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El palacio de cristal. Historias de Lacero.

Actualizado: 19 de may de 2019



EL PALACIO DE CRISTAL. HISTORIAS DE LACERO


En el corazón de aquel bosque oscuro estaba mi origen. Las frondosas copas ocultaban el cielo y en su interior habitaba una sempiterna penumbra que perpetuaba la sensación de que el día se hallaba a punto de expirar, de que las horas no transcurrían más allá de su umbral. Sin embargo, las noches no eran del todo oscuras, una tenue luz que se originaba en algún punto ignoto se deslizaba suavemente a ras del suelo, como etérea bruma ligeramente fluorescente. Había que introducirse en el interior del grueso tronco de un vetusto roble que moraba desde tiempos inmemoriales en el profundo corazón del bosque para acceder al lugar de donde yo procedo. A pesar de su tamaño ingente, de la profunda melancolía que exhalaba su piel rugosa y de sus raíces inmensas, que como tentáculos pétreos entraban y salían de la tierra, era sumamente difícil dar con él. La escasa luz del sol de la mañana que se filtraba entre los huecos del manto oscuro de la bóveda del bosque desviaba sus rayos para no molestarle en su dilatado descanso en el que meditaba profundo sobre el devenir de la tierra y reflexionaba acerca de su pasado milenario. Gracias a ello, resultaba casi imperceptible su presencia en el sombrío bosque salvo para los propios habitantes del lugar, que nada más nacer aprendían a escucharle. Los extraños seres del bosque, con sutiles alas de luz algunos y con tosco y añoso gesto otros, se apostaban a su alrededor y preguntaban al sabio del bosque oscuro. Él inhalaba lentamente y respondía con su voz grave, profunda y pausada, que parecía nacer en el alma remota de la propia tierra. Sus palabras eran siempre apropiadas y llevaban el conocimiento de siglos en su interior, las nuevas hojas de los árboles vecinos temblaban con la vibración de la voz profunda que retumbaba entre los recovecos misteriosos del bosque, creaba una onda que se propagaba por todo el lugar, y ya entonces todos sabían que el roble había hablado, y que algo importante debía estar ocurriendo, pues él solamente se pronunciaba cuando era oportuno hacerlo.


Entre sus raíces ancianas se abría una oquedad que permitía introducirse en el interior del tronco, sin embargo, el hueco resultaba imperceptible salvo para aquellos a los que el propio árbol permitía su acceso. Dentro del roble solo había negrura apacible y se podía escuchar el latido lento del corazón del bosque como un eco envolvente y la respiración pausada de las ramas, que invitaba a detener el paso para adivinar que se traspasaba una puerta que quebraba la razón. Allí dentro se podía intuir que lo que había al otro lado, aunque de aspecto ilusorio, no era menos real que lo que quedaba atrás, en la espesura del bosque. Al avanzar en el interior del roble, siempre ascendiendo, se veía una luz que delataba la salida. Era preciso agacharse ligeramente para pasar por aquella puerta natural de madera viva, como un gesto de reverencia ante lo que habría de venir. Al traspasar el umbral se desplegaba un lugar fantástico: entre la hierba y los árboles bucólicos, un quieto lago de plata regalaba a la vista destellos de luz blanca.


Allí, en el centro del lago del otro lado del roble, estaba mi hogar, erigido en cristal de roca, tan pulido que era absolutamente transparente. Algún conocimiento arcano de las náyades hacía que fuera imposible ver lo que había en su interior, y yo, en un juego de palabras de significado opuesto, pensé siempre que sus muros eran opacamente transparentes. Entre más visible parecía a la vista, más escondido estaba de la comprensión.


Entre las aguas apacibles y como una fortaleza inexpugnable, se erguía el palacio bien oculto por los elementos: tan pronto era una fina llovizna de oro quien hacía de opaco telón, como la propia neblina del atardecer, los rayos de sol cegadores o la sombra de los árboles, así, aunque alguien lograra traspasar las entrañas del roble y acceder hasta el lago, el palacio de las náyades seguiría escondido a la vista mundana y tosca de alguien que viniera de fuera, con su tóxica mirada contaminada por el mundo exterior, con su pupila empañada por la miseria y el dolor humanos, por sentimientos negativos, por la envidia, la mentira y la indiferencia. ¿Cómo habrían de poder ver algo tan bello e increíble unos ojos tan gastados y miserables? De esta manera, protegida por la propia Gaia, mi estirpe vivió allí desde tiempos inmemoriales.


Bordeando el lago quieto, como pestañas de un ojo gigante, los sauces postraban sus copas hacia el suelo como quien se inclina para orar una plegaria de milenios. El rezo de los árboles protegía el lugar y en las horas de penumbra eterna se podía escuchar el murmullo monótono de aquella letanía mágica preservadora que se confundía casi con el susurro de las hojas mecidas con ternura por la brisa. Cuando la noche arropaba aquel secreto rincón y su blanca luz jugaba con los árboles, las ramas y hojas de los sauces parecían cabellos canosos, y como luceros prendidos dejaban pasar los rayos de plata de la luna dibujando en la superficie del agua sus contornos. Bajo aquella superficie pintada de luces y sombras vivió desde siempre mi familia: La Madre Roja, la milenaria reina de las náyades, y sus hermanas, que en paz eterna con los elementos guardaban el tesoro de la naturaleza intacto en el más escondido rincón del palacio.


Desde las altas cumbres de Lacero descendió el agua que conformó el lago, deslizándose por los innumerables arroyos durante un largo período de templado deshielo. Danzó después en su descenso por los ríos que avanzaban en aquel éxodo obligatorio para desembocar en el preciado lago, y entre aquellas aguas profundas habitó entonces la familia a la que pertenezco. Ella, la Madre Roja, jamás habló de su vida entre los cristales de nieve de Lacero ni describió su viaje entre las montañas y los ríos, sus ojos grises evocaban aquel tiempo y derramaban lágrimas de diamantes, que apenas asomaban a sus ojos corrían a mezclarse con el agua del lago. Quizás ella misma fue cristal de nieve antes de ser sirena, quizás había descendido como un suave copo desde el cielo para formar parte de la blanca cumbre que coronaba la montaña. Le llamaban la Madre Roja por su largo cabello ondulado del color mismo del coral, que flotaba en el agua como una anémona de agua dulce ejecutando su ballet anclada a las rocas del fondo, donde apenas la luz del sol llegaba como un filamento de oro. La albea piel de la náyade, del más antiguo espíritu del agua, alumbraba el fondo oscuro del lago cuando descendía nadando con sus sinuosos movimientos.


Solo un ser humano había encontrado el pasadizo secreto del bosque que conducía a este universo paralelo en el que yo nací. Un niño pequeño, de esos que pierden la mirada en cualquier punto infinito para introducirse en su mundo onírico y que habitan abstraídos en sus cuentos fantásticos de la infancia, donde se narran historias de príncipes y sirenas, de castillos encantados y de lugares sagrados. En algún momento situado entre el sueño y la vigilia, el chico salió de su casa en busca del bosque, atraído por un canto lejano que pronunciaba su nombre y que, flotando como una hoja en la brisa del atardecer, llegó hasta sus oídos, hipnótico y seductor. El roble hizo visible su puerta para que el pequeño pasara sabiendo que era adecuado que así fuera y conocedor de que ese acto de confianza que ahora realizaba tendría en un futuro sus frutos, le dejó pasar. Nadie osó poner en duda la decisión del roble, siempre salvó al bosque en tiempos difíciles, aconsejó a todos con firmeza y sinceridad cuando las dudas les asaltaron y permaneció regio y observador en tiempos de paz. El pequeño accedió al lago a través del roble y pasó desde entonces las interminables e inciertas horas de la tarde sentado junto al lago leyendo sus cuentos, que para él no eran fantasías, y que aunque a todos les pudieran parecer realidades inalcanzables, para él no era más que su futuro inmediato. Al comenzar a caer el manto de la noche, como el pequeño siempre se despistaba absorto en su lectura, los sauces lo avisaban para que regresara de nuevo a su casa y los habitantes del bosque le guiaban hasta la salida.


Una de aquellas tardes, el pequeño percibió un extraño movimiento bajo la quieta superficie del agua, que de costumbre se mostraba apacible. Tanto se acercó pensando tal vez que un pez gigante habitaba el fondo de su lago, que resbaló en la hierba de la orilla y cayó al agua. Lo que vio bajo la superficie le dejó tan sorprendido que olvidó moverse para salvar su vida, pensó que aquello que veía era la respuesta a los anhelos puestos durante tantas tardes en los cuentos que leía a diario. Increíbles sirenas se arremolinaron a su alrededor, nadando desde lo que parecían los cimientos de un palacio de cristal. Abrió la boca para lanzar una exclamación de sorpresa y miles de burbujas que contenían su voz partieron presurosas hacia la superficie dejándole sin aire en el pecho. La Madre Roja supo que ya no tendría tiempo de sacar fuera del agua para que respirara a aquel niño que soñaba realidades que nunca había llegado a conocer. Nadó hacia él a toda prisa y le otorgó el don de poder respirar bajo el agua con tanta facilidad como si estuviera en la superficie. El pequeño pudo, desde aquel instante, aspirar los aromas delicados del interior del lago, sobre todo el perfume delicioso del cabello de la Madre, y escuchar sin distorsión los sonidos de la naturaleza que habitaba bajo el agua: la voz frágil de las náyades y el murmullo sutil que generaban en el agua silenciosa al moverse.


A partir de aquel momento, muchas veces el niño nadó en el lago que aún en invierno tenía aguas cálidas bajo la bruma de aspecto frío. Descendía bajo la superficie y su vigilia se tornaba ensoñación. Ahí acariciaba los cabellos de coral rojo de la Madre con tierno amor enredando mechones entre sus deditos gordos mientras los ojos amorosos de la reina de las náyades le cubrían de deseos cumplidos en su destino, él sería el épico héroe de una realidad utópica. El pequeño abría los ojos con esfuerzo pese a que estos se cerraban adormecidos por la embriaguez que tanta belleza le producía. Quería observar cómo el reflejo de la superficie del agua hacía delicados dibujos de luz que se movían en la piel de la Madre. Cuántas noches se quedó dormido en sus brazos tiernos sabiendo que los sueños que creó mientras leía los cuentos eran ahora realidad inconfesable, pues nunca el pequeño Barugh habló de aquel rincón especial a nadie.


Pasaron los años, pausados y hermosos como todo en torno al lago, y Barugh se hizo un hombre, y la Madre Roja, que tenía cientos de años de existencia y para la cual cada año humano era apenas un segundo, supo que aquel joven que no dejaba de visitarla ni tan siquiera un solo día se había anclado en su corazón de agua creando ondas hermosas en él, ondas suaves engendradas por una brisa amorosa. Él, que había vivido toda su vida entre sueños de realidad era, de lejos, la criatura más especial y diferente que jamás hubiera podido encontrar, nunca frunció el ceño, nunca una palabra de sus labios fue desafortunada y cuando desataba violencia, ésta era igual que la de la naturaleza, como el viento, como una marea fragorosa y como una tempestad eléctrica, libre de rencor o de maldad. El anciano roble, una vez más, había acertado sin margen de error sobre la ventura de La Tierra y había premiado a quien realmente sabía que habría de merecerlo. Hiló el sabio la madeja de una nueva historia grandiosa que iba a dar al mundo solo cosas maravillosas, y sonreía satisfecho al pensarlo.


Una tarde hermosa y cálida, rojiza, de finales de verano, Barugh se sumergió en las aguas del lago bajo las oraciones de los sauces, que tenían teñidas sus hojas de ocre por el paso del verano, y que aquella tarde, como premoniciones escritas en el tiempo, habían hecho más intensas y melodiosas sus plegarias de brisa, quizás simplemente por el crepitar de las hojas que ya comenzaban a secarse o quizás porque se disponían a bendecir un futuro que nacería aquella misma noche.


Observó de lejos, oculto por las ramas de los sauces que bajaban a acariciar la superficie del agua, a la Madre Roja, que descendía la escalinata de cristal del palacio de las náyades dispuesta a esperar su visita de cada día. Nunca una piel le pareció tan blanca y hermosa, nunca una silueta tan familiar y perfecta y sobre todo, nunca aquella cabellera se le había antojado tan incandescente y tan similar a una llamarada que pareciera querer derretir la piel de cera de la reina. El cabello escarlata descendía como nunca por la espalda perfecta hasta la cintura regia de aquella criatura hermosa hecha de agua. Cada uno de sus pasos por la escalera de cristal iniciaba una sinfonía que nadaba por todos los recovecos del lago profundo de tan delicadamente como reposaban sus blancos pies sobre cada escalón. Cada ligera onda formada por el movimiento del pecho de la reina al respirar, reproducía en la orilla una partitura recién escrita y deleitaba a los sauces y a Barugh. Él amaba aquella melodía, el blanco cerúleo de la húmeda piel y las ondas rojas del cabello de la Madre Roja. Constantemente las tenía presentes en las eternas noches en vela en su cama añorando el instante preciso de atravesar el roble y volver junto a ella. Pero esa noche sin luna no regresó a su casa y allí quedó, hasta que la luz del sol le avisó de un nuevo día. Quedó exhausto de cuanta belleza adoraba desde hacía tantos años y, dormitando en el transparente interior del aposento de su amada y embriagado por el perfume que exhalaba cada objeto que ella hubiera tocado, dejó parte de sí mismo en el palacio de cristal, donde jamás supo si era agua o aire lo que discurría entre sus paredes.


Así, el pequeño que había caído al lago y la Madre Roja, mis predecesores, iniciaron una nueva saga, los Ubarte, que generación tras generación heredarían inmutablemente los sueños de los libros y la magia de las náyades, los espíritus de agua custodios de insondables enigmas.


Quienes hayan tenido a bien leer mi historia, aquellos cuya imaginación haya vagado por el bosque profundo, los que se hayan sumergido en las aguas del lago y quienes hayan escuchado la oración de los árboles, están ya preparados para iniciarse de lleno en una gran historia. En la de un sombrero muy especial, uno azul de copa.




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©2018 by  Arima Rodríguez

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