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El embudo

Actualizado: 2 de abr de 2019


Una imagen de mí mismo leyendo las noticias en mi teléfono sentado en un vagón de tren. Ese era el último recuerdo que conservaba de mi vida antes de encontrarme súbitamente dentro de aquel lugar que yo bauticé como el embudo. Cansado después de un día de trabajo, recuerdo, apreté mis párpados para descansar los ojos de la luminosa pantalla y, de repente, al abrirlos de nuevo, me encontré en el terrible lugar donde, para mi desgracia, habría de vivir la mayor parte de mi vida. Aunque, afortunadamente, en aquel momento, eso aún yo no lo sabía.


No sé qué aspecto tendría por fuera el edificio en el que me hallé al abrir los ojos, pero el interior era como un gigantesco y oscuro embudo invertido de paredes grises. En el centro del techo en bóveda y a muchísimos metros de altura se veía que las cóncavas paredes del cilindro se iban juntando y terminaban en una pequeña abertura circular por la que apenas entraba algo de luz. Solo un trozo minúsculo de cielo quedaba a la vista. Más tarde descubrí que también entraban por allí la oscuridad de la noche, el frío y el paso del tiempo y a su vez se escapaban las emociones y la alegría.


En aquel lugar aterrador se apiñaban muchísimas personas, cientos, con el rostro gris y las ropas sucias y harapientas. Era muy difícil discernir entre hombres y mujeres, todo el conjunto parecía una marea gris semimuerta de carne humana. Los ojos cavernosos y el rostro chupado de aquellos lúgubres habitantes me hacía pensar que llevaban allí muchísimo tiempo y que probablemente ese sería también mi destino. El mismo para todos. Sus cabellos se habían convertido en mustios crespones oscuros y sus espaldas se habían ido encorvando, probablemente por el peso de la tristeza. Vagaban despacio, sin prestar mucha atención a nada, ni siquiera a mí, que era el nuevo.


Mis pies se hundían en el suelo en una especie de barro maloliente formado por los excrementos humanos, y un denso miasma ascendía rellenando el interior de aquel lugar en descomposición. El hedor espeso convertía el aire irrespirable en un tóxico gas que yo sentí que me envenenaba primero los pulmones y después el resto del cuerpo. El embudo no tenía baño, ni habitaciones, ni puerta alguna. No había sillas o mesas. Sólo personas, o lo que quedaba de ellas. Sus paredes eran lisas completamente y yo no tenía ni idea de por dónde ni cómo me habían introducido allí dentro. Tampoco conocía el por qué. Estaba allí, sin más. Traté de preguntar, pero nadie me respondía, cuando me aproximaba a alguna persona y le hablaba, solamente obtenía como respuesta unos pasos hacia atrás con el esquelético rostro encogido por el miedo. Los labios apergaminados se abrían en una mueca que simulaba un grito, pero no eran capaces de emitir sonido alguno, el rumor de su voz se ahogaba antes de producirse. Sin embargo, el instante que duraba ese intento de comunicación, aquellas pupilas vacías se llenaban de algo, aunque fuera de horror.


La primera noche que pasé allí, observé que cuando oscureció algunos continuaron vagando sin rumbo por el suelo fangoso y otros se tumbaron en él pegados a la pared. Inspeccioné corriendo desesperadamente en círculo todo el habitáculo en un intento de encontrar una ranura, una puerta escondida o alguna rejilla. Por algún lugar debía salirse de allí. En mi deambular frenético en la oscuridad pisé a varios de los que se encontraban acostados intentando dormir, sin embargo, ni uno de ellos se quejó. En completo pánico se me ocurrió que tal vez algunos de los que había pisado estaban ya muertos, al menos por dentro. Pero les observé, volvían a adoptar la postura que tenían antes de que yo les pasara por encima. Desgraciadamente, parecían seguir vivos.


El alba del día siguiente apenas pudo colarse allí dentro, la densa atmósfera le impedía el paso, y la tenue luz que consiguió deslizarse por el trajo aún más desaliento. Era la primera vez que sentía que el amanecer de un nuevo día no traía consigo esperanzas nuevas. Aquel espectáculo, con la claridad húmeda de un día nublado y frío, era absolutamente deprimente. Algunos de los que estaban tumbados se levantaron para seguir vagando en aquella especie de procesión dispersa de almas, otros prosiguieron tendidos, ajenos a la llegada de un nuevo día.


Lo peor era el silencio. Nadie hablaba, habían olvidado cómo hacerlo. En mi desesperanza, después de haber amanecido y tras ver que cada vez que intentaba hablar con alguien no recibía respuesta decidí ponerme a gritar. Con todas mis fuerzas pedí auxilio, hasta que me dolió la garganta. Sentí como el sonido de mi voz murió al golpearse con las paredes grises del embudo, ni siquiera rebotó, solamente se estrelló y se hizo pedazos. Terminé por caer al suelo de rodillas completamente impotente, mis antebrazos se hundieron en el suelo cenagoso y cuando los saqué, mi piel se había vuelto gris. Los vagabundos del embudo continuaron sin inmutarse, con su lenta cadencia de pasos iguales, con la mirada perdida en un punto más allá de las paredes, mirando tal vez recuerdos de su vida antes de aquel lugar espantoso. No pude más que ponerme a llorar, asustado, solo y sin esperanzas. Me dejé caer de lado en el suelo, contra la pared, e intenté dormir. Deseé no despertar. Sin embargo, lo hice. Desperté una y otra vez. Aquel pequeño trozo de cielo que podía verse desde el interior del embudo nunca fue azul y quizás tampoco fue nunca cielo.


No sé cuánto tiempo pasé allí dentro, creo que fue casi una vida entera. Tampoco sé cómo sobreviví sin comer. En todos aquellos años no vi fallecer a nadie, ni vi entrar a gente nueva y pronto me fui olvidando de todo anhelo, me olvidé del día en que llegué, de las ganas de escaparme y del sentimiento de impotencia. Me acostumbré sin más a vagar, como todos, por el embudo. Mis ojos se acostumbraron a aquella oscuridad espesa y mi alma se habituó al hedor a descomposición. Incluso me olvidé de mirar el trozo de cielo del óculo, mis ojos se encontraban entretenidos en ver como se hundían mis pies a cada lento paso en el suelo cenagoso.


Un día de los miles que pasé allí sentí mis ojos cansados, los apreté con fuerza y cuando los abrí de nuevo me encontré sin más en el vagón del tren que hacía muchísimos años abandoné sin saber cómo. Miré alrededor desconcertado y asustado, nada era como lo recordaba, miré mi móvil y cuando descubrí mis manos volvió a atenazarme el mismo terror que sintiera el primer momento dentro del embudo. Mi piel estaba arrugada y manchada, las uñas eran gruesas y amarillosas. Busqué mi reflejo en la ventana frente a mi asiento y lo que vi me heló la sangre. Un anciano, quizás un octogenario, con el escaso pelo blanco, me miraba desde el ventanal con ojos apagados y vidriosos, con la impávida expresión de quien ha perdido todo. Y sentí miedo. Deseé estar otra vez dentro del embudo, donde mi única misión era vagar sin más, donde mi imagen no se reflejaba en ningún lado y donde no había estación alguna en la que bajarse.



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