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EL MAYORDOMO Y LA CAJA DE COLORES


Mi nombre es Lorenzo, y quiero narrarles una historia de esperanza cuando parece que ya no la hay, la mía propia. El camino que tuve que andar, como verán a continuación, estuvo lejos de ser sencillo. Sin embargo, fue tan fructífero que bien mereció la pena recorrerlo. Lo haría en mi siguiente vida si fuera menester con tal de alcanzar lo que al final les contaré.


Cuando era pequeño era un niño bastante tranquilo y aplicado. Adoraba colocar los lápices de colores según la gama del espectro lumínico, me la había aprendido de memoria. Siempre, al terminar la clase, los afilaba todos perfectamente, los colocaba y los guardaba meticulosamente en mi mochila. Recuerdo que me recreaba mirándolos, me generaba absoluta paz contemplar el orden lógico de los colores y las puntas en perfecto estado. Había una belleza sobrecogedora en ellos que yo no podía explicar.


Ya en casa, por las tardes, sacaba la caja de colores y la colocaba en una esquina de mi escritorio para poder contemplarla cuando me sintiera nervioso. Supongo que eso mismo hacían muchas personas con fotografías de paisajes o con cualquier otra cosa. Para mí aquello no suponía ningún problema siempre y cuando todos respetaran mi caja, cosa bastante difícil con mis hermanos gemelos menores, que eran bastante traviesos. Si cogían mi caja de lápices me sentía desesperado. Mi madre se había dado cuenta de ello y siempre procuraba mantener cerrada la puerta de mi dormitorio para que ningún peligro acechara a mi preciada caja.


Más adelante empecé a sentir lo mismo con mi ropa. Sin saber bien el motivo, aunque a mí me parecía extremadamente lógico, comencé a sentir la necesidad de que mi armario estuviera absolutamente organizado. Colocaba mi ropa según su frecuencia de uso, estación del año y color. Más tarde también comencé a tener en cuenta otros detalles como el tejido o la forma del cuello.


Cuando tenía un mal día, o si mis hermanos estaban armando escándalo, me escondía en la habitación, abría la caja de colores y el armario y, poco a poco, me iba sintiendo mejor.


Un día, al llegar del colegio encontré que mi madre había sacado toda la ropa del armario y la había puesto sobre mi cama. Estaba limpiando esmeradamente el polvo de las esquinas. Entendí inmediatamente que era una labor que había que llevar a cabo periódicamente, sin embargo, ver toda aquella ropa amontonada sin orden sobre la cama me sacó de mis casillas. Sin poder reprimir un impulso repentino y violento que se adueñó de mí, le grité a mi madre. Ella se giró con la mayor de las sorpresas pintada en sus enormes ojos negros. Yo era siempre un niño obediente y apacible, educado y estudioso. Jamás hubiera esperado esa reacción en mí.


Aquel día supuso un punto de inflexión en mi vida. La necesidad de que todo a mi alrededor se encontrara pulcramente ordenado y acorde con la organización que yo tenía en la cabeza fue aumentando considerablemente. Me fui dando cuenta de que el mundo a mi alrededor era caótico, nada funcionaba como yo pensaba que debía hacerlo. Los demás comenzaban a tratarme y a observarme con extrañeza aunque yo no terminara de comprender el motivo. Me hicieron entender que era yo el raro y no el mundo y que difícilmente podría encajar en él.


La soledad y el orden me aliviaban, pero a su vez se convertían en un arma de doble filo, ya que me aislaban cada vez más y, en consecuencia, más extraño resultaba aún a ojos de todos y más necesitaba aún aquella soledad y aquella organización. La madeja se iba haciendo más grande y se enredaba complicadamente con el paso del tiempo.


Esta espiral de vórtice cada vez más minúsculo hizo que al poco tiempo apareciera lo peor, el verdadero infierno. Comencé a vivir los días más tormentosos que jamás hubiera podido recrear en mi imaginación. El aislamiento había hecho que mi trato con los demás fuera cada vez más complicado, me ponía nervioso cuando, por obligación, debía interactuar con alguien, ya que al finalizar cualquier contacto me quedaba preocupado por si había dicho alguna estupidez o por si la otra persona hubiera podido molestarse. Esa idea hacía que repasara en mi memoria todas las frases que había dicho una y otra vez, sin descanso, cíclicamente. Cada vez que las repasaba intentaba ponerme en el lugar del otro y adoptar distintas posturas para tratar de averiguar qué había opinado de mí.


Aquello se convirtió en un sufrimiento inconmensurable. La misma idea una y otra vez en mi cabeza, hora tras hora, sin que yo pudiera eliminarla o al menos restarle algo de importancia. Al contrario, con cada repaso se volvía más intensa hasta ocupar toda mi mente. Con ella dando vueltas sin parar era incapaz de concentrarme en nada, ni tan siquiera en lo que mi madre o mis hermanos me estuvieran diciendo. Me quedaba ensimismado en ese rumiar continuo y dejaba de escuchar. En muchas ocasiones hacía mal lo que tuviera entre manos porque no podía centrarme en ellas. Después, me sentía terriblemente cansado. Ya no me bastaban mi caja de lápices ni mi armario para apaciguarme.


Me volví irascible, antipático. No quería que nadie me hablara ni quería hacer nada que tuviera un mínimo de complejidad porque podía desconcentrarme de mis ideas cíclicas y entonces tenía que empezar desde el principio aquella terrible tortura.


Por la noche, probablemente debido al descanso, la idea que había estado rondando el día anterior en mi cabeza debía ir perdiendo fuerza y por la mañana me parecía ya tan estúpida que podía desecharla sin problemas. Entonces comenzaba otro terror diferente: sabía que más tarde o más temprano tendría que hablar con alguien y que una nueva idea se instalaría en mi razón para el resto del día.


Lógicamente llegó el punto en que ya no pude más. La locura se había hecho conmigo y me gobernaba por completo. Me sentía impotente para luchar contra ella. No sabía cómo conseguir que mi cabeza dejara de repetir una y otra vez la misma idea para poder concentrarme en otras cosas o tener al menos una conversación normal con alguien. O simplemente, para acallarla y poder disfrutar del sabor de la comida, o de un paseo tranquilo por la calle. Lo más sencillo se había vuelto complicado en extremo para mí.


Sin saber qué solución podía encontrar para ello, se me ocurrió que si me marchaba y conseguía no tener que ver a las mismas personas todos los días terminaría por curarme. Huiría. Una vida nómada tal vez pudiera salvarme la vida. Cualquier conversación que tuviera no tendría que ocupar después mi mente por completo si no tenía que volver a ver a esa persona jamás. No tendría que repetirla entera infinidad de veces ni enfocarla desde todos los puntos de vista. Todo me daría igual, que pensaran de mí lo que quisieran.


Una noche hice la maleta, metí en ella organizadamente la ropa imprescindible y mi caja de colores. Al cerrarla, se cerró también de alguna manera una puerta de mi alma. Todo lo que había conocido como seguro y amoroso: mi casa, mi familia, mis recuerdos de infancia… todo debía quedar atrás por culpa de aquella impotencia para resolver la opresión de mi cabeza, de la que me había convertido en esclavo.


El sonido de la puerta detrás de mí puso punto y final a una etapa de mi vida a la cual no sabía si algún día podría regresar. Como la imagen de un espejo hecho añicos, la silueta de mi casa se deshizo en el horizonte cuando me alejé y con ella todo lo que había sido mi vida hasta ese momento.


Efectivamente, las veredas diferentes, los aires nuevos y la gente que no iba a quedarse en mi vida me ayudaron a ahuyentar aquella saturación mental. Cuando tenía que hablar con alguien me daba igual cometer errores o decir algo inadecuado porque no iba a volver a verle, aunque intentaba no hacerlo, yo no era mala persona, solo tenía la mente saturada. Intentaba ser educado con todo el mundo a pesar de lo nervioso que me ponía cuando debía dirigirme a alguien.


Ahora todo era diferente, solamente lo pasaba mal durante el momento que duraba el intercambio de palabras: me sudaban las manos, me trababa un poco al hablar y, durante unos pocos minutos, me quedaba pensando en si lo habría hecho mal o no, pero mi preocupación y mi nerviosismo se iban disipando con rapidez.


Mi estrategia parecía funcionar, pero comenzaba a tener problemas importantes de dinero. El que había ahorrado ya iba tocando a su fin. Pero yo no sabía hacer nada, y lo que era peor ¿dónde iba a encontrar un trabajo con el que no tuviera que hablar con nadie además?

Tomé otro tren con el último dinero que me quedaba en el bolsillo. Con lo que tenía me compré el billete al lugar más alejado que podía pagar, la ciudad de Lacero. Nunca había oído hablar de ella, pero dadas mis circunstancias, esperaba que fuera un buen lugar en el que quedarme, sobre todo porque ya no podía ir a ningún otro sitio. Mi huida había llegado a su fin.


Cuando me bajé del tren y este se alejó me quedé en completo silencio en el andén. Desde allí Lacero parecía un hermoso lugar. Olía a flores. Tras de mí se alzaba una imponente cordillera de cumbres nevadas y en todas las otras direcciones se extendía un bosque frondoso de árboles de hojas oscuras. En el interior de la minúscula estación había un mapa con indicaciones sobre cómo llegar a la ciudad. Había que caminar por un sendero que atravesaba el bosque hacia el norte durante unos quince minutos aproximadamente. Me sentí muy animado, me apetecía caminar entre los árboles.


A los pocos minutos de comenzar a andar empecé a notar una agradable sensación de sueño. Aquellos tejos debían emanar un adormecedor aroma. En la distancia alguien hacía una hoguera. El humo y el olor a madera me embriagaron completamente, transportándome con la mente a rincones secretos del boque, donde habitada lo desconocido, donde la armonía del aire se detenía a deleitarse con los pétalos de flores ignotas. No tenía ni donde pasar la noche, pero en medio de tantas sensaciones maravillosas aquello había dejado de tener importancia alguna.

A mitad del camino había una bifurcación y un cartel de madera con dos flechas. Por el sendero que seguía recto se llegaba al centro de la ciudad y por el que aparecía a la izquierda se llegaba al “Palacio Ubarte”. En realidad me daba igual ir a un sitio que a otro. En la ciudad tendría, probablemente, más posibilidades, por tanto, elegí el camino de la izquierda. Una persona sin posibilidades debe ir a su lugar.


A partir de la bifurcación el camino se hacía aún más extraño. Las copas de los árboles de ambos lados se enredaban en el cielo haciendo difícil saber donde acababan unas y comenzaban otras. La luz se filtraba en rayos concentrados que parecían telones de oro en medio del camino. Sonidos deliciosos e irreales se mezclaban con el aroma propio del bosque. –No quiero salir jamás de aquí –pensé. Tuve la imperiosa necesidad de quedarme allí a vivir, sin más.


Después de andar un tiempo incierto pude vislumbrar el palacete en lo alto de una leve colina de contorno suave. Era imponente, antiguo y majestuoso. Se erguía en mitad del bosque, con las montañas nevadas al fondo. Tras andar otro poco llegué a los límites amurallados de la propiedad. Había una cancela negra por la que se enredaban unos rosales que emitían un suave aroma que había llegado a mí antes incluso de poder verlos. Me di cuenta de que la cancela no era verdaderamente la puerta. La entrada era, ni más ni menos, que un trozo del muro que con algún mecanismo se deslizaba a modo de puerta corredera. Ingenioso, sin duda. De no haber estado abierta jamás habría adivinado que aquella era la entrada.


No había nadie en el umbral, así que entré, tímidamente y observando a mi alrededor por si alguien me paraba el paso. Había muchísima gente por todos lados, se notaba que algo se estaba preparando.


Un grupo de personas estaba haciendo malabarismos en el jardín con ropa de calle, debían estar ensayando un número para una función. Más allá, una mujer enigmática de la que quedé absolutamente prendado, danzaba con unas pequeñas ardillas. Un grupo de jovencitas hablaban entre ellas muy concentradas y después adoptaban posturas de contorsionismo. No cabía duda, formaban parte de un circo. ¿Serían los miembros del famoso circo de los hermanos Feigenbaum? Desde hacía años no hacía sino oír hablar de aquellos fantásticos seres y de cómo su actuación te cambiaba la vida por completo.


De repente, me paré aún más alucinado. Observé boquiabierto el jardín en su conjunto. Los setos estaban siendo podados por un joven con el rostro tatuado. Inmensas y realistas criaturas mitológicas hechas de hojas conformaban el grueso del jardín, en el que también habían flores y robles. Quedé absolutamente atónito ante el espectáculo que se abría paso ante mí. Un jardín peculiar lleno de personas peculiares bajo un cielo azul, profundo y radiante, y de fondo, al final de la vereda, el palacio hermoso.


Entre los setos y las flores pude ver, durante apenas un instante, a una mujer espectacular, sin duda, la criatura más bella que habría de ver jamás y a quien, afortunadamente, conocería un tiempo después. Con un vaporoso y transparente vestido blanco paseaba su piel de cera y su inmensa melena de fuego entre la naturaleza formando parte de ella en su más amplio sentido. Caminé un poco más para buscarla con la mirada entre los árboles y pude verla de nuevo pero esta vez hablando con un hombre alto, bien vestido y de pelo oscuro y brillante.


Desde lejos ella debió sentir mi mirada, pues giró la cabeza y se encontraron sus ojos con los míos. Me recorrió un escalofrío intenso, ella era algo más que una simple mujer, lo sentí con todo mi cuerpo. Tuve que agachar la mirada, no pude sostenerla ni tan solo unos segundos.


Al instante, el hombre alto que hablaba con aquella señora sacada de una leyenda milenaria estaba frente a mí. Me puse muy nervioso, como siempre, noté mis manos sudando inmediatamente y un leve temblor en las piernas. Ya estaba acostumbrado a esa sensación, aunque no dejaba por ello de resultarme incómoda.


-Me llamo Barugh Ubarte, ¿nos conocemos? –una amplia sonrisa y su mano extendida hacia mí me obligaron a recomponerme, a elevar la vista y a buscar una respuesta. –No, señor, yo me llamo Lorenzo, no soy de aquí y estoy buscando trabajo –atiné a decir entre titubeos. Inmediatamente pensé que debí parecerle un idiota, con mi mirada huidiza y mi voz temblorosa. –Estoy encantado de que vengas a buscar empleo aquí, me hace falta muchísima gente. Apenas acabo de terminar de arreglar el palacio y necesito de todo. ¿En qué quieres trabajar? –la voz amistosa del señor Ubarte me tranquilizó lo suficiente como para buscar una respuesta adecuada a su pregunta. -A lo que usted tenga a bien encargarme. –Era verdad, yo no sabía hacer nada, pero intentaría con todas mis fuerzas hacer adecuadamente lo que me pidiera.


Justo después de esas palabras, la conversación con el señor Ubarte cambió por completo. Su mirada profunda me hizo sentir que podía traspasar mis pupilas y buscar dentro de mí aquello para lo que justamente podía ser útil. Nunca supe ni sabré jamás como lo hizo, pero me sentí tan seguro y tan confiado, que dejé de temblar, olvidé mis titubeos y se me secaron las manos. Una paz y una seguridad que nunca había conocido me invadieron. Me sentí como cuando niño contemplaba mi caja de colores perfectamente ordenada sobre mi mesa lejos de las manos traviesas de mis hermanos.


-Lorenzo, necesito a alguien que sea extremadamente organizado y ordenado para que sea mi mayordomo. En mi casa hay siempre mucha gente, celebramos muchísimos eventos y tengo varias agendas que controlar –tras esas palabras mis ojos se iluminaron y, con la mayor seguridad y firmeza, las que jamás había sentido, estiré la mano para estrechársela –señor Ubarte, soy exactamente el hombre que está buscando.


A partir de ese día comencé a trabajar para el señor Ubarte. Era el lugar más especial de la tierra. El pálpito de un mundo nuevo y diferente, al que ahora pertenecía yo, inundaba el ambiente del palacio y de sus alrededores.


Allí conocí a la gente más extraordinaria que hubiera podido imaginar: a los miembros del fenomenal circo de rarezas de los hermanos Feigenbaum; a Cahaya, el jardinero; a Hugo, el hombre de dos caras, bibliotecario y poeta, y a muchos otros venidos de todos lados del mundo que se quedaban por temporadas en casa del señor Ubarte. Todos eran amables, simpáticos y cercanos. Me sentía cómodo con ellos, me identificaba con sus vidas. Todas aquellas personas no podrían de ninguna otra manera estar ubicadas en el mundo convencional.


De la noche a la mañana mis preocupaciones desaparecieron. Ya no hubo más ideas repetitivas atorando mi cabeza. Hablando con ellos pronto dejé de sentirme nervioso y no volvieron a sudarme jamás las manos ante la idea de tener que entablar una conversación.


Mi excesivo sentido del orden y de la organización, que en otro momento de mi vida y fuera de aquellos muros había sido un problema, se había convertido en una virtud que el señor Ubarte alababa con mucha frecuencia. Solía decirme muchas veces que no podría manejar todo aquello sin mí. Y yo sentía que mi vida era plena y maravillosa.


De vez en cuando le escribía a mi familia diciéndoles lo feliz que era. En la última carta les he intentado describir un poco la fiesta que el señor Ubarte está organizando y para la cual he estado trabajando muchísimo. En esa fiesta habrá un importante elemento central, un hermoso sombrero, pero no uno cualquiera, sino uno azul de copa.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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