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EL BUFÓN DE DOS CARAS. HISTORIAS DE LACERO


Jester by louisgreen

Muchos se preguntarán cómo llegué a conocer a Barugh Ubarte y a trabajar con él. Es una historia sumamente compleja, creo que los Ubarte tienen un magnetismo especial para encontrarse en la vida con todo aquello fuera de lo común y ofrecer todo lo que tienen para obtener a cambio lo mejor de cada uno. Yo pensé, durante demasiado tiempo, que nada bueno se podía obtener de mí, sin embargo, me equivocaba estrepitosamente. Barugh me lo hizo ver, su imperturbable gesto amable y su profunda mirada que evocaba miles de años de experiencia fue todo lo que necesité para encontrarme a mí mismo en la oscura marea del dolor y de las decepciones.


Siempre tuve una estatura ridícula, jamás crecí. Recuerdo año tras año tener la esperanza de alcanzar la altura de mis compañeros de clase, sin embargo, jamás llegó a producirse el milagro con el que soñaba. Recuerdo que solía rezar cada noche durante horas hasta caer dormido de agotamiento, pero mis oraciones no llegaron nunca a ningún lugar, se disolvieron en el aire hasta convertirse en nada, en ellas flotaba ansia y dolor a partes iguales, pero estas regresaban a mí cada vez que me ponía “el pantalón”. Ese pantalón lo tenía desde que cumplí siete años, y cada varios meses me lo ponía para comprobar si había crecido. Todas las veces que me lo probé, mis ilusiones se estrellaron contra el horrible espejo que se mofaba de mí sin piedad alguna.


En lugar de crecer en estatura crecieron mi nariz y mi barbilla, se retorcieron espeluznantemente hasta casi tocarse. Mis dedos se volvieron gruesos y mis manos y pies se ensancharon de manera grotesca. Me convertí poco a poco en una monstruosa caricatura del niño que fui.


No pude seguir asistiendo al colegio, mi madre entendió que no necesitaba pasar por aquel suplicio de risas, insultos e incluso pedradas. Desde mi infancia aprendí a sentir miedo hacia la gente. En cualquier esquina me esperaba el chiste fácil, la sonrisa jocosa o el dedo apuntando hacia mí, los susurros, la sorpresa, incluso los ojos aterrados… supe enseguida que huir y esconderse era la única manera de mantener lo más a salvo posible mi corazón destartalado. Cuando la compasión hacia mí mismo se hizo insoportable y el propio hecho de respirar se convirtió en un tormento el espejo fue dejado en el sótano y tapado con una sábana.


En el desván de mi casa había una interesante biblioteca, mi madre me compraba libros de poesía y, sin que yo me percatara, se había deshecho de los pantalones. Ahora recuerdo aquella tela gruesa de color oscuro y siento que algo en mi interior se sobrecoge. Ella pensaba, desde el infinito y ciego amor de una madre, que si conseguía que yo me sintiera el más bello del mundo por dentro dejaría de verme espantoso por fuera, y nada encontraba ella más hermoso que la poesía. Yo devoraba los libros que me traía con avidez en los muertos atardeceres hasta que la luz del día expiraba en su lenta agonía rojiza. Aprendí a ver mundos hermosos más allá de la realidad, me enamoré y desenamoré de la luna, de la mujer y del océano profundo. Entre las líneas perfectamente construidas con armonía me zambullía y me olvidaba de todo absolutamente. Pronto me aficioné a escribir mis propios versos. Yo pensaba que eran buenos, excelentes, pero no me hubiera atrevido jamás a mostrárselos a nadie, llevaban tanta aflicción y tantas lágrimas, que mostrarlos era más vergonzoso que exhibir mi cara monstruosa.


Mi madre siempre decía que yo tenía expresión bonachona y sonriente, que mi pelo pelirrojo era del color del atardecer en verano y que andaba graciosamente, que casi volaba, igual que un avecilla. Un día, como cualquier otro, fue ella quien voló, su piel se volvió de cera sobre la almohada y sus párpados no volvieron a abrirse jamás. Como un pajarillo su alma hermosa se escapó de mi vida, se escabulló de mis dedos mientras la sostenía entre mis brazos sin querer soltarla. En sus manos heladas y finas guardaba una pequeña cajita de ornamentación exquisita con mis iniciales grabadas en color dorado, como si supiera que aquel amanecer sería el último de su vida y quisiera entregármela sin llegar a tiempo. Cuando abrí sus dedos rígidos para coger la caja sentí mi alma estallar en mil pedazos dentro de mi pecho, había desaparecido el único ser de la tierra que podía ver algo bonito en mí. Ya nadie volvería a quererme y yo no podría querer a nadie real ya nunca más. La más hermosa poesía que se hubiera escrito en el mundo se había borrado del papel.


Durante aquel día no pude abrir la caja, no quería saber qué había en su interior. Tenerla siempre conmigo me ayudaría a sentirme querido, me recordaría que hubo otro tiempo en mi vida en que mi estatura aún era normal y en que creía que la poesía podría suplir la realidad, me retrotraería a momentos en los que la esperanza aún no había exhalado su último aliento.


Después del entierro llegué a casa, empapado en tristeza y absorto en la penetrante soledad de quien no espera nada. Busqué en el sótano y allí lo encontré. El espejo gigante con el marco de plata que había en mi habitación, ¿guardaría aún el recuerdo de las miles de veces que me miré en él con “el pantalón” puesto, y de las miles de veces que caí de rodillas maldiciendo mi existencia? Lo subí a mi habitación y me miré en él. No pude aguantar durante mucho tiempo la visión y me di la vuelta. Al girarme ocurrió algo tan absolutamente inesperado que durante horas pensé que estaba atrapado en la más horripilante de las pesadillas. Aún de espaldas al espejo pude ver mi imagen, como si tras de mí se hubiera creado otro rostro y otro pecho, otros pies y otras manos nuevas completamente. Aquella faz no era bonachona y de ojos cándidos, era maléfica, retorcida y jocosa. Una sonrisa burlesca se dibujaba bajo la ganchuda nariz y la afilada barbilla ascendente. El brillo de los ojos era astuto y cínico. Sumido en un convulsivo terror me giré hacia el espejo nuevamente y pude ver mi horrible cara de siempre, la bondadosa, la de ojos cándidos. A mi espalda sentía la mirada malévola y la sonrisa macabra. Mi alma se había escindido en dos y habitaban dos cuerpos en uno solo. Si ya era monstruoso ahora era, además, diabólico.


Esa noche dormí de lado, no quería acostarme sobre mi espalda, por si enfadaba a mi nuevo alter ego, y no podía dormir boca abajo, sentía terror de que mi lado de siempre desapareciera bajo el peso del nuevo. Era irónico, ahora me aferraba a querer seguir siendo lo que siempre desprecié ser, simplemente un enano grotesco. A ratos dormí, a ratos me despertaba jadeando y sudoroso incapaz de recordar mi sueño, aunque intuía que era, de lejos, mejor que mi realidad. La luz de la mañana fue extraña, no trajo el sosiego que trae a veces consigo el amanecer. Gris, se coló en mi habitación y me avisó de que yo seguía allí, con vida.


La caja de mi madre, en la mesa de noche, me devolvió de golpe a la realidad. A la muerte. A mi nueva situación. Había llegado el verdadero momento en el que sí que debía esconderme. Antes era todo difícil aunque posible, ahora era definitivamente imposible. Las preguntas prácticas me hicieron cambiar la angustia del terror por una angustia diferente, bastante más mundana. ¿Cómo saldría a comprar? ¿De qué viviría sin mi madre ahora? Es más, ¿cómo iba a encontrar trabajo?

Reuní todo el valor que pude y me decidí a abrir la delicada caja tallada. Para mi sorpresa, en su interior solamente había un trozo de papel con un mensaje curioso. “Palacio Ubarte, Lacero. Mamá te ama”. Nada más. Las tres últimas palabras retumbaron en mi interior y, de alguna manera inexplicable, me dieron valor y fuerzas. Me enfundé en un abrigo con capucha, metí algunas cosas en mi maleta y me dispuse a viajar hasta Lacero. Lejos del pantalón y del espejo, lejos del cuerpo fallecido de mi madre, lejos de mis recuerdos tormentosos. Antes de salir metí en la maleta mi más preciado tesoro, mis cuadernos de poesías.


Una vez en Lacero fue sencillo encontrar el palacio. Todo el mundo lo conocía. Según me comentaron a quienes pregunté, el señor Ubarte había regresado a Lacero y estaba reconstruyendo el abandonado palacio que perteneció a sus antecesores. A nadie pareció sorprenderle que un pequeño y grotesco hombrecillo como yo preguntara por el palacio. Durante todo el camino, mi otro yo se mantuvo tranquilo, parecía estar complacido por el viaje, notaba como sonreía a mis espaldas y como jugaba a chocar los dedos de ambas manos y las frotaba nervioso.

Entre la multitud de personas que trabajaban en la reconstrucción del palacio y su jardín inmenso le reconocí. Era un hombre alto que creaba a su alrededor un halo magnético al que todas las miradas se dirigían. Su rostro era perfecto. Sostenía en sus manos un plano y atendía a las explicaciones de otro señor que lo señalaba insistentemente y hablaba, él asentía con la cabeza, pensativo. Esa fue la primera imagen suya que tuve. Una vez el otro señor plegó el plano su mirada se alzó y encontró la mía, como si ya supiera que yo estaba allí. Una sonrisa afectuosa y amplia se dibujó en su rostro y se aproximó a mí como quien ve a un viejo amigo.

- ¡No me lo puede creer! Tú debes ser el poeta. Ese pelo rojo y esos ojos azules son inconfundibles. Eres igual que tu padre. ¿Hugo Rivolí?

- Sí, soy Hugo –no podía ocultar mi sorpresa - ¿Conoció a mi padre? Debe ser usted el señor Ubarte.

- Llámame Barugh, por favor. Tu padre trabajó para el mío. Recuerdo verle cuando era pequeño mientras yo no paraba de hacer trastadas en la biblioteca y de dificultarle el trabajo. Tenía bastante paciencia con un gamberro como yo. ¿Cómo está tu madre?

Al contarle su fallecimiento, el rostro de Barugh Ubarte se ensombreció con sincera tristeza y durante unos instantes guardó silencio. Después me dio el pésame más sentido de cuantos había recibido en aquellos días terribles. De alguna manera sentí mi corazón arropado.


Sentí que a él podía y debía contarle la historia de la caja que sostenía mi madre en el momento de su muerte. Según me contó Barugh, aquel pequeño cofre fue el que guardó el anillo de pedida de mi madre cuando mi padre le ofreció matrimonio. Su padre, de nombre también Barugh, que era aficionado a tallar en madera, la había hecho expresamente para eso. Cada una de las filigranas de la hermosa caja habían sido hechas minuciosamente a mano y las letras, de oro, habían sido también fabricadas y engarzadas de manera artesanal. Sin embargo, no son de una madera cualquiera, ni de un oro cualquiera, me dijo mientras sonreía misteriosamente.

- Hugo, no imaginas lo feliz que me hace que hayas venido a Lacero, te necesito con urgencia. Espero que aceptes trabajar conmigo. He decidido restaurar el palacio de mis antepasados y regresar a Lacero, llevo mucho tiempo viajando y creo que ha llegado el momento de hacer ciertas cosas que tenía pendientes. Necesito un buen poeta.

Yo desconocía por completo el motivo por el que aquel hombre extraordinario sabía que yo escribía poesía, más tarde averiguaría que él sabía muchas cosas sin necesidad de que alguien se las explicara. Acepté maravillado el trabajo, nunca pensé que de repente la vida pudiera haberse vuelto tan sencilla, el señor Ubarte deseaba que trabajara para él y además haciendo lo que más me gustaba hacer, bucear en imaginarios mundos y crear otros maravillosos y perfectos.


Una vez hube aceptado el trabajo sin ni siquiera preguntar los detalles me llevó a su biblioteca, era lo primero que había restaurado. Era tan increíblemente hermosa y grande que no pude salir de mi asombro en un buen rato, boquiabierto miraba en todas direcciones, y en todas ellas encontré extrema sublimidad. Enormes ventanales derramaban luz dorada sobre mesas de madera talladas, antiquísimas. Volúmenes bellamente decorados llenaban las kilométricas estanterías de los dos niveles de la biblioteca. Aquel lugar era como un hermoso sueño hecho realidad. Podría vivir sin salir de allí jamás. Pequeñas presencias juguetonas que no conocí hasta tiempo después saltaban entre los libros dejando tras de sí un rastro dorado y me tiraban bolillas de papel, el susurro de risillas traviesas me hacía girar la cabeza en todas direcciones. –No te preocupes por ellas Hugo, son inofensivas, ya las conocerás, incluso te ayudarán. -Me pidió que le acompañara a una mesa gigantesca y oscura, tan pulida que el techo se reflejaba en ella. Allí había todo el instrumental que un nostálgico poeta amante de los métodos tradicionales como yo podía desear. Me dijo que hiciera una revisión profunda de lo que había y que le pidiera cuanto necesitara para desempeñar mi labor, y que si necesitaba cualquier obra que no tuvieran allí la mandaría a buscar inmediatamente. Incluso me dijo que algunas habitaciones del palacio estaban ya restauradas, por si prefería quedarme allí, que lo dejaba a mi elección, pero que él desearía con todas sus ganas que hiciera del palacio mi hogar.

La felicidad me atoraba la garganta con tanta fuerza que mis palabras se volvieron líquidas y fueron pronunciadas en forma de lágrimas. Sin embargo, debía contarle a ese hombre extraordinario que tras de mí vivía la sombra oscura de mi propio ser. Se lo expliqué de la manera más coherente que pude, no quería que mi nueva situación echara a perder todo el mundo nuevo que se abría ante mí, pero tampoco era capaz de ocultarle algo tan importante a una persona que me abría las puertas de su casa y las de una nueva vida con tanta amabilidad.

- Todos tenemos una fase oculta, hasta la luna.

- Creo que no me ha entendido. –Me quité el abrigo y la capucha, sin embargo, tras de mí solamente estaba mi espalda encorvada y mi pelo rojo. Mi sorpresa fue mayúscula. Me sentí como un loco que se cree sus propias locuras. Sin embargo, el señor Ubarte lo entendió a la perfección, así lo sentí.

Comencé a trabajar y a vivir allí, aunque realmente a aquello no se le podía llamar trabajar, aquello era disfrutar. Me despertaba temprano e ilusionado para ponerme manos a la obra. Primero había que ordenar y clasificar aquella ingente cantidad de libros. Haría una ficha por cada uno de ellos para que fuera sencillo localizarlos. Mi labor de bibliotecario la intercalaba con la de poeta. Barugh Ubarte era un mecenas de artistas que comenzaron a llegar al palacio poco a poco, eran personas increíbles de todos lados del mundo: músicos, pintores, escultores… Creo que ellos opinaban lo mismo de mí, eso me hacía sentir pletórico y trabajar aún con más ahínco, me sentía importante. Hice gran amistad con el jardinero, que desde luego, no era en absoluto un jardinero al uso. Era un escultor de vida. Así le gustaba presentarse. Esculpía en setos vivos criaturas legendarias y fantásticas, el jardín poco a poco se fue convirtiendo en el bestiario de culturas arcanas: grifos, wyverns y mantícoras se daban cita a los lados del camino que llegaba desde la entrada hasta la puerta del palacio. Las criaturas guardaban las propiedades de los Ubarte y vigilaban de cerca a los visitantes. Mil veces hubiera jurado que aquellos seres hechos de hojas y ramas estaban vivos más allá de su propia vida vegetal.


El palacio estaba prácticamente terminado y pronto se celebraría la fiesta de inauguración. El trabajo aquellos días era febril. La extravagancia y la suntuosidad se darían cita en aquel mágico lugar en una señalada noche que Barugh Ubarte había precisado como inamovible. Me había pedido que escribiera versos para recibir a los invitados, para presentar la fiesta y para concluirla, estaba emocionado porque entendía que mi labor era importante en extremo. También debía escribir versos para mí, que sería el encargado de recoger todas las invitaciones y dar entrada a todos los asistentes. Según me pidió, los versos debían ser divertidos e intrigantes y a la vez sofisticados. Debía colaborar también en ambientar sin errores la fiesta en el siglo XVII, ya que el señor Ubarte quería retomar el funcionamiento del palacio justo el mismo día que fuera abandonado: 23 de agosto de 1685.

Después me dio la dirección donde debía recoger mi disfraz para la fiesta, un amigo suyo, un singular artesano, había elaborado los disfraces de todos, incluso el de algunos de los invitados. Según nos explicó, el mismo artesano era el encargado de escoger el más apropiado para cada uno, era una especie de visionario que utilizaba materiales “mágicos” para elaborar los tejidos y las máscaras y hasta que no te lo entregaba no sabías en que iba consistir tu traje. Él sabía cuál era el idóneo y por qué. –Llevar uno de sus disfraces te cambia la vida por completo –nos explicó Barugh.


El mío era fantástico. Un brillante jubón de colores dorado y morado y un gorro lleno de cascabeles conformaban mi disfraz de bufón. Extrañamente venía con dos máscaras: una bondadosa y divertida y la otra burlesca e irónica. También traía dos pares de zapatos y dos pares de guantes: unos en rojo y otros en negro. Dentro de la caja enorme del disfraz venía una extraña nota con las indicaciones de cómo debía enfundármelo, pues en absoluto parecía sencillo colocarme a la vez todos los componentes. El artesano, con letra parsimoniosa había escrito una curiosa postdata: “un disfraz es el vestido de la personalidad diaria que llevamos oculta”.

El día de la fiesta lo comprendí todo. Cohabitaban en mi disfraz las dos caras de mi existencia, sin perjuicio alguno de una hacia la otra. Con aquellas ropas pude sentirme tan yo mismo, que en adelante supe que ya no habría de necesitar jamás el abrigo con la capucha. El señor Ubarte, el artesano y los demás me conocían tal cual era, apreciaban mi poesía, mi personalidad, entendían mis dos rostros como quien entiende que hay días de sol y días de lluvia. Y de pronto, inmerso en aquel mundo creativo y singular, donde cada rincón era un universo artístico, me sentí cotidiano y común, un hombre más de los que deambulan por ahí.


Quienes hayan tenido a bien leer mi relato y me hayan acompañado de un extremo al otro del péndulo que ha sido mi vida, los que me acompañaron al funeral y quienes me hayan visto trabajar en la biblioteca están ya preparados para iniciarse de lleno en una gran historia. En la de un sombrero muy especial, uno azul de copa.



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