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El Vórtice

Actualizado: 2 de abr de 2019


0012 by ivesem

El calor sofocante que nos había apretado durante todo el día se había convertido al caer la tarde en un frío intenso casi insoportable. Llevábamos caminando demasiadas horas bajo el sol abrasador y teníamos quemaduras en el rostro y los brazos. Los labios resecos se nos habían resquebrajado y yo tenía un intenso sabor a sangre en la boca de tanto intentar hidratarlos inútilmente con saliva. Necesitábamos montar un refugio en el desértico suelo al abrigo de una duna de arbustos espinosos y hacer fuego. A pesar del tremendo cansancio y del dolor en los pies y en los labios me sentía feliz. Haber abandonado la plácida tranquilidad de días tibios y monótonos me había abierto los ojos a una nueva situación, había puesto mi vida en riesgo durante estos días atravesando el desierto y había sentido un absoluto desprecio hacia el futuro, la previsión y la necesidad de tener mi vida controlada. No me entendía hablando con mis compañeros de aventura, eran de diferentes países, pero las penurias del viaje y los gestos son capaces de crear un lenguaje en cuestión de minutos. Aquella noche, a pesar del frío intenso y del dolor agudo que sentía, del temor y del cansancio, me tumbé boca arriba en el improvisado refugio y me sumergí de lleno en el universo que tenía frente a mí. Nunca había visto las estrellas de aquella manera, titilantes, temblorosas y profundas en la negrura infinita. También ellas parecían diminutas. Quizás decidiera quedarme allí y no regresar a mi ciudad, a mi oficina, a mi casa angosta, a mi vida cuadrada.




Debí dormirme poco a poco, caí en el sopor delicioso de quien no tiene ninguna otra cosa que hacer al día siguiente sino vivir. La serenidad me había llevado con suavidad al mundo de los sueños cuando el ruido de unos tambores me despertó súbitamente y me extrajo con rudeza de la placidez en la que me encontraba. Fui el único que los escuchó, mis compañeros seguían durmiendo profundamente sin percatarse absolutamente de nada. De alguna manera sentí que aquellos tambores estaban dirigidos únicamente a mí.


No sentí miedo, con el paso de los días en el desierto había ido olvidando el sentimiento de miedo, y muchos otros sentimientos atenazadores con los que me había acostumbrado a vivir sin darme cuenta, como la prisa o la obligación. Con suma cautela, para no interferir en lo que hacían, me dirigí al lugar de donde provenían los tambores. La voz de una mujer que comenzó a cantar una letanía rompió el sonido constante y repetitivo de los tambores. No muy lejos de nuestro refugio, un amplio grupo de personas había levantado una hilera circular de casetas y habían hecho una hoguera en el centro. Se habían reunido en torno a ella con tambores y la mujer que cantaba había entrado en una especie de trance que la hacía contonearse de extraña manera alrededor del fuego. A medida que movía los brazos la llama bailaba también como si le obedeciera en su exótico paroxismo. De una de las casetas salió un hombre de dimensiones inmensas que llevaba una careta animalesca y pieles alrededor de su cintura y piernas. Tras beber de un vaso que le ofreció la bailarina agitó un extraño cetro que portaba decorado con plumas y lanzó un extraño gruñido que estremeció la tierra. Sentí la arena vibrar bajo mis pies, tembló el viento y las casetas agitaron violentamente sus telas. Hubiera jurado en aquel momento que el propio cielo se sobresaltó, la negrura de la noche podía haberse roto en aquel intenso instante y haber caído sobre la tierra hecha pedazos, pero, para mi sorpresa, todo seguía en su sitio y la quietud volvió a gobernar la noche. La brisa, que se había asustado y había levantado un remolino de polvo, volvió a adquirir su suave cadencia tras casi apagar la enorme hoguera. Sin embargo, ningún miembro de aquel grupo se inmutó ante el estruendo, de nuevo sentí que aquella vibración inmensa iba destinada a mí únicamente.


El coloso de la máscara se giró hacia mí, a pesar de mi quietud, de mi escondrijo y del velo oscuro de la noche me vio. Noté sus ojos sobre los míos. La bailarina me hizo señas de que me dirigiera hacia ellos, y eso hice. En realidad deseaba desde el principio estar allí y participar de lo que quiera que estuvieran haciendo. Para eso había venido al desierto, para eso había venido realmente al mundo.


Los tambores comenzaron a sonar a toda velocidad. Los tocadores habían entrado en una especie de hipnótico trance que les hacía llevar un ritmo frenético y así mismo sentía latir yo mi corazón a medida que me aproximaba a ellos. Casi sentí que me desmayaba cuando llegué a la altura de la bailarina y del gigante. Poco a poco dejé de sentir el agudo frío de la noche, los tambores comenzaron a tocar más quedamente y su eco me llegaba lejano, como si sólo fuera parte de mi imaginación. La bailarina y la llama se fundieron en una sola cosa que danzaba y hacía remolinos de humo en el aire. El hombre se quitó la máscara animalesca que tanto me había intrigado desde que lo vi, sin embargo, no pude verle el rostro, no tenía ninguno. La máscara había tapado un abismo vertiginoso y oscuro, con un vórtice infinito que conducía a otro lugar y a otra época, a días sin noches y a paisajes deslumbrantes, verdes, llenos de agua, conducía hacia la pasión infinita y el amor desmedido. Contaba la historia misma del universo y su ocaso. Cuando sentí que comenzaba a atravesar aquel umbral, me desmayé.


Cuando desperté ya había amanecido, de la hoguera apenas quedaban los rescoldos. Aquellos seres de la noche ya habían recogido las casetas y se habían marchado de allí. Me levanté y decidí volver junto a mis compañeros. No tenía ni idea de lo que me había sucedido ni de lo que había visto al otro lado de la máscara del gigante.


Los siguientes días en el desierto fueron intensos y sofocantes, el sufrimiento de sobrevivir en aquel paraje inhóspito era tal que a lo largo del día sentía varias veces que no podría llegar vivo a la noche. Tenía llagas inmensas en los pies y cada paso suponía una tortura. Pasé sed, miedo, hambre y un cansancio inmenso muy similar a la enfermedad. Me preguntaba muchas veces si valía la pena. Y todas las veces, recordando mi casa, mi ciudad y mi trabajo, me respondía que sí, que la valía. Aquellas dunas de oro, aquel anochecer encendido en llamas y las noches plagadas de estrellas bien valían la pena. Bien valía también la pena conocer a personas de otros puntos del mundo que no sabían decir en español ni una palabra. Bien valían la pena los camellos, los breves sorbos de agua que me podía permitir y bien valía la pena la luna llena de plata gigante.


Una noche de aquella singular travesía enfermé y tuve fiebre alta, probablemente deliré, y entonces, en medio del malestar que sentía, entendí de golpe lo que significaba el abismo del gigante sin rostro. Entendí que nunca llegué a desmayarme, entendí que lo traspasé y alcancé la comprensión del lugar al que me dirigía. No importaba ya si era en el desierto o en el asfalto, me dirigía a mi propia salvación, a la liberación de los días mediocres y sin sentido. Me dirigía con mis pies con llagas y mis labios agrietados a la libertad que tantas veces ansié dentro de un vagón de metro mientras miraba el reloj, la que soñaba mientras metía los papeles en una carpeta al final de mi jornada de trabajo. Al día siguiente ya no tenía fiebre, continué la travesía de fuego hacia el destino que me había propuesto. Y lo alcancé. Lo alcancé el resto de los días de mi vida. Todos y cada uno.



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