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La extraña visita

Actualizado: 2 de abr de 2019


Where is my sunshine? by eil

Golpeaba con rabia la lluvia el ventanal donde yo tenía apoyada la cabeza, como si fuera a mí a quién quería dañar. Pequeños pedernales transparentes. Pero yo desafiaba aquella lluvia manteniendo mi punto de apoyo en el cristal. Miraba y me deleitaba con el color plomizo del cielo, el marrón fúnebre de los árboles mojados y sacudidos por el temporal y el suelo gris oscuro. Las hojas del árbol maltratado sucumbían una a una, y eran arrancadas de cuajo de la protectora rama amorosa. Casi, pensé, podía escuchar desde mi refugio, a pesar de la furia del viento y del estruendo de la lluvia, el grito de cada hoja al desprenderse del árbol y ser arrastrada a través del aire. Instantáneamente, el grito mudo se ahogaba en el espacio infinito. Aquellas hojas terminarían por secarse y al final, como si fueran de cristal muy fino, se resquebrajarían y desharían ante los ojos de todos pero sin que nadie las viera realmente.

Cada gota que resbalaba por el cristal ante mis ojos se llevaba consigo el reflejo del exterior, diluyéndolo después de haberlo deformado hasta hacerlo irreconocible. Así es como desaparecía la realidad. Busqué mi reflejo en alguna de las gotas, a ver si conseguía diluirme en ella, pero tantas veces como me deshice, me volví a reflejar en otra nueva. Era un bucle del que no podía deshacerme.


En un día como este, el interior de mi casa se me hacía tan oscuro como una cueva, y la luz eléctrica, tan muerta y tan fría, me parecía insoportable, así que preferí quedarme mirando la cólera desmedida de la naturaleza frente a mi ventana. Por algún motivo, mucha ira guardada se había desatado esa tarde y yo era parte del público que la observaba en su apogeo desde la primera fila. Sin embargo, si aquella batalla que se estaba librando en el exterior acababa antes del anochecer es cuando habría de empezar la peor parte: averiguar a qué dedicar el tiempo que aún faltaba para que expirara el día.


El timbre de la puerta. El rescate. ¿Quién venía a mi casa en un día así? No recordaba como sonaba aquel timbre, se me hizo tan extraño que me dio la impresión de que venía desde algún punto de otra realidad que yo desconocía. Hasta llegué a dudar de haberlo oído y por unos instantes pensé que se trataba de un deseo de mi imaginación. Pero volvió a sonar, esta vez con mayor nitidez, como si ahora lo hiciera en la realidad más tangible. Encendí aquella luz artificial que hacía unos momentos me parecía fría y que ahora se me antojó acogedora y fui hacia la puerta.

-Vaya tardecita, mira lo tarde que se me ha hecho y lo empapado que vengo. Tráeme una toalla.- Un extraño traspasó el umbral de mi puerta chorreando agua. Tenía cierto aire de contrariedad por el hecho de haberse mojado bajo la lluvia.


Me quedé pasmada junto a la puerta. ¿Qué clase de loco entra en la casa de una desconocida diciendo cosas como si entrara en la suya propia?


-Siento no saludarte en condiciones, pero es que no quiero resfriarme-. Se quitó la chaqueta, las zapatillas deportivas y me miró como dándome prisa para que fuera a por la toalla.


Nunca sabré por qué, quizás por la naturalidad con la que todo transcurrió, pero me apresuré en ir al baño y le llevé una toalla. Se secó el pelo, se quitó la camiseta y fue a mi dormitorio diciendo algo sobre unos pantalones secos. Todo eso después de haber estampado un rápido beso de labios mojados en mi nariz.


Para mi sorpresa, sacó de mi armario ropa suya: un pantalón de chándal color gris y una camiseta blanca de algodón justo de su talla. Descalzo y con el pelo revuelto, pero ya vestido con ropa seca, se dirigió al baño, dejó la toalla, se puso unas zapatillas y con la misma salió. Se dirigió a la cocina y, como si supiera donde estaba cada cosa, preparó una cafetera y la puso sobre la vitro. De lejos me gritó que fuera a hacerle compañía a la cocina. ¿Cómo era esto posible?, ¿cómo es que sabía mi nombre y había objetos suyos en mi casa? Aquello era absolutamente surrealista. Pero yo no estaba asustada, sólo sorprendida.


-¿Te has aburrido mucho aquí dentro? –Preguntó de manera despreocupada mientras preparaba las tazas y las cucharillas.


-Si, al menos hasta que has llegado. –Pude apenas balbucear mientras miraba aquellos ojos nuevos, pero que no parecían fingir nada.


Me di cuenta de que mi desconocido no proyectaba sombra alguna en el suelo. La mía, sin embargo, se arrastraba por los muebles y las baldosas de la cocina en completa soledad, en aquella misma terrible soledad que sentí mientras observaba la lluvia. Desvié la mirada, no quería verla. Mi sombra no era más que mi yo oscurecido que se deformaba y estiraba cuando me movía.


-¿Quieres café, verdad? –El desconocido me sacó de mis siniestras cavilaciones con su voz arropadora.


Me sentí tan cómoda y tan feliz de repente, que pronto dejó de importarme si aquello tenía sentido o si formaba o no parte de la realidad. Cavilé durante el breve espacio de tiempo que el aire aspirado convive en el pecho sobre la escasa importancia que tiene la definición de realidad cuando quien la supera es la definición propia de la felicidad. Una vez solté aquel aire que llevaba consigo la diminuta reflexión que explica el universo, me olvidé de pensar más, y sólo viví.


-¿Que quieres que te haga para cenar? – Le pregunté al extraño. –La verdad es que con este horrible tiempo no he ido a comprar nada, tenemos la nevera medio vacía.







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