mi mente, pues mi boca no atina a moverse, le va dictando desde que aplicaron en mi cuerpo aquella terrible descarga eléctrica, de la que solo recuerdo el dolor. Debe ser una grata tarea para ella la de apoderarse de los últimos sentimientos de un alma que se lleva para siempre, y con regocijo la veo sentarse y coger el bolígrafo con sus descarnadas manos. Con esmero y angulosa letra transcribe todo aquello que con dificultad vaga ya por mi cabeza.


La enfermera y el médico por fin han dejado de venir a verme y han desistido en su intento de mantenerme con vida. Ya no hay diferencia entre la luz del día que a duras penas se hacía notar a través de los sucios cristales y la oscuridad espesa de la noche, solo penumbra constante de un día que agoniza pero que no termina de morir. Ahora, solamente me resta esperar, ¿a qué?, no lo sé, pues ya la muerte se llevó consigo el latido de mi corazón hace tiempo, pero no puedo hacer otra cosa.



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©2018 by  Arima Rodríguez

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