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El viaje del faraón



Mis pestañas tropezaron contra algo que dificultó su ascenso mientras trataba de abrir los párpados, y cuando por fin conseguí abrirlos, sólo percibí oscuridad, una oscuridad tan densa, que creí sentir peso sobre mis ojos abiertos, incluso podría describir como se hundieron ligeramente en sus cuencas.


Entonces lo recordé todo de golpe. Estaba muerto.


Me vi a mi mismo de niño siendo adiestrado para este momento, el de mi resurrección, en los tórridos atardeceres, mientras el sol se ocultaba y cada rincón del palacio se volvía cobre. Incluso mis blancos ropajes parecían de oro bajo el resplandeciente sol que ya caía en mi adorado Egipto. Recuerdo que la visión del sol descendiendo me despistaba de mis lecciones, era tan pequeño y la muerte se me antojaba tan lejana, que poco me interesaba lo que habría de acontecer tras esta.


Recordé mis visitas a las obras de mi cámara funeraria y las sudorosas espaldas de los esclavos doblándose ante mi presencia, y sobre todo, como un fogonazo inesperado, mi recuerdo se inundó de los días que pasé inmóvil, muerto, siendo preparado para este instante: la penumbra llena de sombras que bailoteaban al compás de las llamas de las lámparas de aceite, la letanía en susurro de los sacerdotes en el momento final, la cadencia del paso de quienes me transportaban y el sonido de los amuletos que en el silencio casi absoluto me parecía que hacían un ruido ensordecedor mientras eran sepultados junto a mí bajo las vendas de lino. Intuía junto a mi corazón un escarabajo verde, para protegerle, y sobre él, inscrito, un hechizo de protección.


El transcurso entre mi niñez y mi muerte me pareció un rápido parpadeo en el abismo temporal del cosmos infinito.


Sabía que habían envuelto mi cuerpo en lino, y que además estaba en un féretro hecho a mi medida, que mis vísceras estarían en unos vasos cerca de mí y que solamente albergaba en mi interior un corazón que ya no me pertenecía, que estaba destinado a unirse a algo más poderoso y a fundirse con Osiris para juzgar a los muertos en una de las horas más importantes de mi viaje hacia el otro lado.


Mi opulenta vida plagada de comodidad me abandonaba ahora a mi destino, al que debía enfrentarme en breves momentos. Tenía doce horas a partir de este instante para luchar por llegar al final y poder asegurar a los que aún quedaban en el mundo de los vivos una nueva salida del sol. Nunca unos hombros albergan mayor responsabilidad que los de un faraón en el momento de su muerte. La grandeza de mi linaje, mis predecesores valientes que lucharon y vencieron y mi descendencia anhelante pesaban ahora tanto que me cambiaría sin dudarlo por el más miserable de los esclavos si pudiera dar marcha atrás al tiempo. Sin embargo, todo el mundo que conocía, el de la tierra y el de las aguas, todas las razas más allá de las fronteras que en vida goberné, todo dependía de que afrontara con valor lo que sabía desde mi cuna que habría de ser mi destino. Dudar es humano y yo... yo soy un Dios.


En primer lugar, tenía que abandonar la prisión corpórea en la que me hallaba. Debía recordar que ahora no era sustancia, sino etérea brisa o universo expandido que con la facilidad de la nada atraviesa lo más sólido y forma parte de cada rincón, de cada grano de arena, y que tendría que reunirme más tarde con mi cuerpo preservado si así lo quería el destino y si así me lo permitía mi valor.


Me estiré cuanto pude, tanto así, que rasgué mi propia composición y convertido en millones de pedazos atravesé las vendas, el oro, el aire, y ocupé todo el espacio que había quedado del lado interior del sello sagrado de mi propia tumba. Era como el humo que podía extenderse hasta ocupar toda la amplitud de la estancia. Podía ver cada milímetro y todos los recovecos, aunque estuvieran a metros de distancia unos de los otros. Y podía sentir el tacto de cada pedazo de pared, cada piedrecilla del suelo, cada saliente del techo, como si mis manos y mis ojos se hubieran dilatado infinitamente.


Comprendía ahora que los dioses habían depositado en mí las herramientas suficientes para la compleja misión que me esperaba. Y me sentí realmente grande. Entendí que una vez abandoné mi cuerpo embalsamado me fundiría con el más supremo, con el poderoso. Si en algún momento en vida dudé de mi grandeza o flaqueé en mis creencias, si me pregunté alguna vez sobre la veracidad de cuanto me habían enseñado, en ese preciso instante en que sentí un poder que ni yo alcanzaba a comprender, quedaron respondidas mis preguntas.


Desde todas partes me concentré en observar el sarcófago que me había albergado. Ahí dentro estaba mi cuerpo. ¡Qué despreciable me pareció en ese momento la vida mortal!, en el interior de ese insignificante objeto, que en vida me pareciera impresionante, estaba la parte tangible de mi existencia. Aquella nimiedad que se hallaba en su interior había tardado casi sesenta años en crecer, y apenas un instante en morir. Ahora que lo había abandonado, a sabiendas que a lo largo de la noche debería volver a él, se me antojaba como si hubiera estado aprisionado todos aquellos años, observando el mundo desde una única perspectiva, tocando la existencia desde dos minúsculas manos. Mi verdadera naturaleza había permanecido latente en espera de este grandioso momento.


Podía observar mi sarcófago a la misma vez desde arriba y desde un costado, incluso desde el interior. Mientras lo observaba desde lejos y cerca a la vez, podía además sentir la fría y dura capa dorada que lo adornaba, su temperatura, sus recovecos, cada una de sus curvas.


Me acostumbré rápido a sentir de aquella manera y a asimilar la nueva visión del mundo que se me ofrecía. Tan colmado me sentí que por un instante dudé de mi misión. Tal vez debiera aprovechar mi nueva situación para observar todo aquello que conocía pero ahora desde esta poderosa perspectiva, ¿quién sabe qué más cosas podría sentir y realizar? Sin embargo, ya me habían advertido de que mi mente podría nublarse ante esta nueva situación y que no debía permitir que Apofis me engañara y me desviara de mi camino. Su mente sibilina y retorcida intentaría introducirse en la mía, me habían dicho siempre, y debía controlarlo para seguir siendo yo mismo en todo instante. Era complicado porque desconocía quién era yo, y era complicado además, sabiendo con tanta claridad quién era mi némesis.


Eché una rápida ojeada a las paredes, durante mucho tiempo habían escrito ahí todas y cada una de las cosas que debía hacer justo a partir de ahora y en el transcurso de las siguientes doce horas. Las brillantes pinturas de mi tumba me hablaban, me aconsejaban. El paso del tiempo se había distorsionado para mí, ya no sabía el valor de una hora, no había nada con qué medir si éste seguía transcurriendo a la misma velocidad. No había latidos, ni respiración. No había nada. Nadie me habló nunca sobre esto, no había una sola pintura que lo explicara, ni a mí se me ocurrió preguntar si acaso en la eternidad el tiempo seguía existiendo o si tenía razón de ser. Las doce horas solo transcurrirían para los que estaban ahí fuera. Si yo ahora era capaz de ocupar la totalidad del espacio, ¿no podría estar ocupando también la totalidad del tiempo?


De repente, en mitad de mi nube de dudas me di cuenta de algo que hasta ahora me había pasado inadvertido: por todos lados había motas de polvo en suspensión que permanecían inmóviles, ingrávidas se habían detenido, algo debían estar esperando. Aquello solo podía significar una cosa: fuera de las paredes de mi tumba el sol debía estar a punto de perecer.


Comencé a notar que el suelo se inundaba poco a poco de agua, y ante mí se abrió una densa lengua de niebla espesa y bajo esta, un oscuro río de aguas negras y quietas, que daban a un insondable abismo en el que se perdía el espacio. Inhalé parte de esa niebla, sagrada y pura, y en cierto modo me transformé en ella, penetró en mí, se coló en mis pensamientos y ocupó la oquedad que habían dejado mis vísceras mortales en mi percepción de mí mismo.


A ambos lados de este nuevo Nilo siniestro, la niebla comenzó a tomar forma humana. Fueron apareciendo seres con vestiduras sencillas y puras. Al poco, de estas formas hechas de humo surgieron manos espectrales, creadas de negrura, de tiempo y de sabiduría. Me ofrecieron una túnica como la que ellos llevaban, y de alguna manera, al vestirme con ella, noté que el ligero lino limitó nuevamente las infinitas dimensiones que hasta hacía solo un instante me llevaban a ocupar todo el espacio de la cámara funeraria, y asimismo, limitó también mi sensación de poder a una de humildad infinita.


Finalmente, tras ponerme la túnica, se formaron dos hileras de seres encapuchados a ambos lados del río. Ocultaban lo que yo quería adivinar como rictus solemnes. Tal vez eran mis ancestros, tal vez faraones cuya memoria he honrado toda mi vida, incluso intuí la silueta de mi padre entre todos ellos. Mi padre, que se había fundido con Ra y había pasado las doce puertas que yo debía pasar ahora, con éxito rotundo, pues volvió a brillar el sol con fuerza a la mañana siguiente. No podré olvidar jamás el calor del sol de aquel amanecer sobre mi torso inclinado en espera a recibirlo y el sentimiento de orgullo que me embargó.


Mis predecesores me animaban a avanzar y a subirme en una barca en la que no había reparado hasta ahora, pero que se encontraba a escasos pasos de mí. Supe que debía hacerles caso, que ellos sabían qué debía hacer, su presencia me hizo sentir arropado.


El familiar sonido de la madera y de los juncos me reconfortaron gratamente cuando ocupé la barca y me dispuse a comenzar un viaje por este desconocido Nilo sabiendo, de alguna manera, que era lo correcto, lo adecuado, mi destino. El barquero no tenía rostro, y aunque yo sabía que tampoco yo tenía ya faz alguna, se giró para mirarme. Solo era una forma espectral bajo un atuendo blanco, y sin manos asió el remo lentamente mientras volvía a dirigir su mirada al abismo hacia el que se dirigía el río, y con parsimonia, comenzó a avanzar la barca en la que me había subido casi sin darme cuenta.


En un instante fugaz, justo cuando el remo se introdujo en el agua, todos y cada uno de los fragmentos en suspensión detenidos por el tiempo que observara hacía un rato, cayeron de golpe. Supe que la cuenta atrás había comenzado: el sol acababa de morir exhausto tras el horizonte y con el último suspiro de su agonía había puesto en marcha mi tiempo. Ahora era misión mía que renaciera de nuevo, que el mundo entero pudiera inhalar el aire tibio de la mañana, que los rayos del sol pudieran acariciar nuevamente la dorada arena del desierto, que Ra pudiera hacer renacer aquello que yo ya no volvería a ver con mis ojos humanos. Sin embargo, si todo salía bien, contemplaría la grandeza de mi obra con una nueva mirada.



PRIMERAS HORAS


Terribles serpientes custodias se retorcían en lo que parecía la jamba viva de una puerta lo suficientemente grande para que cupiera la barca. El dintel se perdía en la negrura, pero de ahí provenía también el húmedo sonido de reptiles apelotonados entre sí, retorciéndose y silbando con sus lenguas venenosas y biperinas. Estaban dispuestas a prohibirme la entrada. Numerosos sortilegios aprendí en vida y mi mirada rebuscó en las coloridas paredes de mi cámara funeraria hasta dar con el nombre de las serpientes. Debía mostrarles mi pureza pronunciando correctamente sus nombres, debían comprobar que yo era digno de proseguir mi viaje.


Mi voz emergió de cada rincón: de la profundidad de las aguas, de la nada y de todas partes, chocó contra las paredes oscuras y se multiplicó miles de veces mientras pronunciaba los mágicos nombres de las serpientes. Irreconocible y profunda, grave, como una voz antigua, milenaria, que estaba ya acostumbrada a hablarle a los seres del Duat, así escuché mi propia voz, la voz del Dios.


Lentamente, las serpientes cerraron sus mandíbulas y en un gesto de reverencia agacharon sus cabezas, que habían permanecido erguidas en posición de ataque hasta escuchar mi voz. Reconocieron sus nombres. Se retiraron poco a poco y se fundieron con la oscuridad de la cámara, como si se hubieran disuelto en el aire sin dejar rastro, dándome vía libre para avanzar.

El barquero prosiguió remando, dirigiéndose a la siguiente puerta, donde otra legión de serpientes me esperaba para escuchar sus nombres. Yo sabía que las primeras horas de la noche serían las más sencillas y que lo peor estaba aún por llegar, sin embargo, la horrenda y peligrosa visión de aquellos seres terribles me había puesto lo suficientemente en guardia como para mantenerme alerta ante cualquier cosa que pudiera surgir de ahí en adelante.


Mientras la barca se adentraba en el oscuro Nilo del otro lado de la vida, una presencia amenazante avanzaba bajo el agua, de forma paralela a mí. Podía sentirla deslizándose en el negro abismo del río fantasmal, sabía que me vigilaba, que me impediría llegar al final a toda costa. Intuía su monstruoso tamaño bajo mi barca. Sus fauces abiertas podían engullir sin dificultad la embarcación, pero yo, bajo mi ropa de lino, era también inconmensurable.


El sol, ya muerto, esperaba a renacer y mientras, la noche, alumbrada por lámparas de aceite, debía avanzar ahí fuera, haciéndose reina y señora de la tierra, estirando a su paso las sombras de los hombres y de las pirámides.



CUARTA HORA


No importa cuántas veces muera el mal, este siempre se resiste a extinguirse, y una y otra vez renace desde el lugar en el que quedó la última vez que respiró. Ni un dios, como yo, capaz de vencer al tiempo y al espacio, capaz de alumbrar y nutrir el mundo, puede acabar con él eternamente.


Cada noche el sol emprende un viaje terrible en su lucha eterna y constante para ofrecer a la humanidad la bendición de un nuevo día, y cada noche, el eterno némesis del bien trata de arrebatar el orden del mundo.


En la hora anterior, la cuarta, me esperaron los muertos para ser resucitados. El poder dador de vida que me había otorgado la muerte hizo que a mi paso se alzaran todos desde sus sarcófagos y que se posicionaran junto a mí, como una fantasmal legión dispuesta a caer de nuevo en la siguiente hora si fuera preciso, en la que la lucha con Apofis era inevitable.


Escuché cómo sus cuerpos muertos, envueltos en vendas, se ponían en pie. El leve hálito de todos ellos, el sonido de quien vuelve a respirar tras mucho tiempo de espera, me hizo intuir que eran muchos, cientos, todos poderosos, con la historia de la vida y la muerte en su interior. Junto a ellos avancé.


La amenaza que había estado observándome desde mi resurrección se hizo ahora, en la terrible quinta hora, visible, tremenda y poderosa. La temible serpiente hecha de mal y ocaso se alzó ante mí y mi ejército de dioses. Sabiéndose poderosa y titánica abrió sus fauces amenazadoramente. Sólo podíamos ver su cabeza de ojos profundos pero intuíamos que tras esta, se enroscaban bajo el agua cientos de metros de un cuerpo cuyo diámetro era imposible abarcar por cuatro o cinco hombres.


Recordé las tardes doradas de arena en las que, durante mi infancia, aprendí todas y cada una de las cosas que habría de hacer tras mi muerte. Si en vida debía ser grande, aún más debía serlo ahora. Sabía que Apofis aparecería más adelante, no era este el momento de intentar matarla. Una rápida ojeada a las paredes y supe inmediatamente qué debíamos hacer.


Con mi ejército de momias resucitadas la hora anterior, Apofis fue amarrada con cuerdas hechas de juncos tras una cruenta lucha. La serpiente se acercaba a los combatientes con la intención de engullirlos y estos, valerosos, se defendían con sus brillantes khopeshs hechos de fuego, que ahuyentaban a la bestia lo suficiente como para llevar a cabo el plan que habían trazado. Colocados a ambos lados del cuerpo del enemigo lanzaban de un lado a otro la cuerda eterna del inframundo, confeccionada de juncos y oro, que mantendría prisionero al adversario al menos unas horas.


Apofis se resistía, aullaba, pero la cuerda lo enrollaba más y más, lo apretaba y anclaba a un suelo que se perdía en el abismo cuyo fin no se atisbaba. Por momentos parecía que su cuerpo se comprimía para que estas se aflojasen y que podría huir, pero el junco flexible se adaptaba y menguaba cuanto fuera necesario. Instantes después, Apofis se hinchaba y parecía que fuera a reventar sus ataduras, pero solo conseguía que estas se enterrasen entre sus escamas, y que brillantes gotas de su sangre corrieran a unirse al fluir del Nilo negro.


Sin embargo, esto sería solo temporal, más adelante aparecería, con más furia, con mayor decisión. Sabía que tendría dos oportunidades más para mostrarnos su poder, así que por ahora, tanto la bestia como yo permanecíamos en aparente tranquilidad, ninguno desataba todo su poder aún.


Una vez más, el flexible pero poderoso junco fue el aliado de El Nilo. Para escribir sobre él las gestas que en vida realicé, para confeccionar los barcos sobre los que navegué y, en este caso, para atar a la temible serpiente que anhelaba evitar mi resurrección. Nunca un súbdito fue tan grande y tan leal como el junco, que solo se doblegaba ante el paso de los hipopótamos junto al río y la mano del hombre, pero ante este, con el fin de servirle.


Una vez amarrada mi némesis, con su rugido de dolor e ira aún rebotando entre las paredes de mi tumba, con las fuertes sacudidas de su cuerpo intentando deshacerse de sus ataduras y amenazando con destruir el submundo en el que estábamos inmersos, se presentaron frente a mí las cuatro razas del hombre: nubios, egipcios, asiáticos y libios. Doblegaron su voluntad ante quien sería el sol que alumbrara el día siguiente de sus descendientes vivos. Y yo me sentí aún más grande, aunque sabía que las dificultades que vendrían en las horas posteriores serían aún peores, y que el camino hacia la duodécima hora sería cada vez más escarpado y peligroso. Pero me enorgullecía afrontar la responsabilidad que había sido depositada sobre mí y para la que me habían preparado durante toda mi vida.


Sabía además que en breve vería a Osiris, al gran juez, el primer faraón de todos, el primero que se enfrentó al mal. Llevaba toda mi vida codiciando ese momento, en el que ambos, inmortales y enormes, nos viéramos frente a frente, de la misma altura, y saber además que no tendría que arrodillarme ante él, sino tratarle como a un igual.


Sin embargo, no fue así, no vi a Osiris. A medida que atravesaba la puerta que me llevaba a la hora sexta, percibí que se introducía en mí una brutal fuerza que moraba en el abismo de los muertos. Me sentí colmado, poderoso y pleno. De repente comprendí la fuerza del Duat, sus dimensiones y su propósito, más allá de lo que me había sido explicado en vida. Comprendí cosas que había aprendido, pero que solo sintiéndolas se alcanzan a entender. El orden del inframundo estaba ya en mi memoria cuando alcancé la sexta hora.


Mi yo, bajo el manto de lino que mis ancestros me habían entregado se tornaba de color verdoso. Osiris me había reconocido y se había fundido conmigo. Yo era Osiris. Yo no sería juzgado en el inframundo. Yo juzgaría.



QUINTA HORA

Convertido ya en Osiris y ocupando su trono hecho de tinieblas, observaba como esta hora se había transformado en la sala de un juicio. Sostuve con fuerzas el flagelo y el cayado que llevaba en mis manos cruzadas sobre mi pecho mientras escuchaba un terrible rugido hambriento, ansioso, escondido por los alrededores. Desde detrás de las paredes de piedra, a veces a la derecha y a veces a la izquierda, debía merodear la sedienta bestia. Su eco aterrorizaba a quien iba a ser juzgado.


Un hombre corriente esperaba con el temor reflejado en sus ojos. Nada hay peor que no trascender tras la muerte, y aquel pobre desgraciado esperaba mi juicio. Él sabía bien cuanto en vida había hecho y sabía también cuál sería la sentencia.


En sus ensangrentadas manos, Anubis, el chacal, portaba su corazón fresco, rojo, que goteaba vida mientras era depositado con cuidado en uno de los platos de la balanza; en el otro, hermosa y sincera, estaba la pluma de la verdad.


Los cuarenta y dos dioses que formaban el jurado, con sus profundas voces cavernosas, surgidas de los más recónditos rincones del tiempo, del pasado más absoluto, le hacían preguntas al desdichado, que veía como la balanza se movía sin dar un claro resultado aún. Mitad hombres, pero con cabeza de animal y de dimensiones gigantes, debían resultarle al enjuiciado temibles, sobrecogedores. Aquellos dioses que en vida vio nada más que en pinturas se alzaban reales antes él, pronunciando esclarecedoras y certeras preguntas que solo ellos sabían.


Los pocos segundos de espera a que la balanza mostrara la mácula o pureza del corazón de aquel hombre fueron eternos. Su rostro, lleno de congoja; sus ojos, plagados del más profundo espanto, observaron cómo la balanza se inclinaba hacia el lado donde estaba el corazón. El peor de los presagios de un hombre impuro y corriente se convertía en una realidad.


El sabio Tot, al que tanto debía Osiris, anotaba el resultado de las preguntas en su tablilla. Siempre llevaba consigo el Ank, la llave de la vida. Al terminar el interrogatorio, me extendió todo aquello que había sido recogido. Yo lo leí con parsimonia. Todos se giraron hacia mí lentamente, esperando mi veredicto.


Eran evidentes los pecados de aquel hombre. Ammyt ya no podía aguantar más, el olor de la sangre corrupta del corazón la enloquecía. Apareció desde detrás de mi trono, con sus babeantes fauces de cocodrilo abiertas, deleitada por el manjar que habría de devorar. El reo lloriqueaba sabiendo que aquí terminaba su viaje, jamás se reencarnaría. Acaricié la áspera cabellera de Ammyt y después su robusto lomo, y ésta, fiel, se aproximó a la balanza, se colocó bajo ella y devoró el corazón goteando aún sangre. Tras engullirlo sin el menor atisbo de piedad, su dueño se volatilizó en la nada y la bestia regresó a su guarida.


Dejaba ahora mi fusión con Osiris, tras haber comprendido como era el Duat, tras sentir las normas de este otro mundo.


Me dirigía ahora a la hora sexta, la oscura hora en la que Apofis reaparecería ante mí, en la que volvería a intentar evitar que el mundo siguiera su curso. Nunca una noche había sido tan larga como esta, el transcurso del tiempo se distorsiona y cambia de ritmo en el Duat. Eso me explicó Osiris mientras ambos estuvimos fundidos en uno solo.


Bajo la túnica, el éter esmeralda que me componía se desdibujó, se volvió de nuevo transparente. Osiris quedaba ahora en su sala del juicio y yo debía continuar mi curso.



SEXTA HORA


Sentí calor. El sol del mediodía se posó sobre mi cabeza, radiante y poderoso. Ra y yo comenzábamos a ser partes de una misma cosa.


De nuevo Apofis venía en mi búsqueda, pero todo un ejército de dioses que me protegían, que me ayudaban en mi viaje nocturno hacia la inmortalidad, se enfrentaron a él en mi lugar. Mientras yo avanzaba por la sexta hora vi la encarnizada lucha a mi derecha. Apofis intentaba llegar hasta mí, pero ellos se lo impedían. Sus ojos rojos refulgían en la oscuridad de la noche, su piel escamosa se retorcía y todas sus fuerzas iban dirigidas a zafarse de sus captores para llegar hasta mí.


Oí su amenazante susurro —no será la última vez que me veas esta noche —siseó mientras lo sujetaban hasta la extenuación. Apofis adivinó mi posición a través de todo el ejército que la contenía, mientras yo me deslizaba por la oscuridad. No necesitó su boca para hablar, de esta solo salían atronadores rugidos de amenaza, pero entendí perfectamente su lenguaje, fui el único que lo oyó.


Sin embargo, aunque me pesara dejar solo a mi ejército frente a Apofis, yo tenía algo muy trascendental pendiente. Quizás lo más importante de toda la eterna noche que se había abierto ante mí. No era el momento de enfrentarme a mi némesis ahora tampoco. Ellos, quienes luchaban por mí lo sabían, todos lo sabíamos, y así lo esperaban también los que en el mundo de los vivos oraban por un nuevo despertar del sol.


Algunos fueron devorados sin piedad por la bestia, podía escuchar sus cuerpos crepitando bajo los dientes afilados del gigante. Algunas voces se apagaron en mi mente, que los contenía a todos y cada uno de ellos. Miré atrás, terribles decapitaciones, columnas manchadas de sangre y sobre todo, restos mutilados resbalando por las comisuras de su boca. Una terrible matanza quedaba tras mis pasos, que raudos se dirigían a un deber mayor que el de la vida de quienes me habían protegido. —No has hecho nada para salvarlos de mí —escupía Apofis con su boca ensangrentada dirigiéndose a mí. Vibró el inframundo bajo su voz profunda.


Continué hacia adelante, alentado ahora por aquellos que habían quedado en el camino hacia el amanecer. Caminé hacia mi sarcófago, observé mi momia, mi cuerpo preservado, el lugar donde habité desde que tengo memoria. Me reconocí inmediatamente a pesar de las vendas de lino. Volví a fundirme con él. Así me indicaban las pinturas de las paredes que debía hacer. Aquel poder inconmensurable que había llenado la estancia y podía ver desde todos los ángulos a la vez, volvía a reunirse con su cuerpo, así debía ser para poder resucitar.


Las momias que yacían inertes a mi alrededor salieron también de su letargo, llevaban tiempo esperando la llegada del momento de su resurrección, y bajo el amparo de Ra, mi amparo, unieron sus almas a sus cuerpos en un mágico momento de insuflación de vida. La fuerza de Ra los traía de vuelta desde el sueño oscuro del inframundo.


Para ellos en adelante todo sería hermoso, el exuberante éxtasis de la resurrección sencilla, pero para mí no lo sería. Los miré partir hacia las aguas primigenias, felices. En las próximas horas comenzaría su renacimiento. Sonreí mientras los vi marchar, orgulloso de mi obra. Hubiera querido quedarme ensimismado viendo como entraban en las aguas y volvían a nacer, hubiera sido el más hermoso de los acontecimientos que pudiera contemplar, pero la realidad me trajo pronto de vuelta, mi destino era otro. Aún me quedaba noche por delante, noche de lucha, en la que la responsabilidad que sobre mí pesaba no daba lugar a un respiro.


En ese momento crítico, mi cuerpo fortalecido por mi alma se dispuso a proseguir su camino cuyo destino era el amanecer en esta carrera contra el tiempo.



NOVENA HORA


Detrás del noveno umbral habían quedado la hora en la que los demonios castigaron a los condenados bajo mis órdenes y también la hora en la que las momias regresaron a sus lechos. Sabía que las almas que vi partir en la sexta hora, la de los que han de resucitar, se dirigieron a las aguas primigenias durante la hora octava en su camino al renacimiento. Hasta ahora todo había salido según rezaba el libro de las puertas.


Era hermoso formar parte de esto, observar por mí mismo el prometido camino de la resurrección que en momentos aciagos de nuestras vidas todos hemos puesto en duda, en el silencio profundo de nuestros pesares, de nuestros dolores mundanos, que tan lejos quedan de la grandiosidad que ahora dirijo. Humano fui en parte y así es como comprendí los dolores, los físicos y los del alma; las dudas, que provienen de las tragedias y el amor, quizás no el más puro, pero sí el que duele. Fue necesario para entender a los que alumbraría en un futuro. Fue necesario ser hombre antes de ser dios.


El poder colosal de Ra está lleno de enemigos, pero nunca la majestuosidad llega a ser grande sin aliados ni rivales. Entre mayores son mis adversarios, mayor es mi gloria ante la victoria. Debía ser merecedor de todos y cada uno de los monumentos que se habían construido en mi honor.


En este momento, cuando había avanzado más de la mitad de la noche, se agrupaban enemigos del orden para intentar también evitar que el ciclo de las sombras llegara a su fin. Era mi deber acabar también con ellos. Guié a mi descomunal serpiente hacia los oponentes de Ra que impedían mi camino. Cerré los ojos y Mehen, la protectora de la barca solar, me comprendió perfectamente. Se deslizó rauda y con tremendas llamaradas que expele desde su estómago, los castigó. El fuego purifica lo que no puede hacerlo otra cosa, es el destino final para lo impuro.


El dador de vida, el que otorga el alimento de todos no puede menos que sentir despreciables a sus enemigos ante la sucia tarea de provocar el caos. Los vi arder y convertirse en cenizas que el tiempo arrastraría hasta las aguas profundas del río del inframundo. Allí se perderían en la nada.


Fuera de este submundo se acercaba la hora del amanecer, sentía a todos mis súbditos en el exterior, a cada uno de ellos, temerosos y esperanzados porque mi lucha llegara a buen puerto, anhelantes de ver aparecer el sol por el este. Sin embargo, sabía lo que me esperaba la próxima hora, la oscura posibilidad de que el caos venciera a la luz y el cosmos entero dejara de funcionar, sucumbiera ante el desorden. Sería la última vez durante la noche que me encontrara con Apofis, la última, ganara o perdiera.



DÉCIMA HORA


El demonio sabía tan bien como yo que esta sería su última oportunidad… por esta noche. En la décima hora, Apofis se volvió tan grande como la capacidad de su poder le otorgaba. En el profundo silencio de la avanzada noche oí el leve rumor del agua oscura que le acogía y, cuando descendí la mirada, dos gigantescas luces rojas, sus ojos enervados, ascendieron desde las profundidades negras a toda prisa, presto a engullirme.


Al igual que un coloso hecho de furia emergió de entre las aguas negras, ocupando gran parte del abismo que en todas direcciones nos rodeaba. La inmensidad profunda del otro lado de la vida. Bajo sus ojos incandescentes de odio, se abrían sus tremendas fauces abiertas, de afilados colmillos como cuchillos que trataban de acabar de una vez por todas conmigo. El ansía enfatizaba sus rugidos, que hacían eco en el infinito cosmos en el que ambos nos hallábamos ahora. Su hálito emanaba muerte y su garganta era oscura como la noche que habitaba en su interior.


Lanzaba bocados al aire en dirección a mí, entre carcajadas y aullidos de loco placer, casi convencida de su victoria. El sonido rebotaba y se dispersaba trastornando mi percepción. Tantas veces como lo creí venir de un lado, me di cuenta de mi error y lo veía venir por el lado opuesto. De repente parecía que Apofis no era una sola serpiente, parecían miles atacando desde todos lados. Aquel era su terreno, donde había habitado desde el principio. Conocía cada detalle de la muerte, cada recodo del caos, cada vórtice de aquel mundo de confusión.


Noche tras noche, la miserable serpiente pone todas sus fuerzas en desatar el desorden, una y otra vez, y eso la ha convertido en una experta. Pero tras de mí, la temible legión de dioses protectores había traído algo consigo. Algo que, en las manos de un dios supremo es capar de detener el fragor del más decidido de los enemigos.


En la negrura de la décima hora mis huestes divinas sacaron una red enorme, pero no una red cualquiera. Un reluciente entramado de luz con la tremenda capacidad de contener lo peor, lo más catastrófico. Solo Ra podía hacer uso de ella. Ni todos aquellos dioses juntos podían manejarla como yo lo haría.


Cuántas tardes rojizas vi la sangre de Apofis teñir el cielo y supe de la encarnizada batalla de Ra, y de su grandeza. Recuerdo estremecido observar una vez el eclipse de los astros, aquel día terrible en que Apofis consiguió engullir la barca. Aquel mediodía radiante que se tornó en oscura noche pensé que tal vez jamás volviera a salir el sol, y que la terrible serpiente había logrado vencer al supremo Ra. Una bandada de negros íbises alzó el vuelo tapando el anillo dorado del sol negro, pensé que tal vez huían espantados por el presagio horrible de aquella visión.


Sin embargo, enseguida sentí la mano de mi padre en mi hombro, que advirtiendo mi temor más profundo me explicó —Nada podrá detener a Ra. Solo ha sido la barca —y así fue. Al poco tiempo volvió a brillar el sol y el estruendo de las multitudes que se habían agolpado para observar aquel posible fin del mundo hizo temblar la tierra de alegría. La voz grave y sabia de mi padre, la encarnación de Horus, sabía cosas que yo, aún un niño, desconocía.


Mi padre se enfrentó al caos, y este ni rozó su barca. Recuerdo la mañana siguiente radiante y hermosa. El sol, perfecto, alumbró el día claro, sin nubes, que nutría a Egipto y a todos sus habitantes. Mi paso por la tierra había sido grandioso, así que tras mi paso por el Duat, el cielo del día siguiente sería sangre, incandescente herida en la piel gruesa y escamosa de mi más fiero enemigo. Y el mundo entero sabría que nunca Egipto perdería la batalla.


Si tras lo acontecido en estas horas me quedaba vacilación alguna sobre mi condición de dios, ahora salía completamente de dudas. Los dioses protectores, en una letanía hecha de susurros me dieron la mágica red de luz, otorgándole a ella el poder que todos juntos habían conseguido reunir: grandioso, divino y limpio. Como Ra, la extendí hacia mi más fiero oponente utilizando toda la capacidad que albergaba en mí y de la que me había dado cuenta solo unas horas atrás. Abrigaba la confianza absoluta de que Apofis quedaría inmóvil, atrapado en ella.


Así fue, pude contener, con el poder que emanaba desde las palmas de mis manos, toda la maldad que se había concentrado en la figura sibilina de Apofis. La red de luz lo envolvió por completo y lo apretó hasta casi asfixiarlo. Con todas sus fuerzas, la furiosa bestia trataba de romper la red. Caminé junto a ella, observándola con parsimonia mientras se debatía ya no por acabar conmigo, sino para seguir con vida. La luz de la red la cegaba, sus ojos rojos se fueron apagando hasta quedarse ciegos. Las cuerdas sagradas que la componían amenazaban con aplastarla. Ahora solo podía gimotear desamparada y lastimeramente.


Entendí que agonizaba de dolor tras mi poder, heridas sus escamas y su orgullo se retorcía entre tormento y odio. Vi que se hacía daño como si la red fuera piedra y derrota, y vi la sangre manar a borbotones desde las heridas de su hocico. Trataba de romperla con los dientes, con la cabeza, pero solo lograba hacerse daño una y otra vez.


Un río de sangre oscura manchaba ahora mis pies y había salpicado mi limpia túnica blanca. Sería una prueba ineludible de mi victoria al traspasar la siguiente puerta. Llevaría triunfante la mancha de sangre de Apofis sobre mí.


Tranquilo avancé hacia la siguiente hora, sabiendo que el amanecer del próximo día no solo saldría Ra victorioso y triunfante ante su pueblo, sino que el cielo sería más rojo de lo que había sido nunca. Sabía que me aclamarían, pero me arropaba más el sentimiento de haberles protegido, de haber mantenido el cosmos en orden, de saber que podía contener las amenazas que sobre mi pueblo se cernieran.


Mis hijos estaban a salvo. El próximo faraón me recordaría con orgullo. El río sagrado seguiría poblado por los juncos, los cocodrilos y la vida. Continuarían creciendo la cebada, el trigo y los dulces dátiles. Isis proseguiría adoptando forma de sicómoro para regalar su sombra al fatigado. Al menos, durante otro día.



UNDÉCIMA HORA


Me sentía victorioso, me separaba ya muy poco del amanecer. Los heraldos de mi resurrección caminaban a mi lado portando luces en sus manos. Habían estado esperando seguros de mi victoria, habían confiado en mí todo el tiempo. Una procesión de dioses y diosas me acompañaban en este último paso que culminaría en un hermoso amanecer sobre mi tierra dorada de arena. El triunfo del orden por encima del caos.


Cuando los primeros rayos del sol tiñeron cielo, tierra e inframundo, mi cuerpo se transformó lentamente.


Primero, mis manos se estiraron y adoptaron forma de poderosas garras, mi cuerpo se llenó de plumas doradas, que refulgían bajo los recién nacidos destellos de luz. Los músculos de mis piernas se volvieron poderosos como los de un feroz león. Me había convertido en un espléndido grifo.


Instantes después fui un halcón, fui Horus, representando la salida por fin del sol. Batí las alas y surqué el cielo de Egipto. Desde lo alto pude ver el milagro de la vida que mi incursión nocturna había creado. Miré el sagrado Nilo, que como una bondadosa serpiente discurría por la tierra a la que ahora yo daba calor y vida. Todos miraron al cielo, y allí me vieron, vencedor y dios. Mi graznido poderoso retumbó por cada rincón, despertando a quien aún no lo había hecho, para que contemplara el milagro del renacimiento.


Por último, fui resurrección y sol naciente, y contra la ya radiante luz del sol de la nueva mañana, me convertí en el más sagrado, en el escarabajo. De oro y lapislázuli, mi sombra se proyectó sobre el valle de los reyes, sobre las antiquísimas pirámides de mis predecesores, sobre los cultivos y sobre los hombres.


Navegaré hoy por el cielo, convertido en Ra, asegurando a todos un día más tras haber vencido a los espantosos demonios. A la noche, el ciclo terrible volverá a repetirse. Pero eso ya no me importa, es el sagrado y noble cometido que se me ha encomendado, la responsabilidad de asegurar la vida. Por toda la eternidad evitaré el caos, es la misión que sobre mis hombros divinos colocó mi linaje. Fui hombre para poder entenderlos y ahora soy dios, para poder servirles.

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