El 8º día

Actualizado: may 24


Febe


“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.” Cuando abrí los ojos tras la catástrofe, recuerdo repetir este fragmento del salmo 23 constantemente a la vez que salía del refugio en el que mi hermano me había obligado a entrar a toda prisa. Mientras rezaba recordaba el momento en el que, con los ojos inundados en terror, vi como él lo cerraba sin dejar de mirarme dejándose fuera a sí mismo. Su mirada, colmada de amor, llevaba también espanto y despedida. Supo que no había tiempo suficiente para que ambos nos pusiéramos a salvo y decidió que debía ser yo quien siguiera adelante.


Aún no sé cuántas horas o días estuve inconsciente tras la fuerte sacudida, y no lo sabré nunca, el recuento del paso del tiempo fue suspendido en el momento en que lo que quiera que fuera arrasó la superficie de la tierra. Todo parecía haberse parado, incluso su transcurso. Por momentos llegué a sentir como si el tiempo se hubiera puesto en marcha de nuevo pero hubiera dejado de ser lineal, y a su antojo discurriera ahora en cualquier dirección, creando bucles y arabescas mientras flotaba en el éter de la nada que la destrucción había dejado en el mundo.


Cuando desperté, mi alrededor estaba sumido en un terrible silencio y una tranquilidad amenazadora. Tanta quietud hizo que me sintiera imbuida en una especie de fosa abisal: la calma que flotaba en el ambiente cerrado me resultó ensordecedora y la presión del silencio hizo que me dolieran los oídos.


Mientras abría la puerta del búnker rezaba aquel salmo, mi favorito, en un vano intento de mitigar el miedo que me sobrecogía hasta casi paralizarme. El temblor de mis manos era ya convulsión, y el sudor frío empapaba mi frente y mi espalda mientras trataba de salir al exterior.


Lo que habría de encontrarme sería terrible, pensé, pero mi imaginación se estaba quedando corta, como comprobaría en los próximos días.


Fui la única en entrar a tiempo en el búnker que mis padres habían construido junto a la casa familiar. Tuve muchísimas suerte, ya no solo por haber entrado en él antes de que fuera demasiado tarde, sino de que no se hubiera derrumbado nada importante sobre la puerta, habría quedado encerrada allí dentro hasta perecer en la más absoluta soledad y sin saber qué había ocurrido en el exterior. Ahora sé que hubiera tenido suerte de haber muerto así.


Cuando salí no hallé a mi alrededor otra cosa que caos y destrucción. De mi casa apenas quedaban en pie fragmentos calcinados de muros y ningún recuerdo reconocible al que aferrarme. El techo se había desplomado y el barrio entero era una montaña de escombros haciendo irreconocibles sus avenidas, parques y viviendas. Caminar entre ellos era difícil y peligroso, pero sobre todo, era terriblemente doloroso: donde quiera que dirigiera la vista no veía sino cadáveres.


No sabía bien qué nos había tratado de aniquilar, o qué nos había aniquilado, para ser más concretos, pero lo que quiera que fuese había abrasado la piel y el cabello de quienes había encontrado a su paso, dejándolos irreconocibles. Probablemente, muchas de las personas que observaba ahora habían sido conocidas o amigas. Aquellos cuerpos eran de color rojo marronáceo y sus mandíbulas estaban desencajadas en un último grito de horror que no había llegado a ningún sitio, pero lo más grotesco de todo era su postura rígida, como si hubieran abandonado la vida durante un gesto brusco de suplicio.


Oré por todos ellos, y oré por mí. Quizás aquel cataclismo volviera a repetirse en cualquier momento, y esta vez no tendría a nadie que me protegiera. Al principio traté de colocar cerca de cada cuerpo sin vida un crucifijo improvisado con madera, piedras, o cualquier otra cosa, pero pronto me di cuenta de que eran demasiados. No podría ayudar a las almas de los cientos de cadáveres que se apilaban por todos lados a llegar a su lugar de reposo.


Había muchísimo viento, y en él había impregnado un terrible olor a muerte. Tuve que taparme el rostro casi completamente con un pañuelo, la tierra y el polvo de los escombros se me introducía en los ojos y en la boca constantemente, dándome la sensación de ingerir muerte a cada paso que daba. En pequeños flashes de mi mente me veía a mí también descarnada, ensangrentada, avanzando en aquel camposanto en el que se había convertido mi barrio en busca de ayuda, impaciente, tratando de localizar a mi familia en medio de la marea de cuerpos sin vida.


Durante muchísimo tiempo avancé hasta que me convencí a mí misma de que yo debía ser la única que había sobrevivido a aquel desastre. Caí de rodillas derrotada ante tal certeza. Quizás bajo tierra, en refugios, habría gente encerrada muriendo, pero ni yo sabía dónde estaban ni hubiera tenido fuerzas para quitar los bloques que pudieran estarlos tapando. Me aterraba encontrar alguno y saber que dentro había personas suplicando un auxilio que yo no podría darles. Me atormentaba la idea de ir dejando de escucharles pidiendo ayuda y de que su lamento se apagara al otro lado de la puerta mientras yo no podía hacer nada.


El devenir de los días no me había traído más que desolación, no encontré ni un solo ser vivo a mi paso. Cualquier atisbo de vida había sido exterminado: ni un ser humano, ni un árbol, ni un perro… nada. Lo único que se oía era el aullido inquietante del viento, similar a un alarido de dolor. El viento reseco, que teñía el cielo de gris y atormentaba mis oídos me agobiaba sobremanera porque pensaba que si había alguien cerca no lo podría escuchar, ya que cualquier sonido quedaría mitigado por su rugido atroz.


Nada me daba pista alguna de lo que había sucedido, ni de por qué había tanto viento. Tampoco de qué ocurriría conmigo en medio de aquella soledad inmensa y devastadora. Si no encontraba a alguien tarde o temprano la escasa cordura que me quedaba terminaría por desaparecer, por volatilizarse. A veces creía escuchar palabras o voces humanas en el aire, o movimiento en los cadáveres que encontraba a mi paso. Iba corriendo esperanzada, pero todo era fruto de mi anhelo, que me jugaba malas pasadas cada vez con mayor frecuencia.


Días eternos de caminata contra la ventisca, sobre escombros de vidas, comiendo porquerías y bebiendo apenas agua me alejaron del lugar donde había pasado toda mi vida y me adentraron en senderos desconocidos en busca de información. No sabía si la catástrofe había asolado el planeta entero, solo mi país o quizás nada más que una región. No sabía si habría supervivientes como yo, no tenía manera de comunicarme, solo podía caminar. No había electricidad, lo que quiera que sucediera había apagado todo. No tenía señal alguna en mi teléfono móvil y cuando se gastó la batería sentí que mis posibilidades de seguir con vida se habían gastado también.


Empecé a tener quemaduras en los labios y en aquellas zonas, como los brazos, que estaban expuestas, sin embargo no sentía dolor. Algo viajaba mezclado en el viento que era nocivo pero a la vez anestésico. Ni tenía con qué curarme ni con qué lavarme siquiera. Las escasas botellas de agua que encontraba las quería para beber.


Por casualidad encontré unas tijeras, decidí cortarme el cabello todo lo pequeño que pudiera. No podía lavármelo y estaba lleno de tierra y suciedad, olía terriblemente mal. Mientras veía caer los mechones al suelo y ser arrastrados rápidamente hacia el infinito, recordé con cuanto mimo me lo había cuidado mi madre cuando era pequeña y como yo había continuado haciéndolo. Mi brillante y largo cabello negro, que tanto me definía, no tenía valor en realidad, pero sentía que amputaba de mí algo más importante que simple pelo. Volvería a crecer otra vez, pero yo vivía aquel instante como si cortara recuerdos y amor. Dejaba partir una vida que ya no volvería: decía adiós a mis padres, mis hermanos y mis amigos. Me despedía del aroma a café de por las tarde, de las galletas que preparaba mi abuela, de los whatsapps con chistes de mis amigas… Como si fueran fotografías borrosas, mis recuerdos se desdibujaron de mi cabeza, parecían haber sido vividos en otra vida anterior a esta, una vida soleada, de brisa suave, de ecos de risas que eran ahogados en mi mente por el viento muerto que me envolvía.


Unas lágrimas anegaron mis ojos e intentaron resbalar por mis mejillas, pero no podía permitírmelo. Apreté los párpados y el aire reseco se encargó de lo demás. Cuando los abrí apenas quedaba algo de humedad en mis pestañas, pero nada más.


Días después de haberme cortado el pelo y haber decidido que debía convertirme en una mujer fuerte iniciando un camino hacia alguna parte y poniendo en marcha mi propio rescate, convencida además de que tarde o temprano encontraría el límite de esta catástrofe, llegué a las ruinas de lo que parecía haber sido un pueblo. Estaba totalmente derruido también. Tal vez yo hubiera esta allí en alguna ocasión, pero todo era irreconocible.


Una vez entré en él, en lo que parecía haber sido su avenida principal, no sé bien que sucedió, solo sé que desconecté de la consciencia y ya no recuerdo nada más. Cuando abrí los ojos estaba sentada en el suelo y encadenada a una piedra de gran tamaño. Me dolía terriblemente la cabeza y la boca me sabía a sangre.


—Así que una mujer, me costó trabajo darme cuenta —. Una voz masculina se coló en mi mente entre el terrible aturdimiento que sentía. Esa voz me hizo recordar de golpe todo: el búnker, el viento, mi cabello… Entremezclada con sus palabras oía mi propia respiración, agitada, y un latido intenso que retumbaba en toda mi cabeza.



Ceo


Me parecía increíble que una mujer de aspecto tan frágil hubiera podido sobrevivir. Llevaba demasiados días pensando que estaba absolutamente solo en miles de kilómetros a la redonda, quizás en todo el planeta. Las comunicaciones se habían cortado totalmente, así que era prácticamente imposible saber si quedaba alguien más. Suponía que no, nadie había venido en nuestra ayuda.


Había recorrido la zona en coche, pero no había hallado más que desolación, cadáveres y restos de edificios abrasados. Utilicé la gasolina que me quedaba para regresar a las ruinas de lo que había sido mi casa, aunque a decir vedad, hubiera dado igual quedarme en cualquier otro punto. Nunca sabré exactamente por qué volví y no seguí conduciendo hasta gastar completamente el combustible, algo me arrastró al punto de partida. La radio de mi coche no sintonizaba sino ruido blanco, imperturbable, y ninguna voz humana que pudiera darme un atisbo de esperanza.

La locura de toda una especie, que claramente se había aproximado en las últimas décadas a pasos agigantados hacia su ocaso, había hecho posible lo que la humanidad al completo sabía que terminaría por hacer: autodestruirse. Todos veíamos venir el final, pero creo que nadie pensó que fuera inminente. Ni siquiera tuvieron la vergüenza de avisar. Detonaron lo que quiera que fuera que tenían programado y ya está. Fin. El odio, las fobias, el deshonor, la venganza, el rencor, la codicia, la envidia: todos se habían unido en una sola mano, nefasta y terrible, para pulsar el botón.


Yo había salvado la vida de milagro. Me había colado en un búnker de los muchos que últimamente se estaban construyendo con el objetivo robar. Sentí una sacudida inmensa que hizo que me golpeara la cabeza contra algo y quedara inconsciente. Al despertar, mi reloj de muñeca se había parado, debió haberse dañado en el impacto, aunque la esfera parecía intacta.

Cuando después de mucho esfuerzo conseguí salir del refugio todo estaba arrasado: edificios, personas, cielo… todo absolutamente. La tierra se había teñido de luto y el viento de muerte. El sol se había desentendido de nosotros ocultándose tras una cortina gris y la luna había desaparecido del cielo.


Durante el tiempo que transcurrió tras la explosión pensé que si me encontraba a alguien no sabría si sería amigo o enemigo, el mundo se había vuelto loco últimamente, así que al ver a aquella persona enfundada en trapos sucios aproximarse tuve el impulso de golpearle en la cabeza con una piedra. Supongo que yo estaba también compuesto por todo aquello que activó el inicio del fin del mundo, mi propia mano había formado parte de aquella otra, siniestra y macabra, compuesta por lo peor de todos nosotros.


Cuando retiré el pañuelo que le cubría la cara vi a un ser con llagas en los labios y lleno de tierra. Me costó trabajo darme cuenta de que se trataba de una muchacha, pero aún así, no tenía por qué fiarme de ella. No había en quien confiar en un mundo en el que ya no quedaba absolutamente nada, ni siquiera el menor atisbo de humanidad.


—Así que la bella durmiente por fin se ha despertado —mis palabras debieron sonarle terriblemente mal, alzó la mirada llena de odio y enterró sus ojos grandes y desafiantes en los míos. Un hilo de sangre reseca se había mezclado con el polvo de su frente dándole un aspecto aún más temible. —¿Qué te ha pasado en el pelo? ¿Tu peluquera te odiaba? —giró la cara hacia otro lado, imagino que mi aspecto debía ser parecido al suyo: sucio y con heridas. Además, le había golpeado la cabeza, así que yo no debía caerle simpático.


—¿Me contarás de qué manera salvaste la vida? Si te cuento como la salvé yo te voy a parecer aún peor de lo que ya te parezco. Aunque mira, visto como ha quedado el mundo me da bastante igual la opinión que yo pueda generarte, ¿no? Verás, entré a un búnker a robar comida y en esas andaba cuando de repente ¡booom! Todo explotó, aunque esa parte ya te la sabes, supongo. En realidad a mí esto me da igual, mi vida por dentro era más o menos lo que ves ahora a tu alrededor, así que para mí poco han cambiado las cosas —iba a continuar hablando, pero la joven me miraba con el ceño fruncido, como si todo lo que yo le decía le hiciera hervir la sangre. Daba la impresión de que manaba tanta fuerza de sus ojos enormes y su cuerpo menudo que casi parecía que pudiera romper las cadenas que la atenazaban a la negruzca piedra a la que la encadené. Mi joven Andrómeda parecía tener muy mala hostia.



Febe


¡Genial! Me encuentro a una persona en el mundo tras esta catástrofe y resulta ser un ladrón que además de aporrearme la cabeza nada más verme parecía importarle muy poco lo que había sucedido.


—¿Te da igual? —exploté pese a las pocas ganas que tenía de hablarle —han muerto mis padres, mis hermanos, mis amigas y todos los seres que me importaban. Puede que tu vida fuera una mierda, pero la mía no lo era —no pude contener la tristeza al escuchar en voz alta lo que había sucedido, porque de alguna manera lo hacía todo mucho más real, y lo que comenzó siendo un discurso lleno de rencor acabó convirtiéndose en un llanto ahogado en la garganta que me impidió continuar. Miles de sueños que había en mi cabeza antes de la catástrofe eran ahora peor que pesadillas.


Contener el sollozo me produjo un dolor punzante en la sien, parecía que la cabeza fuera a reventárseme. No era por el golpe, lo que me estaba haciendo daño venía constantemente desde fuera. Sentí de nuevo que algo virulento e invisible viajaba con el viento que llevaba días y días respirando. Algo nocivo se estaba introduciendo en mi cuerpo y en mi cordura, en cada una de sus oquedades. Miré hacia a aquel hombre y, de repente, lo vi borroso. Cuando miré a mi derecha vi a una persona encadenada a una piedra hablando con ira hacia el hombre, le decía que su familia había muerto.


Acababa de verme a mí misma y de escuchar mi propio discurso como si estuviera sucediendo realmente a mi lado. Sentí un frío desconcierto recorriéndome por completo.


Vi entonces, con absoluta claridad, que alguien se aproximaba a lo lejos, una silueta envuelta en trapos. Aquella persona no se había percatado de nuestra presencia. El hombre que me había golpeado a mí sujetó una piedra y se acercó por detrás a la silueta de los trapos. Grité para avisarle, pero aunque imprimí muchísima fuerza a mi garganta, de esta no salió voz alguna. Le golpeó con potencia la cabeza. La víctima no debió oír que se le acercaba, el sonido del viento engullía todo a su paso gris.


Abrí los ojos. El hombre me llamaba Bella Durmiente. De repente, sentí como si hubiera un hueco en mi memoria o como si mi cuerpo hubiera viajado en el tiempo: tenía las muñecas libres de las cadenas sin saber en qué momento él había decidido que yo no era peligrosa.


—Esto debe ser lo más parecido al tártaro. Me llamo Ceo —me dijo con cordialidad, parecía despreocupado, no me temía. Sin embargo yo empezaba a sentirme incómoda estando desatada. No sabía qué ocurría en mi cabeza. Comenzó a hablarme mientras caminaba, pero durante algunos milisegundos intermitentes, desaparecía ante mí para aparecer a medio metro, hablando y caminando como si nada. No entendía bien lo que me decía, su conversación aparecía entrecortada.


—No sé cómo ha podido suceder algo así, creo que todos intuíamos que tarde o temprano ocurriría una catástrofe, pero se nos ha ido totalmente de las manos. Ni siquiera sabemos si hay alguien más con vida en el resto del país, ni sabemos que estará pasando en otros puntos del globo. Si tú y yo hemos sobrevivido debe haber muchos más por ahí —.


En un susurro empecé a rezar mi salmo una y otra vez, aterrorizada, sin perder de vista a Ceo, no quería dejar de mirarlo porque sentía que si lo hacía, se volatilizaría sin más y aparecería en otro lugar y en otro momento. El viento se llevaba mi voz, pero tenía la impresión de que él podía oírme perfectamente a pesar de que era un tenue murmullo que malamente llegaba a mis oídos. De repente, me miró estupefacto.



Ceo


Las pupilas de Febe se habían dilatado tanto que casi parecía tener los ojos negros. Gritaba a toda voz y monótonamente una especie de oración, no podía entenderla con claridad, no pronunciaba bien las palabras. Comenzaba a arrepentirme de haberla soltado. Quizás la culpa era mía por haberle golpeado la cabeza. Su pelo mal cortado, su rostro sucio y aquellos ojos perdidos en el vacío de este mundo que se muere, me asustaron. Ni en el peor de mis delirios había visto algo parecido, y eso que había tenido algunos realmente amenazantes.


Hasta hacía unos minutos, cuando nos pusimos a charlar después de que el recuerdo de su familia la hiciera llorar, me había parecido absolutamente normal. Me había dicho su nombre, su edad y que trabajaba como camarera en espera de un trabajo acorde con sus estudios de traductora. Incluso aceptó mis disculpas por haberla golpeado, me dijo que lo entendía, que ella quizás hubiera hecho lo mismo.


Mientras gritaba no me miraba a mí, miraba como si viera a otra persona por los alrededores. Se puso en pie y se dirigió hacia un punto muy concreto. Su cuerpo esquelético se balanceaba, se tropezaba con los escombros del piso, pero nada parecía frenarla de camino a su objetivo. Corrí hacia ella, a pocos metros era difícil ver bien por todo el polvo gris que el viento levantaba y no quería perderla de vista, podía caerse en cualquier momento y, de alguna manera, sentía que se haría añicos si eso sucedía.


Cuando llegué a su altura para sostenerla y que no cayera al suelo, su cuerpo pequeño se disolvió entre mis manos, como si hubiera estado hecha de arena. Aquello no podía estar pasando. Me giré a mi alrededor desesperado, buscando alguna respuesta a lo que acababa de suceder y de repente la vi. Febe estaba atada a la piedra con las cadenas que yo mismo le había puesto.


Caminé hacia ella y vi que, llena de odio, trataba de explicarle a la nada, al espacio vacío que había frente a ella, que había perdido a su familia y toda su vida. Aquel discurso era el mismo que me había dado a mí hacía solo unos instantes. Decidí quitarle las cadenas, empezaba a dudar de mi estado de consciencia y no quería dejarla allí muriendo si algo volvía a suceder, o si yo perdía la lucidez, cosa que empezaba a parecerme más que probable.


—Gracias por soltarme, me llamo Febe —me dijo. ¿Volvía a presentarse? Mientras ella me explicaba que trabajaba de camarera miré mis manos, vi como se volvían también arena poco a poco y eran deshechas por el viento. Mi cuerpo, mi yo, todo se disolvía en el aire frente a la mirada de Febe, que no parecía percatarse de nada.


El infierno se había desatado en forma de espejismos y había tomado fuerza en la superficie de la tierra. Yo estaba siendo espectador de primera fila del castigo que merecíamos. Ya no tenía clara la existencia de Febe, ni tan siquiera la mía propia.


Cuando me volví completamente arena y fui arrastrado por el viento sobre la sórdida tierra quemada abrí los ojos: la entrada del búnker estaba frente a mí, mis padres habían ido guardando alimentos, agua, mantas y ese tipo de cosas. Mi intención era entrar a robar, me hacía falta algo de dinero. De repente, vi a lo lejos una polvareda con fuego en su interior que avanzaba a toda prisa hacia mí, como un tsunami, engullendo todo a su paso veloz. Febe acababa de pillarme intentando robar en el refugio, la empujé a su interior rápidamente porque supe que ya no tenía tiempo de entrar junto a mi hermana y salvarme. La miré con todo mi amor y me despedí de ella para mis adentros. La oí gritar. Cerré la puerta. Había comenzado el octavo día.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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