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El artesano. Historias de Lacero.


Der Lautenmacher by fresco-child


Recorrí mucho mundo en mi larga vida, y aunque muchas ciudades me entusiasmaron profundamente por su belleza sublime y su historia centenaria, nunca mi alma quedó anclada a ninguna en concreto, sólo pedacitos de mi corazón iban quedando en el camino, como migas de pan que señalaban el sendero por si alguna vez quería regresar. Me enamoré de edificios emblemáticos, de museos, de montañas y playas… pero nunca ese amor me unió de por vida a ningún lugar, nunca contraje sagrado matrimonio con ningún sitio, solo fueron etéreos romances de los sentidos con la más sana de las intencionalidades.


En mi deambular por el mundo trabajando de esto y de lo otro con el simple objeto de reunir dinero suficiente para seguir viajando y conociendo, en ese devenir bohemio que fue mi vida, me topé con una ciudad especial, Lacero. Por el norte se extendía hacia unas montañas escarpadas de rígida piedra azulada y blancas cumbres nevadas, se confundían con el cielo hasta el punto de no saber donde acababan unas y comenzaba el otro. Desde las blancas cimas se deslizaban pequeños riachuelos que se iban haciendo más y más grandes a medida que avanzaban ladera abajo, hasta ser adultos y majestuosos al llegar a las llanuras y vetustos y tranquilos al entrar en la ciudad hacia el destino de su muerte, el mar. Al este, un frondoso bosque hermoso, que cambiaba de color según la estación del año, se hacía tan espeso en algunas zonas que la luz malamente llegaba al suelo, creando sombríos rincones entres las raíces enormes cubiertas de líquenes de árboles gigantescos. Alrededor de éstos había charcos perennes, que se congelaban en invierno y que en otras épocas del año se llenaban de helechos. Ese bosque contenía mucho más que cualquier otro, latía en él una vida diferente, y se susurraban leyendas maravillosas por la ciudad.


Lo que más me gustó, sin duda, de este lugar, es como al sur se abría al mar. Canales de agua al igual que cintas de seda sigilosas se colaban entre sus calles adoquinadas, dándole a la ciudad un aspecto regio y antiquísimo. Justamente debajo del bullicio de las gentes y los coches, el susurro del agua se convertía en una pedal sobre la que avanzaba la sinfonía de lo cotidiano. Lacero era ingente, y tenía de todo, su diversidad me atrapó irremediablemente y decidí, en consecuencia, quedarme allí el tiempo que la propia ciudad estimara oportuno. Sentía que todos sus habitantes estaban allí sujetos por un hilo invisible y hermoso, destellante, un denominador común que pronto descubriría y que me había atrapado a mí también.

Entre las leyendas fantásticas de Lacero había una realmente fascinante: se murmuraba la existencia de un lago desaparecido, con náyades cuyas almas yacían bajo ciénagas que hasta ahora nadie había encontrado y con árboles que murmuraban historias fascinantes entre sus ramas, que ateridas en invierno intentaban en vano abrigarse con la misteriosa neblina del atardecer y que en verano se desnudaban de sus hojas antiguas para albergar la nueva vida que latía en su sabia.


Allí, en Lacero, encontré el amor de mi vida. Aquel era el lugar en el que mi alma caprichosa y vagabunda había decidido quedarse.


Conseguí trabajo en una florería. Aunque mis conocimientos sobre el tema eran casi nulos, la dueña insistía en que sus flores tardaban más en marchitarse desde que yo había empezado a trabajar allí, primero cargando material y más tarde, cuando aprendí el lenguaje de las flores, bajo las instrucciones de las mismas, preparando artísticos ramos y centros para ocasiones especiales. Fui feliz trabajando allí, adoraba la inocente sonrisa matutina de las margaritas, la timidez inmaculada de los gladiolos blancos y la sensualidad de la rosa. Ellas mismas me explicaban cómo debían ir colocadas en cada ramo según para qué fuera destinado.


Llevaba un tiempo trabajando en aquel lugar cuando cerca de la puerta comenzó a apostarse una mendiga con la que muchas veces conversé al salir a descansar cuando las flores, caprichosas, me hablaban todas a la vez con su perfume intenso y ya no lograba distinguir lo que decían, sino que todo se convertía en un tropel de olores que me acababa mareando. La vida de aquella inmigrante que mendigaba cerca de la florería era un continuo de desgracias que una tras otra se habían acumulado en su trayectoria hasta haberla llevado a la miseria económica y espiritual. Llevaba siempre consigo un gato, “mi amigo”, como ella le llamaba, que se tumbaba a dormitar en su regazo como si nada en el mundo pudiera ser mejor que aquella falda gastada y sucia. Nunca supe si alguna vez le puso otro nombre a aquel amigo del alma. Tenía consigo siempre también una raída manta de colores ya inciertos, deslucidos por el tiempo y el uso constante, para abrigarse en las largas horas que permanecía allí sentada junto al canal que dividía en dos la calle. Aquel gracioso y alegre gatito era quien único había permanecido a su lado cuando la vida le dio la espalda en todos los aspectos.


Mientras, de entre todas las flores de la tienda, había una que destacaba por encima de las demás, la preciosa Jacinta, la dueña de la florería, la joven que me había contratado segura de que mi energía rebrotaba la vida de sus flores. Jacinta era inigualable, sus pétalos dorados caían en bucles armoniosos sobre sus hombros, que como sépalos llenos de vida los acogían amorosamente, y su tallo, esbelto y erguido, tiempo después acogió a nuestro hijo amado, de cuyo lado jamás pude separarme ni tan solo un día entero.


Pasaba el tiempo, y aquella manta con la que la mendiga se enfundaba se estropeaba cada vez más, se volvía cada más y más mustia y menos arropadora. Durante el día el sol desgastaba su color, el aire la llenaba del polvo de la calle y el mar de su humedad, las miradas indiferentes habían hecho que su color azul se tornara gris oscuro, como si sollozara en el olvido. Durante la noche, sin embargo, se empapaba por las lágrimas y los sueños deshilachados de su dueña y eso conseguía estropearla aun más que los propios elementos de la naturaleza. Brotaba tristeza honda de aquella tela.


Durante mi infancia había pasado horas enteras en el taller donde mis padres, sastre y tejedora, pasaban los días completos trabajando. Allí aprendí como una simple tela podía convertirse en un traje de ensueño, lo más burdo podía ser lo más refinado, y que unas telas podían transformar una vivencia. Así que decidí ponerme manos a la obra y hacerle un regalo a aquella mujer de pasado y presente desgraciado y de futuro desesperanzado: una manta nueva. Colores hermosos comenzaron a entretejerse para formarla, junto con el más bondadoso y sincero deseo de que aquel objeto llevara calor a su desdicha. Pasé una noche completa sin dormir, pues pensaba que cada instante que yo durmiera desde que empecé a tejer la manta era un acto de egoísmo hacia mi amiga, un instante menos de prometedor futuro para ella. Curiosos sentimientos deposité sobre unos hilos.


Iba a ser una manta magnífica, muy abrigaba para el invierno crudo y húmedo de Lacero. Apreté los puntos con el fin de que ni un resquicio permitiera que el frío de la nieve se colara por él, amorosamente deseé en cada uno de ellos que llevara el abrigo a su alma y a su cuerpo y, de alguna manera supe, mientras convertía en plegaria insistente mi deseo sincero, que mi propósito llegaría muy lejos, aunque hasta tiempo después no averiguaría el verdadero alcance del mismo.


Al llegar la madrugaba la manta estaba ya casi terminada. Cuando até el último nudo me acosté a dormir, tranquilo, sosegado y con una felicidad colmada de paz. Soñé que aunque las flores eran muy bellas y mi trabajo me embriagaba de alegría, mis manos sujetaban entre sus pliegues un don fascinante que se abría ante mí y que habría de llevarme hacia la plenitud más absoluta, la que llenara todos y cada uno de los segundos de mi vida. En él maravilloso sueño de aquella noche sentí que había encontrado donde varar mi existencia y el claro objetivo de la misma, algo diferente había preparado el destino para mí y debía cumplirlo, por mi bien y por el de muchas personas. Pasé muchos días dándole vuelta a aquel sueño, que habría de ser premonitorio y certero.


Al despertar, con una rebosante alegría indescriptible, fui a llevarle a mi amiga su regalo. La gratitud que sus ojos reflejaron al retirar el envoltorio fue un pago desmedido para mi humilde tarea. Ambos sabíamos que sobraba la grandilocuencia de las palabras de agradecimiento hacia un regalo material, pues lo que le había llevado no era un objeto, era un sentimiento de calor, y nunca hay agradecimiento elaborado en palabras cuando se regalan sentimientos. Le pedí permiso para llevarme su vieja manta a cambio de la nueva y, sin preguntarme con qué fin iba a querer yo aquel trozo raído de tela sucia, me lo tendió sin dejar de agradecerme con los ojos el detalle que había tenido con ella.


Lo que sucedió a continuación fue todo muy rápido, afortunadamente. La joven de la manta había hecho un dibujo de sí misma junto al canal. En cada trazo de su lápiz había descrito sus días fríos cerca del agua, en cada sombreado difuminado, sus melancólicas noches de soledad, y los pequeños punto de luz explicaban, decía ella, instantes fugaces de felicidad con su alegre gatito, conversaciones conmigo, la contemplación de los delicados bucles de agua que se movían con parsimonia entre las paredes grises de su canal y otros segundos en los que había olvidado su desdicha en pro de vivir con intensidad un instante que le colmaba. Una mañana especialmente luminosa, pocos días después de mi regalo, de esas en que todo lo que ocurre obligatoriamente ha de ser bueno, un señor de porte distinguido, de gran estatura y mirada profunda se paró junto a mi amiga para contemplar como daba los últimos retoques a su obra de arte plasmada en un indigno trocillo de papel. Se colocó en cuclillas frente a ella y le hizo un sinfín de preguntas sobre aquel dibujo. Ella, sorprendida de que a alguien pudiera interesarle una vida gris plasmada en un papel, le explicaba con detalle cuanto aquel hombre, que con interés pasmoso escuchaba todo lo que describía, tuvo a bien preguntarle. Finalmente, tras escuchar la historia del dibujo, le ofreció una suma de dinero más que importante por él y le aseguró que pronto volvería a tener noticias suyas. Además le hizo un encargo, debía hacer otro dibujo, uno del gato que la acompañaba, pero no en un trozo de papel cualquiera. Sin decir más, se marchó, con aquella vida escrita a lápiz en las manos, con aquella biografía compleja resumida en unos trazos que explicaban mejor que las palabras su contenido.


Con el dinero que recibiera de su dibujo mi amiga compró un lienzo de tela para pintar en él a su gato al óleo. Según decía fue la técnica favorita durante el renacimiento y por tanto, era, indiscutiblemente, la más bella manera de expresar mediante la pintura cualquier cosa digna de ser representada. Estaba feliz, no podía creerse que alguien le hubiera encargado una pintura, aunque mil veces dudó de que aquel hombre en realidad regresara a recoger su encargo. Aún así, ya le había regalado un aliciente que le produjera ilusión y eso era ya mucho más de lo que había poseído en muchos años.


Su gato posó para ella durante tanto tiempo que parecía haberse convertido en una estatua perfecta. Era como si el amor infinito que ambos se profesaran destruyera las propias normas de la naturaleza creando otras nuevas solamente para ellos dos. Envidié a aquella pintora que con su arte y su afecto había conseguido sin pretenderlo que su inquieto gatito pintara en sus ojos la mirada más profunda que jamás hubiera visto y que permaneciera inmóvil con el fin de que cada uno de las suaves curvas de su pelaje fuera inmortalizada en aquel lienzo. Cuando lo terminó y me lo mostró vi lo impresionante que son los azares de la vida, que habían sumido en la indigencia el prodigio de unas manos que habían representado a la perfección al afecto en su más pura forma. Era amor lo que habitaba en aquellos ojos al óleo del gato inocente y amistoso, y que como llamas vivas parecían cambiar de expresión según la luz incidiera sobre ellos, había dibujado todas las facetas de un sentir en una sola imagen. La ternura de aquel lomo que se curvaba para recibir caricias había quedado expresado para siempre sobre una tela que una vez fuera yerma. Era como si aquel hombre hubiera sabido de antemano el resultado de su petición, pero, ¿cómo había adivinado que el retrato del gato iba a ser, sencillamente, soberbio?


Al día siguiente el hombre que encargara el cuadro estaba allí de nuevo. Cuando observó la obra de arte sonrió, como sabiendo que justo aquel iba a ser el resultado de su encargo. Quedó fascinado, alabó aquella pintura como un buen crítico de arte describiera un clásico de entre los clásicos. El gatito, igual que un muso orgulloso de su propia belleza, se acercaba al comprador para que éste le acariciara, la mano del hombre se posó en la cabeza del gato y éste pareció rendirse a la ternura de su caricia. El importe que abonó por el cuadro fue tan importante, que mi amiga decidió dedicarse a la pintura de ahí en adelante. Y a fe que le fue bien. Salió de la indigencia y su mecenas, del que pronto supe su nombre, el señor Barugh Ubarte, le consiguió clientes y exposiciones tales, que la pobreza de su espíritu sumido en la desdicha se hizo rico, se colmó de sonrisas, de instantes felices, de ilusiones y de sueños. Nunca se deshizo de la manta, pues según me contó, aquel objeto le había dado suerte, desde el instante en el que lo sostuvo entre sus manos su vida había cambiado y yo, que la había elaborado con la mejor intención y sinceridad de la que era capaz, supe que era cierto.


Ante el éxito de mi regalo, pensé que había llegado la hora de hacer realidad aquel sueño que una noche me avisó del don del artesano de ilusiones que colmaba mis manos. Así, decidí montar un taller donde elaborar esperanzas, posibilidades y cambios grandiosos.


Lacero era tan grande y tan hermosa, que casi en cada uno de sus rincones podía poner mi taller, en una esquina del centro histórico, próximo a algún canal romántico, cerca del límite del bosque oscuro... No hubiera sabido jamás elegir el sitio. Jacinta fue quien decidió por mí, ella siempre me había dicho que sabía que yo tenía un don especial, y segura como estaba de lo que yo le había contado, eligió un local pequeño, de madera y muy acogedor situado en un canal, en el escalón que algunos tenían entre el agua y la altura de la calle, un saliente que se utilizaba para colocar diminutos embarcaderos y al que a través de una escalera de piedra se podía acceder desde la calle. Era un lugar muy acogedor, con un espacioso cuarto trasero que podría convertirse en un taller, completamente de madera: sus paredes, las vigas, el suelo… y lleno de estanterías para ir colocando todo aquello que naciera en mis manos. Mientras barnizaba lo que iba a ser el mostrador, mi mente volaba entre los proyectos que iba elaborando mentalmente: jubones brillantes de carnaval, tocados llenos de pluma y pedrería, máscaras intrigantes y millones de detalles más. Todo iba a tener un aire de fiesta y sueños como ninguna otra tienda del mundo habría tenido jamás.


Una vez mi negocio estuvo listo coloqué un modesto anuncio en el periódico y poco a poco empezó a hacerse un pequeño nombre en la ciudad. Jamás me hice millonario, monetariamente hablando, con ella, sin embargo, conocí y aprendí tantas cosas que bien pudiera tener el título del artesano más rico del mundo. Cada nuevo conocimiento me ayudaba a construir mejor mis piezas y cuando comencé a ser anciano, ya me bastaba mirar solamente a la persona que entraba a comprar para saber exactamente qué estaba buscando en mi colorido expositor de mágicas vivencias que aún estaban en el porvenir.


Jacinta, al cerrar la florería por las tardes, iba a la tiendecita y pasábamos horas enteras hablando y cosiendo las prendas, escarchando máscaras o limpiando los relucientes metales que habría de colocar en los pedidos. Ella siempre pensó que yo tenía un don para otorgar vida a cualquier cosa, incluso a aquellas que no tenían a priori capacidad para albergarla. Nuestro pequeño Cástor venía por las tardes y hacía a mi lado sus tareas escolares, y al terminarlas, jugaba entre los sombreros de polichinela, las telas de colores y las cajitas de lentejuelas. Allí inventaba historias fantásticas y su desbordante imaginación, que yo achacaba en principio a la propia de un niño, en lugar de menguar con los años, creció desmedidamente y supe que había heredado esa capacidad para dar vida a cuanto saliera de sus manos y no solo eso, sino de hacer reales las intenciones con las que confeccionara cada cosa.


Nunca perdí la amistad con la joven indigente que pintaba cuadros increíbles. Una buen día aconsejó, sutilmente según me dijo, a una amiga suya, la encantadora Ligia, a la que habían invitado a una fiesta de disfraces, que comprara la máscara que habría de llevar en aquel evento en mi tienda y, guiñándome un ojo me dijo: “sé que harás la máscara adecuada para su disfraz, es el señor Ubarte quien la invita”. Como convertidor de sueños en realidad, imaginé enseguida cual sería la intención de aquel anfitrión al invitar a la joven amiga de la pintora a su fiesta.


Recuerdo que aquellos días tuve muchísimo trabajo, el señor Ubarte me había pedido que elaborara una enorme cantidad de disfraces y máscaras para la fiesta de inauguración de su palacio. Me habló de su amigo Hugo Rivolí, un poeta de sensibilidad magnífica que trabajaba para él en su biblioteca. Barugh Ubarte no tuvo que contarme nada más sobre él, adiviné enseguida cuál debía ser su disfraz y por qué, un bufón de dos caras, con dos máscaras casi opuestas que pudiera alternarlas o utilizarlas simultáneamente según lo requiriera la situación. Dos juegos de zapatos y guantes, unos elaborados de humo oscuro y otros de purpurina roja destellante, y, lo más importante, una nota explicándole al señor Rivolí cómo debía colocarse el disfraz para sacarle el mayor partido posible:


“Sr. Rivolí:

Sé que suele ser enredoso enfundarse en una vestidura singular, solo será necesario que use su sensible sentido y su sagacidad para vestirse con sencillez. Suerte.

El artesano.

P.D. Un disfraz es el vestido de la personalidad diaria que llevamos oculta”.


Cogí por costumbre, mientras trabajaba en el taller, ganar soltura en una extraña afición que había adquirido. Consistía, ni más ni menos, en jugar a elaborar el párrafo más grande que pudiera utilizando palabras que repitieran una misma consonante, sin que por ello tuviera menos sentido el contenido de lo que quisiera decir, aunque a veces fuera necesario dar pequeños rodeos para buscar palabras con la letra elegida. Me gustaba la musicalidad de aquel juego y me daba cuenta de que los clientes quedaban en parte sorprendidos y en parte agradados, así que lo hacía con mucha frecuencia y así otorgaba un poquito más de magia al objeto que se llevaban. Esperaba que a Hugo le hubiera sido útil mi seseante nota.


Había guardado durante muchísimos años la raída manta que mi amiga me diera a cambio de la nueva que yo le había elaborado. Sabía que algún día tendría grandes planes para aquella tela. La había lavado y la había vuelto a teñir de azul, y había quedado como nueva, la tristeza que antes brotara de ella se había disuelto y al tocarla sólo sentía un pálpito nuevo de ilusión. A mi pequeño Cástor siempre le llamó la atención, le gustaba mucho. Un buen día, siendo ya más mayor, compró unos alegres botones amarillos y con convicción rotunda me dijo:


-Sé exactamente qué hacer con esta tela.


Y sin más, se sentó a fabricar con ella un sombrero, un curioso sombrero que podía cambiar de forma solo con ajustar los ojales a uno u otro botón. Y así, la deslucida manta de la indigente se convirtió en un peculiar sombrero azul de copa.


Mi hijo Cástor a menudo me hablaba de un cuento que había construido con dibujos, trataba de un señor muy serio, un notario “o algo así”, que había ido una noche de San Juan a jugar alrededor de una hoguera con diablitos y, en su clarividencia desbordante, bautizó al hijo de este señor de su imaginación con su propio nombre: Cástor, y en sus dibujos infantiles pintaba el pelo oscuro y rizado como el que él mismo tenía. Me llamaba mucho la atención esa historia, sin embargo, más adelante, conocí a aquel señor serio, al notario, al anciano Abel, que como mi hijo Cástor predijera entró en mi tienda un buen día para solicitarme un disfraz. Aunque esa, es otra historia, claro, una que guarda relación con el sombrero azul que fabricó mi hijo, el de copa.




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