• elmundoenpalabras

La invitación (Una historia de Lacero)

Desde luego, Lacero no es una ciudad al uso. Aunque es muy antigua realmente nadie es muy consciente de que está allí. No se deja ver por cualquiera, es muy celosa de lo que guarda entre sus lindes.


En la carretera principal hay un cartel que indica el desvío que hay que tomar para acceder a ella, pero aunque todo el mundo lo mire, muy pocos lo pueden ver. De hecho, a mí me pasó eso durante una temporada: los primeros textos de Lacero que guardo son de 2014 y, de repente, los olvidé durante algunos años hasta que en 2018, a raíz de algunos acontecimientos de mi vida, Barugh Ubarte y todos los personajes que habitaban a su alrededor se volvieron a hacer presentes para mí.


Todo esto coincidió con que conocí a David Arcos y, no por casualidad, fue de las poquísimas personas que vio el desvío de la carretera desde el primer instante y, lo que es más, hizo un “Alto en el camino” (indispensable leer primero ese relato para entender este otro) enriqueciendo la ciudad y añadiendo un nuevo e insólito personaje. Ahora mismo me pregunto qué habría pasado con Lacero sin él… probablemente habría vuelto a quedar guardada durante demasiado tiempo.


El relato que encontrarán a continuación es la evidencia clara de que nada sucede porque sí. Escrito por ambos a partes iguales, me hace ver que Lacero, con su ancestral sabiduría, esperaba por David para ver la luz.





“El bosque que circunda Lacero es denso, los árboles escalan la ladera de la montaña al norte y la espesura se vuelve aún más cerrada hacia el este, tanto, que casi se vuelve negra.


El sagrado y ermitaño tejo no suele formar bosques. Siempre crece solitario y se yergue durante miles de años buscando en su aislamiento las respuestas que ningún otro ser vivo puede encontrar, sin embargo, el bosque de Lacero contiene más y más tejos a medida que se extiende hacia el este. Nadie sabe exactamente por qué la naturaleza ha hecho una excepción, aunque todo el mundo sospecha que nada es usual donde un Ubarte decide instalar su residencia.


Penetrar en ese bosque es como sumergirse en el limbo que subyace bajo la vigilia. Los carnosos arilos decoran la tejeda de un vivo carmesí y la brisa arrastra consigo la esencia aturdidora de la madera del tejo, impregnando con su extracto el camino que parte desde el extremo de la ciudad y que atraviesa el bosque hasta llegar a la suave colina donde se encuentra el palacio de la familia Ubarte.


Quien ha caminado por él cuenta haber oído el eco de tambores, la risa burlona de criaturas femeninas y haber visto fugaces figuras de luz cruzar el sendero en mitad de la noche tras inhalar el embriagador efluvio de los árboles.


En algún lugar, bien protegido por un anillo de sauces existe un lago, habitado, según se cuenta, por hermosas criaturas de agua, de cabellos rojos y piel de cera. Antiguas y enigmáticas, las náyades son inequívocas dueñas del bosque impenetrable y del destino de Lacero. No se dejan ver cerca del sendero, pero su susurro recorre las ramas de los árboles llevando mensajes de un extremo al otro del bosque y creando torbellinos de brisa con su voz, que retumba y genera ecos apenas audibles…”


Circulaban tantas historias fantásticas sobre el bosque que rodeaba al Palacio de los Ubarte como habitantes tenía Lacero. Pequeñas fábulas que pasaban de unos a otros como las monedas cambian de mano y al igual que estas, cada persona las hacía suyas, las variaba según sus propias ideas y las pasaba al siguiente. Charlas de tardes sentado en el porche fumando una buena pipa de tabaco, o de noches en la taberna “Los tres gnomos” con el frescor en la garganta de una buena jarra de aguamiel de Helmut, el tabernero.


Sin embargo el personaje que bajó la vereda desde el camino, descendiendo por otra senda aún más acurrucada por los sauces llorones que no dejaban filtrase más que unos débiles rayos de sol, no conocía ninguna de esas historias aún, pues había carecido de tiempo para ello. Sólo llevaba una mañana en la ciudad de Lacero. Una ciudad en la que sólo había parado a echar un vistazo, intrigado por no haber oído hablar de ella nunca.


Una de aquellas historias, la del propio Palacio de los Ubarte y su actual restauración tras siglos de abandono, con toda la extraña actividad que estaba revolviendo los cimientos de toda la ciudad, había llamado tan poderosamente su atención que se vio obligado a investigar. Algo extraño pues se trataba de alguien en extremo cauto, frío y calculador. Alguien cuyo oficio estaba marcado por la disciplina y la metodología, en las antípodas de la improvisación. Darko Val Drago, Maestro de Asesinos, acogido bajo el amparo de la estirpe más antigua de tan letal y respetado en las sombras apellido, se dispuso a investigar, sin saber por qué, lo que encerraba ese lugar.


Intrigado por todo lo que había escuchado esa mañana en la taberna de boca de Basil, el Artesano, y de Antje, la domadora de toda clase de animales, sobre la historia del Palacio y de la estirpe de los Ubarte, Darko salió de la ciudad y tras preguntar a algunos lugareños que le indicaron amablemente encontró el camino que salía de la ciudad y luego el sendero que, según le habían explicado, atravesaba el bosque hasta los jardines que precedían al Palacio de BarughUbarte.


Sobre él y mientras la arboleda de sauces y enormes robles de copas tan densas y abiertas que formaban casi un techo de impecable simetría verde, corría un tenue frescor que le traía aromas a tierra húmeda, a madera y a diversas bayas y frutales, formando en su mezcla un perfume natural sutil pero embriagador. Como flechas disparadas de lánguida cadencia multitud de cantos de aves revoloteaban por su sentido auditivo. Y de alguna manera también cierto murmullo de corrientes de aguas llegaba hasta él por debajo de ellos.


Darko avanzó por el sendero percibiendo con sus formados y extremadamente agudos sentidos captando cada sutil detalle del bosque. La atención al detalle era parte indispensable de su entrenamiento y estaba seguro de que multitud de pequeñas señales que cualquier otro que se internase en el bosque pasaría por alto él sería capaz de percibirlas.


Nada cambió mucho en el bosque y en el sendero durante un buen rato hasta que poco a poco a su derecha los árboles fueron dejando algo de más espacio entre ellos, ensanchando ese lado del sendero hasta casi convertirlo en una pequeño prado circular.


Fue entonces, al poder ver con más claridad los tallos, las formas de las ramas, el tipo de hoja y demás detalles (nunca fue más cierto aquello de “los árboles no le dejaron ver el bosque”) cuando se dio cuenta de que no todos lo que había tomado por sauces lo eran. Algunos de ellos, una proporción respetable de la arboleda que formaba el bosque, tenían formas diferentes y claramente pertenecía a otra especie.


Eran tejos. Una gran cantidad de tejos y eso era justamente lo extraño ya que dicha especie no suelen crecer en grupo ni formar arboledas, mucho menos bosques. Los tejos desprenden toxinas naturales de su enorme y rugoso tronco hueco a las que algunos atribuyen propiedades curativas, otros alucinógenas y otros mágicas.


Aún profundamente extrañado por la gran cantidad y densidad de tejos se apartó un poco del sendero para otear el pequeño prado descubriendo al acercarse que el murmullo de corriente acuática que le parecía llevar escuchando un buen rato procedía del ensanche de un río que llegaba desde el este y que en una semicircular varada formaba un pequeño y breve embalse, casi un lago minúsculo, antes de dejar un pequeño hilo de aguas limpias y transparentes proseguir su camino al mar.


Darko se quedó mirando esas aguas sin saber por qué. Parecían poco profundas y podía ver ondulantes y distorsionadas por el movimiento de la corriente las imágenes del fondo; las piedras, el musgo, líquenes y algas de río. Algún pez que otro pasaba rápido y nervioso, como un pequeño destello de color en el verdín de la sumergida sima. También pequeños insectos que volaban tan raudos que no podía distinguir paseaban de un lado a otro y en círculos por su superficie, casi rozando el agua. Le pareció que algunos de aquellos pequeños seres (¿libélulas quizá?) emitían un resplandor extraño, sobre todo para esa hora del día lo que descartaba que fuesen luciérnagas. Al menos las luciérnagas que él había visto a lo largo de su vida…


Lo cierto es conforme más se fijaba en ellas, menos parecido le encontraba a las libélulas. Casi le daba la impresión de que tenían una silueta vagamente humanoide. Pero siendo tan pequeñas, rápidas y huidizas resultaba difícil asegurarlo con certeza.


Decidió no entretenerse más en aquella parte y volvió a internarse en el bosque, dejando atrás el pequeño estanque. De nuevo sobre él se volcó un techo de hojas que apenas dejaban brillar el sol, pero sí algún rayo que hacía visibles en el aire minúsculas hojas flotando en el aire, dientes de león y de nuevo insectos no identificables revoloteando sin cesar casi grácilmente acompañados por el canto de los pájaros.


Un par de veces se detuvo en seco y miró a su espalda, pues le pareció escuchar risas. Risas de muchacha, casi de niña. Muy débiles y sutiles subiendo y bajando a bordo del eco que provocaban los espesos troncos y retorcidas ramas de los tejos.


Todo lo que había aprendido en sus años de eficiente oficio de repente le resultaba del todo inútil en aquél lugar. No se fiaba del todo de sus propios sentidos. Su instinto no dejaba de enviarle señales contradictorias y confusas. Se sentía embriagado y perdido pero, al mismo tiempo, sentía que algo imperceptible pero poderoso tiraba de él hacia el interior del bosque, hacia el final del sendero. Y cuando llegó tuvo el presentimiento de que algo o alguien le estaba poniendo a prueba.


El camino realmente no acababa, sino que era interrumpido por una brillante cancela negra a través de la cual podía observarse un singular jardín. El aire del otro lado parecía contener minúsculos destellos dorados flotando y se podía escuchar, a lo lejos, el rumor del agua de una fuente que cantaba un dulce arrorró.


En medio del tejar oscuro, de las risas que volaban y de las libélulas de luz se hallaba amurallada una propiedad en cuyo centro se alzaba un antiguo palacio. Alrededor de este se extendía el más extraño jardín que pudiera soñarse. Gigantescos seres mitológicos podados en los setos se ubicaban estratégicamente entre robles para custodiar con firmeza el sendero que ascendía hasta la puerta del palacete: una temible mantícora, un unicornio alado a punto de despegar, un ceto que rugía entre la vorágine iracunda de las olas y algunos otros que no podían adivinarse del todo desde fuera, componían el ejército letal de la naturaleza.

Sin embargo, separando el fantástico bosque del jardín de fantasía se encontraba una cancela, por la que había trepado, enredándose en ella, un tímido y extenso rosal, de incandescentes flores rojas plagadas de rocío que, como diamantes, reflejaban la luz del sol creando minúsculos arcoíris de hipnótico fulgor.


Darko quería pasar al otro lado, desde luego, y formar parte de lo que allí dentro bullía y cuya vibración se extendía hacia el bosque en todas direcciones perdiendo fuerza a medida que se aproximaba a los límites que separaban Lacero del resto del mundo. Pero aquella cancela parecía llevar años cerrada, el tiempo suficiente para que el rosal se trenzara en ella con sus complicadas formas.


“Tenga miedo caballero,

este enano así le avisa:

una pierna en la cancela,

aunque la ponga sin prisa

hará que muy voraces

le engullan entre sus fauces

los rojos rosales ciegos

sin escuchar vuestros ruegos.”


Desde el otro lado de la cancela, un pequeño hombre pelirrojo de sonrisa malévola se dirigía en verso a Darko. La mordaz sonrisa se dejaba intuir entre la nariz ganchuda y la arqueada barbilla que ascendía casi en pico.


Parecía que aquel hombre quería advertirle sobre el peligro de escalar la cancela, pero cuando quiso preguntarle cómo pasar al otro lado, ya se había girado para ascender por la vereda del jardín. Extrañamente, aunque Darko le vio darse la vuelta, el enano seguía frente a él, pero esta vez, su rostro parecía amable, sus ojillos azules limpios y su sonrisa amigable.


–Me llamo Hugo, señor, soy el bibliotecario de los Ubarte, ¿en qué puedo ayudarle? –preguntó con afabilidad. Darko agachó ligeramente la cabeza para pensar exactamente lo quería decirle a su interlocutor, pero en medio de aquella extraña situación no se le ocurrían las palabras adecuadas –Ellas no le dejarán pasar así como así, necesita superar la prueba que mis amadas -miró con deleite a las rosas y ellas parecieron regalarle una sonrisa –tengan preparada para usted. Le advierto que son ciegas, pero les encanta escuchar.


Dicho esto, Hugo se dio la vuelta y ascendió por el camino. Esta vez sí pudo ver con claridad Darko la pequeña espalda algo encorvada del enano y su pajizo pelo alejarse de la entrada.

Al parecer la prueba para atravesar el umbral a esa dimensión desconocida y atractiva pasaba por contarle algo a los rosales, pero, ¿el qué?


Ciertamente observó que no había una entrada realmente. Tras las reja ensortijada con los punzantes y enrevesados tallos de los rosales podía atisbar el esplendoroso jardín por donde se había desvanecido el peculiar Hugo entre el verdor… pero no había una entrada propiamente dicha.


Mientras, algo desasosegado, observaba la incipiente masa de verde y rojo que había tomado por una puerta, un vago recuerdo comenzó a asaltarle…


Recordó la pequeña villa en las afueras, rodeada de valladares rebosantes de plantas y flores. Era una casa circundada por la vereda de un pequeño riachuelo, que llenaba el aire con su musical murmullo de pequeña corriente líquida. Darko se acercó a la entrada dejando que su mente ejecutora seleccionara de entre las diversas opciones la presentación más inocua para que el objetivo no se intranquilizase y conseguir el objetivo final: abrir la puerta.


Entonces, al pasar junto a uno de los setos. Vio a la mujer de rodillas. Llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza y una especie de delantal con grandes bolsillos sobre el frontal de su cuerpo, en el que descasaban ciertos utensilios de jardinería. Unos guantes de cuero sin curtir protegían sus manos de las ramas y espinas y vio a Darko antes que él reparase en ella, ya frente a la puerta y dispuesto a llamar.


La mujer, ocupada en sus labores de jardinería, podando y recortando las plantas, le observó con gesto amigable. Tenía bellas arrugas con las que el tiempo había certificado su paso delicadamente dispuestas por su rostro y los cabellos que se veían bajo el sombrero, plateados.Le preguntó qué deseaba, o a quien buscaba… algo así. Darko a su vez, con un estudiado tono de vendedor ambulante o funcionario sin importancia, preguntó por su nombre.

La mujer se lo dijo y al mirarle a los ojos y ver cómo la expresión de él cambiaba, pareció comprender. Su mirada se humedeció y su voz sonó temblorosa mientras él sacaba el arma y la apuntaba. Y sólo pudo llegar a decir: “¿Quién cuidará ahora de mis rosas?”


Volvió al ahora y se encontró con el rojo de los rosales que cubrían la cerca incrustándose en sus ojos, en algún recóndito lugar de su cabeza y de su consciencia. Aquella imagen, la de la mujer cuidando de sus rosas y comprendiendo que iba a morir bajo su mano, tan perfecto y de forma tan clara como eran todos sus recuerdos, le produjo sin embargo una sensación completamente nueva.


Un sabor áspero fue ascendiendo desde sus profundidades hasta su paladar, que notó seco y amargo, como si estuviese lleno de arena sucia. Un frío atroz y un agarrotamiento que fue poco a poco atenazándole la columna se unieron a una respiración agitada y a un pensamiento oscuro, siniestro. Algo monstruoso estaba surgiendo en él, algo que le producía un profundo miedo… pero no pudo identificarlo en un principio; nunca lo había sentido antes.


Pero la mujer… la imagen de la mujer no quería irse de su cabeza. Le clavaba aquella mirada de súplica, de pavor y de pena por sus rosas de forma permanente, no se iba; no se quería marchar.


“¿Qué es esto?”, pensaba Darko mirando a los rosales de la cerca, que parecían moverse y crepitar como si se retorciesen también de dolor… o de ansia expectante ante él. “¿Qué es esto que estoy sintiendo… y por qué?”, le preguntaba a los rosales.


La respuesta le vino súbitamente. No supo si se la dieron ellos, si llegó por sí misma o si sencillamente siempre había estado ahí y nunca había querido verla. “No puede ser”, pensó con verdadera angustia, “no puedo tener remordimientos. Soy un Val Drago; estaría acabado si sintiera esto…”


Y sin embargo supo que era exactamente eso. Su mano, por sí misma, sin que obedeciera las órdenes de su cerebro, fue hasta su rostro y la yema de sus dedos pasaron por la piel de uno de sus párpados inferiores, recogiendo un leve rastro de humedad. Y a la vez que en su cabeza la mujer de las rosas, aún de rodillas, sonreía, llevó sus dedos hasta la cerca y posó dicha humedad de sus ojos en una de las rosas.


Y de repente, lenta y sinuosamente, los rosales se movieron, crepitaron y se desplazaron abriendo un círculo y dejando un espacio, un agujero, una puerta donde antes sólo había una pared. El rostro de la mujer pareció poco a poco diluirse, como la imagen de la luna llena reflejada en la superficie de un estanque si damos una brazada en el agua y la removemos. Y se fue, al parecer en paz.


Darko sin embargo estaba aterrorizado, temeroso de todo cuanto estaba sintiendo desde que había llegado a esta extraña ciudad, a este lugar tan diferente a todo. Y temeroso ante todo de no saber qué sería de él. Un Val Drago, un asesino, no podía tener remordimientos, no podía sentir compasión. Pero los había sentido, ¿podría regresar a su vida sintiendo eso?


No podía saberlo ni en realidad le importaba demasiado en ese momento. Estaba demasiado fascinado por todo lo que estaba sintiendo en Lacero, en aquél bosque. Y demasiado seducido por la idea de saber qué se estaba fraguando en el palacio de los Ubarte, que ahora tenía más cerca. De modo que dejando por resolver toda su vida, cruzó el umbral que los rosales habían abierto para él y accedió al jardín secreto.


Ante él una inmensidad de frondoso verde se abrió en todas direcciones, embriagándole de inmediato con fragancias y efluvios de sensaciones desconocidas para su memoria. La variedad de plantas, árboles y flores parecía infinita, así como las propias dimensiones del jardín. Veía ante sí caminos, veredas, senderos, los setos con formas de animales y criaturas podadas que había podido atisbar desde el exterior y que ahora pudo apreciar con mucho más detalle, con una perfección nunca vista, ni en los jardines de reyes y emperadores que había visto. Pudo ver al comenzar a andar uno con forma de matícora que realmente parecía cobrar vida conforme pasaba a su lado y la perspectiva cambia, talmente parecía que era el ser mitológico quien se movía. Luego, continuando por el camino que a Darko le pareció el principal (era difícil saberlo con seguridad) pudo ver también un unicornio y otros seres, creados a partir de los setos de plantas desconocidas y de un verde brillante y vivo, todas con una perfección y maestría superlativas. Pensó que el jardinero o jardineros (le costaba creer que una sola persona se ocupara de todo ello) debía tener un talento extraordinario.


Tras mucho caminar y ver otras maravillosas creaciones de la jardinería, casi mágicas, se abrió un espacio un poco más amplio a su derecha que desembocó en un pequeño estanque. Rodeado de musgos, líquenes y juncos y adornado con flores de gran belleza pero inidentificables para él. El pequeño círculo de agua se cobijaba a la sombra de una impresionante estatua, un coloso de piedra también cubierta por el verdín y que tenía el aspecto de tener cientos, miles de años. Permanecía en una posición en nada amenazante o agresiva, pese a su tremendo aspecto. Simplemente descansaba recostado junto al borde del estanque frente al caminante que pasara por el sendero por el que había llegado él.


Darko se quedó mirándolo largo rato. Sus poderosos brazos de piedra apoyados en la hierba, su cabeza descansando sobre unos hombros que no indicaban tensión, sus piernas en completa relajación y comodidad… todo en la impactante figura indicaban paz y serenidad. Y sin embargo, sin saber por qué, comenzó a sentirse triste. Fue algo tenue, sutil y gradual. Pero la visión de la figura del gran coloso de piedra descansando (¿o quizá derrotado, sumiso, aceptando su sino?) poco a poco fueencogiendo su ánimo y atenazando sus latidos. Sintió que en aquél lugar brotaban tantas emociones y tan desconocidas para él que quizá eran las suyas propias, salvo que no sabía reconocerlas. Al igual que nunca había sentido remordimientos hasta que estuvo frente a los rosales ciegos que custodiaban (ahora estaba casi seguro de que eso es lo que hacía; proteger el jardín) la entrada.


Con el ánimo renqueante y un paso lánguido y tumultuoso a la vez, continuó por el camino, rodeando veredas, admirando árboles, conjuntos de plantas y más setos con forma de criaturas mitológicas hasta que un tiempo indefinido después ante sí los árboles parecieron apartarse a su paso descubriendo la impresionante vista del palacio Ubarte.


De repente, diminutos destellos dorados comenzaron a flotar alrededor de Darko mecidos por la brisa, juguetearon despreocupados con el coloso de piedra de la fuente sin perturbar su profundo sueño y eterno y se posaron con grácil parsimonia sobre las briznas de hierba, los pétalos de las flores y sobre los propios hombros del visitante.


De forma inesperada, sin tiempo siquiera para reparar en aquellos destellos de luz, casi podría asegurar Darko que del interior de un roble de inmenso tronco apareció un joven moreno con el rostro tatuado con desconocidos símbolos para él. Los rasgos de su cara, la tela de su ropa… todo en él parecía indicar que debía provenir de un lugar muy alejado de Lacero. ¿Qué largo viaje le habría llevado hasta el jardín de ensueño de Barugh Ubarte? En sus manos llevaba unas tijeras de podar, se introdujo con sumo cuidado entre las hojas que formaban el vientre de la mantícora que había junto a la entrada y debió trepar por sus entrañas hechas de ramas, pues apareció sobre su lomo, como si la cabalgara.


Comenzó a cortar las pequeñas hojas que habían crecido y que amenazaban con deformar a la criatura terrible, que parecía suspirar ante cada uno de los tajos que recibía como si le produjeran un leve dolor. Desde su increíble posición, el joven miró a Darko, sonrió y se dirigió a él.


–Si ellas te han dejado pasar es porque algo te espera aquí dentro. Bienvenido, me llamo Cahaya, soy el jardinero –acompañó con un gesto a sus palabras en señal de recibimiento.


Darko no podía creer que de todos fuera bien sabido que eran las rosas las encargadas de decidir a quién se le podía dejar entrar en la propiedad y a quién no. Tanto Hugo como Cahaya parecían asumirlo con total naturalidad. –Muchas gracias por la bienvenida –balbuceó Darko. Como respuesta, Cahaya volvió a sonreír y rápidamente continuó con la tarea que lo había llevado hasta el lomo de la mantícora.


Decidió avanzar hasta el gran portalón blanco del palacete, pero unas risas alegres que provenían desde un lateral del edificio llamaron su atención. Más en verdad por retrasar el momento de entrar y enfrentarse a lo que el destino tuviera preparado para él que por mera curiosidad decidió ir a comprobar qué sucedía. Con suma cautela, sin que sus pasos pudieran ser oídos, como bien acostumbraba a hacer, rodeó quedamente el antiguo palacio y se apostó en una esquina para poder observar sin ser visto.


Lo que contempló desde su posición le dejó absorto: en un claro del jardín bastante amplio, junto a uno de los muros del palacio que daban al este, un grupo de jóvenes casi idénticas, de piel áurea y cabellos rubios, extremadamente delgadas, parecían ensayar un número circense. Se fueron colocando unas sobre otras, giraban sus brazos y colocaban sus cuerpos de tal manera que parecían ser elásticos tallos de flores en lugar de personas de carne y hueso. Con extremada precisión, totalmente compenetradas entre ellas como si fueran una sola persona, formaron en su complejo número de contorsionismo un árbol, con sus ramas retorcidas y su tronco robusto. Las plantas de los pies y las palmas de las manos se convirtieron en las hojas de aquel árbol y sus cabellos dorados, estratégicamente ubicados, fueron transformándose en lianas de oro. De manera acompasada comenzaron a mover los cabellos, las manos y los pies como si una suave brisa meciera el árbol humano y creara hermosas ondas en este.


El tiempo se evaporó como humo ante el espectáculo de las contorsionistas. Darko no habría podido calcular cuánto pasó observándolas, y hubiera continuado mirándolas si no le hubiera sacado de su ensimismamiento una nueva llovizna de partículas doradas como las que viera hacía un rato justo antes de que apareciera Cahaya.


Se dio cuenta de que a pesar de llevar allí largo rato, el sol del atardecer permanecía en el mismo lugar que cuando atravesó los rosales de la entrada. No parecía pasar el tiempo en aquel jardín encantado, lleno de personajes únicos y singulares.


Se preguntaba una y otra vez por qué le habían dejado pasar a él, qué tendría de único o de especial, cuando hacía solo un rato había sentido de sí mismo frente al rosal que era un ser despreciable.


Se giró para regresar a la entrada del palacio a pesar de que el magnetismo que exhalaban las jóvenes se lo ponía difícil. Aquel árbol humano permanecería en su memoria hasta el último de sus días y a él regresaría cuando necesitara un lugar donde descansar de la suciedad del camino y del tiempo que desgasta.


Debía llegar hasta la puerta y averiguar por qué estaba allí y por qué se sentía ajeno totalmente en ese instante a su pasado y a la misión que le había llevado de paso por Lacero. Recordaba todo como si hubiera sucedido en otro momento, en otra vida y protagonizado por otro hombre que no era el mismo que ahora se encontraba junto al palacio.


Ante él se presentaba ahora el gigantesco portón blanco con las tres moiras griegas representadas en sus hojas: Cloto hilaba, Láquesis sujetaba una vara y Átropos parecía dispuesta a cortar un hilo. En algunos momentos de su vida Darko había encarnado a la propia Átropos, así que aquel relieve le pareció revelador y le reafirmó en su creencia de que no estaba allí por casualidad. Sujetó la aldaba dorada y golpeó con firmeza. Sorprendentemente, esta no hizo ningún ruido, pero una vibración profunda le atravesó el cuerpo y se dispersó por las paredes, el suelo y el aire que le rodeaban.


Empezaba a pensar que la vibración no había sido sentida por nadie ya que transcurrieron varios minutos sin que fueran a abrirle la puerta, pero cuando se disponía a golpear de nuevo con la aldaba escuchó unos pasos de perfecta cadencia y ritmo constante que venían del otro lado. Su agudo oído percibió aquel detalle tan singular rápidamente.


Se abrió el portón y un señor de impoluto aspecto le recibió. Su inmaculado traje oscuro y su cabello correctamente peinado compaginaban milimétricamente con sus gestos corteses y su voz modulada de manera impecable.


–Buenas tardes, caballero, soy Lorenzo, el mayordomo del señor Ubarte. ¿A quién tengo el placer de anunciar? –sus palabras fueron acompañadas con un leve gesto de reverencia a modo de saludo. Darko era un absoluto experto en estudiar rápidamente a las personas. Con el tiempo averiguaría que las deducciones que hizo en cuestión de segundos sobre Lorenzo eran absolutamente certeras.


–Buenas tardes, soy Darko, no he avisado de mi visita, he venido de manera inesperada. Lorenzo miró sonriente a Darko. – ¡Oh!, no se preocupe, el señor Ubarte le está esperando en la biblioteca, acompáñeme por favor –. Sin decir una palabra más y dejando boquiabierto al visitante, Lorenzo se giró y comenzó a andar por el amplio salón.


Decorado en tonos ocres, blancos y dorados, el salón de la entrada era, de lejos, la estancia más amplia que Darko hubiera visto en su vida. Los motivos geométricos del suelo a modo de laberinto contaban en sí mismos parte de la historia de aquella familia tan singular y su jardín insólito. Incontables puertas que partían desde el salón debían conducir a diferentes estancias del palacio. Tal vez el suelo era un plano de aquel intrincado lugar.


Entre el suelo y el techo de encontraba una entreplanta que era en realidad un pasillo en forma de U que dividía en dos niveles la pieza y que contaba con una balaustrada que asomaba al salón. Desde abajo se adivinaban también un sinfín de puertas que debían conducir desde múltiples lugares hasta allí. Quizás, pensó Darko, era en este inmenso salón donde se celebraban las famosas fiestas de los Ubarte.


La pared a la derecha de la entrada contaba con múltiples ventanales que dejaban pasar la luz del sol a raudales. Esta se reflejaba en el dibujo del suelo como formando parte del complejo diseño y haciendo que las filigranas doradas lanzaran un fulgor incandescente que cegaba por momentos la vista.


A medida que avanzaba detrás de Lorenzo a través del salón, de diferentes pasillos llenos de hermosas pinturas y esculturas, de recibidores acogedores y corredores decorados exquisitamente con molduras y columnas de camino a la biblioteca, comenzó a llegar hasta sus oídos la melodía de un piano que acompañaba a la más delicada y sutil voz de soprano que hubiera escuchado jamás. Las ondulaciones de aquella voz llevaban alma impregnada en sus notas y, aunque desconocía el idioma en la que estaban cantadas, las notas le enviaron un mensaje claro y preciso, la melodía contaba en sí misma una historia independientemente del significado de las palabras.


Darko sintió que el aria perfecta que escuchaba le contaba cosas sobre su porvenir, y que lo pintaba de colores azules, turquesas, como el cielo del mediodía o como la luz del sol al atravesar una ola, que se teñía de mar. No hubiera podido explicar por qué sentía que todo aquello hablaba de él, pero así lo sentía. No parecía funcionar nada bajo la razón dentro de aquella propiedad.


Cuando se encontraba junto a Lorenzo frente a la puerta que debía acceder a la biblioteca sintió que la melodía del piano y la voz de la soprano atravesaban su cuerpo y, en su camino a través de cada uno de sus poros, destruían todo lo malo que pudiera albergar en su interior resquebrajándolo con fuerza: recuerdos, dolores, carencias… Voz y piano se difuminaban en el aire después de haberlo traspasado y disolvían todo aquello que habían arrastrado consigo.


Lorenzo parecía también sumamente extasiado escuchando y no se atrevió a tocar en la puerta mientras se ejecutaba aquella hermosa pieza de música. Darko lo agradeció enormemente, solo deseaba seguir escuchando hasta que se sintiera absolutamente reparado y aún después, sabía que querría seguir escuchando. El tiempo suspendido dentro de aquellas paredes alejaba cualquier atisbo de prisa y permitía postergar lo que fuera preciso en pro de disfrutar del milagro que en aquel instante estaba teniendo lugar.


Cuando la música se apagó, las sensaciones que habían sobrecogido a Darko se quedaron en su interior, agazapadas junto al aroma de los rosales, las risas de las jóvenes doradas y los suspiros de la mantícora.


El mayordomo golpeó tranquilamente la puerta.


–Adelante –se oyó una voz enérgica y animada al otro lado. Lorenzo abrió la puerta y, cómo no, lo que encontró Darko al otro lado era bastante diferente a lo que hubiera imaginado. Sus sentidos perfectamente entrenados en aquel lugar le servían para poco, se confundían, se mezclaban con la escasa realidad que allí habitaba y dejaban de responderle como estaba acostumbrado.


En la planta baja de la biblioteca inmensa de madera de roble había un brillante piano negro de cola y un hombre joven sentado a él. De pie, a su lado, otro hombre, gigantesco, con un pañuelo de seda en las manos se enjugaba el rostro y los ojos. Diminutos cristales, como pequeños diamantes fragmentados, refulgían a sus pies. Parecía profundamente conmovido y cansado tras su actuación. Sus ojos tímidos parecían insondables.


El hombre al piano se puso de pie con una amplia sonrisa dibujada en su rostro. –Bienvenido, Darko. Este es Artyom, soprano de El fenomenal circo de rarezas de los hermanos Feigenbaum, estábamos ensayando. Yo soy Barugh Ubarte, es un placer conocerte.


El señor Ubarte era un hombre alto, moreno, con mirada alegre y profunda. A pesar de parecer joven y enérgico, podía leerse en sus pupilas el conocimiento que solo había observado alguna vez en unos pocos ancianos. Sus ojos parecía que hubieran visto el transcurso completo de la historia del universo y toda aquella sabiduría se hubiera quedado acumulada tras sus retinas. Incluso parecía que aquella mirada aseguraba que era capaz de ver también cuánto habría de pasar hasta el fin de la vida de los hombres.


Su voz era tranquilizadora, serena, pero segura. Parecía retumbar desde el interior de un longevo árbol, o ascender desde el interior de la tierra a través de una caverna. ¡Cuánto tendría que decir una persona como aquella!


Darko le tendió la mano a ambos, que le saludaron afectuosamente. ¿Quién cantaba no era una mujer, sino aquel gigante barbudo? ¿Acababa de saludar al señor Ubarte? ¿Cómo sabía su nombre y como es que parecía esperarle? Miles de incógnitas fugaces se atoraron en su cabeza, ansiosas por hallar una respuesta.


–Debo decir, sin ánimo de ser descortés –comenzó a decir Darko mientras sentía, por una vez, el impulso de descubrirse en primer lugar –, que ciertamente no sé muy bien qué hago en este lugar. Llegué esta mañana a Lacero, por casualidad… sólo estaba de paso. Y me sorprendió que nunca hubiese escuchado hablar ni tuviese noticia alguna de su ciudad. Mucho menos aún de su palacio o su maravilloso bosque. Supongo – miró a ambos hombres y sonrió tímidamente encogiéndose levemente de hombros – que sentí curiosidad tras hablar con algunos lugareños, muy pintorescos, en la taberna de Los Tres Gnomos.


Decidió no añadir nada más, dando pie a que el señor Barugh tuviese a bien explicarle cuanto no comprendía, que era casi todo. Cómo sabía su nombre para empezar o cómo era posible que le estuviesen esperando, como aparentaba con su actitud de serena confianza.


–A veces pienso que la propia ciudad es la que se deja ver o se esconde de aquellos a quienes se les hace de paso, pero desconozco sus criterios de elección –respondió enigmáticamente serio el señor Ubarte mirando hacia el exterior, como si algo ahí fuera pudiera darle una respuesta. –Y no se preocupe, no es en absoluto descortés –volvió a mirar hacia su interlocutor. Su gesto preocupado pareció disiparse inmediatamente y fue cambiado por una sonrisa. Parecía que aquel era el rictus natural del señor Ubarte: distendido y alegre.


Artyom se disculpó ante Barugh y Darko, debía atender otros asuntos. Estrechó con la mano derecha nuevamente la mano del visitante y depositó la izquierda sobre su hombro. –Ha sido un placer conocerle, espero que volvamos a vernos –. El soprano de aspecto bonachón transmitió confianza y calor a Darko a través del tono de su voz y de su gesto amigable. Acto seguido salió por la puerta comentando algo en voz baja con Lorenzo. La reconfortante sensación que le transmitieron los anfitriones acalló el estado de alerta que siempre parecía acompañarle.


Se habían quedado solos en la inmensa biblioteca antigua, repleta de valiosos manuscritos, libros únicos y mapas antiquísimos. –Por favor, sentémonos, Lorenzo vendrá enseguida y podrá usted comer o tomar lo que desee –. BarughUbarte señaló unas sillas de terciopelo bermellón que acompañaban a una mesita redonda junto a uno de los gigantescos ventanales, por el que entraba la luz dorada del sol de la tarde a raudales.


Darko se sentó como le había indicado mientras no dejaba de admirar la espectacular biblioteca. Nunca había visto tantos libros juntos y tampoco nunca había tenido demasiado tiempo para leer, sobre todo desde que la educación básica que su tutora y mentora, Solara, había concluido y su labor y oficio había dado comienzo.


Se encontró con la mirada, profunda pero serena, del señor Ubarte y pensó algo rápido para romper el silencio, que al menos a él le parecía incómodo: – Según me comentaron en la posada de la ciudad –empezó a decir –el palacio estuvo cerrado muchos años, aunque siempre perteneció a su familia; ¿es esto correcto? También dijeron algo acerca de una fastuosa fiesta…


–Has hecho bien probando la cerveza de Helmut, he viajado por todo el mundo y te aseguro que no hay ninguna mejor –después de estas palabras, el señor Ubarte se sentó con una actitud menos relajada en su silla, clavo la mirada en el paisaje que se apreciaba desde la ventana y sus ojos se volvieron sumamente profundos, como si rebuscara en una memoria más antigua que él mismo la manera adecuada de explicarle todo lo que concernía al lugar donde se hallaban –. Este palacio es tan antiguo que su historia se remonta a épocas mitológicas, donde tenía, según los legajos que se conservan en esta biblioteca, otro aspecto. Sin embargo, lo más importante de este lugar no es en sí mismo el palacio, sino lo que hay bajo él y lo que está impregnado en sus paredes y en cada uno de los Ubarte. Supongo que te será difícil saber cuánto hay de leyenda y cuánto de verdad en un sitio donde los patrones habituales han dejado de existir.


Las indescifrables palabras de Barugh Ubarte resonaron, sin embargo, totalmente razonables y lógicas para Darko después de cuánto había visto y sentido en Lacero.


Se levantó de la silla y se aproximó aún más a la ventana, dándole casi la espalda a su invitado.

–Hay algo aquí que extrae al exterior cosas que normalmente se encuentran sepultadas y mis antepasados lo sabían, les pertenecía ese conocimiento y se responsabilizaron de él, por eso fue construido en este emplazamiento el palacio y el jardín.


Tocaron a la puerta de la biblioteca. Se trataba de Lorenzo. Se aproximó a la mesa con su manera extremadamente elegante y medida de caminar. Extrajo de su chaqueta impecable una libreta y una estilográfica.


–Por favor, díganme qué quieren tomar y además, caballero, necesito que me de la dirección de donde se hospeda para que puedan ir a recoger sus pertenencias –destapó la pluma, guardó la tapa en el bolsillo superior de su chaqueta, abrió la libreta y observó con atención a Darko esperando una respuesta.


– Oh, no –empezó a explicar Darko algo contrariado –. No me hospedo en ninguna parte de la ciudad. Como he explicado, sólo estaba de paso. Me dirigía mucho más al sur... – dudó sólo por un instante –... por motivos de trabajo. No había previsto pernoctar aquí. No había previsto... – ahora miró a Ubarte directamente a los ojos –... ni siquiera detenerme.


Baruhg y su fiel Lorenzo cruzaron una fugaz mirada; tan sutil que para alguien con los sentidos menos afilados que un Val Drago hubiese pasado inadvertida. Luego, el exquisitamente educado Lorenzo volvió a mirar a Darko mientras daba pequeños golpecitos con la pluma en su libreta. Y Darko cayó en la cuenta, algo azorado, de que no le había respondido a lo de la bebida:

–Ah, sí –dijo al fin –... pues en realidad no probé esa cerveza en Los Tres Gnomos. Pero bebí una especie de zumo de frutas que estaba delicioso. Si tuviese algo medianamente parecido... nunca bebo alcohol.


–Estoy convencido de que nos queda zumo de frutas de Helmut. Lleva arilos de tejo, aunque no sabría decirte qué más pone el tabernero a sus zumos –Lorenzo anotó algo en su libreta –. Yo también voy a tomar lo mismo. Y trae pastel de arándanos, seguro que a nuestro invitado le va a encantar. ¿A ti se te apetece, Lorenzo? –El mayordomo se rió estrepitosamente antes de hablar –¿Alguna vez te he dicho que no a un trozo de pastel de arándanos? Lo que sí traeré para mí una jarra de cerveza de Los tres gnomos, no tardaré.


Lorenzo volvió a salir por la puerta. Darko no salía de su asombro, el mayordomo no solo tuteaba al señor de la casa, sino que además iba a sentarse con ellos a merendar.


¿Seguía siendo media tarde? La intensidad de la luz no había variado lo más mínimo, seguía entrando dorada y a raudales por la ventana junto a la mesa. Darko se dio cuenta de que tenía hambre.


–Estoy seguro de que pudiste observar el amplio tejar que domina a Lacero casi por completo. Hay quienes piensan que realmente eso es lo que la convierte en un lugar tan… –pensó durante unos instantes en la palabra adecuada –… singular. Sin embargo, yo creo que el tejo es un árbol lleno de nobleza, que no haría nada a nadie, excepto a quien quiera recibir sus efluvios. ¿Crees que los árboles tienen voluntad propia? Cahaya, el jardinero, asegura que sí, incluso está convencido de que los rosales son más felices desde que conocieron a Hugo.


–Los jardines son algo impresionante –dijo con admiración Darko –. Me gustó especialmente el coloso de piedra. Estuve largo rato observándolo, casi como... –volvió a dudar, pensando si lo que iba a decir a continuación no sonaría como un absurdo desvarío. Pero viendo la mirada que Barugh le sostenía, pensó que por alguna razón podía hablar con libertad. Y continuó –... si esperara que de un momento a otro cambiase de postura, como si respirara.


Desde la ventana de la biblioteca se veía parte del jardín encantado del palacio, que brillaba entre los diminutos reflejos dorados del atardecer eterno, el atardecer que parecía morar impertérrito dentro de las propiedades de BarughUbarte. En medio de la naturaleza tallada con el cincel de Cahaya se observaba con perfección la fuente y su coloso. Una suave pero inesperada ráfaga de brisa jugueteó unos instantes con el diente de león, haciendo que las brujillas danzaran con el aire y ascendieran hasta la altura de la ventana en su loco revuelo. Barugh y Darko siguieron con la mirada el baile, enfrascados en las palabras que aún flotaban en el aire.


–El coloso fue hombre alguna vez, como nosotros fuimos parte de alguna estrella en épocas muy remotas –respondió enigmáticamente Barugh –, todos hemos sido antes otra cosa. El porqué está en mi jardín tiene una razón que escapa a la mayor de las razones. La historia del coloso de piedra forma parte de la niebla que envuelve el pasado, sin embargo, hay alguien que te lo podría explicar mejor que yo, seguro que te encantará conocerla. Llegado el momento, te diré como acercarte a ella, si te place quedarte unos días, claro, y asistir a una fiesta que tengo preparada para la noche del 21 de diciembre –Barugh se giró sonriente hacia Darko, esperando un sí por respuesta. Sabía que Darko buscaba algo, pero no era algo que pudiera darle él aquella tarde, en aquella biblioteca sin más. Aún necesitaba que su invitado viera muchas cosas con sus propios ojos.


Darko se sintió sorprendido de la seguridad del señor del castillo. Sí, había dejado caer una invitación, de forma natural y cordial, como si se conocieran desde hace mucho tiempo y no sólo desde hace unos minutos. Pero además lo había hecho con una seguridad pasmosa, absolutamente convencido, o eso le parecía a él, de que aceptaría. Parecía como si él solamente tuviese preguntas y Barugh Ubarte todas las respuestas.


Nada de lo que había sucedido desde que dejó discurrir su viaje por aquél atajo (lo que él pensó podría ser un atajo) y el bosque se abrió con suavidad mostrando la ciudad de Lacero, encajaba en su mundo de movimientos perfectamente planificados, de sensaciones amarradas y reconocibles, de seguridad en sus actos. Desde que bajó de su vehículo y empezó a recorrer las calles y plazas había sentido ese perfume, sutil y delicado, entrar por sus sentidos: el perfume de lo nuevo, de la aventura. La parada en la posada de Los Tres Gnomos, su charla con el afable artesano o la enigmática y extraña domadora de toda clase de seres le había abierto nuevas formas de mirar, de esperar. Nuevas preguntas sobre sí mismo que no sabía que poseía, que guardaba ocultas como un tesoro cuyo mapa hubiese extraviado.


El bosque de tejos y la barrera de rosales, aquella cercada de rosas que, ahora sí, en este preciso instante estuvo seguro que se habían abierto para él al sentir, por primera vez en su vida remordimientos sobre quién era, sobre lo que era, no dejaban de asombrarle.


Y ahora aquél hombre de presencia poderosa, aunque serena, que le observaba como si supiese qué iba a decir, cuando ni el mismo lo sabía, todo ello, le convencieron de que aquél alto en el camino no había sido una casualidad.


“Nadie viene a Lacero sin tener un motivo”, le había dicho Basil El Artesano en la taberna. Y ahora pensó que no hablaba en balde. Darko le miró directamente a los ojos y decidió mostrar todas las cartas. Estaba seguro de que Barugh Ubarte ya sabía cuáles eran y además, no tenía nada que perder.


–No creo que yo sea el tipo de persona que suele acudir a sus fiestas –comenzó a explicar habiendo tornado su voz y su gesto hacia una sinceridad y una humildad que nadie, nunca, le había visto a Darko Val Drago, Maestro de Asesinos –. Y tampoco sé exactamente por qué estoy aquí ni comprendo por qué los rosales me dejaron pasar. Yo... –de nuevo tuvo que hacer un gran esfuerzo para hallar las palabras adecuadas mientras el señor Ubarte mantenía su expresión sobria y confiada. Pareció encontrarlas al fin, aunque lo más difícil fue pronunciarlas –... no soy como la gente que habita este lugar. No soy como Basil o como Antje... o como usted. Soy un Val Drago –esperó a ver si Barugh variaba o torcía el gesto pero como no lo hizo y sólo por asegurarse, añadió –. Estoy seguro de que usted sabe lo que eso significa.


Recoger durante años y a lo largo de miles de kilómetros la historia más ancestral de la humanidad le había llevado a comprender cosas que nadie más hubiera comprendido. En su sangre estaba la capacidad eterna de respirar bajo las aguas del lago de las náyades, de comprender el idioma de los seres de otra dimensión y de sentir en su interior las palabras de las personas, pero las palabras de verdad, las que brotan del alma y no de los labios.


Tras la sinceridad de su invitado se encontraba la leyenda de los Val Drago, de quienes Barugh conocía hasta el último detalle. Sin embargo, la estela que dejaban las palabras de Darko le hacía entender que aquel no era un verdadero y siniestro Val Drago. De sus labios brotaba un reflejo ocre brillante que Barugh reconoció desde el primer instante…lo había visto antes.

Había llegado el momento preciso, el instante oportuno.

– No aceptaré un no por respuesta, señor Val Drago –sonó amable pero rotunda la voz de Barugh. El eco de sus palabras rebotó en la añosa madera de la biblioteca e hizo temblar de manera casi imperceptible, como si fuera una vibración, todo el palacio acaparando y envolviendo a Darko. Durante unos instantes aquella vibración permaneció en todos lados, ocupando cada recoveco, inundando todo el espacio. Cuando esta se hubo disipado, Barugh pareció volver a ser el hombre sencillo de hacía solo unos instantes –. ¿Qué me dice? –su voz sonó normal, como si no acabara de ocurrir nada en absoluto.


– Acepto pues –dijo Darko un poco turbado por la sensación que había inundado la estancia durante un instante, poderosa aunque difícilmente perceptible por alguien que no poseyera sus sentidos y sus extraordinarias capacidades sensoriales.


Volvió a mirar a la estatua y sin saber muy bien por qué dijo algo más: –hasta hace unos minutos sólo deseaba comprender qué me había atraído a este lugar, por qué estaba aquí. –¿Y ahora? –le inquirió Ubarte, aparentemente complacido.


Darko volvió a mirarle apartando la vista de la ventana y respondió, con mucha seguridad: –ahora me pregunto por qué no vine antes.


por Arima Rodríguez Vega y David Arcos Pacheco

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