El coloso de piedra. Historias de Lacero



En el palacio de los Ubarte hay una antigua fuente donde un gigante de piedra, musculoso y desnudo, dormita plácidamente. Sus brazos hercúleos se apoyan en el borde de piedra. Fue construida frente al blanco portón principal ribeteado en oro del palacete, al final del camino flanqueado por las bestias mitológicas que el jardinero de Sumatra creó para proteger el lugar. Duerme bajo el letargo abrumador de una nana cantada por el agua que baja desde las cumbres de Lacero y que ha sido utilizada para llenar la fuente. El líquido burbujeante va desvelando el secreto de su morador en la melodía que ejecuta, pero casi nadie puede entender su lenguaje primigenio. La canción de cuna es narcótica, entumecedora. Barugh Ubarte ha pedido tener especial cuidado con esa fuente, sólo él conoce la historia del coloso de piedra y lo que conllevaría despertarle.


El gesto del gigante es sereno y en cierto modo, plácido, pero si lo miras durante mucho tiempo percibes que bajo el mineral muerto subyace algo demasiado humano. Sus párpados permanecen cerrados, la nana del agua impide que puedan abrirse. Su pecho gigante se mueve tan levemente al respirar que es apenas perceptible y solo en el más profundo silencio de las noches sin viento se puede escuchar el murmullo del aire que escapa de entre sus labios. Tranquilos y silentes nenúfares danzan al compás de la canción de cuna sobre el agua transparente como delicadas bailarinas, con sus flores rosáceas siempre abiertas, saciando al aire que pasa por ellas y que juguetea con sus pétalos sensibles, acariciándolos suavemente.


No siempre estuvo en la fuente ni estuvo siempre dormido. Una vez fue un hombre, pero en un momento de su vida comenzó a pertenecer a las montañas azules que se extienden al norte de Lacero. En tiempos remotos, cuando las leyes de la tierra eran otras, los acusados de los peores delitos, de los actos más impuros e innombrables, los cometidos con mayor salvajismo, eran llevados a las montañas y sujetos con cadenas a las rocas hasta que dejaban de ser humanos y quedaban convertidos en piedra. Con el transcurrir de los milenios, el amasijo hecho de huesos y tendones de todos los reos que se habían trasformado en sólida piedra azulada se acumuló, capa sobre capa, formando las actuales cumbres que actúan de muralla aislando la ciudad por el norte.


El hombre que fuera el coloso de la fuente fue encadenado a la piedra entre las nieves perpetuas de sus cumbres, condenado al frío y a la inmovilidad durante milenios, a merced de los más inclementes elementos. Poco se supo jamás cosa alguna sobre qué terrible designio lo atrapó en la cárcel inhóspita y fría en la que cumplió su condena casi eterna, qué crimen lo encadenó con tan poca piedad a ese destino, pero poco a poco su piel se fue volviendo dura y gris hasta convertirse en roca inerte y formar parte de las montañas, una mole gigante de piedra encima de la cual reposaba la nieve, azotado por las fuertes ventiscas del invierno y, sobre todo, atormentado por la profunda soledad de los días iguales y eternos que no le traían sino silencio absoluto y doloroso destierro. En pocos años dejó de distinguirse su forma humana y se mezcló con la montaña absolutamente, sin que nadie pudiera percibir su contorno de hombre en la roca fría.


Un día, el gigante de piedra salió de la montaña. No se supo nunca si expiró el tiempo de su castigo tras una condena de duración inmemorial o si escapó a la sentencia que se había dictado sobre él. Sin embargo, el coloso tuvo un poderoso motivo para desprenderse de sus duras raíces y descender hacia el valle donde estaba construida la ciudad de Lacero, casi a pie del mar y dirigirse al bosque que lo circundaba. Necesitaba recuperar el alma que año tras año había ido perdiendo, poco a poco, en las leves pero continuas filtraciones de agua. Allí quieto, formando parte de la gris pared, mirando eternamente hacia el cielo cambiante, se consumía y se le iba el alma, sentía como esta se dispersaba por la piedra, se derretía con la nieve en verano y se mezclaba con el agua creando pequeñas cascadas que descendían por las laderas hasta juntarse en una mayor que iba a desembocar al lago.


No le quedaba mucho tiempo, no debía permanecer allí o terminaría tan inerte como toda aquella piedra que le rodeaba y que en algún momento tuvo vida. Las almas de los otros condenados, disueltas con efervescencia en el agua, habían llegaban hasta el lago donde se erigía el palacio de cristal y habían sido ofrecidas a las deliciosas criaturas que allí habitaban quedando bajo la custodia de la reina roja, la hermosa reina de las náyades que moraba en el etéreo palacio transparente. Sus gritos de habían extinguido en el lento discurrir por la montaña y había llegado el agua muda y tranquila a su último destino.


Desde lo alto de su posición, con la poca memoria que le quedaba, recordó a las náyades del lago, que se hallaba a kilómetros al sureste. Sabía que la reina roja extendía su cabello bajo el agua que contenía ya parte del alma que se había desprendido de su ser y que ansiaba recuperar. Lo recordaba inmenso y púrpura como el coral. Imaginaba su piel de cera resplandeciendo bajo los destellos de luz que penetraban más allá del espejo del agua. Rememoró sus pechos redondos como deliciosas burbujas, sus labios dulces embriagadores y sobre todo, su voz, hecha de sabiduría, su voz profunda y granate que brotaba de los manantiales subterráneos del lago.


En sus sueños pétreos se imaginaba a sí mismo reposando el rostro entre los senos de la reina, aspirando su aroma y sintiendo sus manos de seda acariciarle hasta convertir en piel su rugoso cuerpo gris para devolverle el alma que ya había perdido. Y volvía a ser un hombre. La había contemplado en sueños mil veces y no quería morir en la montaña sin comprobar que ella seguía siendo real, que no era un sueño que tuviera antes de que junto a su alma se dispersara también parte de su memoria. Pensaba que tal vez ella no querría devolverle nada, que no le hubiera perdonado, que quizás utilizara su alma perdida en los poderosos sortilegios que empleaba para mantener inalterada su belleza extrema a través de los milenios. Y quiso saber si merecía la pena que así fuera, tal vez pudiera llegar a sentir que ella merecía que derramara la última gota de su esencia si eso la mantenía como la viera por primera vez.


Un día de tormenta, terrible y fragorosa, el gigante se desprendió de la montaña que lo atenazaba. Un rayo certero, como si la naturaleza se hubiera puesto de acuerdo con el coloso, escindió parte de la ladera en la que lo habían apostado y miles de piedras inmensas rodaron montaña abajo destrozando a su paso todo lo que encontraban en un rugido descomunal que rasgó parte del cielo y destrozó la negrura. En un atroz gesto de dolor se mutiló adoptando forma humana. Terrible noche de luna muerta, sin vigilancia alguna que impidiera que el coloso saliera de su encierro de titanes. La lluvia atronadora aflojó la tierra a su alrededor y pudo terminar de amputarse de su cárcel pétrea. Cuando despuntó el alba solo quedaba una cueva en el lugar que el hombre de piedra había ocupado durante miles de años. El negro presagio de lo que habría de venir casi impidió que amaneciera tras temibles nubes negras rellenas de horror. El sol se escondió detrás de la tormenta, que por momentos arreciaba y amenazaba con destrozar Lacero.


Él sabía exactamente hacia donde debía dirigirse, no había olvidado el camino a pesar del tiempo y de lo mucho que había cambiado todo a su alrededor. Cada paso del titán producía un estremecimiento en la tierra, que recordaba perfectamente la causa de su encarcelamiento. La superficie del lago de las náyades temblaba. Los sauces, guardianes espirituales del lugar, extremaron su oración para proteger la tierra pura que protegía a las sublimes bellezas de las aguas. Hasta la extenuación oraron, aceleraron el susurro de su letanía, sin embargo, sentían los pasos del coloso retumbar cada vez más cerca. El espanto avanzaba. Las jóvenes náyades sentían miedo y los seres del bosque que rodeaba el lago se escondían. La reina roja había salido lentamente de su palacio y había ido hasta la orilla, las gotas de agua resbalaban por su piel y dejaban tras sus pasos un rastro de cristal de luna. Esperaba tranquila la llegada del monstruo de piedra, sostenía en sus manos el cetro de aguamarina y había colocado sobre las copas de los árboles del bosque una corona de luz. Su cuerpo desnudo, que irradiaba el poder conjunto de toda la naturaleza, se cubría solamente por el manto transparente del agua eterna que se resistía a abandonarla y los últimos destellos del sol que habían escapado a la tormenta se reflejaban dorados sobre la piel de su vientre cuando sintió que el coloso estaba apenas a unos metros, tras los sauces sagrados.


Tosco, de movimientos rudos, el hombre de piedra aplastó ramas y flores hasta llegar a la orilla del lago. El resto de las náyades, cándidas y virginales, susurraban asustadas: unas lloraban de miedo, otras rezaban y algunas, desnudas, se abrazaban temiendo su fin. Pero la reina roja esperaba tranquila a que apareciera ante ella. Él la observó primero escondido, sus ojos bajaron por su cuerpo y se detuvieron, deseosos, entre sus caderas perfectas. Reconoció parte de su alma en el agua que la vestía como si fuera una túnica más.


Cuando separó las últimas ramas que se interponían entre él y la reina pudieron mirarse profundamente, durante largo rato. El coloso se estremeció ante los ojos regios y serenos de la reina. En ellos se reflejaba el rojizo estertor de un atardecer que se niega a convertirse en noche. El aguamarina es sus manos se volvió incandescente. El coloso sintió como la corona de luz blanca que había sobre los árboles en forma de luna creciente se hinchaba por segundos hasta alcanzar su máximo esplendor como queriendo penetrar en la oscuridad del bosque para iluminarlo. El viento azotó el cabello de la reina convirtiéndolo casi en una llama viva.


Se aproximó hacia ella, que permanecía inmóvil, de pie, impertérrita. Todos los que la rodeaban se aterrorizaron, sus rostros lívidos reflejaban el peor de los temores: que el gigante volviera a cometer su terrible delito hacia la más hermosa criatura, la intocable diosa de agua, la eterna madre del bosque. Pero ella no cambió la expresión de su rostro, no retrocedió ni un milímetro cuando él se aproximó. Al llegar a su altura, el gigante se arrodilló y depositó sus labios rugosos en los delicados pies hechos de lluvia de la reina. Como un niño sollozaba pidiendo clemencia, rogando por su alma perdida, por su piel de hombre.


Ni bondadosa, ni magnánima, simplemente inexpresiva, se agachó hasta el coloso, se sentó sobre la hierba húmeda y depositó en su regazo la cabeza de piedra. La luna henchida completamente les observaba de cerca. Gotas de agua cayeron desde su rostro y sus senos, y al tocar la roca fría la descomponían, la disolvía y se esfumaba en forma de mística niebla que al instante se dispersaba dejando al descubierto al hombre que durante miles de años estuvo atrapado bajo la dura cubierta en aniquiladora penitencia. Poco a poco iba apareciendo piel y desapareciendo roca.


Hombre y diosa yacían en la hierba, ella sentada, él tumbado sobre su cuerpo. Enamorado absolutamente de su olor y de su tacto, obsesionado con su piel desde hacía una eternidad, se estremecía pensando que su encierro le había redimido y que la clemencia de la reina era señal de perdón. Se incorporó para tocar el rostro con el que había soñado bajo la nieve en los helados inviernos de las montañas, para enredar los dedos en sus cabellos de coral, para besar su piel húmeda y blanca, para amar su cuerpo.


Ella no le permitió tocarla, alejó su rostro de las manos del hombre sin cambiar el gesto, y le ofreció mirarse en la superficie del agua, que se mostraba de repente como si alguien hubiera pintado una capa de azogue bajo ella. El hombre ya apenas recordaba su propio rostro, lo había olvidado. Ansioso fue hacia el agua, y cuando se asomó al espejo de plata y vio su antigua piel, sus ojos castaños, su cabello oscuro rizado, suspiró, bajó los párpados y se sintió agradecido y profundamente aliviado, era como hacer realidad un sueño que creía inalcanzable ya. Acarició su rostro y disfrutó del tacto de su barba, de sus párpados… y exhaló el aire que había quedado petrificado en su pecho por incontable tiempo para volver a coger aire nuevo, aspiró la fina niebla que flotaba sobre el lago y se sintió embargado de felicidad y gratitud. Al volver a abrir los ojos y mirar su reflejo de nuevo, para deleitarse en él, el terror lo sumió en un sudor helado, un ahogado grito salió de su boca, que poco a poco, volvía a convertirse en piedra. Su cabello, sus pómulos, todo desaparecía bajo la roca de nuevo, se sintió aplastado de repente por el peso de esta.


La reina no perdonaba su agravio. Era tan protectora como implacable. Desde entonces, volvió a estar confinado en piedra, vigilado constantemente por alguien de la máxima confianza de las náyades. Barugh Ubarte accedió de buen gusto a la petición de la reina: guardar el sueño del gigante de piedra en la fuente de su palacio. ¿Cómo podría negarle nada a la más deliciosa de las criaturas de las aguas, a la eterna madre de toda la naturaleza que le rodeaba, a la creadora de la estirpe de los Ubarte? La reina en persona le confió el secreto del delito del coloso y le entregó agua de su lago, encantada y soporífera, sanadora para algunos y venenosa para otros, con el fin de mantener la melodía constante que evitara el despertar del pernicioso reo que había osado ultrajar lo más puro e inmaculado.


Alrededor de la fuente se sucedían cosas nuevas cada día, pero como en una caja de música imposible de abrir, la fuente guardaba el secreto en su sinfonía de agua y mantenía al gigante prisionero. Nada podía alterar aún su sueño, el grifo tallado en arbustos cerca de él no quitaba la vista del coloso. El jardinero de isla de oro se había asegurado de que el gigante no pudiera mover un solo dedo sin que fuera atacado por cualquiera de sus criaturas terribles llenas de vida.


Miles de fiestas ruidosas, con cientos de invitados, se sucedieron en el palacete y el jardín. Muchos, ignorando la historia, osaron meter las manos en el agua a riesgo de que el gigante despertara del sueño eterno al que habían vuelto a confinarlo. Sin embargo, nada podía desverlarle, ni siquiera la multitudinaria fiesta del sombrero azul de copa… aunque eso pertenece a otra historia, menos oscura, menos siniestra.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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