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El jardinero de Sumatra. Historias de Lacero.


Me llamo Cahaya. Nací en un hermoso e idílico jardín oculto cerca de la costa este de Isla de Oro, Sumatra, en el que nada era lo que parecía. Un halo de niebla, que hacía las veces de inmaculado espejo lo escondía de todos aquellos que fueran indignos. Las flores no eran tan solo flores, eran cándidos y hermosos arrebatos de la naturaleza con voz propia, los árboles tenían en sus troncos mucho más que savia, tenían sangre roja y caliente y un lento pulso que se propagaba por todos lados, se expandía por el suelo y hacía vibrar el aire, y las briznas de hierba no se mecían al compás de la brisa sino que decidían hacia dónde mirar, tenían voluntad propia. A mí me parecía el más cotidiano de los lugares ya que allí me crié, sin embargo, supe más tarde que era tan exclusivo y singular, que no podía ser menos que secreto.


El transcurso de las horas en mi jardín de Sumatra era diferente al del resto del mundo, el día tenía su propio ritmo, de sosegada cadencia, de horas que se dilataban en armonía con los elementos y eternizaban los instantes precisos. El susurro del viento atravesando las copas de los árboles escondía en sus bucles historias y melodías y, como un tenue velo apenas visible, en forma de mística bruma, susurraba en los oídos de quien quisiera escucharlo la respuesta encriptada a preguntas hondas, como un oráculo en trance. La luz del sol que se filtraba entre la vegetación se distribuía audazmente para crear los claroscuros más sutiles y las gotas de lluvia caían despacio, jugueteando con la luz, como plumas redondas y transparentes de agua, y nunca eran frías. A veces parecían oro cuando el atardecer del otoño se reflejaba sobre ellas y, como luciérnagas líquidas, iluminaban senderos y lagunas, cubriéndolos de dorada purpurina que combinaba con el ocre de los árboles y con la anaranjada luz del sol. Yo adoraba el otoño y su luz dorada.


Las personas que vivíamos allí habíamos aprendido el lenguaje oculto del jardín inmenso y nos habíamos habituado al devenir reposado del tiempo. Éramos pocos y cumplíamos con un código antiguo que nos era entregado en un rito sagrado generación tras generación cuando dejábamos de ser niños. En aquella ceremonia difuminábamos nuestro sentir hasta mezclarlo con el de la naturaleza entera. El código con el que contraíamos compromiso era sencillo de llevar a cabo y además era flexible, su fundamento básico era el de no destruir nada de aquel equilibrio orquestado magistralmente por la naturaleza. Cuidábamos el jardín y, a cambio, éste nos daba todo lo que necesitábamos para el cuerpo y para el alma. Una vez completado el ritual, se nos tatuaba el código en el rostro para que no pudiéramos jamás olvidarlo, cada vez que quisiéramos mirarnos a los ojos lo leeríamos y recordaríamos, formaría parte de por vida de nuestra propia piel.


Cuando salí de allí empujado por la curiosidad de conocer el resto del mundo me llevé en las manos un regalo que hasta mucho más tarde no supe lo valioso que era. El roble más antiguo me acarició las palmas con sus hojas y me susurró algo que en aquel momento no entendí, pero me había otorgado la capacidad de llevar parte del alma del jardín más allá de sus fronteras. Sin embargo, no sabía bien qué me esperaba al otro lado de los límites de los cándidos rosales que circundaban el jardín escondido, nunca imaginé que no hubiera alma alguna fuera de allí.


Los rosales rojos, cubiertos de gotas de rocío como diamantes pulidos, me hicieron paso a duras penas, sus ojos ciegos sollozaban por mi marcha. Creí escuchar la femenina voz de la brisa decirme al oído que todo saldría bien. Se despidieron todos de mí y en el instante que puse un pie fuera lo sentí: mi mundo se desvanecía con fuerza. Mis rosas apasionadas parecían casi inertes desde fuera, sus suaves tallos tenían puntiagudas y amenazantes púas y no el suave vello blanquecino que yo acostumbraba a acariciar, ni tan siquiera parecían capaces de comunicarse conmigo. El tiempo y el espacio se volvieron repentina y duramente rígidos, con normas estrictas e irreversibles. Todo me pareció tremendamente complicado y desapacible. Fue un cambio brusco al que me costó enormemente adaptarme. La lluvia podía ser fría, el día y la noche se sucedían predeciblemente y no había colores dorados por ningún lugar. Al acostarme, miraba mis manos y recordaba el aroma del jardín, la voz de los árboles, el intrigante susurro de las flores y me dormía recordando mi hogar.


El mundo de fuera no me gustaba, no tenía nada de especial, era demasiado predecible. En ocasiones se tornaba hostil y frío. La muerte estaba detrás de casi todo. Existía miedo, desesperación y dolor. Había días grises y noches sin luna. Y sobre todo, existía la enfermedad, me pareció la más terrible de las desgracias.


Estaba a punto de claudicar, abatido, y regresar a mi jardín cuando ocurrió algo absolutamente inesperado: leí un anuncio en el periódico de una ciudad, Lacero, en el que solicitaban “un jardinero experto para un proyecto de gran magnitud”. Instantáneamente me sentí atraído por el anuncio, como si fuera dirigido a mí, como si tras las letras pudiera incluso intuir mi nombre escrito. Decidí probar por última vez antes de regresar a mi casa, quería llevar algo bueno que contar.


Lacero resultó ser una ciudad muy bonita, rodeada de naturaleza por todos lados: montañas azules al norte cubiertas de nieve en sus cumbres, el mar se abría plácidamente al sur y bosques espesos lo circundaban. No era mi jardín, sin embargo, el ambiente en ella se tornaba mucho más respirable que en el resto de lugares en los que había estado. Me dirigí a la dirección que aparecía en el anuncio, parecía estar un poco alejado del centro. A medida que me aproximaba a mi destino iba notando que el aire se volvía menos tenso y como la tierra respiraba con mayor profundidad. Algo diferente había en aquel lugar. Algo poderoso latía bajo su suelo, y manaba del punto justo hacia el que me dirigía.


Al llegar allí vi muchísima gente y un regio y antiquísimo palacete que se alzaba en medio de un descuidado jardín lleno de escombros, hojas secas y plantas muertas. Estaba en obras, y entre tanto bullicio, no sabía a quién debía dirigirme:


-Buenas tarde, ¿a quién buscaba?


Tuve que mirar hacia abajo para ver a la persona que se dirigía a mí. Un hombre pelirrojo y ojos transparentes me tendía su pequeña mano regordeta – Me llamo Hugo, soy el bibliotecario, trabajo para el señor Ubarte y esto ahora mismo es un completo caos, hay obreros por todos lados, escombros y mil cosas por hacer. ¿Puedo ayudarte?


- Venía por el trabajo de jardinero. –Simpaticé inmediatamente con Hugo, parecía un hombre realmente afable y sincero. Me dijo que el dueño de todo aquello era Barugh Ubarte y que era con él con quien debía hablar. Me guió hasta una parte del descuidado y antiguo jardín que había alrededor del desvencijado palacete sobre el que se habían montado andamios. Inmediatamente un hombre me llamó la atención. Un hombre alto y cuyo alrededor presentaba una leve distorsión que tal vez yo, criado en mi jardín acordonado de flores, era el único en percibir. El bibliotecario, quien más adelante se convertiría en uno de mis mejores amigos, le avisó de mi llegada. Pensé que alguien de ese carisma, tan importante y tan atareado me despacharía en un par de minutos, pero para mi sorpresa, el señor Ubarte se alegró enormemente cuando fue avisado de mi llegada, vi como preguntaba por mí y como Hugo me señalaba. Inmediatamente abandonó cuanto tenía entre manos y se aproximó a mí con gesto sonriente y amable.


-Señor Ubarte, me llamo Cahaya, vengo a ofrecerme para el puesto de jardinero. – Cuando me dio la mano desapareció rápidamente la sonrisa de su cara y me miró el rostro examinando mis tatuajes con gesto extrañado.


-¿De dónde eres? –me preguntó como si supiera la respuesta con total claridad de antemano.

–De Isla de Oro. –Omití mención alguna sobre el jardín secreto, pues obviamente nadie más lo conocía, sin embargo, algo en su mirada me dijo que sabía todo absolutamente, sus ojos comprendieron cuanto había que comprender.


–El puesto es tuyo Cahaya, no tengo idea de cómo hacer que este jardín vuelva a ser mágico, lo dejo en tus manos. Si vienes de tan lejos, de Isla de Oro, entiendo que buscarás un hogar y aquí, en este palacete hay sitio de sobra. Si te parece bien, elige una habitación en la que te sientas cómodo y traslada aquí tus cosas. Me encanta tener invitados y estuve hace años en Isla de Oro, me gustaría saber si sigue siendo un lugar tan especial como lo recuerdo. –Me quedé mudo. - Aunque si prefieres instalarte en otro sitio, lo entenderé, sin compromisos, ¿vale?


Desde luego que quería quedarme allí, aquello era lo más parecido a mi hogar que había encontrado desde que atravesé el umbral de rosas. Viviría allí, sin duda.


Ahora entendía el don que me había otorgado el roble antes de partir. Le daría a aquel jardín repleto de hojas resecas y crepitantes, muertas, el alma que necesitaba y que aquel hombre especial parecía merecer. Había estado en Isla de Oro, y algo me decía que mi jardín lo consideró digno de atravesar el espejo que lo escondía. Aunque parecía joven, su mirada era profunda y antigua, colmada de sabiduría y de bagaje.


El señor Ubarte me dio los planos del jardín, era descomunal. Estaban señalados las cancelas, muros, un invernadero, glorietas, caminos, pozos, laberintos y una fuente. Me dio vía libre para hacer y deshacer cuanto yo estimara oportuno, solamente me dijo que no tocara la fuente. Ni siquiera fue una orden, solo sonó a enigma. Desde que trabajé con él jamás salió una imposición de sus labios, ni una palabra malsonante, ni un mal gesto, siempre era amable, oportuno, cercano y afectuoso… a pesar del halo de misterio que lo rodeaba.


Lo primero que hice al dejar mis escasos objetos personales en una hermosa habitación con vistas al jardín que elegí, fue ir a ver la fuente. La había visto desde mi ventana, estaba justo delante del inmenso portón del palacete. Un gigante de piedra parecía haberse tumbado dentro para dormir, tenía gesto y postura relajada, con el rostro sereno ladeado, medio sumergido en el agua. Cuando bajé y me puse junto a él percibí que brotaba una hermosa y tenue nana del agua transparente. Era adormecedoramente bella, me invitó a cerrar los ojos y dormitar a mí también. Por algunos instantes me llevó aquella melodía a mis atardeceres dorados de otoño, a mis flores encantadas en Isla de Oro, a mi roble, a mi tiempo laxo y eterno. Al abrir los ojos me dio la impresión de que la postura del gigante había cambiado levemente. No debí fijarme bien antes de cerrar los ojos, o tal vez la nana delicada lo mantenía eternamente dormido pero habitaba vida en aquella mole de piedra. Ahora entendía por qué el señor Ubarte me pidió que no tocara la fuente. Algo especial ocurría en ella. ¿Quién era aquel coloso de piedra que dormía? Hasta notaba su pecho moverse levemente como si un atisbo de respiración lo mantuviera con vida, y un ritmo, similar a un latido, acompañaba la nana de agua.


Había llegado el momento de ponerse manos a la obra. El señor Ubarte me había hecho entender, de una manera un tanto ininteligible, que aquel lugar debía estar protegido, yo sentía lo mismo, al igual que mi jardín, un sitio que mora entre la realidad cotidiana y la verdad absoluta necesita no ser invadido. El bosque que lo rodeaba no era suficiente, a pesar de las miles de veredas ocultas, había en él senderos claros que conducían hasta el palacete. Los caminos pisados por pies humanos disipaban, mientras eran pisados, la aureola mágica que los habitaban, y luego esta se reagrupaba tras los pasos sucios.


Recordé los rosales ciegos que acordonaban mi jardín, ellos husmeaban el aire y de alguna manera sabían quien traía encima suciedad que no debía traspasar el límite. Generalmente tímidos y sensuales, gráciles y risueños, como solo pueden serlo las flores, se volvían terribles armas puntiagudas que atacaban a los no gratos. Eran capaces de hacer crecer sus tallos en cuestión de segundos y enredarlos hasta asfixiar su presa sin piedad. Convertían sus espinas en afiladas espadas que atravesaban lo que fuera preciso, incluso el metal. Para nosotros siempre eran dulces, candorosas y tímidas. Nunca tuve que verlas en acción. Pero me habían contado que eran temibles y que a veces, si dudaban sobre la autenticidad del visitante les hacían una pequeña prueba iniciática. A veces sentía miedo de que si decidiera regresar ellas no reconocieran ya mi esencia, mezclada con el pútrido aroma del exterior y con lo que hubiera decidido quedarse a vivir en mi cabeza, las escenas vistas, los horrores que se hubieran estancado en mis oídos y el miasma impregnado en mi piel de este mundo descompuesto.


Decidí plantar rosales para que crecieran enredándose en la negra y brillante cancela de la entrada a la propiedad. La verdadera puerta de acceso sería un trozo de muro corredizo y de rebordes invisibles para el observador externo. De esta manera, daría la impresión de que la cancela no se había abierto en años y las rosas rojas intensas, a las que otorgué la vida misma que tenían las que conocí en Sumatra, serían las celosas custodias de la entrada. Al señor Ubarte le encantó la idea, no hizo preguntas, entendió todo con apenas unas explicaciones por mi parte.


Las semillas susurraban mientras las sepultaba en la tierra, a modo de letanía, el hechizo que les otorgaría la vida así como el juramento casi militar que habían adquirido con el suelo sagrado que las acogería y alimentaría.


Hugo se sentía fascinado con la idea, me decía que aquellas rosas tendrían mucho en común con él. Y yo, que había observado el lado oscuro del espejo de mi amigo, sabía que llevaba absoluta razón, y que el lado oscuro no era tan oscuro, solo hacía que brillara con más fulgor la otra cara. Al igual que las rosas, solamente defendían lo más sagrado, lo que les otorgaba vida. Comprendía al poeta perfectamente. Cuando comenzaron a brotar, las jóvenes rosas quedaron prendadas de mi amigo Hugo, a él le ofrecían su mejor aspecto, sus tallos sin espinas, sus pétalos como rojos cabellos y su aroma tenue y profundo. Hugo les leía sus poesías, me decía que así crecerían mejor, y ellas le escuchaban fascinadas, derramando gotas de rocío a sus pies. Se miraban uno en las otras. Era un embeleso mutuo. A ellas les leyó lo que jamás tuvo a bien leer a más nadie. El señor Ubarte observaba aquellas rosas, enamoradas de Hugo, con la expresión de alguien que ha visto tantas cosas inusuales en su vida, que aquello le parecía una conmovedora historia igual de hermosa que cualquier otra.


Una vez despejaron el jardín de escombros vi claramente lo que debía hacer para que fuera tan grandioso como seguro. Me di cuenta de que al señor Ubarte le gustaba mucho la mitología, tanto, que cuando hablaba de ello no parecía que contara historias fantasiosas, sino que rememorara recuerdos suyos o de sus antepasados. ¿Quién sabe lo que habría vivido aquel hombre de edad incierta, que tan pronto parecía un joven como se volvía milenario? Me habían contado cómo se había originado su estirpe, la historia del palacio de cristal, con la Reina Roja como gran ancestro de todos ellos, dueña del milagro femenino creador. Sin embargo, sospechaba que mucho más allá de la manera en que se hubiera originado su estirpe, su propia personalidad y su vida hacían que cualquier cosa fuera posible dentro del influjo de su presencia.


Bajo mis manos y tijeras, los setos gigantescos y desaliñados fueron adoptando forma de criaturas fantásticas: primero, un musculoso unicornio con las crines al viento, enredadas en hermosas verónicas y en posición de galope, abría la comitiva de setos. Sus emplumadas alas se abrían como si fuera a despegar en cualquier instante y su cuerno majestuoso relucía bajo los destellos del sol. Sería el primero de una serie de bestias cada vez más furiosas y temibles, que podrían observar, moverse y asustar a cualquier intruso si fuera necesario. Más allá de la propia vida vegetal, tendrían una vida subyacente inherente a la criatura en la que yo les había convertido. El roble de Sumatra me había otorgado aquel don que no desperdiciaría.


Tras el unicornio, di vida a una mantícora temible de cola afilada, con dardos amenazantes preparados apuntando a cualquier cosa que pudiera convertirse en un objetivo. Acorazada y de cuerpo rojizo no perdería detalle del camino, pues la había podado tan cerca del sendero que ascendía hasta el palacete, que para observarla completa había que alejarse un buen tramo. En el rumor de la brisa podía escucharse su rugido sibilante.


Una vez se dejaba atrás la mantícora amenazadora, venía el wyvern de alas membranosas y extendidas. Su cabeza de reptil con la boca abierta como si emitiera un potente grito podría moverse para observar bien al visitante, que solo percibiría una leve crepitación de las ramas y de las hojas, como si el viento las moviera. Las garras de sus patas y los cuernos de su cabeza parecían mortíferos. La punta de su cola se volvería venenosa una vez terminara de hacer mi trabajo.


Una hidra, a la que jamás podría cortársele una hoja pues inmediatamente crecería otra, un minotauro, una sirena, un ceto a punto de devorar a Andrómeda… todos ellos formaban una legión maravillosa de savia y hojas, con voluntad y sabiduría de otros tiempos, la suficiente como para discernir lo que tenían ante sus ojos hechos de huecos de ramas.


Mi obra maestra sería el grifo, pues aparecía en la heráldica de los Ubarte. Estaría más cerca del portón de la entrada y de la fuente del gigante dormido. Tendría plumas doradas de águila y cuerpo de león. Solo se dejaría montar por Apolo y custodiaría el lugar como si se tratara de las cráteras del propio Dioniso.


El señor Ubarte alababa mi trabajo entre sorprendido y halagado, Hugo se sentía dichoso y aquel lugar era como mi hogar. En el invernadero que había en el jardín trasero comencé a sembrar una gran variedad de flores y hacía injertos entre ellas para conseguir especies nuevas. Planté robles alrededor del invernadero. Bajo su sombra se crearon círculos de setas, como asientos de hadas. Creé arroyos de adormecedor murmullo en cuyas orillas crecía el sombrío helecho, sus redondeadas hojas verde oscuro eran acariciadas constantemente por el transcurso del agua. Percibí que la tierra, poco a poco, se volvía vibrante y que el jardín se transformaba en el escenario onírico de sueños maravillosos. El señor Ubarte colocó una silla en medio de aquel lugar y pasaba ratos observando, ratos leyendo y ratos escribiendo cartas. Mi trabajo, según me dijo, era inspirador. Yo no podía sentirme más feliz.


Por último pregunté si habría algún problema en colocar nenúfares en la fuente de la entrada. El señor Ubarte me dijo que el coloso estaría encantado con la nueva compañía. Escogí los más hermosos, los que guardaban silencio casi siempre, los más cautos, y los coloqué en ella, inmediatamente comenzaron a danzar delicadamente al son de la nana de agua. El coloso de piedra inspiró profundamente y su sueño pareció volverse más hondo aún si es que aquello era posible.


Compraba las semillas en una florería de Lacero, donde el artesano, esposo de Jacinta, la dueña de la florería, entendía el lenguaje de las flores con asombrosa precisión. Supe después que ese hombre, con su singular manera de hablar, elaboraría gran parte del material de la fiesta de inauguración y además, su hijo fabricaría un espectacular sombrero, uno azul de copa. Yo mismo sería testigo de esos prodigios, aunque esa es ya otra historia.


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©2018 by  Arima Rodríguez

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