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La dama del caballo

Actualizado: 2 de nov de 2019


Zdzisław Beksiński

Por qué Beksiński


Todas las artes están ensambladas entre sí y la mayoría de los fanáticos de cualquier forma de arte tenemos un escritor, un pintor o un músico con el que nos identificamos por algún motivo que se encuentra oculto en nuestra historia vital. La primera vez que vi un cuadro de Beksiński supe que, de haber sido pintora, y con talento, claro, él hubiera sido la figura clave a la que seguir porque en su pincel estaban expresados mis sentimientos e ideas más profundas. He pensado que, partiendo de la primera premisa que planteo y sintiendo que verdaderamente cada forma de expresión artística está indefiniblemente unida a cualquier otra, quiero “pintar” con palabras los cuadros surrealistas del artista polaco Zdzisław Beksiński, en concreto uno que me estremece particularmente. Él no le ponía título a sus obras, yo tampoco sabría cómo llamarla.



La dama del caballo


Salir a la calle no es precisamente sencillo, por eso están generalmente bastante vacías. Es necesario tener en cuenta que no haya previsión de lluvia e ir preparada siempre por si de repente empiezan a caer del cielo rojo las malditas gotas ácidas que generan quemaduras en la piel. Para recordarlo solo tengo que mirar el dorso de mi mano y ver la cicatriz de piel plegada con forma irregular que lo cubre casi por completo, a mi mente acude inmediatamente el dolor intenso y el horror de ver nuevamente en mi cabeza la terrible imagen de mi piel consumiéndose bajo aquel líquido de apariencia inocua.


La mayoría de la gente utiliza exclusivamente los túneles que unen las estaciones de transporte y los pasadizos cubiertos que acceden desde estos a las factorías y comercios más importantes.

Me han contado que antes de la catástrofe, la lluvia era simplemente agua, y que cuando caía moderadamente era una bendición: hacía que todo se volviera verde, que floreciera la tierra y que su olor era exquisito. Ni siquiera soy capaz de imaginar un paisaje verde en este infierno carmesí, donde el cielo está constantemente cubierto por una capa de neblina rojiza.


Desoyeron las advertencias y un día, sin más, se convirtió en el último día que lloviera agua en la tierra. Tras varios años de extrema sequía volvió a llover, pero esta vez no era precisamente agua lo que cayó del cielo.


La tierra es yerma, no crece nada absolutamente. Solamente quedan los esqueletos resecos de algunos árboles, que crepitan cuando sopla el viento. Supongo que en poco tiempo no quedará tampoco nada de ellos.


La comida artificial, escasa, hace que todo el mundo esté, literalmente, en los huesos. Solo hemos podido conservar las especies animales que pueden sernos útiles, todas las demás han muerto. Gracias a los hologramas por impulso de plasma he aprendido lo que era una serpiente, me parecen fascinantes. Creo que me tatuaré una en cuanto pueda en el brazo, y taparé mi cicatriz con las fauces abiertas y la lengua viperina.


La sequía se ha vuelto absoluta. Las máquinas desulfuradoras apenas son capaces de extraer una pequeña cantidad de agua potable de la lluvia tóxica y corrosiva que cae casi a diario en chaparrones inesperados.


Mucha gente muere joven por problemas renales debido a la restricción de ingesta de agua. Sentir un sabor metálico en la boca es ya signo de muerte. Se ha convertido casi en una obsesión para la población y todo el mundo tiene en su casa medidores para comprobar a diario si están o no a punto de morir por fallo renal.


La escasez de agua nos ha obligado a todos a afeitarnos la cabeza, quien se arriesga a llevar el cabello largo sabe que tarde o temprano el crespón mate de pelo se llenará de costras y de parásitos. He visto a personas, sobre todo mujeres, que, negándose a raparse, han pasado la mano por la cabeza y se han llevado enredados en sus dedos mechones gruesísimos de pelo y han tenido finalmente que hacer caso de la sugerencia del servicio sanitario para la prevención de plagas. Supongo que no tardarán mucho en convertir la sugerencia en una ley. No es justo que por unos cuantos incautos las plagas se propaguen y causen más enfermedades de las que ya tenemos.


Detrás del cielo rojo marronáceo y de los permanentes nubarrones oscuros, que apenas se mueven, debe estar el sol. Jamás lo he visto. Es un disco amarillo incandescente que al parecer te cegaba la vista, mi madre recuerda verlo cuando era pequeña. Me contó también que el cielo era azul sobre todo en el verano. Ahora las estaciones han dejado de existir.


Recuerdo que no me creía sus narraciones sobre cómo era la vida cuando ella era pequeña, así que un día decidí conectar el holograma y buscar imágenes del pasado. Están casi totalmente restringidas, pero tengo cierta habilidad para saltarme algunos cortafuegos. Tecleé 2019. Allí estaba, el cielo tal y como mi madre lo había descrito, el sol como una llamarada que reinaba en lo alto y algunas nubes algodonosas y limpias.


La tasa de natalidad es bastante baja, es lógico, aparte de la desnutrición y las enfermedades no entiendo como alguien querría traer un hijo a este tártaro inmundo. Ayer una mujer de encrespado cabello negro, enredado y sucio, paseaba sobre un huesudo caballo con un bebé en brazos. Me fijé rápidamente, deseosa de ver al bebé, pero para mi espanto, lo que llevaba dentro de las raídas y sucias sábanas blancas era un cadáver menudo y descompuesto, al que ella abrazaba sin apercibirse de que debía haberse desprendido de él hace tiempo.


La devastación natural y el desarraigo social que trae consigo la miseria más profunda es el factor determinante de nuestras vidas miserables. Solo la tecnología avanza sin precedentes. Casi todo el mundo trabaja en las minas y factorías. Las élites sociales, dueñas de las empresas tecnológicas, no viven mucho mejor que los otros, solo algo más cómodos. Igualmente comen basura y tampoco ven la luz del sol. No pueden meterse en los mares tóxicos ni en los ríos contaminados. Solo llevan ropa mejor y sus casas no están en ruinas, pero no creo que eso tenga realmente mucho valor. Sin embargo, cuando hay poco que mejorar, cualquier cosa es envidiable para quien no se detiene mucho a pensar en ello.


En días como este, que no tengo que ir a trabajar y en el que el calor infernal se alía rápidamente con una inesperada humedad, prefiero no andar por la calle, es muy peligroso, así que paso la tarde-noche en “El Cómplices” un local donde ponen música de antes de la devastación climática y tomo varias copas de numbo, una bebida alcohólica exageradamente sintética que sabe a plástico. Allí permanezco hasta que mi sensación de hastío se atenúa. Realmente no hay ninguna otra cosa que hacer en la ciudad, o en lo que quiera que sea este lugar en el que habito.


Generalmente en “El Cómplices” la gente habla poco, no hay mucho que contar. Se limitan a escuchar música y a beber. De vez en cuando algunos intercambian algunas palabras, pero poco más. Hoy ha sido diferente. La mujer que viera momentos antes sobre su caballo entró con el fardo muerto en los brazos dentro del bar. Los que aún no habían bebido demasiado numbo se giraron rápidamente para observarla: su cabello enredado, su ropa harapienta y el bebé que llevaba en los brazos no pasaban desapercibidos así como así. –Eh, señora, salga de aquí con todas sus pulgas –se mofó un borracho desde la esquina derecha de la barra. Se oyeron algunas risitas de fondo, pero nadie más dijo nada. La miraron con asco. No existe la compasión y casi ni el horror en este mundo reseco y sulfuroso.


La mujer se aproximó a la barra, sus ojos cavernosos estaban vacíos de expresión, su pálida piel se pegaba a su cadavérico rostro, apenas visible bajo el cabello negro. De su bolsillo sacó algunas monedas y las puso sobre el mostrador. Lentamente las fue contando, seguramente no tenía claro poseer la cantidad suficiente para pedir lo que necesitaba. Se puso nerviosa, perdió la cuenta y comenzó de nuevo. Solo podía utilizar una mano, pues la otra la tenía ocupada con el bebé. Se dirigió al camarero y le pidió leche caliente. –Me faltan unas pocas monedas, pero no puedo dejar a mi niño sin comer –se lamentó. El camarero, con gesto de repugnancia y voz cruda, se dirigió a la mujer con todo el desprecio que una persona puede reunir. Sus labios se volvieron una línea fina que vomitó palabras terribles –ese bebé lleva muerto varios días, ¡apesta!


La mujer elevó la vista hasta el camarero, sus ojos vacíos se cuajaron de lágrimas y miró luego al bebé con ternura, lo acunó y lo estrechó contra su pecho.


No pude soportar la terrible punzada de dolor que se me clavó en el pecho ante una escena tan espeluznante. –Yo pagaré la leche del bebé –estiré el brazo y le di dinero de más al camarero para evitar que volviera a comportarse como un cerdo miserable. La mujer ni reparó en mí, solamente esperó ansiosa lo que había pedido. Una vez tuvo su leche caliente se la aproximó al niño y se la dio a beber. En cuestión de segundos se empaparon los trapos sucios que envolvían al pequeño cadáver. A la mirada, hasta ahora inexpresiva de la mujer, se asomó la más delicada ternura que yo jamás hubiera observado.


Pienso que si aún en este averno árido queda alguien con la capacidad de mirar con esa ternura, tal vez haya alguna posibilidad para nosotros, aunque a mí me parezca que todo se perdió el día en el que la neblina rojiza ocultó el sol y la primera gota de lluvia sulfurosa hizo hervir la tierra.




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