• elmundoenpalabras

El texto. Parte I.

Actualizado: 2 de abr de 2019


by Vovkas

Se posaron sobre las teclas, y con un frenesí descontrolado, los dedos tradujeron a palabras lo que el corazón había estado expresando en latidos. Sin mirar ortografía, gramática ni vocabulario, les di permiso para que ellos hablaran por mí cuanto fuera necesario. Al terminar, exhausto, recosté la cabeza sobre la mesa y me quedé dormido casi de inmediato junto al teclado que había trascrito todo aquello que tuve atorado durante estos últimos días. Mientras mi mente volaba rauda desde la vigilia al sueño intenté pensar qué había escrito, pero fui incapaz de recordar una sola palabra, mi memoria estaba en blanco, solamente recordaba el sonido de las teclas siendo aporreadas con furia y el sudor de mis manos mientras el sopor se apoderaba de mis párpados rendidos. En ese breve lapso de tiempo en el que me quedaba dormido sentí que solo quería perderme en el sueño, descansar, abandonar por un rato el mundo atormentado en el que habitaba, que mis dedos pasaran el testigo a mis sueños y fueran ellos ahora quienes se ocuparan de mí. No quería ser responsable de mis actos, al menos durante unas horas. Di por entregada mi voluntad.


No sé cuánto tiempo estuve dormido sobre la mesa. Al despertar me dolía intensamente el pómulo sobre el que había estado descansando el peso de mi cabeza cerrada a presión. Me levanté sin mirar siquiera el contenido de aquel Documento1 que había soportado todo aquello que hacía un rato había depositado en su blanca conciencia creada de luz muerta, que no juzga, sólo sostiene. Me dirigí al espejo, efectivamente, tenía la mejilla enrojecida. Me preparé un café cargado y me lo tomé todo lo rápido que pude. La pantalla seguía encendida, esperando pacientemente a que yo tuviera el valor de ir hasta ella y leer lo que hacía un rato había escrito. Las letras son sólo letras, no entendía por qué aquella concatenación de caracteres ordenados sin mucho rigor me encogían el ánimo hasta el punto de paralizar mis piernas. Sospechaba que nada bueno contenían.


Me senté parsimoniosamente, estirando el tiempo cuánto fui capaz. Leí el texto. El horror que sentí al entender aquella redacción enredada de la que apenas podía ir descifrando retazos de una historia escrita casi en trance me envolvió en sudor, empapó mi camisa y mi frente. Sentí un tremendo frío que ascendió desde mis piernas hasta mis manos y mi rostro. Tuve que leerlo varias veces para poder ir entendiendo lo que yo mismo quise decir en cada extraña frase. Las palabras aparecían desordenadas, mal escritas, confundí al escribirlo el singular y el plural, los géneros, los signos de puntuación... sin embargo, cada vez se hacía más y más claro el mensaje, lo que en un principio parecía un garabato desdibujado se iba transformando en una figura de contornos definidos, y cada vez era mayor el contraste entre las letras negras y el blanco fondo. Las oscuras lagunas de memoria que días atrás se habían formado en mi mente iban adquiriendo forma, textura. Aquel tiempo vacío se iba llenando de contenido espantoso. Y yo me sentía cada vez peor. Un terrible dolor de estómago me hizo correr al baño a vomitar lo poco que había comido -¿había comido hoy? -y el café de hacía unos instantes. De rodillas en el baño mi cabeza pasaba del frenesí al dolor y la presión que se acumulaba tras mis ojos comenzaba a antojárseme insoportable hasta tener que cerrarlos para no sentir que escapaban de sus cuencas huyendo de las formas que se habían dibujado en sus retinas. Allí mismo, en el suelo sucio del baño me acosté. El techo blanco. La luz parpadeando levemente. Quise recordar. Putas pastillas que hacían borrones en mi memoria, que me impedían mantener erecciones más allá de unos segundos y que no me dejaban permanecer alerta obligándome a estar en un constante período de semi letargo, engrosaban mi lengua y hacían pastosa mi saliva. Ellas me impedían meterme en la ducha a diario, no me dejaban asomarme al espejo para afeitarme y mi aspecto y mi vida se iban convirtiendo en algo cada vez menos dignos. Hacía días que no atinaba a prepararme comida en condiciones y me alimentaba casi exclusivamente de bocadillos sencillos y yogures, hasta que se vaciaran mi nevera y mi despensa, después, ni siquiera sabía si iba a poder ir a comprar, pues sentía que minuto a minuto mi deterioro aumentaba irreversiblemente.


2012-2018 stengchen


El texto. Debía borrarlo inmediatamente, yo ya no podía hacer más y castigarme a través de aquellas palabras era algo a lo que no podía enfrentarme. Deliberadamente, me entregaba a manos del destino y decidí que éste hiciera de mí lo que creyera oportuno. Me levanté del suelo del baño, me mareé y me agarré a la pared. La distancia entre el ordenador y el cuerpo en el que habitaba aumentaba a medida que mi vista se dirigía hacia él. El sonido del timbre de la puerta, en tan inoportuno momento, me taladró el oído y excavó mis escasas energías. Debí tardar mucho tiempo en decidirme entre abrir la puerta o apagar la pantalla, pues quien aguardaba al otro lado de la puerta sacó unas llaves y se dispuso a abrir. El tintineo de los metales chocando entre sí me sacó del estupor y corrí hacia la silla del escritorio, me desplomé en ella y apreté el botón de la pantalla justo a tiempo.


-¿Por qué no has abierto la puerta?

-No me encuentro bien, acabo de vomitar en el baño y a duras penas he podido llegar hasta la silla.

-Vengo a llevarme mis cosas y a devolverte la llave. Estaré el tiempo justo, no te molestaré más.

-¿Estuviste conmigo el sábado por la tarde?

-No digas tonterías. –Anduvo de un lado para otro llenando una maleta color rosa que había traído. Su falda vaporosa flotaba por el salón y el sonido de sus tacones se mezclaba con su perfume color ocre. Yo era incapaz de recordar por qué estaba tan enfadada, pero en el texto la mencioné, debía releer esa parte. Sus manos suaves de uñas rojas brillantes depositaron las llaves con las que había entrado en la mesilla junto a la puerta. –Adiós.


De haber recordado su nombre la habría llamado desesperadamente. Me sorprendió no recordar el nombre de la mujer con la que había vivido los últimos ocho años. Estaba tan seguro de saberlo que jamás me habría planteado que existiera la posibilidad de olvidarlo. Me obsesionó tanto la necesidad de recordar su nombre que durante un rato olvidé el texto, y su contenido. Efectivamente debía estar perdiendo la cabeza. Su nombre. La tarde del sábado. El motivo de su enfado. El suelo marrón. Fui por toda la casa abriendo cajones, armarios, cualquier cosa que pudiera recordarme cómo se llamaba, pero ella acababa de llevárselo todo, el recuerdo de su nombre incluido. Encontré mi móvil y busqué en la agenda, pero había varios nombres de mujer: Raquel, Ángela trab., María (rubia), Mónica, María, Lola C., Geni... Ángela trab... yo tenía un trabajo. ¿Qué día era hoy?


Carla. Así la mencionaba yo en el texto. Ni me sonaba conocer a alguien que se llamara Carla. Quizás debía dudar incluso de la veracidad del texto. No aparecía ninguna Carla en la agenda de mi teléfono, quizás yo la llamaba de alguna otra manera y por esto tal nombre se me hacía extraño. Joder, se había llevado las fotos que teníamos juntos y me dejó unos marcos vacíos en la mesa. ¿Para qué las quería si me había abandonado? Probablemente quería que yo la olvidara.

En algún momento debí hacerme una herida en el dedo, justo donde se inserta la uña. Esas heridas suelen tardar en cerrarse. La excitante visión de la sangre me llevó de vuelta al texto. “La sangre produjo sensación aberrantes”, escribí hacía unas horas. “Mi habitación, el suelo, la cama”. Encendí frenéticamente la televisión, necesitaba anclarme de alguna manera al mundo real, pues las últimas horas, y la visión de la sangre en el dedo, me habían hecho despegar hacia un plano paralelo en el que habitaba yo por una especie de puerta que debió abrirse en mi cordura el sábado por la tarde y que debía conducirme, sin retorno alguno, hacia un estado de locura lleno de puertas que habrían de irse cerrando herméticamente y sin cerradura a mis espaldas.


Las noticias. La cálida y conocida voz del locutor. El retorno de mi conciencia al mundo real, al de todos los días. La conexión a mi cordura. -Hoy, lunes 27 de abril, las puertas del Parlamento Británico han amanecido llenas de manifestantes que reclaman al Gobierno medidas instantáneas para paliar los efectos de la última reforma.

Lunes. No podía creerlo. Había transcurrido un día y medio, ¿qué había hecho yo durante ese día y medio que aparece en mi memoria totalmente en blanco? Entre el mundo real que se abría a mis ojos a través de la tele y la puerta de mi habitación, que se encontraba latiendo a mis espaldas, se había abierto un vórtice peligroso. Allí dentro había algo, algo terrible. “Mi habitación, el suelo, la cama”.


-Para mañana se prevén cielos despejados en la mitad norte del país, así como en la zona del Levante. Algún chubasco aislado a primeras horas de la mañana en el sur y...


“Mi habitación, el suelo, la cama”.


“Le pedí a Carla que sujetara mis muñecas con una cuerda. Afilara el cuchillo y yo sentía la sangra resbalar por la piel sudorosa de mi torso. Carla no quiso. Zorra mojigata. Me dolió la palma de la mano, me escuece,”


Debía hablar con Carla. Salí a la calle, sin tener mucha idea de si Carla era efectivamente la mujer que hacía un rato había sacado su vida de la mía, y sin saber tampoco adónde habría llevado su nueva vida ahora que ya no la compartía conmigo. Vagué sin rumbo por la tarde plomiza, seguí el eco de mis pasos antes de que éste se produjera, o al menos esa fue la sensación que tuve mientras caminaba. Pasé junto a portales tras los cuales se desarrollaban numerosas vidas a las que yo sería ajeno por siempre, caminé por delante de la cancela negra de un parque gris. Baldosas grises. Cuando alcé la vista me di cuenta de que no sabía donde estaba. Me había parado en uno de tantos portales idénticos, con su fachada igual que todas las demás. Dos viviendas por piso, cinco pisos por portal, diez familias con las vidas de cada uno de sus miembros discurriendo en un rumbo paralelo. 2º Izquierda, Ana Román, Joaquín Ventura. Ahí es donde debía tocar.


-¿Qué coño quieres?

-Necesito hablar con Carla.

-Lárgate o llamo a la policía.

-Por favor, es muy importante, no voy a hacerle daño.


Dos minutos después se abrió la puerta del portal y pude comprobar que efectivamente Carla era la falda vaporosa y las uñas rojas a las que había ofendido tanto como para marcharse definitivamente de mi lado. Ahora no estaba maquillada, llevaba un pijama enorme y cara de no querer hablar conmigo.


-Desde la tarde del sábado no recuerdo nada. Ni siquiera sé bien quién eres.


Me hizo pasar al portal, la tarde plomiza había comenzado a descargar sus lágrimas duras. “Me dolió la palma de la mano, me escuece”.


-Soy yo quién no sabía quién eras. No importan cuántos años pasen, jamás se termina de conocer a la persona con la que se convive. Esto no tiene arreglo, no voy a poder confiar en ti jamás por muchas justificaciones que ahora seas capaz de darme.

-No me estás entendiendo. No soy capaz de recordar lo que sucedió.

-Sólo te advierto que no vuelvas a acercarte a mí.


De un empujón y dejándome aún más bruma en la cabeza me sacó del portal y cerró la puerta con furia. Deseé que la lluvia intensa se llevara consigo los últimos días. Allí me quedé un rato, sin tener realmente otra cosa que hacer que permanecer mojándome frente a la puerta que contenía en su otro lado la clave de lo que había puesto patas arribas la existencia de una vida de la que no recordaba casi nada. Ni siquiera sabía ahora como regresar a mi casa, pues había caminado sin rumbo hacia la de Carla. Mi móvil se había quedado sin batería y yo sin camino de retorno. Anduve durante horas bajo la lluvia, las horas se transformaron en madrugada fría y el amanecer no trajo consigo redención o memoria. Seguía lloviendo, no sabía ya si dentro de mi cabeza solamente o si realmente llovía. Cuando me sentaba extenuado en el bordillo de alguna acera las gotas resbalaban por mi nariz y caían al suelo. Recuerdo haber tocado mi cara y haber notado la barba espesa y larga y después de eso, la memoria de esa especie de intervida que apenas duró unos días volvió a desvanecerse entre la niebla de un algo que yo no era capaz de controlar.



240 vistas3 comentarios

¡SÍGUEME! 

  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon

©2018 by  Arima Rodríguez