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EL POZO Y LAS MOSCAS


Cuando nos mudamos, tanto nuestro nuevo hogar como los alrededores se me antojaron un tanto sórdidos, no sabía por qué, pues era una bonita casa bastante apartada de las demás, grande y recién pintada de blanco. Los alrededores eran ligeramente boscosos y tranquilos. La carretera pasaba muy cerca de nuestra recién estrenada propiedad, pero no era muy transitada, así que más que resultar una molestia era algo sumamente útil.


Perfectamente ubicado, mi nuevo hogar se encontraba a unos pocos kilómetros del pueblo, y aunque este no era muy grande sí que contaba con muchos servicios, así que resultaba extremadamente cómodo vivir en aquel silencioso y plácido lugar, donde las tardes de verano doradas se prolongaban infinitamente. Muchas veces me dio la hora de la cena jugando con mi hermano a la pelota frente a mi casa.


El clima era más benévolo que de donde veníamos, un piso pequeño en la ciudad. El aire puro del campo se apreciaba en cada inspiración inhalada y los inviernos eran menos húmedos. Allí podríamos tener un pequeño huerto y algunos animales, que era el sueño de mis padres: una vida sana y feliz para sus dos hijos.


A unos doscientos metros de la nueva casa se extendía un pequeño bosque no muy espeso. Justo frente a la entrada principal teníamos los establos con vacas, gallinas y cerdos. Detrás de la casa, la cocina, amplia y luminosa, tenía una puerta que daba al huerto. Allí mis padres habían plantado algunas cosas ya antes de que nos mudáramos definitivamente.


Pasando el huerto había un pozo, muy antiguo pero que aún contenía agua, o al menos eso decían. No se veía desde la ventana de la cocina, había que salir a la parte trasera de la casa para verlo. Me llamó la atención aquel pozo desde el primer instante, parecía solitario. Algún efluvio inexplicable manaba de él junto con un miasma invisible, pues a su alrededor solo había hierba seca y moscas. A veces, según la dirección del viento, las moscas y el hedor llegaban hasta mi casa.


Mis padres habían notificado a los servicios locales la importancia de tapar aquel pozo, pero aún no habían obtenido respuesta. En aquel lugar toda transcurría despacio, hasta las cosas que parecían más urgentes. En numerosas ocasiones me advirtieron de que no me aproximara, que era peligroso, podía caerme y además en su interior debía haber algún animal muerto, a juzgar por el olor y los insectos.


Sin embargo, aunque por lo general yo era un niño bastante obediente, un imperioso impulso me llamaba desde su fondo oscuro y ponzoñoso. Como el canto de una sirena, anulaba mi voluntad por completo, así que desde que podía iba a mirarlo desoyendo los consejos de mis padres. Mi hermano pequeño permanecía ajeno al pozo, nunca le interesó, nunca escuchó el murmullo que salía desde su vientre, él prefería pasar la tarde ayudando a mis padres con los animales.


A veces yo decía en casa que iba a buscar tesoros al bosque, que no entrañaba ningún peligro, así ellos no se ocupaban de vigilarme durante un buen rato, pero realmente lo que hacía era ir al pozo, asomarme y tratar de averiguar cosas sobre él. Tiraba piedrecitas para ver si las oía llegar al fondo y así intentar calcular su profundidad. Nunca llegué a escuchar ninguna de ellas chocando contra el agua o contra cosa alguna, ni cuando lo intenté con unas más grandes y pesadas. Era como si el pozo no tuviera fondo. Quizás, pensaba mi mente infantil, aquel agujero conectaba con el infierno y mis piedrecitas podían estar enfadando a algún demonio. A pesar del miedo que me generaban mis propias ideas no podía dejar de hacerlo, era una sensación adictiva tirar piedras a algo que llegaba a las entrañas de la tierra sin devolver sonido alguno.


Otras veces introducía la cabeza cuanto podía y daba voces para escuchar el eco y ver si me devolvía algo diferente a lo que yo decía, alguna respuesta del otro lado. Pero nada, no obtenía resultado alguno. Mi propia voz rebotaba unas cuantas veces contra las paredes y luego se ahogaba irremediablemente, era engullida por el oscuro tubo que se perdía en las profundidades de la tierra.


Un día, mis padres hicieron una fiesta en mi casa, celebraron el primer aniversario de esta nueva vida rural. Vinieron muchas personas del pueblo, mis tíos y primos. Montaron una barbacoa frente a la casa aprovechando que hacía un día precioso, soleado. Pusieron música e hicieron juegos para los niños, sin embargo, bajo la alegre música y el bullicio, un zumbido sordo se arrastraba por el suelo hasta llegar a todos, se aferraba a los tobillos de los asistentes a la fiesta. Horrorizado me di cuenta de que parecía que yo era el único que podía ver aquel ruido.


De repente, el cielo se oscureció, con suma rapidez. El sol quedó asfixiado tras las nubes negras. El verde brillante del césped se volvió gris, el aire se tornó helado y un viento inesperado rugió entre las copas de los árboles, sin embargo, todos seguían riendo, ajenos a lo que estaba sucediendo, parecían no darse cuenta de nada. Miré desesperado a todos ellos, sus ojos se volvieron vidriosos y el gesto de sus caras se petrificó, como si su tiempo se hubiera detenido cuando se cubrió el cielo. Las sonrisas se volvieron grotescas y deformadas, las miradas se vaciaron y dejaron de respirar.


Retrocedí asustado, y sin darme cuenta por donde caminaba tropecé con mi hermano, que cayó al suelo haciéndose añicos como si estuviera hecho de yeso. El espanto me sobrecogió, grité desesperado, intenté juntar los trozos que habían formado el cuerpo de mi hermano, pero eran tantos que resultaba imposible recomponerle. Todos los invitados, incluidos mis padres, estaban inmóviles con la risa pétrea pintada en sus caras. Me aterró observar como el viento soplaba cada vez con más fuerza amenazando con desestabilizarlos. Estarán a punto, pensé, de deshacerse como mi hermano.


El sonido gris seguía arrastrándose por el suelo, estaba helado y pegajoso y olía a agua estancada, como si llevara algo podrido consigo. Las moscas habían llegado hasta la fiesta y zumbaban como misiles antes de explotar. Todo provenía del pozo antiguo de piedra. Corrí con todas mis fuerzas hasta él, tenía que detener aquella emanación tóxica que había paralizado a todos menos a mí. ¿Por qué? No encontré la respuesta a esa pregunta hasta muchos años después.


Cuando me asomé al pozo vi que el nivel del agua había ascendido abruptamente, se encontraba a unos dos o tres metros del nivel del suelo y, flotando, sin vida pero de una sola pieza, estaba mi hermano, el que viera hecho añicos hacía apenas unos instantes. Estaba confuso, ¿qué había hecho el pozo con mi hermano? El cielo se volvió nuevamente azul y las moscas desaparecieron mientras veía aterrado el cadáver pequeño de mi hermano boca abajo en el agua.


Hoy, mientras escribo estas letras, a miles de kilómetros del pozo, apoyado en una pequeña mesa de madera de color claro y sentado en una cama de limpias sábanas blancas, intento comprender mi extraña experiencia infantil. Entre los barrotes de la estrecha ventana puedo mirar el sol, pero algunas veces se oscurece con aquel sonido pegajoso del día de la barbacoa, entran zumbando negras moscas y todos se paralizan excepto yo: la enfermera con la comida en las manos, el médico con su carpeta a mitad de su cuestionario… había encontrado la respuesta, ¿por qué a mí no me paralizaba el pozo? Justamente escribiendo estas líneas acabo de entender que es porque solamente me permite a mí no caer en su sopor para castigarme por todo aquello que sabía que yo cometería en breve.


La chica de la limpieza, rubia y preciosa, como una muñeca de porcelana, hecha añicos en el suelo: es lo último que recuerdo antes de que el miasma y los insectos se marcharan con la misma velocidad que habían venido a través de los barrotes oxidados de la ventana.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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