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ESTABLO BAJO CIELO ESTRELLADO


1. Dos mundos



Hariel


Duró muchos meses aquel invierno. La nieve caía copiosamente día tras días hasta el punto de hacerme perder la cuenta de cuánto había pasado desde la última vez que no nevó. Anochecía temprano y amanecía tarde, así que entre las pocas horas de luz y el cielo constantemente encapotado me sentía vivir en una noche eterna. Parecía que nunca iba a despuntar el alba. Sin embargo, eran noches de paz, silenciosas e imperturbables.


Alrededor de mi casa de piedra de ermitaño solo podía vislumbrar las copas blancas de los árboles y, entre ellos, la superficie helada del lago, sobre la que el viento hacía patinar de vez en cuando la plateada luz de la luna. Los arroyos habían dejado de sonar y el paisaje era un témpano pétreo detenido en el tiempo. Desde mi ventana podía ver los brillantes y limpios carámbanos colgando desde el borde del tejado.


El frío no quiso marcharse de mis manos ni de mis pies durante meses, y dormía con la incómoda sensación de humedad cada noche eterna. Sin embargo, aquello no significada el menor sacrificio para mí a cambio de lo que aquel lugar me regalaba.


Sin reloj y sin espejos sentía que mi alma se había sumido en un estado de suspensión curativa. El estado de mera existencia, sin ornamentos, me regalaba lo que tanto había necesitado durante años.


Me gustaba sentarme a escribir todas estas nuevas sensaciones al caer la noche, era una manera de explicarme a mí mismo lo que sentía. Releerlo me ofrecía la perspectiva suficiente como para saber si mi cambio radical de vida había valido la pena. Mi respuesta era siempre un rotundo “sí”. Colocaba siempre mi diario junto a los lienzos y demás material de pintura, entendía que todas las artes eran una sola, escribir y pintar eran la misma cosa, de ambas maneras expresaba yo mi sentir.


Pasaban los meses sin que la primavera quisiera asomarse a aquel rincón perdido del mundo en el que yo vivía, las provisiones empezarían a escasear, pero prefería racionarlas estrictamente antes que salir de mi rincón de hielo y romper el estado de hibernación vital en el que me hallaba.


Me sentaba de noche con las luces apagadas y encendía un buen fuego mientras me concentraba en meditar mis oraciones nocturnas durante varias horas. Luego, con el alma tan nívea como el exterior me iba a la cama, tremendamente en paz. Atrás, colocadas en el expositor de mis recuerdos como si fuera un museo, quedaban las épocas de trabajo frenético en la ciudad, de excesos y de dinero corrupto y sucio. Yo ya no era aquel hombre, pero de vez en cuando creía oportuno recordarlo.


La primera noche de Navidad que pasé allí fue la más hermosa de mi vida. Semanas antes había estado trabajando en un cuadro al óleo donde aparecía un humilde establo. Para la noche del 24 de diciembre ya lo había terminado. Por Nochebuena cené más o menos lo mismo de siempre, sabía que lo de menos eran lo que iba a comer. Había decorado la casa con rojas flores de pascua y con muérdago. El olor a tomillo y a laurel me transportaron al interior del cuadro, que había colocado frente a mí, y caí en un estado de conciencia armonioso. El crepitar de la madera sonaba a estrellas fugaces que anunciaban tiempos serenos, y mi mente permaneció sumergida en un blanco inmaculado durante mucho tiempo.


Cuando amaneció la mañana de Navidad salí a por leña y a respirar el aire desintoxicado e incólume de la naturaleza. La conciliación con el mundo que me rodeaba hizo que me fundiera con el espacio y con el tiempo en una sola conciencia. Las siguientes Navidades, y las otras, fueron igual de maravillosas. No porque fuera Navidad, sino porque era el aniversario del momento en el que mi actual yo más se distanciaba del anterior. Para mí era el símbolo de un ascenso vertical.


Por fin, una mañana de primavera tras mi tercer invierno allí, pude ver el sol en el horizonte despuntando en un cielo despejado de color azul elástico. Un rayo concentrado de luz acarició un carámbano y pude observar como una diminuta gota de agua se deslizaba hasta el extremo, titilaba y caía. La naturaleza estaba obrando su milagro anual. Las copas heladas de los árboles, la nieve de las montañas y la superficie lisa del lago se tiñeron de oro por el fulgor del sol y, con el paso de los días, el tiempo detenido comenzó a ponerse en marcha de nuevo, poco a poco, sin prisa alguna. Los arroyos volvieron a cantar y miles de diminutas cascadas renacieron con el deshielo.


Mis manos y pies ya no estaban tan ateridos durante la noche y los seres que vivían en aquel bosque se fueron desperezando de su letargo invernal. No había mayor placer para mí que escuchar el piar matutino de los pájaros, observar las gotas que se desprendían desde las hojas de los árboles como pequeños diamantes pulidos y regalarme la vista con las sombras que proyectaba la naturaleza sobre la tierra al derramarse el sol sobre ella.


Yo intentaba plagiar todo aquello en mis lienzos, intentaba ahora reproducir la melodía de la primavera con el óleo, y cada vez que terminaba un cuadro lo impregnaba de pinceladas de sosiego, escogiendo los colores que veía alrededor. Durante el otoño y el invierno, aunque mi mundo interior había permanecido imperturbable, los colores habían sido otros. Sentía que debía rendir culto y homenajear a mi manera la vida que me había acogido sin enjuiciarme, sino que directamente me había hecho partícipe de ella, como si siempre me hubiera estado esperando.


Ahora que los caminos estaban en mejores condiciones para transitarlos me iría a la ciudad a vender mis cuadros, como hacía siempre que tenía una buena colección. Conocía a varios marchantes de arte que tenían un discreto interés por mis obras. Al parecer eran bastante sencillas de vender si se les ponían un precio moderado. Quizás para muchas personas mis obras fueran la ventana con la que asomarse a un mundo que, de alguna manera, les resultaba familiar pero en el que no vivían. Con lo que ganaba solía comprar más material para seguir pintando y productos imprescindibles para una buena temporada.


Los escasos días que pasaba en la ciudad hasta colocar mis cuadros y comprar lo necesario no me eran especialmente agradables. Ya había perdido la costumbre del ritmo frenético de la gente, del tráfico, de las luces artificiales y del bullicio. Mi aspecto, por otra parte, debía llamar bastante la atención. Casi vestido como un indigente ya que todo lo material me era vano y con la barba y el cabello largos y desatendidos, solía ser objeto de miradas furtivas, incluso de algunas de desconfianza.


Debía hablar con María Ross. La vez anterior que fui a la ciudad la conocí, el anterior marchante se había ido a trabajar a otra ciudad y la señorita Ross ocupaba ahora su puesto. Parecía estar sumamente atareada aquel día. En realidad tenía aspecto de que siempre debía estar muy ajetreada, pues sus movimientos eran certeros, rápidos y mecanizados, como si siempre hiciera lo mismo y ya lo tuviera tan aprendido que no necesitara pensarlos.


Me entrevistaría con ella para explicarle algo sobre mis cuadros con el fin de que pudiera dar respuesta a los compradores. En cuanto al precio me daba igual, ella podía ponerle el que estimara oportuno, mi única condición era no tener que asistir a la presentación de la exposición. Me había sobrado dinero de la temporada anterior y lo que debía comprar no era demasiado, así que para mí el asunto económico era de todo menos urgente.



2. En la ciudad



Hariel


La señorita Ross se me antojaba una mujer demasiado fría para tratar tan de cerca con algo tan humano como el arte. Vestía de una manera impoluta y estrictamente formal. Al igual que en la anterior visita, esta vez también iba vestida de color oscuro. Llevaba el cabello recogido y apretado, ni un solo pelo parecía escapar de su estricto moño. Un ligero maquillaje bajo sus gafas de pasta negra hacía que aquel rostro, hermoso sin duda, se mostrara aún menos relajado de lo que en realidad debía ser.


Nuestra breve conversación se basó en tomar notas sobre la técnica pictórica, el simbolismo de los cuadros y el material utilizado. Tras esto, me anotó en un papel la fecha de la presentación y el lapsus de tiempo que permanecería la exposición abierta, tras esto, debía ir de nuevo a cobrar. Su letra estirada y poco legible me decía de ella muchas cosas que complementaban su aspecto, entre otras cosas, me hacía intuir que no parecía tener tiempo de detenerse ni a escribir pausadamente y que tras ese aspecto rígido debía esconderse otra María bien diferente, la María legible.


Quiso anotar en su agenda mi número de teléfono, sin embargo, le expliqué que no tenía manera de ponerse en contacto conmigo si surgiera alguna duda, pero que tenía anotada una dirección en mi ficha. Se lo expliqué también la vez anterior, pero debía haberlo olvidado, por su despacho debía pasar un montón de gente y, tratándose de artistas, bastante más llamativos y excéntricos que yo. Un apretón de manos y mientras respondía con gesto mortificado a su teléfono móvil puso punto y final a la conversación.


El camino de vuelta a mi casa era largo. Debía ir a la estación de trenes, viajar durante tres horas y luego hacer un largo camino a pie, aunque esta vez llevaba menos peso.

Contemplar como el paisaje iba mutando de urbano a rural era un proceso mágico, me iba adentrando poco a poco en mi mundo nuevamente, despacio. El aire polucionado iba siendo sustituido por el puro. El gris iba pasando a verde y el silencio se iba haciendo profundo y pausado.


La señorita Ross me recordaba a mí hace más de tres años. Inconsciente de lo que me rodeaba, pendiente de la hora y del teléfono y con la mente ocupada en cosas intrascendentes. Me afeitaba cada mañana y me cortaba el pelo cada cuatro semanas. Ni siquiera me planteé nunca si me gustaba o no estar afeitado y con el pelo corto. Recuerdo que mis zapatos siempre me resultaban incómodos. Nunca pensé en si era agradable lo que me rodeaba o no. Fumaba por fumar y comía en exceso porque trataba de compensar lo que estaba descompensado en mi exterior, pero en el fondo supe siempre que no me sentía saciado.


Llegar a casa y cerrar la puerta tras de mí era como entrar en el sagrado suelo de mi alma.



María


El que había ocupado mi cargo anteriormente era un tipo super caótico, perdí muchísimo tiempo al incorporarme en organizando todo: obras, fichas, etiquetas, descripciones… soy incapaz de ponerme a trabajar si no tengo un mínimo de orden. Necesito organización en mi vida, supongo que por eso me siento por las noches a escribir mis pensamientos, casi como si se tratara de un diario. Leer lo que había escrito días atrás me ofrecía una perspectiva de mí misma y de mi vida de la que muchas veces carecía, aunque debo ser honesta y aceptar que, generalmente, me incomodaba bastante leerlo y evitaba hacerlo, sentía que yo misma me justificaba de cosas de las que no debía mientras lo escribía.


Se aproximaba una nueva exposición y mi despacho volvía a estar bastante abarrotado. Encima la visita de aquel pintor ermitaño, Hariel, lo había llenado con veinte lienzos más que aún debía etiquetar y hacerles la ficha a ordenador. Rebusqué en el fichero para encontrar la información de este artista, la verdad es que no había gran cosa. Su verdadero nombre no era Hariel, sino Benjamín Allen. Junto a su nombre no había número de teléfono, solo una dirección bastante inusual. Parecía vivir en el kilómetro ocho de un camino de montaña o algo similar. Recuerdo que la vez anterior que hablé con él tenía esperando varias llamadas y llegaba tarde a una reunión, así que lo había despachado lo más rápido que había podido y no había podido dedicarle toda la atención que, en mi opinión, aquel artista merecía. Tampoco es que esta vez hubiera podido ofrecerle el tiempo adecuado y eso me había hecho sentirme incómoda.


Tercer café de la mañana. Con el ruido de los obreros acondicionando la iluminación para la siguiente exposición y arreglando un problema con las tuberías era difícil concentrarse. Encima tenía que atender las excentricidades y peticiones absurdas de los pintores que iban a exponer a partir de la próxima semana. La mayoría no era sino una panda de snobs que aspiraban a ser el próximo Andy Warhol. Afortundamente, con Hariel ni siquiera tuve que sentarme a negociar los precios. Desde luego tampoco es que pareciera un tipo muy usual, pero al menos era sencillo y de pocas palabras.


El teléfono, los taladros, la mesa llena de papeles. Estaba deseando que fueran las cinco de la tarde para marcharme de allí.


Me levanté para comenzar con el trabajo de Hariel. Verdaderamente sus cuadros eran fantásticos. Su obra era sobria y natural, pero no tenía tiempo para ponerme a analizarla. Desde luego, pensé molesta, mi trabajo tenía poco que ver con las expectativas que me tracé cuando decidí dedicarme a algo relacionado con el arte.


Al par de minutos me di cuenta de que algo no me cuadraba. Había hablado con él de veinte obras, o al menos tenía veinte títulos y sus descripciones anotadas, pero allí había veintiún cuadros. No tardé en dar con la pintura extra: representaba un desvencijado establo en una noche estrellada.


Era muy difícil dar con Hariel para decirle que habíamos tenido un error, así que lo titulé “Establo bajo cielo estrellado” y no añadí descripción.



Hariel


Durante el camino de vuelta a casa me había asaltado la duda de si la señorita Ross entendería que el cuadro del establo era un regalo para ella. En su día a mí me había otorgado la paz que ella parecía necesitar. Mientras lo pintaba acudían a mí serenidad y sosiego y me otorgó compañía infinita la primera noche de Navidad que había pasado en mi nueva vida.


Las noches serenas de finales de otoño me habían inspirado para crearlo, cuando los tonos marrones mojados por la lluvia comenzaban a tornarse más oscuros y a mezclarse con el leve manto blanquecino de las primeras heladas. Ahora era primavera, quizás no había llegado el momento de que se diera cuenta, por mucho que yo calculara que así debía ser.


Llené de agua la tetera y me senté a observar la danza del pequeño fuego hasta que el sonido de las burbujas me avisara de que debía retirarlo. Contemplar las llamas y su sinuoso movimiento era hipnótico. Quizás pintara un cuadro sobre el fuego y el agua, sobre el día y la noche y sobre el otoño y la primavera. Mi pintura debía estar ubicada en el centro perfecto de todos los aspectos ambivalentes de una línea recta, o al menos esa solía ser mi pretensión.



María


Las cinco y cuarto. Por fin había colgado el teléfono, si volvía a sonar no lo cogería, me quería ir a descansar ya. -Voy para casa –tecleé rápidamente en mi iphone y lo metí rápidamente en mi bolso de piel negro.


Esperaba que el metro no estuviera muy lleno porque los zapatos me estaban matando y además me moría de hambre. Antes de entrar en la estación me compré un sándwich y un café para irlos tomando por el camino. Ni un maldito asiento libre, como siempre.


Una vez en casa me solté el pelo, me quité los zapatos y cambié mi falda y chaqueta por una camiseta gigante. Haría la cena y me pondría a ver la tele un rato para intentar distraer mi cabeza de todo el estrés del trabajo y de la profunda soledad que sentía desde que había decidido que era mejor vivir sola. Mi familia y sus continuos jaleos no hacían sino añadir tensión a mi día a día.


El timbre del whatsapp. Había olvidado ponerlo en silencio. –El sábado lo pasé genial, ¿te apetece que mañana viernes nos veamos de nuevo? -. Jaime, bloqueado. Estirado y egocéntrico, la cena y la copa más larga de mi vida tenían nombre y apellido. Lo había conocido en la última exposición, se había interesado mucho por un cuadro abstracto que a mí, personalmente, me parecía una tremenda mierda. Sin saber bien por qué acepté a salir con él a cenar. Supongo que porque a veces me siento tan alejada de la gente que, de alguna manera, ansío conectar como sea con los otros.


Una vez me senté en el sofá y encendí la televisión, la imagen de Hariel vino a mi mente. ¿Qué haría un hombre como él en ese preciso instante, en su casa alejada de la ciudad? Lo imaginaba en una modesta cabaña pintando lo que veía a través de su ventana, pero a su manera, como él las veía, con aquellos ojos profundos que parecían captar una esencia diferente a la que todos vemos. -Seguro que no tiene tele, si no tiene teléfono, ¿para qué habría de querer una tele? –pensé.


Recordé el cuadro del establo, ¿tendría realmente un establo con animales o solamente era algo que estaba en su mente? ¿Cómo podía darle igual a cuanto vendiera sus cuadros? No parecía interesarle realmente vender su obra, no iba a las presentaciones a alardear de su innato genio, de su perspectiva sobre la situación actual de la sociedad ni de las mil idioteces que oía decir a los demás artistas. No quería ser famoso ni codearse con sus otros talentosos colegas.

En la tele discutían sobre qué cantantes se habían operado la nariz. Switch off. Cerré los ojos. La cabeza y los pies me dolían ligeramente, sin embargo, recordar los cuadros de Hariel, que hablaban de naturaleza y de paz, mitigó mi dolor y mi consciencia hasta que caí dormida.

Cuando me desperté eran las diez de la noche. Me duché, preparé las cosas del trabajo del día siguiente, me comí otro sándwich y me fui a la cama. Al día siguiente comenzaríamos a colocar todo para la exposición.



3. La exposición



María


La inauguración de la exposición fue un verdadero éxito. Acudió muchísima gente. La gestión de la galería iba viento en popa, no había más que observar cuánto ricachón pedante pululaba de un lado a otro hablando de “arte” con los “artistas” y compradores habituales.


Yo había elegido mi rincón favorito para los cuadros de Hariel. Pasmosamente, unos cuadros tan sencillos, con una simbología tan básica como aquellos, fueron los que más llamaron la atención. Quizás porque eran absolutamente diferentes a los demás o quizás porque a todos les parecía misterioso no conocer al autor y que este firmara solamente con su nombre, escrito legiblemente y sin ningún garabato pomposo. Supongo que algunos coleccionistas auguraban una fama inminente al enigmático pintor y querrían tener un as en la manga, lo verían como a una especie de Banksy pero al óleo.


Todos se interesaron por “Establo bajo cielo estrellado”. Veían en él múltiples aspectos de sus propias vidas: unos decían que representaba la sencillez frente a la decadencia social, otros que representaba la devastación del alma de quien lo tiene todo y algunos leían en sus trazos el retorno del ser a su origen tras la muerte. Yo pocas explicaciones pude dar porque no tenía ni una sola línea que hablara sobre él. Rápidamente pensé que ninguna de aquellas personas merecía el cuadro, así que lo quité de la lista y le puse el cartel de “vendido”. A la mañana siguiente me lo llevé al despacho.


En poco tiempo se vendieron todas las pinturas de Hariel. Sin embargo, el cuadro del establo seguía en mi despacho, algún motivo guardaba mi mente para sí misma como para no querer desprenderse de él. La imagen era hipnótica. Me relajaba profundamente. Decidí comprarlo y llevarlo a mi casa. Lo colgaría en mi sobrio salón, sería una ventana a una dimensión diferente, a una a la que quería acceder pero a la que, sin saber el motivo, no podía.



Hariel


Generalmente tenía pocas ganas de que llegara la fecha señalada por la galería como fin de la exposición, ya que eso significaba salir de mi rincón para ir de nuevo a la ciudad. Sin embargo, esta vez me hacía mucha ilusión. Quería saber qué había hecho la señorita Ross con el cuadro del establo.


En mi rincón de paz había llegado la primavera, sin embargo, yo sabía que en la ciudad el cambio apenas era perceptible, todo transcurriría igual. Simplemente habría menos frío en el exterior. En el interior de cada edificio la temperatura era invariablemente la misma, igual que la luz y los colores.


Durante el invierno se agolpaban en los rincones de las aceras los restos de nieve negruzca y pisoteada, en primavera solo era la suciedad de siempre la que se apelotonaba en todos lados, sin nieve de por medio. Apenas había diferencia entre las estaciones del año y eso me preocupaba, yo pensaba que sentirlas era vital para nuestras emociones.


Comencé a preparar mi viaje. Era todo muy sencillo: unas mudas de ropa, algo de dinero y poco más. La preparación era más mental que material, abandonar mi casa entre los árboles era complicado, pero me pondría en marcha a la mañana siguiente.



4. De nuevo en la ciudad



Hariel


Tal y como lo había imaginado, la ciudad no había notado la llegada de la primavera en absoluto, continuaba sumida en su particular invierno gris de gente sin rostro, de humo y de prisas.


Me alojé en la misma pensión de siempre, un lugar sumamente sencillo y limpio. El dueño era un señor de edad avanzada que tenía expresión de haber visto de todo por allí, con lo que mi aspecto de vagabundo le pasaba absolutamente desapercibido. La primera vez que me hospedé allí observó que llevaba mis lienzos conmigo y pareció comprender todo de una vez, a su manera, claro.


Había traído conmigo algunos cuadros más para no tener que regresar dos veces en poco tiempo. Se los dejaría allí a la señorita Ross aunque yo desconociera si había fecha para una nueva exposición. Me fiaba de ella totalmente, y si no debía fiarme tampoco pasaba nada, aquellos cuadros llegarían finalmente al puerto al que debían llegar, sería muy pretencioso por mi parte pensar que en alguna forma yo pudiera cambiar el destino de algo.



María


Llego tarde otra vez, pero es que el tráfico está cada vez más imposible. Menos mal que dentro del trabajo ya había silencio, habían terminado las obras. En media hora vendrían unos operarios a descolgar los cuadros que no se habían vendido y a limpiar la sala, después me quedaría prácticamente sola.


Corrí por la calle con aquellos terribles tacones y las llaves en la mano. Sin embargo, cuando divisé la entrada comencé a andar más despacio, reconocí la silueta que me esperaba en la puerta de la galería. Era Hariel. Sentí de alguna manera que aquel hombre no tenía problema alguno en esperar, es como si el tiempo a su alrededor discurriera de manera diferente.


-Buenos días Hariel, lamento mucho haberle hecho esperar, pero es que el tráfico esta mañana estaba peor que nunca –me disculpé. –No debe preocuparse, señorita Ross, trabajé mucho tiempo en la ciudad y sé cómo funciona –sonrió con tranquilidad. Sus profundos ojos azules, surcados por pequeñas arrugas que indicaban el principio de una madurez cautivadora, estaban en absoluta concordancia con sus palabras.


Entramos en mi despacho abarrotado de objetos, papeles y desorden. –Disculpe por este desastre, el fin de cada exposición no me deja mucho tiempo libre para organizarme adecuadamente como para recibir a alguien –aparté unos archivadores de un sillón y le hice señas para que tomara asiento. –La venta de sus cuadros ha sido impresionante –seguí hablando mientras me colocaba al otro lado de mi mesa e intentaba encontrar los documentos que tenía que entregarle -no ha quedado ni uno solo sin vender, aquí tengo las cuentas –alargué el brazo para alcanzarle el cheque y el impreso de las cuentas relleno. Ni siquiera los miró, directamente se los llevó al bolsillo. -¿Y el cuadro del establo? –Se ha vendido también –respondí seria, mientras, sin mirarle a la cara, colocaba los papeles de la mesa, a mi derecha, en pilas más o menos ordenadas.


Durante unos instantes todo quedó en silencio, solo se escuchaba el sonido de los papeles -¿Quién lo compró? -Hariel se tomó mucho tiempo para buscar lo que estaba pensando y para formularme la pregunta –yo –respondí con un hilo de voz. Otro largo lapso de tiempo. –Ese lienzo era un regalo para usted, así que le debo lo que le costó -. No me esperaba que Hariel me dijera algo así, con lo que dejé de ordenar los papeles, me quité las gafas y, despacio, me senté. No sabía en absoluto que responderle a eso. ¿Cómo iba a saber Hariel de antemano que el cuadro me fascinaría? ¿Por qué no me había dicho que era un regalo? Tal vez para comprobar si realmente me gustaba, pensé instantáneamente.


-No sé qué decir –titubeé. Esta vez Hariel encontró con rapidez lo que quería decir, se notaba que no estaba muy habituado a mantener conversaciones, pero que ahora tenía claro su objetivo. -¿Puedo invitarla a cenar, señorita Ross? Quiero compensar el valor económico del cuadro y de paso explicarle algo sobre él, supongo que aquí está usted siempre bastante atareada y no quiero quitarle más tiempo de trabajo, será mejor hablarlo en otro sitio. -Seguí sin saber qué decir. -Tendrá que elegir usted el lugar y la hora, yo ya no sé qué locales son los mejores para comer en la ciudad, ni sé su horario –dijo todo esto de un tirón.


Curiosamente, me di cuenta de que me hacía muchísima ilusión cenar con Hariel y hablar con él de arte, a pesar de que generalmente era un hombre muy parco en palabras y su aspecto desaliñado no iba a encajar en absoluto en ningún restaurante. De una manera muy poco prudente le anoté mi dirección y le dije que viniera a recogerme a las ocho y media, que juntos iríamos a un restaurante que a mí me gustaba mucho. Hariel sonrió con gesto realmente feliz, me tendió la mano y se despidió de mí hasta la hora fijada.



Hariel


Tres años fuera de la ciudad, desde luego, no te curan de ella. Es una enfermedad crónica contra la que hay que luchar día tras día. A punto estuve de ir a cortarme el pelo, afeitarme la barba y comprar ropa y calzado nuevos para ir a cenar con María. A tiempo pude darme cuenta de que si ella había aceptado ir a cenar conmigo es porque quería ir con la persona que había conocido, no con otra diferente y decorada.


Llevaba años sin mantener una conversación larga con nadie que no fuera yo mismo, así que me sentía nervioso por como iría nuestra cita. Me bañé, me peiné y fui con mi ropa sencilla habitual y mis zapatos. Ver a María fuera de su entorno laboral debía ser un espectáculo digno de observar.



María


¿Cómo debe una vestirse para ir a cenar con un ermitaño artista, profundo y silencioso? ¿Existe algún modelito específico para eso? Opté por ir lo más cómoda posible, ni en broma me pondría los zapatos de tacón ni me apretaría el cabello. Me puse un pantalón vaquero, unas zapatillas deportivas y me solté el cabello. No tenía muy claro si a Hariel le gustaría mi aspecto, ni sabía por qué me importaba que a él le gustara, sin embargo, era un hombre tan diferente a cuantos había conocido que quería pasar una velada agradable, y eso pasaba por sentirme cómoda. De alguna manera sentía que el aspecto que adoptaba para ir a mi trabajo no era realmente mío y que era la auténtica María la que debía acudir a aquella cena.


Lo primero que haría era pedirle a Hariel que nos tuteáramos, eso formaba parte también de mis ganas de sentirme cómoda. Quería aprovechar la cena para preguntarle cosas sobre él, sobre su pintura y sobre su inspiración. Era el artista más auténtico y con el pincel más sincero que había tenido la suerte de conocer.



5. Meses después


La gravilla que acuna la orilla del lago por la zona oeste acaricia la planta de mis pies. La luz del radiante verano permite observar la cascada que, a un kilómetro aproximadamente, desemboca en la cara este del lago desde el vertical acantilado verde. A ambos lados, las montañas y su vegetación esconden celosamente su rincón de agua.


Ha llegado el momento de meterme dentro y sacar todo el humo gris de la ciudad que se ha impregnado en mi piel. El sonido de mis brazos rompiendo la superficie del agua mientras avanzo en la quietud del mediodía luminoso es la melodía perfecta para limpiar mi mundo interior.


Una vez salga del agua habré dejado atrás todo lo oscuro y negativo que existía antes de entrar en ella, el lago se encargará de disolverlo hasta que no quede nada y se disipe en la no existencia.

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©2018 by  Arima Rodríguez