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El fenomenal circo de rarezas de los hermanos Feigenbaum. Historias de Lacero


Me llamo Klaus, y esta es la historia de cómo surgió el Fenomenal Circo de Rarezas de los hermanos Feigenbaum y de cómo me convertí en uno de los grandes.


Eran tiempos complicados y nosotros, mis hermanos y yo, éramos extraños. Pudimos comprobar que no servíamos, a ojos de los demás, absolutamente para nada. El recelo, la risa y la curiosidad se dibujaban en los rostros de las personas que nos miraban pasar. Tuvimos la terrible desagracia, o así nos lo pareció al principio de nuestras vidas, de nacer los tres con enanismo, sin embargo, descubrimos más tarde que lejos de tratarse de un infortunio había sido una bendición.


Cuando éramos pequeños jamás jugábamos con otros niños, así que aprendimos a jugar entre nosotros. Éramos muy flexibles y teníamos una coordinación y un equilibrio extraordinarios, quizás, nuestra pequeña estatura había sido compensada por otros atributos que alguna utilidad habrían de darnos en la vida. Nos habíamos dado cuento de la facilidad que teníamos para la acrobacia, así que comenzamos a poner a prueba nuestras posibilidades y a elaborar pequeñas funciones. Con el paso del tiempo empezamos a practicar números más y más complejos. Mi hermano y yo éramos robustos pero mi hermana era casi una pluma, ágil y ligera. Habíamos llenado el suelo de colchones y mientras nos asíamos a barras que nosotros mismos habíamos colocado en el techo jugábamos a pasarnos a mi hermana de uno a otro. Con el paso del tiempo me di cuenta de que yo podía con el peso de mis dos hermanos juntos, y eso nos permitió complicar aún más las acrobacias. Llegó el momento en que hacíamos verdaderos espectáculos dignos del mejor de los circos.


Cuando pasamos la adolescencia y alcanzamos la edad adulta llegó el momento, pensamos, de presentarnos al mundo. Lo mejor que sabíamos hacer era llamar la atención y realizar equilibrismos. Sin embargo, solamente éramos tres. Necesitábamos todo un ejército de seres peculiares si queríamos montar algo realmente espectacular.


Sospechábamos que habría regado por el mundo un sinfín de personas como nosotros, peculiares y extraordinarias, así que colgamos un entusiasta anuncio en el periódico: “Se buscan seres con habilidades fuera de lo común para gran empresa circense”. Íbamos a devorar el mundo, lo presentíamos con total claridad.


Para nuestra sorpresa se presentaron cientos de candidatos. Tantos fueron que tuvimos que ser extremadamente selectivos. No pensábamos que hubiera tantísima gente que se sintiera fuera de la cotidiano y habitual. Nos dimos cuenta de que, en el fondo, todo el mundo se siente así en realidad y que no hay nadie exento de potencial para realizar algo prodigioso, así que con el paso de los días nuestra sorpresa fue menguando.


Pronto conocimos a muchos trapecistas. No sabíamos bien con cuáles quedarnos, todos eran excepcionales, sin embargo, una tarde se presentó un grupo que, según nos contaron sus componentes, poseía una habilidad que no encontraríamos en ningún otro sitio. No nos quisieron explicar nada, insistían, con total determinación y una amplia sonrisa, en que debíamos verlos en acción.


Comenzaron a hacer sus piruetas, que en principio eran buenas, pero no fuera de lo común. A los pocos minutos algo sorprendente, inaudito, comenzó a suceder frente a nuestros ojos. Nos miramos entre nosotros boquiabiertos. Los trapecistas comenzaron a ganar velocidad y a realizar sus volteretas y cabriolas con una rapidez que era imposible de conseguir por un humano. Llegó el momento en que tan deprisa iban que no se adivinaban sus cuerpos sino la estela de los brillantes ropajes que llevaban. Los coloridos haces de luz que iban dejando se entrecruzaban y mezclaban entre sí generando colores nuevos, nunca vistos.


Desde luego, los trapecistas fueron elegidos sin titubeos. Con el tiempo, aprendimos su técnica y formamos todo un conjunto de trapecistas inigualable. Mis hermanos y yo fuimos nombrados miembros de “Los corceles alados”, que era como se hacía llamar aquel grupo de magos del aire.


Cada uno de los miembros de “Los corceles” provenía de un país diferente. La historia de cómo se fueron conociendo entre ellos y cómo fueron mejorando con la aportación de cada uno era increíble. Había un montón de anécdotas graciosas, les costaba bastante entenderse al principio ya que hablaban diferentes idiomas. Durante muchas noches nos fueron narrando los detalles de la formación del equipo y fuimos conscientes de que el destino había hecho maniobras titánicas para que se encontraran y terminaran siendo los dueños del aire.


Nos frotábamos las manos. Nuestro circo de rarezas había empezado a tomar forma. Aquello había sido solo el comienzo.


Un gran espectáculo no puede estar formado solamente por trapecistas, así que entrevistamos a muchísimas personas que defendían diferentes disciplinas: se presentaron divertidos payasos, domadores de fieras peligrosas, hombres-bala… todo un desfile de buenos artistas, sin embargo, nosotros teníamos pretensiones más ambiciosas. Aspiraciones gigantes para seres pequeños. Nuestro colorido circo debía llevar solamente a personas capaces de transgredir la cotidianidad o la lógica.


Un día, mientras practicábamos con nuestros nuevos trapecistas y desplegábamos las alas del corcel que llevábamos en el alma, se presentó un señor un tanto extraño con un camión gigantesco. Vestía de marrón, tenía el pelo blanco, largo y rizado y llevaba unas gafas cobrizas. Según nos contó, se había puesto en marcha según vio nuestro anuncio a pesar de las dificultades de la carga que llevaba porque sabía que nos iba a gustar. Había tardado varios días en poder llegar hasta nosotros, pero no parecía que ni el cansancio ni su edad avanzada le restara ímpetu, pues inmediatamente quiso ponerse manos a la obra.


Dentro del camión había muchísimas cajas, así que descargar todo aquello fue una auténtica odisea. “Esperemos que valga tanto la pena como dice” pensaba mientras íbamos disponiendo las cajas de la forma en que su dueño nos iba indicando, de manera bastante milimétrica. Cuando todas estuvieron en su sitio, con una llavecita que llevaba al cuello, empezó a abrirlas una por una. Lo que había dentro era, ni más ni menos, que una orquesta formada por autómatas de bronce con instrumentos musicales que funcionaban con motores de vapor.


Toda una agrupación metálica, de color marrón anaranjado, que su creador había programado para tocar en conjunto estaba colocada organizadamente frente a nosotros. A un toque de su batuta los músicos empezaron a cobrar vida y aunque al principio sonaban lentos, desafinados y desacompasados, pronto comenzaron a sonar a la perfección, como la más sofisticada e ilustre orquesta sinfónica. El hombre nos pidió que recorriéramos la totalidad del recinto con el oído bien atento y, sobre todo, que nos concentráramos en percibir algún cambio en la intensidad de la música.


Le hicimos caso y, sorprendentemente, desde todos y cada uno de los ángulos del local, que en absoluto estaba preparado acústicamente, se oía exactamente igual de perfecta la música que tocaban.


Según nos contó el creador, daba lo mismo la forma y dimensiones del salón, no importaba el número de recodos ni de plantas, en todos y cada uno de los puntos se escuchaba como si se estuviera justo frente a los músicos. –Si colocamos la orquesta en la planta baja de un castillo medieval, se escuchará perfectamente hasta en la torreta más alta –aseguró satisfecho de sí mismo.


Sin pensarlo dos veces estrechamos la mano del mago de los autómatas, el doctor Eric Froissard, era bienvenido, sin lugar a dudas, a nuestro circo de rarezas.


Miramos con atención todas y cada una de las piezas. No había dos músicos de bronce iguales. Unos eran delgados, otros más corpulentos, unos eran altos, otros tenían muchos dedos… cada uno estaba perfectamente diseñado para el instrumento que tocaba.


En adelante, los autómatas tocaron su música mientras ensayábamos nuestro número en los trapecios. Incluso iban tocando cada vez más rápido tras unos ajustes que su creador les hizo para ir acoplando su música a nuestra actuación. El señor Froissard les colocó un sensor que les hacía ejecutar la melodía en función de la velocidad que percibían.


Nos pareció imposible creer que en su pueblo le consideraran un chiflado en lugar de un genio y que hasta su propia familia le hubiera repudiado. Sabíamos que llegaría el día en que todos vieran quién era realmente Eric Froissard, pues nuestro circo iba a ser universalmente famoso y los autómatas de Eric eran un milagro creativo.


Otro día, un grupo de jóvenes extremadamente delgadas, lánguidas y rubias, casi de cera, llegaron con el anuncio del periódico en las manos solicitando una entrevista. Venían preparadas, así que inmediatamente pudieron mostrarnos su habilidad. Se quitaron las túnicas blancas y, bajo ellas, las huesudas muchachas llevaban mallas doradas y ocres. Todas se parecían mucho entre sí, pálidas, con ojos color miel y mejillas levemente sonrosadas. A mí me llamaban especialmente la atención sus rubias pestañas.


Lo que hicieron frente a nosotros fue absolutamente inexplicable. No solo eran extraordinarias contorsionistas y hacían complejas figuras entre ellas, sino que además eran capaces de mantenerlas todo el tiempo que fuera preciso. Podían convertirse en cualquier cosa que les pidiéramos. Ante nosotros se transformaron en un unicornio, en un árbol y en una mariposa. Tocaban su nuca con los talones si era preciso para crear un contorno o juntaban los dorsos de sus largas manos extendiendo los brazos a sus espaldas. Incluso sus cabellos o sus dedos abiertos formaban parte de las figuras. Durante más de media hora la bella mariposa dorada que recrearon batió lentamente sus alas y movió las antenas sin que pudiéramos ni parpadear del asombro que sentíamos.


Un nuevo grupo se agregaba a nuestro fantástico circo. Se hacían llamar “flameros humanos” y venían de Escandinavia. Nos pareció un nombre enigmático, como todas ellas lo eran. Nos llevó bastante tiempo distinguirlas unas de otras a pesar de que nos aseguraron que no guardaban parentesco alguno. Eran risueñas y tímidas en extremo y no nos permitían ver sus ensayos. Cuando le preguntábamos el motivo se miraban y se reían. En mi imaginación, aquellas rubias hadas eran una sola persona que se dividía en muchas a voluntad. ¡Quién sabe el secreto que escondían con tanta habilidad!


A diario, los curiosos se agolpaban en las puertas y ventanas del local para averiguar que se cocía allí dentro. Aquello, estábamos seguros, iba a ser un éxito. En breve comenzaríamos nuestra gira, el mundo nos conocería como los más prodigiosos talentos jamás vistos. Después de conocernos todos querrían ser diferentes, especiales y únicos, al igual que nosotros. Los niños, al vernos, intentarían encontrar lo mejor de sí mismos y explotarlo. Cambiaríamos el mundo.


Cientos de predistidigitadores pasaron ante nuestros ojos, y aunque la mayoría de ellos eran excelentes, no habíamos dado con ninguno que fuera único. Después de muchas audiciones nos sabíamos al detalle los números y sus trucos y nos generaba cierto tedio cada vez que teníamos que presenciar alguno. Un buen día apareció alguien que, sin lugar a dudas, debía permanecer a la extravagante familia que estábamos formando.


Un hombre estrambótico, de larguísimos dedos de araña y un gigantesco sombrero de mago nos había prometido un número que calificó como “curioso”. Poco adjetivo nos parecía para lo que nosotros nos proponíamos, pero el aspecto del hombre, que era bastante singular, nos daba buenas vibraciones. Tenía expresión de que nada en este mundo le sorprendía en absoluto porque estaba acostumbrado a que lo más extraño formara parte de su día a día.


De uno de sus bolsillos sacó un pañuelo de color granate, lo enrolló y lo guardó en su puño. Cuando abrió la mano el pañuelo había desaparecido. Empezaba a desilusionarme: ese mismo truco repetían todos y cada uno de los magos que habían desfilado ante nosotros. Sin embargo, de repente, algo inesperado sucedió, algo que nos sacó del aburrimiento que empezábamos a intuir. Suspendido en el aire, como a tres o cuatro metros del mago pero casi pegado a nuestros rostros, apareció de la nada el pañuelo desaparecido. Sin tan siquiera tocarlo, sino con un simple chasquido de sus dedos, el pañuelo levitante, que flotaba como si fuera un espejismo, se transformó en un cardenal, un pajarillo de plumaje rojo que salió volando hacia la ventana. Justo antes de cruzar el alféizar se volvió otra vez pañuelo inerte y cayó al suelo con la elegancia que solo tienen las telas delicadas.


Corriendo fui a cogerlo y pude comprobar que era un simple trozo de tela de seda granate, no tenía nada de especial. El mago, con otro gesto rápido, hizo que apareciera en su esquina mis iniciales bordadas: K.F. Espectacular, pues yo ni siquiera le había dicho mi nombre. Me lo regaló, pero antes, enigmáticamente, me dijo que los pájaros de plumaje rojo simbolizaban la audacia, que por ello había podido grabar en él mis iniciales ya que su magia siempre hacía alarde de la verdad.


El resto de la función lo empleó en convertir piezas inanimadas en seres con vida. Parecía adivinar qué ser vivo podía guardar relación con cada uno de nosotros. El sombrero de uno de los trapecistas fue transformado en un auténtico pegaso blanco que se volvió sombrero cuando quisimos acariciarlo. Una de las pulseras de las contorsionistas fue convertida en un flexible gato dorado y cuando subió al regazo de la muchacha ronroneando se transmutó de nuevo en pulsera. Sonrió al señor Froissand y uno de los autómatas tocó un fuerte redoble con su tambor, súbitamente las gafas del inventor se convirtieron en un hermoso búho, que se posó en el hombro del mago y volvieron en un minuto a ser gafas otra vez.


Ya teníamos prestidigitador, Piero Bartocci, hombre excéntrico como pocos. Por las mañanas le veíamos hacer ejercicios singulares con sus dedos. Nos había dicho que una noche que pasó en Poveglia le había sido revelado el secreto de su poder. Tuvo que superar un rito de iniciación y atravesar el más pavoroso terror para que los espíritus de la isla se lo entregaran. Pero poco más nos explicó. Quizás esa explicación formaba parte del número… o no.


Cada uno de los personajes que iban apareciendo en nuestro circo era único y espectacular. Me preguntaba quién sería el siguiente. Sabía que mi mente ni podía atisbar cuanta genialidad andaba escondida aún por el mundo en espera de unirse a un gran proyecto como el que teníamos entre nuestras diminutas manos.


Un día llegó a nuestro local una mujer algo entrada en años llamada Antje, no nos dijo su apellido. Tenía cabellos largos llenos de hebras níveas y llevaba un etéreo vestido blanco y un peculiar collar de plata con una amatista engarzada. Tenía una mirada serena y profunda. Nos contó que era de Elzach, cerca de Schwarz-Wald. A mi imaginación acudió rápidamente el oscuro bosque, tan frondoso que apenas penetra en él la luz del sol ni en los días más claros. Un bosque legendario, antiguo y lleno de magia solo podía alumbrar a alguien especial. Nos sentimos deseosos de ver lo que Antje nos tenía preparado.


El señor Froissard estaba encantado, nos susurró al verla entrar que cada día era más consciente de que él era un hombre normal, ni un chiflado, como le habían querido hacer ver, ni un genio. –Ser especial es lo más corriente del mundo –dijo sonriendo.


Cuando le preguntamos a Antje su especialidad se quedó unos instantes pensativa y luego, sonriendo, nos dijo que era algo así como una “domadora”. Sin embargo, había venido en el transporte público, no había traído consigo ningún animal. –No hace falta –nos dijo de manera intrigante -¿qué animal abunda por esta zona? –preguntó. –Colibríes –respondí con alegría, siempre me sentí identificado con esas ágiles y diminutas criaturas. En el jardín de casa solía ver muchos y me embelesaba contemplarlos. Siempre pensé que yo era igual que un colibrí, pero en versión humana.


Antje cerró los ojos lentamente. Por la ventana entraron diminutos colibríes que se pararon en el aire a su alrededor aleteando sin parar. Ella juntó sus manos y cerró los ojos. Los pajarillos se colocaron en círculo a su alrededor a la altura de su cintura. A medida que ella se movía, los colibríes iban formando diferentes figuras en compaginación con la postura de la mujer, como si danzaran con ella y el conjunto de avecitas fuera un largo velo que con suavidad descendía ondulándose desde sus manos. La rodeaban, se trenzaban entre sus brazos, movían sus cabellos…


Los autómatas del señor Froissard se activaron solos ejecutando una pieza delicada en extremo. La hermosa danza con los pajarillos estaba llena de embriagador misticismo. No podíamos entender cómo podían estar tan absolutamente compenetrados con ella, ni siquiera veíamos lógico que lo estuvieran entre sí hasta el punto de ejecutar un baile tan complejo como aquel.


Durante un buen rato mujer y colibríes fueron un solo ser que se movía al compás de los giros melódicos de los autómatas llenos de alma. Sus cabellos, sus manos y sus pies eran como alas, y los pequeños pájaros giraban en torno a ella formando espirales o la seguían como una túnica que ejecuta una verónica en el aire. Para finalizar, todos los pajarillos formaron unas alas en la espalda de Antja y ella danzó con la punta de sus pies con tanta agilidad como si fuera ingrávida. Por unos instantes se había transformado también en un colibrí.


Al terminar, la mujer les dio las gracias a sus alados ayudantes y estos volvieron a salir por la ventana. Los autómatas pararon. Tras este número pudimos ver muchos otros similares con los más diversos animales. La vimos danzar con cisnes, con caballos, con linces y con muchos otros. Dependiendo del lugar donde actuáramos, los animales acudían a su llamada y, extrañamente, parecían saber lo que debían hacer como si lo llevaran ensayando toda la vida.


Muchas veces pensé que Antje era un hada de la Selva Negra, que habría nacido entre árboles milenarios y que las criaturas del bosque le habían enseñado sus secretos. Las dríadas de ojos violeta la habrían acunado, los trasgos habrían jugado con ella y los duendes le habrían dado su amuleto de amatista. Ella reía cuando me oía decir eso, pero poco contaba sobre su vida y su capacidad de interactuar con los animales, pero todo lo vivo parecía más lleno de vida a su lado.


Empezábamos ya a elaborar la ruta que haríamos y a diseñar los carteles anunciando nuestra función cuando un señor vestido elegantemente de corbata y chaqueta y con un maletín oscuro tocó a nuestra puerta. Se presentó como Narayan Gadhavi, de Bengala. Con el cabello perfectamente peinado, afeitado con pulcritud y con un teléfono móvil asomando levemente del bolsillo de su pantalón, tenía todo el aspecto de un gestor administrativo o algo similar. Pensé que sería alguien interesado en hacernos un seguro de vida –cosa que necesitaríamos - o en llevarnos el tema de permisos y contabilidad. La verdad es que lo hubiera agradecido, pues no hay nada en este mundo que me aburra más que la burocracia, pero el recién llegado se presentó como un “excelente escupefuegos”. Nos quedamos estupefactos, desde luego, no lo habríamos imaginado nunca.


Nos pidió unos instantes para prepararse. Al salir del baño iba sin camisa, llevaba un llamativo turbante carmesí y un amplio pantalón a juego ceñido a la cintura por un fajín dorado. Iba descalzo y llevaba una antorcha en la mano izquierda. Nunca supimos como la prendió, pues simplemente la acarició con la punta de sus dedos y una viva llama cobró vida. Bebía de una botellita de vidrio azul con complejas filigranas doradas y luego se metía la antorcha en la boca, expeliendo inmediatamente una gigante llamarada roja y amarilla, que se confundía con su vestimenta hasta el punto de parecer que él mismo estaba en llamas. Recordé enseguida el mito de las luces Aleya, las inexplicables luminarias que aparecen en los pantanos de Bengala, ¿guardaría relación Narayan con ese mito?


La segunda vez que introdujo la antorcha dentro de su boca, la llama que escupió tenía forma de ave Fénix. Incluso aleteó ligeramente antes de extinguirse. Poco a poco, fueron saliendo del escupefuegos las más singulares figuras, todas del color de las llamas. Sin embargo, al par de minutos consiguió que el fuego cambiara de color. Tan pronto salía un grisáceo y brillante elefante como un colorido papagayo. Cada vez que escupía una figura, esta era más compleja y de más ricos colores que la anterior. Finalmente, nos sonrió ampliamente y tomó un último trago de su botella. Lo que vimos a continuación cortó nuestro aliento y nos dejó paralizados en nuestras sillas. De su boca salió un temible dragón que se apostó ante nosotros y emitió un profundo rugido.


Petrificados, fuimos incapaces de reaccionar. El escupefuegos hizo una reverencia y salimos de nuestro pasmo, nos pusimos todos en pie aplaudiendo de la manera más entusiasta que pudimos, nos mirábamos admirados y dábamos gritos de alegría. Definitivamente, si las luces Aleya tenían una explicación, la teníamos ahora mismo frente a nosotros. El señor Gadhavi quedó inmediatamente admitido. Ahora sí que podíamos partir a devorar el mundo. No nos faltaba nadie. O eso creíamos.


Tres días más tarde lo dispusimos todo para partir. Comenzamos a llenar las caravanas, ayudamos al fabricante de autómatas a colocar su compleja carga en el camión y a colocar las maletas con nuestros efectos personales, nuestros disfraces y, sobre todo, nuestra ambición y nuestras ganas de triunfar.


Ya estaba todo dispuesto y nos subíamos a las caravanas cuando vimos a un señor bastante alto, obeso y sudoroso llegar hasta nuestra altura. Cuando me bajé de mi caravana se apoyó en sus rodillas para tomar aliento y me pidió que no nos fuéramos sin él.


Nos contó que era cantante y que su nombre era Artyom Kiselev, pero que le llamáramos simplemente Artyom. En principio a mí no me parecía que en un circo de rarezas hubiera mucho espacio para un cantante, pero desde luego, sí él prometía que tenía algo especial no iba a marcharme sin averiguar que, efectivamente, así era.


Entramos todos los miembros del circo absolutamente ilusionados al local para comprobar lo que este hombre quería mostrarnos. Nos sentíamos miembros de una familia y la llegada de alguien nuevo nos hacía inmensamente feliz.


Nos pidió un trago de agua y unos minutos para refrescarse y tomar aire. Sacó un fino pañuelo celeste del bolsillo de su smoking y se enjugó el sudor de su frente y el agua que había quedado en su frondosa barba negra. Nos dimos cuenta de que sus manos eran absolutamente delicadas, de uñas largas y cuidadas.


El gigantesco ruso carraspeó y nos miró tímidamente. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Cuando comenzó a cantar, se nos heló la sangre. Una aguda voz de mujer, que interpretaba el más bello aria que jamás hubiera escuchado brotó del interior de aquel hombre enorme y barbudo. Ninguna criatura celestial podría cantar como cantaba aquel soprano. La realidad se disolvió ante nosotros, el tiempo se detuvo, y nos sentimos esclavos absolutos de la belleza y el dramatismo que irradiaba aquella voz prodigiosa. Mientras cantaba derramaba lágrimas que quedaban cautivas en su pañuelo de seda. Algunas de ellas, convertidas en cristal, cayeron al suelo, estallando y deshaciéndose en la nada.


No queríamos que aquello terminase nunca. Uno de los autómatas que tocaba el violín comenzó a seguir la melodía de la voz de Artyom con la máxima suavidad que puede interpretarse una pieza. Aquel dueto nos arrebataba el corazón. Cuando su voz y el violín se fueron apagando sentí verdadera angustia, no quería que aquel instante se extinguiera.


Cuando terminó de cantar, nos encontramos todos con el rostro cubierto de lágrimas. Jamás nada pudo conmoverme como lo harían todas y cada una de las actuaciones del soprano, que inmediatamente fue añadido al elenco de nuestro mágico circo.


Artyom resultó ser un hombre tímido y afable, muy preocupado siempre en ayudar a sus compañeros cuanto fuera posible. Su gran sensibilidad y sentido artístico hizo que todos termináramos siempre pidiéndole consejo acerca de nuestras funciones e incluso, sobre nuestras vidas personales. No tenía la respuesta adecuada para cada ocasión, pero siempre estaba dispuesto a escuchar a sus amigos. Entendimos que era tan grande porque necesitaba un lugar donde albergar un alma inconmensurable y una bondad infinita.


Por fin, partimos hacia nuestros destinos. Recorrimos el mundo entero. Donde quiera que ibámos, triunfábamos estrepitosamente. Nuestra carpa se llenaba a rebosar, vendíamos las entradas en apenas un rato. Nos hicimos inmensamente famosos y ricos. Pero un día, alguien muy especial requirió nuestros servicios. Alguien que había acudido a nuestra función y le había entusiasmado. Nada más y nada menos que Barugh Ubarte. Quería que actuásemos en la fiesta inaugural de su palacio, en Lacero.


Si había alguien misterioso y mágico en el mundo, ese era sin duda el señor Ubarte, procedente de una estirpe mitad hombre, mitad criatura del agua, o al menos eso decían las leyendas que hablaban del palacio de cristal. Todos sus antecesores habían sido viajeros infatigables y mecenas de artistas singulares y, aunque desconocíamos el pasado de este Ubarte en concreto, teníamos claro que no sería en absoluto un hombre corriente.


Actuar para él en su fiesta fue el mayor honor que podría obtener en toda mi carrera artística. Aquella celebración que pareció trasladarse al siglo XVII estuvo recargada de magia, de color, de juegos con el tiempo y el espacio, y todos sentimos aquella noche que nuestra actuación se vio tan reforzada por lo que manaba del lugar que nunca podríamos repetir nuestros números de una manera tan intensa. Recuerdo observar todo desde el aire, absolutamente incrédulo… ¡yo!, que creí haber visto tanto en mi vida.


En breve, volveremos a actuar para él en una fiesta que, según nos confesó, iba a ser la más tremenda y especial que hubiéramos disfrutado. Increíbles invitados venidos de todo el mundo participarían en ella, algunos incluso habían tenido que viajar en el tiempo para acudir. Muchos de los asistentes serían seres legendarios y no estrictamente reales o humanos. El señor Ubarte, con el que mantuvimos contacto a partir de la fiesta inaugural, era siempre así de críptico. Nos dijo que a esta fiesta iría disfrazado completamente, pero que podríamos distinguirlo porque llevaría un sombrero elaborado por Cástor, el hijo del artesano de Lacero, un sombrero muy especial, uno azul de copa.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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