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El texto. Parte II. Año cero.

Actualizado: 2 de abr de 2019


2006-2018 Klemenjero

Falso techo color blanco. Es lo primero que vi al nacer. 02/5694-03. Ese era mi nombre, o al menos eso figuraba en una pulsera plástica que tenía en la muñeca. Allí dentro no llovía. Retazos fugaces de memoria, o de imaginación quizás, destellaban en mi cabeza hasta cegarme la vista y volvían a apagarse, sin darme tiempo a discernir si se trataba de realidad, de invención, o de trocitos de sueños disfrazados traídos a la vigilia. El taconeo de Carla en la habitación recogiendo sus cosas, mi barba espesa, letras atroces en la pantalla del ordenador y la puerta amenazante cerrada de mi habitación tras la que se escondía algo terrible. Pasaron a visitarme muchas personas uniformadas de un blanco impoluto, unos me traían comida, otros me extraían sangre y otros me hacían preguntas a las que yo solo tenía respuestas confusas, y luego anotaban en sus libretas. Nadie supo responderme quién era yo y lo que me había sucedido. Me contaron que me hallaron en la calle y alguien llamó a una ambulancia. Pasé días inconsciente en el hospital y nada más. Fin de mi historia vital. Nadie me había reclamado, no había denuncias por desaparición en comisaría, nadie había llamado al hospital preguntando por mí. No sabían mi nombre. Decidieron llamarme Antonio, pues había llegado al hospital la noche del doce de junio. Supongo que era más cómodo buscarme un nombre que llamarme por toda aquella fila de números que había en mi pulsera, y tampoco les resultaría muy ético llamarme “El amnésico”, llegué a tal conclusión dado que no encontré atisbo de humanidad en sus gestos al decidir llamarme por un nombre humano. Las imágenes residuales de mi vida anterior a tal fecha se fueron poco a poco borrando de mi memoria, como una acuarela fresca sobre la que llueve con furia, los colores de mi memoria se mezclaban al resbalar por la superficie de mi conciencia, se volvían confusas las siluetas, los sonidos, los olores... ahora comenzaba mi vida nueva llamándome Antonio, y nada más. No tenía edad, casa u oficio. Recordaba un taconeo y un perfume, pero fui olvidando el rostro y el nombre de la persona a la que pertenecían y poco después también olvidé el repiqueteo de aquellos pasos que se fueron atenuando en el olvido hasta convertirse en algo inexistente y el aroma color ocre, que se desvaneció mezclándose en el aire que se llevaba consigo la tarde antes de expirar irremediablemente. Sólo se que a partir de ese día aborrecí la lluvia, tan despiadada, tan fría.


by ArynChris

Habían retirado los espejos de mi alcance en aquel hospital y yo buscaba mi reflejo en los azulejos, en las ventanas, en la caja metálica en la que se colocaba el papel higiénico, pero ninguna conseguía darme una imagen nítida de mí. Solo veía un rostro distorsionado. Sentía curiosidad sobre mí mismo. Cuando mi memoria terminó el proceso de reseteo al que se había ido sometiendo poco a poco a partir del momento en el que recuperé la conciencia, alguien estimó oportuno devolverme mi imagen, sin tan siquiera preguntarme si me encontraba preparado para algo tan complejo. De haberme pedido opinión, a pesar de mi curiosidad, probablemente hubiera pedido un poco más de tiempo, o al menos que alguien me explicara primero con qué me iba a encontrar. Fue muy duro ver mi gesto, mi rictus en una cara totalmente ajena, es como si aquel hombre a quien veía frente a mí me hubiera robado mi vida. Hasta pude intuir en él cierto aire de sorna, una sonrisa sardónica oculta en aquel hombre que intentaba convencerme, imitando mis gestos, que se trataba de mí mismo. Me enfadé. Destruí el espejo. Cogí uno de los trozos e intenté agredir con él al uniformado que sujetaba el espejo y que por un instante sentí como parte de alguna trama para engañarme, para burlarse de mí. De haberlo pensado con calma me habría dado cuenta enseguida de que no tenía sentido, que nadie ganaba nada haciéndome creer que yo era otra persona. Yo, simplemente, no era nadie, ni siquiera tenía un rostro.


Dos meses y medio después, supongo que porque nadie sabía bien qué hacer conmigo exactamente, a principios de septiembre, fui trasladado al hospital de psiquiatría de San Martín. Yo lo agradecí, desde que me vi en aquel espejo tuve serias dudas de qué podría hacer con aquel hombre, de cómo me ocuparía de él. El hospital era un enorme caserón antiguo con fachada de piedra situado en lo alto de una colina verde. Enredaderas gigantescas trepaban engulléndolo y tiñéndolo de ocre. Parecía existir en el vientre de un tiempo que se hubiera detenido. -¿Dónde había olido yo el color ocre? -Entre el edificio y la cancela negra de la entrada había un jardín armonioso y sereno, con bancos de madera en sus caminos y bucólicos sauces que acentuaban aún más el aspecto taciturno y depresivo de aquel lugar, aislado del resto del mundo por una valla insalvable y a kilómetros del pueblo más cercano. El coche negro que me llevó hasta San Martín tenía un plástico rígido y transparente colocado detrás de los asientos delanteros que me aislaban aún más en mí durante aquel camino que me planteaba tantas preguntas, mi voz apenas podía traspasarlo y el conductor no puso interés en descifrar el murmullo que llegaba débil a sus oídos. No llevaba nada a mi nuevo encarcelamiento, no había maletas con pertenencias que llevar en el maletero, nada que portar en los bolsillos, y casi, ni historia que contar. Al llegar a la puerta del hospital, donde ya me esperaban dos celadores, el conductor pulsó el botón que me liberaba de aquel asiento trasero, intercambió unas palabras con aquellos dos hombres, les entregó un sobre y sin dirigirme ni tan siquiera la mirada arrancó y se marchó. Sólo supe de él que tenía el pelo blanco y las manos pequeñas. No supe su rostro, su voz.


Aquella fachada cálida nada tenía que ver con el interior. Los pasillos eran rectos, cuadrados e infinitos, como los días perdidos de mi vida. La gente era extraña. Sus expresiones vacías, como si no hubiera nada detrás de ninguno de aquellos ojos vidriosos, que me miraban traspasándome, como si yo fuera transparente. La misma expresión en personal y en pacientes. Mi habitación era blanca. Una cama blanca, una mesilla de cajones vacíos, un armario limpio y vacío, una ventana vacía y un espejo, también vacío. Nada más, solo impersonal vacío. Aquel dos de septiembre, en la más absoluta soledad y el más penetrante de los silencios, se convertía para mí en el año cero.



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