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El cargamento secreto



Y allí me senté, en aquel banco de desvencijada madera en la bodega del barco en el que viajaba. Llevaba semanas alejado de mi casa, lamentando haberme alistado entre la tripulación de una embarcación que iba a pasar tanto tiempo alejada de tierra. Extrañaba a mi familia, la mar no era buena compañía. La madera crepitó bajo mi peso en un angustioso quejido de dolor a causa de haber pasado demasiado tiempo cerca de las destructivas aguas saladas.


Ante mi perpleja mirada, casi como si surgiera de la bruma que aquella noche flotaba sobre el oscuro mar, se erguía lo que la bodega en penumbras de aquel barco de madera, pequeño e insignificante, encerraba secretamente: un tanque transparente lleno de agua de unos tres metros de alto y otros tantos de ancho y de largo. Se encontraba elevado del suelo sobre una plataforma metálica, lo que le otorgaba una posición altiva. Yo no podía sino observarlo en una situación de inferioridad y sumisión. Cubriéndolo, no sé si protegiéndolo del exterior o protegiendo al resto del mundo de lo que guardaba celosamente entre sus transparentes paredes, se hallaba una jaula de oscurecido metal, de gruesos barrotes planos, que hacían incómoda la visión de lo que se hallaba en el interior.


La oscura noche llena de bruma y la consciencia de que un secreto se hallaba guardado en la bodega del barco ya habían sobrecogido mi espíritu lo suficiente como para descender la escalinata de madera que conducía hasta allí con el ánimo empuñado dentro del pecho, pero la semi penumbra que ofrecía el misterioso y solitario candil de gas a la estancia apretaba aún más aquel sentimiento que apresaba mi corazón.


Quién sabe si era la escasa y amarillenta luz que el candil ofrecía a la bodega, la leve capa verde de moho que cubría el interior de las paredes del tanque o mi propia incredulidad, pero no podía entender lo que mis ojos veían allí dentro. Algo etéreo y fascinante se agitaba dentro del agua contenida en aquel tanque cubierto de férreos barrotes negros.


Pronto, cuando salí de mi ensimismamiento, aquello comenzó a tomar forma, una hermosa y delicada forma femenina. Yo la observaba como quien, después de muerto, miraba los bellos ángeles del cielo que le guían hasta quien sabe dónde por un camino sereno de plácida luz. No sabía si se trataba de una visión onírica en mitad de una angustiosa noche oscura o el delirio de alguien que lleva demasiado tiempo en el mar alejado del mundo real, pero lo cierto es que la criatura que estaba allí dentro, sumergida en aquellas aguas turbias, me miraba a los ojos fijamente y yo sentía un estremecimiento que me recorría la espalda y me ponía el vello de punta.


Sus largos y cobrizos cabellos ondeaban en el agua al son de sus movimientos, flotando suavemente en las ingrávidas aguas; y sus ojos, grises y perplejos, reflejaban curiosidad, miedo y, sobre todo, timidez. Su piel era tan blanca que parecía hecha de nácar.


No podía apartar mis ojos de los suyos, parecían de un magnético metal que hubiera atrapado mi mirada con tanta fuerza que supe inmediatamente que dependía de ella el que alguna vez pudiera dejar de mirarla. Cuando parpadeó pude reaccionar y descender mi mirada por su cuerpo, observar su perfecta silueta y su suave piel, que, a la altura del ombligo comenzaba a adoptar un aspecto totalmente diferente. Aquel nácar se convertía a medida que descendía por su pelvis en una escamosa cola verde grisácea que se prolongaba durante más de dos metros para terminar en una especie de amplísimo y hermoso abanico membranoso dividido en dos en su zona central. La delicada aleta se movía con la suavidad de un tejido de plumas ondeando en el agua. De pronto, apoyó sus manos en el cristal y pude mirarlas con detenimiento: sus dedos se engrosaban a medida que se acercaban al extremo y unas membranas del mismo color pálido de la piel los mantenían unidos.


Fascinado ante todo lo que mis ojos estaban observando, apenas si podía hacerme consciente de que era imposible que existiera el ser que se mostraba ante mí. Los rosáceos labios de aquella femenina criatura esbozaron lo que parecía ser una leve sonrisa hacia mí y, poco a poco, se alejó del cristal, como difuminándose en las aguas turbias y escasamente iluminadas del tanque.


Sus movimientos eran lentos, suaves y sinuosos. Sus cabellos y su suave cola ondeaban en el agua como inmersos en la más hermosa de las danzas. Tras revolotear delicadamente en el agua, se dirigió hacia la superficie y sacó la cabeza del tanque. Ahí pude observar bien sus facciones de cera bañadas por la tenue luz, que le ofrecía un color dorado y creaba un juego de luces y sombras en su dulce rostro. Sus labios se abrieron y pronunció algo que no logré entender, pero eso era lo de menos, aquella voz tenía un timbre que nunca había escuchado. El sonido traspasó mis oídos y se introdujo en mi interior y, por un momento, sentí que volvía a salir al exterior atravesando cada uno de los poros de mi piel.


Me sentí atrapado por su voz y supe en ese instante que no podría seguir viviendo si no lo volvía a escuchar. Hizo en mí el efecto de una potente droga que me podía aniquilar en cuestión de segundos.


Rápidamente volvió a meterse en el agua y, desesperado, corrí hacia la jaula de cristal y le grité. Solo quería volver a escucharla, pero ella se giró sobre sí misma y desvió su rostro de mi mirada. Me sentía preso completamente de aquella criatura que parecía salida de las oscuras y remotas leyendas del pasado, las leyendas antiguas que los marineros viejos contaban en las tabernas después de haber bebido unas copas.


Un fuerte estruendo que provenía del exterior me hizo salir del potente influjo mágico que aquella criatura había ejercido sobre mí. Tuve de inmediato el presentimiento de que había permanecido allí dentro muchísimo tiempo y nadie debía saber que yo había descubierto el secreto que el capitán llevaba en la bodega de su barco. Subí rápidamente las escaleras que conducían hasta la planta superior y, de ahí, a cubierta. Algo grave estaba sucediendo en el barco.


Me sentía aturdido, tenía la sensación de que mis sentidos estaban completamente aletargados y que una fina capa de seda había cubierto mi vista y mi oído, sin embargo, al llegar arriba, la fuerte lluvia fue borrando poco a poco esa sensación turbia de mis sentidos y, en cierto modo, me hizo sentir que lo que acababa de vivir no era más que un hermoso sueño en una oscura noche y lo fue trasladando desde la vigilia hasta mi subconsciente.


Se había desatado una terrible tormenta, el oleaje era inmenso y una descarga de rayos amenazaba con hacer zozobrar el barco. Debía haberse desatado mientras dormía y soñaba con la sirena de ojos grises. Creo que nunca había visto una tormenta de semejantes dimensiones y con tantísima furia en su vientre.


El mástil era continuamente salpicado por las saladas gotas que el mar lanzaba, vengativo y traicionero, sobre la ajada madera como intentando, en un lento proceso, corroerlas, despacio, dolorosamente. La continua humedad iba empapándolo todo, en un cruel gesto por enfriar el último atisbo de vida que quedara en aquel barco. El viento castigaba la piel, aliándose con el mar, y arrojando con furia pequeñas partículas de agua, que a esa velocidad dolían como si fueran pequeñas piedras angulosas.


Hostil, rudo e infernal parecía aquel mar embravecido que con furia me intentaba lanzar a sus oscuras aguas una y otra vez y contra el que luchaba sabiendo de antemano que la batalla la tenía perdida. ¿Qué puede hacer un simple hombre contra la inmensidad de los tiempos y contra el infinito espacio que para mí suponía aquel desierto de agua furiosa? Me sujetaba con fuerza a mi destino helado y salado. El cielo, gris oscuro, casi negro, que por unos segundos se había calmado, se volvía amenazante de nuevo. De un momento a otro volvería a tronar y toda una batalla eléctrica se reiniciaría en su interior. Apenas podía manejar el timón que el destino me obligaba a sujetar con fuerza para no sucumbir ante él.


El ruido se volvía ensordecedor, el grito del cielo se tornaba absolutamente desgarrador, el estruendo del mar agobiaba mis oídos y crispaba mi mente. La ansiedad se apoderaba de mí, secando mi boca y entorpeciendo mi pulso. El fragor me impedía escuchar mi propio grito, que se ahogaba en mitad del brusco gemido de la madera que formaba en ese momento el suelo inestable que me sostenía con vida.


Un dulce canto, que se elevó suavemente por encima del ruido de la tormenta, comenzó a flotar con suma delicadeza entre el agitado viento y la rápida y fría lluvia. Delicada y cálida era aquella voz que apagaba todos los demás sonidos con su bella y armoniosa aria. Pronto, mis sentidos se dejaron embriagar y se rindieron plácidamente al influjo de la armoniosa melodía. El calor regresaba a mi helada piel, el sosiego inundaba mi pecho y los ojos se me cerraban, reposando, entregándose sumisos al descanso que me ofrecía aquel sonido hechizante. Mis músculos se relajaron y se entregaron a la embriagadora situación. Pareciera que un dulce veneno hubiera sido traído por el tiempo para ayudarme a sucumbir al oscuro y trágico destino que la naturaleza había diseñado para mí, en un cruel intento de castigarme con la más horrible de las torturas por llevar encerrada en el barco a su más amada criatura.


La aterciopelada voz se iba haciendo más cercana, más cálida y más dulce. Ya no oía otra cosa que esa voz guiándome hacia ella y tomándome en sus cómodos brazos que arropaban mis sentidos.


No recuerdo en qué momento dejé de sujetar el timón, ni en qué momento las siniestras aguas revueltas me aspiraron hacia su macabro interior. Sólo recuerdo, desde esta incierta posición en la que me hallo en este preciso momento, que todo fue tan dulce y delicado que mucho me temo que el guión que la vida había escrito para mí fue modificado por una mano angelical, trazando un sedoso camino hacia el que dirigirme en lugar de perecer en un húmedo e inmenso mar salado y frío.


Creo que volví a ver los lánguidos cabellos cobrizos flotando cerca de mí, pero esta vez sin jaula de metal y sin un tanque que hiciera de frontera entre los ojos grises de la sirena y los míos.

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©2018 by  Arima Rodríguez