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La florecilla viajera



Desde que el primer rayo de sol, brillante y alegre, tocó a la pequeña florecita, sus ojos se entreabrieron y, parpadeando, soñolienta aún, recibió la mañana estirando sus pequeños y frágiles petalitos. Una sonrisa se dibujó en su cara de mejillas sonrosadas, sujetó con sus dos manos una hermosa y transparente gota de rocío y la llevó hasta su rostro para lavárselo.


Una vez se hubo quitado las legañas, miró a su alrededor: las hermosas y coloridas mariposas habían empezado ya a revolotear desplegando sus brillantes alas entre las elegantes y fragantes rosas. ¡Eran tan hermosas! El zumbido de las abejas creaba una sinfonía bulliciosa. Raudamente, muy trabajadoras, habían comenzado su jornada recolectando polen para fabricar la dulce miel color de oro. El cielo se había despertado radiantemente azul y alguna nubecilla algodonosa paseaba bajo la luminosa cúpula de la mañana. La hierba fresca era mecida por la suave brisa, y a cada movimiento de sus briznas, miles de brillantes gotas de rocío salían despedidas en todas direcciones. El sol, al acariciarlas, parecía convertirlas en diminutos diamantes que se esparcían como pequeños tesoros por todas partes.


Pronto vendrían a visitarla a ella también las abejas, cuando fuera una flor adulta y pudiera ofrecerles el delicioso polen para su dorada fábrica de dulce y deliciosa miel. Pronto también, los gusanitos de seda, sonrientes y verrugosos, irían hasta ella para crear la blanca pupa en la que se adormecerían suavemente para convertirse después en una bella mariposa de alas coloridas y frágiles. Tiempo después, la florecita podría verlas flotar en el aire agitando delicadamente las alas y expandiendo el arcoíris de su complejo diseño por todo el valle, pacífico, verde y soleado.


Soñaba la pequeña flor en lo que habría más allá del hermoso y cálido valle en el que habitaba toda su familia. Preguntaba a la brisa y a las nubes —que tantos kilómetros recorrían cada día y que tanta sabiduría habían acumulado durante años y años—. La brisa le hablaba del mar. La flor intentaba imaginar cómo sería toda aquella cantidad de agua azul llena de vida, de peces y de algas, que eran como las flores del fondo del mar, según le habían explicado. La brisa le decía que el mar era salado, y ella, que solo había probado el dulce néctar de las abejas, no podía imaginar cómo sería el sabor salado. Casi le parecía imposible que existiera algo tan inmenso y tan azul como el cielo. Sus ojillos inocentes y tiernos brillaban de emoción cuando esta le hablaba del fragor de las olas, que iracundas y poderosas, se estrellaban contra los acantilados pedregosos.


Las nubes, a su vez, le hablaban a la florecita de otros países: de altas montañas llenas de nieve, de ríos, de bosques y de desiertos, y ella, que no sabía lo que era el frío porque su valle era siempre tan cálido, se preguntaba cómo sería tocar esa nieve blanca como las nubes. Le sorprendió saber que había lugares en el mundo donde no había sino arena y que no había flores como ella, ni mariposas hermosas que embriagasen la vista, ni trabajadoras abejitas.


Una buena mañana, de esas radiantes y luminosas que despertaban todos los días a la soñadora flor, una fresca brisa trajo consigo una llovizna ligera. Por unos instantes se oscureció el azul cielo del valle tibio, las nubes blancas y esponjosas se tornaron plomizas, el cálido aire se refrescó y unas gotas veloces, bien distintas a las redondas y amables que ella conocía, comenzaron a caer desde cielo y a golpear los delicados pétalos de la joven flor. La ligera lluvia se había convertido en una señora lluvia malhumorada. Asustada miró a su alrededor, pero la hierba, la tierra y todos los demás sonreían contentos ante la llegada de la lluvia ya que ésta, aunque de aspecto poco amigable, les traía en realidad la tan preciada agua que las mantenía vivas. Así se lo explicaron las mayores al verla tan asustada y la flor se quedó tranquila. Se dio cuenta enseguida de lo poco que conocía del mundo y sus ansias de saber brotaron con más fuerza aún después de esa lluvia matutina que se apaciguó al rato de haber comenzado.


Al día siguiente, en un pétalo doblado metió sus pertenencias: una cantimplora con frescas gotas de rocío, un poquito de miel que le habían regalado las abejas y un mapa del mundo que la brisa le había dibujado. Con una sonrisa plasmada en su rostro y con el brillo en los ojos de quien siente la ilusión de descubrir, decidió atravesar las amables colinas de redondeadas formas que la habían visto nacer y conocer por sí misma todas aquellas cosas maravillosas que le faltaban por descubrir.


Así, la pequeña florecita, que nunca antes había visto ni tan siquiera el frío invierno, se adentró por caminos pedregosos, por veredas tortuosas y por zonas de arbustos espinosos. Se dio cuenta de que la tierra más árida, el viento más reseco y hasta la noche más helada, guardaban en su interior parte de la belleza que había observado desde que nació en la fresca y jugosa hierba, en las fragantes rosas y en el airecillo cálido y amable.


Cada pequeño detalle que encontraba en su camino le ofrecía una nueva perspectiva del mundo y mayores ansias de seguir conociendo y aprendiendo. Aunque las montañas rugosas y peladas parecieran mirarla con acritud, ella podía ver en sus laderas marrones la belleza de quien ha vivido milenios sobre la tierra y ha tatuado en su piel la historia de parte del mundo. Todo le parecía mágico.


Con ojos bien distintos a los que los demás solían poner, miraba extasiada los árboles de hoja caduca, que en los helados inviernos despiadados quedaban desprovistos de su hermoso manto verde brillante. La florecilla los miraba y veía como sus ramas, bien lejos de parecerle resecas y desnudas, se erguían con elegancia y hermosa melancolía hacia el cielo. Nunca le parecieron feos, más bien le resultaban elegantes, valientes, fuertes y llenos de esperanzas mientras aguardaban impertérritos a que la primavera volviera a revestirlos de hojas y de hermosas flores. ¡Cuánta belleza se acumulaba en aquellos árboles durante el invierno!, ¡con cuánta entereza aguantaban su hermosa soledad, sin pajaritos entre sus ramas que les dieran calor!


Una buena mañana, después de haber caminado durante mucho tiempo, la florecita decidió pararse junto a un arroyuelo de aguas cristalinas en el que jugueteaban contentos unos pajarillos de colores. Necesitaba refrescar sus pétalos y estirar sus raíces un poquito. Con la perpetua sonrisa de su rostro, como siempre feliz y sincera, acercó las verdes hojas que partían de su tallo hasta la orilla y, apoyándose en ellas, se miró en las limpias aguas del arroyo. Casi le costó reconocerse a sí misma en la imagen que las aguas le devolvían: aquella florecita diminuta que había partido de las colinas con ansias de conocer el mundo entero, se mostraba ya como una flor adulta en total esplendor. Sin embargo, aquella misma mirada —inocente y brillante, curiosa, que todo lo quería ver y conocer, y que se asomaba a sus ojos cuando el primer rayo de sol de la mañana la tocaba— seguía adornando su rostro. Pensó la florecita en aquel momento que cuando los ojos parten del corazón y no de la cara y logran ver en el mundo aquello que solo puede ser visto por el alma, la imagen que el más horrible elemento le devuelve llega hasta el interior como la más bella de las creaciones.


Así, con la maleta cargada de historias, de hermosos relatos llenos de momentos felices y de lugares maravillosos conocidos, la florecita regresó a su valle natal, para, con su sincera sonrisa infantil, decirles a todos que el resto del mundo era tan maravilloso como su valle y que si bien no era tan verde todo, ni el cielo era tan azul, las nubes plomizas y el pelado suelo arcilloso eran también lugares hermosos y amables.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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