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HISTORIA DEL SOLDADO

Actualizado: 2 de abr de 2019


dead lands by caiusaugustus

Los días de guerra habían concluido al fin, dejando atrás un profundo reguero de muerte y destrucción. Cansado y solitario regresaba el soldado a su hogar, moribunda el alma y herido el cuerpo. Ya nunca podría volver a cerrar los ojos sin ver a través de sus párpados el oscuro color de la batalla y percibir el penetrante y podrido olor de la muerte, tan peligrosamente cercana durante todos aquellos grises días. Una insondable oquedad había quedado en su corazón, mutilado ya de esperanza y de alegría, lo que en su retina había quedado grabado nunca volvería ya a borrarse y seguiría, con el paso del tiempo, horadando su espíritu y reduciéndolo cada vez más, creando gruesas cicatrices en su cordura y reviviendo los momentos de locura que viviera durante el transcurso de la larga guerra. Aquellos días se habían consumido ya, irrecuperables, y como delicados pétalos se habían ajado en el recuerdo y se habían vuelto aún más oscuros en la memoria.


El camino de vuelta era largo, reseco y pedregoso. El polvoriento sendero parecía interminable, y no había a su regreso ni música, ni flores, ni tan siquiera sol. Pero él ya no tenía prisa, sentía que a cada paso se alejaba un poco más de su propia existencia. El cansancio y la derrota se habían apoderado tanto de su alma que no le importaba ya si el propio camino de regreso le costaría la vida, no se había fijado si llevaba comida o agua para el viaje de retorno a casa, pues ya era incapaz de sentir otra cosa que el propio vacío.


Durante inertes jornadas caminó, pero el camino se prolongaba monótono. Al llegar a lo alto de una loma no podía ver otra cosa que el propio sendero solitario que ante él proseguía existiendo, impertérrito. Las nubes se habían adueñado del cielo dándole a todo el paisaje un indiferente color gris. Ni tan siquiera hacía frío o calor.


Una noche, el soldado se tumbó a un lado del camino, colocó su macuto bajo la cabeza a modo de almohada y cerró los ojos intentando dar reposo a su cuerpo maltrecho y agotado. Elevó la vista hacia el negro cielo, pero no pudo ver ni una sola estrella. Se dio cuenta entonces de que no recordaba su propio nombre, ni su propia vida. Era incapaz de recordar nada anterior al infierno en el que había vivido los últimos tiempos. Ni tan siquiera recordaba cuanto había durado aquella guerra. El tiempo se había diluido en su memoria llevándose consigo todas aquellas cosas que hubiera querido recordar. Cuando intentaba recomponer un rostro en su memoria, solo alcanzaba a ver miradas horrorizadas, sienes heridas y gestos de angustia. No recordaba su propio rostro tampoco. Lentamente, como con miedo, se llevó la sucia mano a su mejilla, recorrió con los dedos su frente, sus cejas, sus labios... pero no reconocía lo que sus manos tocaban. No estaba seguro tampoco de que aquel inhóspito camino que recorría fuera verdaderamente el que conducía a su hogar.


No sabía cuántos días habían pasado desde que retornara el camino de regreso cuando ante él se presentó una bifurcación del sendero. Por fin algo rompía la perseverante monotonía de su viaje. Uno de los caminos se mostraba ante él como una mera continuación del que hasta ahora había recorrido, igual de largo, de seco y de pedregoso, sin horizonte a la vista, sin cielo despejado y sin esperanzas. El otro, se volvía aún más oscuro, más tenebroso, más inhóspito y gris si cabía. Ante la insoportable perspectiva de que la monotonía pudiera perpetuarse a lo largo de más y más días, el soldado decidió aventurarse por el más oscuro de ambos caminos. Si la muerte le esperase en él, daría gracias por poder ofrecerle descanso a aquel cuerpo que albergaba ya el fantasma de un ser humano en su interior. Quizás si pudiera sentir miedo, frío o sed al adentrarse en aquel camino, hubiera alguna posibilidad de retomar su vida estableciendo un origen para ella justamente donde comenzaba la bifurcación de la senda. Así, sin inmutarse, sin alterar ni una sola de sus facciones, el polvoriento soldado se adentró en el rocoso camino de oscuridad y tinieblas.


Apenas hubo caminado unos pocos kilómetros, un agudo desfiladero se presentaba ante él. Su filo parecía cortante, como si la tierra se hubiera agrietado apenas unos instantes antes. La bruma del oscuro día no permitía ver su fondo y la penumbra de la escasa luz que penetraba entre las gruesas nubes creaba fantasmagóricas sombras entre las grandes e imponentes rocas que se hallaban en los alrededores. Ni un camino de bajada, ni un puente... nada hacía ver que alguien hubiera cruzado alguna vez aquella profunda grieta de oscuro fondo para llegar al otro extremo. Derrotado por la imposibilidad de continuar y por el horroroso panorama de volver sobre sus pasos, el soldado se sentó al pie de una de aquellas ingentes e inmutables piedras que inmóviles y eternas observaban su efímera vida. Un rápido instante era la vida de un hombre para aquellas milenarias y oscuras rocas, que habían visto millones de días y de noches, que habían visto como el paisaje se transformaba a lo largo de milenios. Ellas permanecían allí, frías y duras cumpliendo con su misión. Apoyó la espalda en la pared de aquella gran roca, sentía como los duros salientes se clavaban en su espalda, pero nada podía ya causarle dolor después de todo.


Ya nunca más habría el soldado de volver a abrir sus ojos cansados y resecos, guardó en la retina la visión de aquel paraje solitario, sin tiempo y sin memoria para que le hiciera compañía en el viaje que ahora comenzaba. Acunó entre sus brazos el macuto donde guardaba el vacío de un viaje sin hogar en el que arribar. Poco a poco, los salientes de la roca que se clavaban en su espalda dejaron de hacerle daño, olvidó lo que hallaría si abría sus ojos nuevamente y el hondo silencio que brotaba de la grieta de la Tierra se fue convirtiendo en un mudo sonido que no traspasaba sus propios oídos. Cada uno de sus tensos y doloridos músculos comenzaba a relajarse y una paz que nunca hasta ahora había conocido comenzó a albergarse en su interior, poco a poco, como en un pequeño pozo en el que se va filtrando quedamente el agua por diminutas grietas, sin hacer ruido, sin producir turbulencias.



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