El último cuadro



Escribir un relato con otra persona es asomarse un poco al balconcito de su alma, y les aseguro que en la de Bernabé A. Álvarez no hay sino cosas positivas: talento, iniciativa y afecto. Y si no me creen, pasen por su blog Palabras de tinta.


¡Muchas gracias por esta experiencia tan maravillosa, por compartir tan buenos momentos mientras escribíamos y por abrirme la puerta a tu creativo mundo!




EL ÚLTIMO CUADRO


Por Bernabé A. Álvarez y Arima Rodríguez


I.

Otra vez al despertar sintió que estaban las sábanas empapadas en sudor. De nuevo el tiempo se había dilatado más de la cuenta durante la noche atrapando su mente en un oscuro apocalipsis lleno de formas monstruosas, negras y amenazantes, que lo arrastraban hacia la demencia. Los seres diabólicos de sus sueños lo sujetaban por la ropa en un intento de evitar que despertase. Había tenido que luchar contra ellos para poder elevar los párpados; cada vez le costaba más trabajo llegar a la vigilia desde el insondable abismo de las pesadillas. Tenía miedo de que un día no pudiera vencer a las sombras y no alcanzara a despertar de ellas, quedando prisionero para siempre en aquellos paisajes horrendos que se le presentaban al caer dormido.


Junto a la cama esperaban, expectantes, los lienzos en blanco, deseosos de guardar en ellos las pinturas del viejo Gaspar. Las terribles pesadillas nocturnas le habían paralizado lo suficiente como para que sintiera temor de escoger un pincel o un color y llevarlo hasta la tela. El caballete se le antojaba lejano, como si cada vez que quisiera aproximarse a él, este se alejara de su alcance. Miraba la paleta y los colores se fundían entre ellos hasta convertirse en una siniestra escala de grises.


Observaba sus dedos con la escasa luz que entraba desde fuera. Estaban levemente deformados por la artrosis propia de un hombre de edad avanzada que ha trabajado con sus manos toda la vida. De ellos ya no podían brotar los luminosos paisajes de primaveras coloridas, ni los nenúfares que danzaban en el agua que pintara en su juventud. Gaspar interrogaba a sus manos en espera de que estas le despejaran la incógnita sobre lo que tenía ahora que plasmar en los cuadros vacíos.


Un leve temblor de sus dedos le recordaba que debía beber algo para calmarlo.


Los débiles y fantasmagóricos rayos de la luna se filtraban por uno de los extremos de la cortina mal echada de una de las estrechas ventanas de la estancia, bañando con inquietante luminiscencia parte del cuarto. Gaspar se levantó y arrastrando los cansados pies por aquel inclinado y polvoriento suelo de madera se dirigió, tambaleante por las terribles horas nocturnas, hacia la alacena.


Abrió la puerta de la habitación y descendió por las estrechas escaleras hasta la cocina, en la planta baja. Una vez allí, y ya algo más desvelado, buscó por los anaqueles algo que pudiese calmarlo. Buscó la botella de whisky, como normalmente solía hacer en aquellos casos de extrema intranquilidad originada por las oscuras criaturas de sus pesadillas. Mientras lo hacía, a su mente acudieron, de forma repentina, las últimas imágenes de esta. Su temperatura corporal subió y fue invadido por un estado de vértigo. Perdió el equilibrio y, viendo el amenazador y duro golpe que se daría contra el suelo, previno la caída aferrándose firmemente a la alacena. Las grotescas imágenes permanecieron por un tiempo indefinido en su mente hasta que, finalmente, sometidas por un segundo y aterrador desvelo, se desvanecieron. Tan solo una miríada de voces indefinidas permanecieron en su mente hasta que, con el lento pasar los minutos, se fueron apagando también. Al fin reinó el silencio.


Cogió la única botella medio llena de whisky escocés que le quedaba, la destapó y le echó un trago; el líquido recorrió su gaznate, envolviendo sus papilas gustativas en aquel característico y adictivo sabor que le recordaba al de la tierra.


Pensó que, además del whisky, le tranquilizaría echar un vistazo a su colección de cuadros que había pintado en su juventud, por lo que se dirigió al cuarto donde los guardaba. Eran muchas las noches que había tenido que pasar por aquellas mismas vivencias y ya nada había que pudiese hacer.


La deteriorada puerta que daba al pequeño cuarto donde guardaba los cuadros desprendía un fuerte olor a gasoil. La frecuente práctica de intento de exterminio de las carcomas de la madera a base de una jeringuilla con gasoil no parecía haber dado resultado alguno; al contrario, aquellos malditos coleópteros parecían alimentarse de aquel remedio casero que, según había oído, los aniquilaba por completo.


La llave de la puerta, siempre introducida en la vieja y oxidada cerradura, permanecía echada. Con un giro suave de muñeca la abrió. El fuerte olor a cerrado, mezclado con el del gasoil y con su propio aliento a alcohol le produjo náuseas, pero no tenía intención de volver a cerrar la puerta. Le dio la impresión de que allí, en aquella habitación donde guardaba las obras que no había vendido, hallaría las respuestas, las soluciones a sus interrogantes nocturnos, a los inquietantes seres de sus pesadillas.


Algo debió florecer a lo largo de su vida que le había llevado a la situación en la que ahora se encontraba. Siempre acostumbró a plasmar su alma en sus pinturas, estaba acostumbrado a fotografiar su mundo interior en óleo. En algún momento, pensó, debió plasmar en alguna de sus obras el punto de inflexión que le condujo al alcoholismo y a las pesadillas.


Cada uno de los cuadros llevaba la fecha en la que había sido pintado. Buscó el interruptor con su ya menos temblorosa mano. Encendió la luz de la habitación. Un amarilloso bombillo lleno de polvo que pendía del techo parpadeó brevemente hasta que por fin se encendió. Su luz era tenue, aunque suficiente para lo que quería hacer. Le llevaría tiempo la tarea que tenía en mente, pero ahora que apenas dormía este le sobraba.


Despacio, encorvado, fue ordenando los cuadros por fecha. Notó como poco a poco comenzaba a dolerle la cintura por la incómoda postura y por los años que ya le pesaban en la espalda. Pero el dolor físico era ahora lo que menos le importaba, era llevadero en comparación con el tormento de su cabeza.


En aquel orden, pensó, encontraría la pista definitiva que le diera las respuestas a las incógnitas que se le planteaban durante la larga noche, aquellas terribles noches que se arrastraban despacio sin que pareciera que el alba fuera a despuntar nunca.


Apenas había colocado unos cuantos cuadros pudo comenzar a distinguir un patrón, una tendencia en sus pinturas. Las primeras eran de colores radiantes y luminosos, representaban paisajes, muchachas sonrientes en soleadas mañanas, prados verdes salpicados de flores… sin embargo, con el paso de los años, los paisajes naturales fueron sustituidos por edificios, casas y esquinas cada vez más sombrías. Los colores se habían ido volviendo desvaídos y sin brillo. Las personas que aparecían en sus cuadros se habían tornado serias o tristes. Cada vez su obra era más taciturna y gris.


En el último año no había pintado nada absolutamente. Había colocado los lienzos en blanco junto a su cama pensando que tal vez la claustrofobia que le generaba el almacén repleto de objetos fuera una de las causas de que hubiera dejado de pintar. No tenía sentido engañase. Subió a su dormitorio a por el material que había colocado allí y, con dificultad, los llevó escaleras abajo.


Aquellas grotescas pesadillas tenían que terminar. Debía encontrar la forma de deshacerse de ellas para siempre. Llamado por una extraña fuerza se dirigió hacia la caja de madera que contenía los pinceles, paletas, tubos de pintura y demás enseres de la profesión. Estaba seguro de que las herramientas, en el interior de aquella caja manchada por diversos colores y ocultas por una tapa repleta de polvo, tenían algo que decirle aquella noche; sentía que le hablarían por medio de su mano y que un sinfín de oscuras escalas de colores se plasmarían en uno de los lienzos como ya se habían plasmado en un no tan lejano pasado.


Retiró la tapa de la caja y extrajo de ella un pincel de punta fina. En la paleta, con la pericia y maestría que solo puede concernir a un pintor experimentado, echó una serie de oscuros colores, los juntó y los extendió entre sí. Tenía muy claro lo que iba a hacer. En su mente se dibujaba, de forma difusa, uno de aquellos engendros oníricos, quizá el rey de muchos de ellos, que lo atormentaban durante las oscuras y desoladas noches.


Gaspar no era hombre de ponerle nombre a sus pesadillas pero a esta concretamente, al igual que a otras muchas, se había visto obligado a ponérselo por miedo. Cuando concedes un nombre a alguien crees tener, en parte, la acción de sus actos y por ende se forja una incierta seguridad de poder sobre el bautizado. El cuerpo de Arco, que por su curva forma había adquirido este insólito nombre, era extremadamente delgado y flácido. Sus enjutas extremidades eran tan largas como el tronco mismo, y muy similares a las de los seres humanos. Su rostro era un despojo, carente de boca, ojos o nariz: un miasma en trasmutación continua con ningún rostro y todos ellos al mismo tiempo. Era el todo y la nada. Su diabólica capacidad era la de encontrarte en sueños y arrastrarte a las pesadillas de las que él era parte.


La temblorosa mano del pintor, con el pincel en ella, comenzó a recorrer el blanco lienzo y a dejar en él la imagen de aquella curva y blasfema criatura del mundo onírico.


Mientras pintaba al más amenazador de los seres que componían sus pesadillas se sentía febril, enfermo. El sudor empapaba su frente, que limpiaba con la manga de la camisa una y otra vez, para volver a sentir, casi instantáneamente, la piel húmeda de nuevo.


A ratos bebía de la botella que había colocado junto al caballete con la excusa de poder tomarse un respiro y mirar cómo iba quedando su obra. Sin embargo, sabía que beber no era un descanso para él, sino que era la única manera que tenía, por lo pronto, de escapar de sus espeluznantes pesadillas durante la vigilia. El alcohol era lo único que las mantenía prisioneras en el mundo onírico. El whisky impedía que se colaran en los resquicios de su cordura cuando esta se hallaba despierta.


Tras un sorbo rápido de la botella regresaba una y otra vez, de manera rápida, a la paleta gris, como si una atracción magnética lo obligara a pintar a toda prisa, cada vez más y con más furia, al más diabólico de los engendros de los que lo torturaban por las noches. El rostro sin rostro iba tomando forma con su pincel en un lúgubre paisaje que solo había contemplado mientras dormía. Debía plasmar la descarnada sonrisa sin labios de Arco.


En aquella habitación en semipenumbra, sin ventanas, no había manera de apercibirse del paso del tiempo. Quizás seguía siendo de noche, tal vez fuera ya mediodía. No sentía hambre, ni sed, ni necesidad alguna de salir de allí. El fuerte olor de sus pinturas y el de su whisky le generaba anestesia, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera un deseo imperiosos de ver a Arco representado en el lienzo. Era como si la propia bestia le guiara las manos.


Apuró el último trago que quedaba en la botella, se limpió la barba con la misma manga que se limpiara el sudor y observó el cuadro. Apenas quedaban unos detalles para terminarlo y firmarlo. Sabía que no podría concluirlo a menos que abriera otra botella.


No sabía aún qué traería consigo la conclusión de aquella pintura: quizás estuviera abriéndole a aquel monstruo un portal hacia el otro lado o tal vez solo consumaba una catarsis del tormento que lo acribillaba noche tras noche. Sea como fuere, ya no podía dar marcha atrás, no podía evitar pintarlo.


Cuando salió de la habitación en dirección de nuevo a la cocina observó, desconcertado, la escasa luz que entraba a través de las pesadas cortinas. Se aproximó a la ventana y apartó levemente una de ellas para mirar el color de cielo. —¿Está anocheciendo? —sintió que algo no encajaba, su percepción del paso del tiempo se había distorsionado por completo. En ese instante, entre el sombrío silencio de su casa, se pudo escuchar el reloj del salón dando las siete.


Dio un último vistazo a la calle, llenando sus ya cansados pulmones de aquella brisa salobre y rancia generalmente perteneciente a los pequeños pueblos costeros dedicados a la pesca. Los antiguos y sucios callejones se encontraban casi por completo desiertos, solo un extraño individuo, ensotanado y sobre unos larguísimos zancos, recorría, tambaleándose de un lado a otro y con pasmosa lentitud, uno de los callejones circundantes a su vivienda. Se estremeció. Los tejados a la holandesa que quedaban más bajos a su ventana estaban completamente desvencijados y los cristales de las escasas claraboyas, al igual que la suya, se encontraban sucios y rotos.


La luna, gibosa y menguante en el firmamento, pareciese estar esperando la pronta marcha del sol para ser ella, una vez más, el punto de atención en el cenit.


Debía terminar lo que había empezado. Arco le esperaba en el lienzo, sinuoso y terrible, ingiriendo terror y volviéndose casi real en su pintura. Podía escucharle llamándolo desde la habitación —Gaspar —. Confundiéndose con el aliento de la brisa de aquel día a punto de morir, algo susurraba su nombre. La voz satánica provenía del cuadro. Hechizado y sumiso, el pintor cogió otra botella, la abrió y se dirigió hacia el cuarto donde llevaba encerrado más de doce horas, dispuesto a que su mente le dictara los últimos retoques.


Dejó caer el liviano peso de su cuerpo sobre la silla y colocó la botella en el suelo, junto al caballete y a la otra ya agotada.


No había dormido nada, pero no tenía sueño. Disponía de toda la noche, de tiempo suficiente para terminar de pintar aquel cuadro. Cuando el pincel dio los últimos retoques de Arco, de aquella diabólica expresión artística, Gaspar no pudo menos que pensar en otra de sus pesadillas. Apartó el cuadro que acababa de terminar y colocó un nuevo lienzo en blanco. Iba a comenzar a trazar el infame y crudo bosquejo que representaría el que fuera, sin albergar espacio a la duda, el sinónimo de destrucción más vasto y profundo que pueda existir. La composición del caparazón de esta pesadilla con aspecto de tortuga estaba formado por incontables cabezas, humanas y no humanas y, sus ojos, enormes y rojos al igual que todo su cuerpo, eran semejantes a dos infernales flamas. Surcando el más profundo de los espacios inabarcables destruía todo a su paso, sin dejar rastro alguno de posible vida planetaria.


Respondía por el nombre de Gralóna, la tortuga de los mil rostros, y era la devoradora de galaxias, la antítesis de la creación.


Gaspar despertó mucho después, no recordaba haberse quedado dormido. Aún estaba sobre la silla, reclinado, con la barbilla hundida en el pecho. Alzó la cabeza y vio, para su sorpresa, que ambos cuadros estaban finalizados. Un escalofrío le recorrió la espalda al verlos: eran inhumanamente verosímiles y vivos transmisores de la terrible fisiología del miedo. Apartó los ojos de ellos. No creía que él pudiese haber sido el creador de semejante abominación, de semejante insulto a la naturaleza y a la artística cordura humana.


Se levantó y en el instante en que lo hizo un fuerte dolor de cabeza lo golpeó. Tenía la garganta reseca. Cogió la botella de la noche pasada del suelo y la volvió a dejar, resignado, al ver que estaba completamente vacía; necesitaba con urgencia tomar un trago, aunque fuese de agua. Se dirigió a la cocina arrastrando los pies, cogió un vaso y lo llenó del grifo. Fue entonces cuando se percató, en un momento puntual de obnubilación, de que había conseguido dormir, no sabía con exactitud cuánto tiempo pero lo había hecho. Y a su vez, Arco, al igual que su último y grotesco trabajo, Gralóna, no habían sido los protagonistas de sus pesadillas aquella noche.


Una idea comenzó a formarse en su cabeza, poco a poco, como una revelación. Una vez hubo apagado su sed y se sintió espabilado del sopor que sigue al sueño nocturno, repasó en su cabeza la conexión entre sus pinturas y sus sueños. ¿Acaso aquello que había plasmado en los lienzos habían quedado atrapado en su obra y había sido liberado de su mente? No tenía lógica alguna, sin embargo… todo apuntaba a que aquella idea era una certeza absoluta.


Con dificultad miró los cuadros. Asomarse a ellos era observar la fosa de su mente. Arco y Gralóna permanecían inmóviles, como si siempre hubieran sido solamente óleo, como si nunca hubieran engullido vida.


Abrió otra botella y colocó un nuevo lienzo en blanco sobre el caballete. No había comido en días y apenas había dormido, incómodo, en aquella silla. Sin embargo sintió que nada debía desviarle de su objetivo. Tenía que comprobar su teoría y tratar de liberarse completamente de la tortura que le asediaba de manera despiadada. La pintura parecía haberle otorgado un inesperado don.


Zasha quedaría inmortalizado en este nuevo espacio en blanco que se le ofrecía ahora más como una posibilidad redentora que como un reto artístico. El esqueleto de miles de dedos que sostenía un cuerno en sus manos comenzó a tomar forma lentamente bajo su pincel hecho de miedo. En sus sueños, Zasha soplaba su cuerno, que en realidad no producía sonido alguno, y a todos a los que le llegaba la onda expansiva que emitía, se tapaban los oídos, caían al suelo y, en cuestión de segundos, se convertían en figuras descarnadas, que perecían con una grotesca mueca de dolor en sus rostros. Los ojos de las víctimas se volvían vidriosos y una sombra de horror quedaba dibujada en su retina para toda la eternidad.


Huesudos dedos, cuerpos en descomposición, tierra sin cielo. Todo iba quedando retratado nerviosamente por su pincel.


Cuando hubo terminado observó, perplejo y exhausto, las tres pinturas. No era posible; cada una de aquellas pinceladas de pesadilla y horror que comprendían el conjunto de los tres lienzos evocaban en él el mismo y genuino terror del que había sido prisionero en sus más profundas y frías pesadillas. Los macabros rostros de aquellas criaturas oníricas parecían deformarse en una burlesca sonrisa y poseer vida propia. Aquellos lienzos parecían manifestar el ferviente deseo de querer caer al suelo y escapar, vertiendo de forma inexplicable aquellas nauseabundas pinceladas por el suelo. Aquellos rostros que parecían mirar de soslayo estaban desprovistos de toda humanidad. Gaspar ahogó un grito de terror.


Se levantó de la desvencijada silla y se dirigió hacia una de las esquinas de aquella reducida estancia. Además de servir como almacén para la inmensa mayoría de las obras del pasado, también lo había utilizado como pequeño museo; al final del cuarto, en una sucia esquina que hacía un ángulo obtuso, había colocado, hacía ya mucho tiempo, una estantería que siempre había permanecido bajo el peso de una blanca manta. Gaspar la retiró con cuidado. Bajo esta, una serie de extrañas estatuillas de grotesca apariencia y de tiempo indeterminado se hicieron visibles.


Gaspar cubrió con la manta, con cuidado y cierto temor, aquella serie de cuadros que habían comenzado a formar parte del mundo en menos tiempo del que había pensado que lo harían. Un atisbo de locura, potenciada por el alcohol y el insomnio, comenzó a manifestarse en él.

Debía de contar a alguien aquel don del que, sabe dios desde cuando, era poseedor. Un don sobrenatural, a medio camino entre lo divino y lo terrible del cual aún no sabía sus dimensiones exactas. ¿Funcionaría solamente consigo mismo? ¿Podría serle útil a alguien más? ¿Se cobraría algo a cambio de liberarle de sus pesadillas?


Abrumado completamente por tantas preguntas sin respuestas, se llevaba las manos a la cabeza mientras andaba desatinado, a zancadas, por la estancia, que amenazaba en su mente con menguar cada vez más. Los cuadros antiguos, las criaturas de las pinturas nuevas, las estatuillas que rápidamente había ojeado… todo allí dentro parecía sobredimensionarse y robarle el aire. —¿Quién? —gritó mientras caía de rodillas al suelo.


Al punzante dolor que sintió en su descuidado cuerpo al impactar contra el piso se unió un recuerdo antiguo, que asomó a su atribulado ánimo para traerle una brizna de consuelo. —Ella, sí, ella me ayudará, estoy seguro. Es la persona más cerca de Dios que conozco —. Con los ojos encañonando al vacío se puso en pie, fue al baño a lavarse la cara y, mientras intentaba mejorar un poco su deplorable aspecto, se sumió en un mar de recuerdos apacibles de su adolescencia.


Se vio a sí mismo cuando aún iba con su padre a la iglesia los domingos y recordó el momento en que la conoció. Había una brisa fresca y húmeda cuando ella apareció en la pequeña arboleda que había detrás de la iglesia. La hermana Piedad era una mujer serena, de gesto tranquilo, que había tomado los hábitos por pura vocación. A él siempre le llamó la atención su piel de cera y sus manos tibias, que aquel día de otoño le habían acariciado las mejillas dejándole durante largo tiempo una sensación de paz a la que acudía muchas veces su mente cuando las tormentas no le permitían pensar con claridad.


Convencido completamente de que ella era la persona a la que debía acudir, salió de su casa con la mente aún algo turbia por los últimos tragos. Al abrigo de la niebla del atardecer comenzó a ascender la empinada cuesta que lo llevaría hasta el convento donde aquel ángel hecho mujer habitaba.


Sus zapatos al andar, en contacto con la adoquinada callejuela en pendiente, producía un sonido sordo que pronto le comenzó a inquietar y a provocarle mareos y visión borrosa sin razón aparente. Una cantidad sin determinar de sonidos de pisadas ajenas a las suyas se unían tras las de él, con el mismo ritmo y frecuencia de vibración; pero, por muchas veces que se volteara a mirar, nunca conseguía ver a nadie. Aquellas pisadas se detenían cuando él lo hacía. Su cabeza, por la falta de sueño y el abuso del alcohol, debía de estarle haciendo pasar un mal momento. Se centró, tenía que terminar de subir aquella condenada e impiadosa cuesta. No podía perder la cabeza, no ahora. Debía mantener la cordura intacta.


Sabía que cuando llegase arriba y se dirigiese a la iglesia, la hermana Piedad, lo escucharía y le aconsejaría sobre lo que debía hacer.


Las paredes de las viviendas, construidas con tosca piedra, y los empinados tejados revestidos por el liquen generado por el húmedo clima, le daba al conjunto un aspecto mágico y al mismo tiempo inquietante. Los balcones sobre balcones de las viviendas comenzaban a ser ocupados por sus moradores, gente sencilla y al mismo tiempo extraña, dedicada principalmente a la mar que despertaba de su letargo antes de que despuntase el día para comenzar la ajetreada jornada con algo de anticipación. Estas viejas casas, tremendamente inclinadas a un lado y al otro de la estrecha callejuela, daban la impresión de querer obstruir el paso para impedirle llegar a la iglesia.


El emplazamiento de aquel pueblo costero de nombre Puerto Blanco se encontraba en la cima de una alta colina comprendida por acantilados. Los días de luna llena se podía observar una extraña y amarillenta neblina alzarse por encima de los riscos más bajos y fusionarse con la bruma de la noche. Aquel extraño fenómeno nunca había agradado a Gaspar quien, en más de una ocasión, lo había retratado con temor en sus lienzos.


Gaspar no tardó en llegar arriba. Allí, a pocos metros de donde se encontraba, pudo ver la iglesia, arropada por un puñado de casas dispersas de bajo tamaño. Se paró un instante para tomar aire. El tañido de la campana dando las siete lo sobresaltó ligeramente. A esa hora el cielo era aún oscuro y la mortecina luz amarillenta de las farolas alargaba la sombra de la torre de la iglesia hasta casi rozar sus pies.


Una de las hojas del portón estaba abierta, y la luz temblorosa, procedente de los enormes cirios del interior, danzaba hacia el exterior para mezclarse con la neblina que se arrastraba por el suelo de adoquines.


Los pasos de Gaspar disipaban la niebla, la convertía en pequeños remolinos que volvían a reagruparse nuevamente tras él. De nuevo escuchó el rumor de unos pasos, se giró, aprensivo y tembloroso, pero no vio a nadie. Sin embargo, a escasos metros tras él, la niebla jugaba a descomponerse primero y a recomponerse después, como si algo rompiera su sereno transcurso por el suelo gris.


El pintor, con los ojos desorbitados y la boca dibujando en su rostro una mueca de terror, corrió hacia el interior de la iglesia. Traspasar el pórtico y andar por la nave central no hizo que se sintiera mejor. Donde quiera que dirigiera la mirada, creía ver rápidas sombras que escapaban a hurtadillas de la luz para unirse a los rincones oscuros que las velas no conseguían iluminar.

No había nadie. Avanzó con sigilo hacia el crucero, con el oído bien atento por si escuchaba de nuevo los pasos. Ya fuera su mente jugueteando con su cordura o un fantasma escapado del tártaro de sus lienzos, no había entrado en el sagrado recinto.


Avanzó hacia la sacristía, quizás la hermana Piedad se encontrara allí limpiando y colocando el material litúrgico para la misa, aunque no le parecía probable. Giró levemente el pomo, y sin saber bien el por qué, le sorprendió que la puerta no estuviera atrancada. Apenas la abrió, sintió el aroma del incienso que provenía del pebetero que se guardaba allí. Aquel olor le transportaba al luminoso pasado, a su familia, a su infancia, a todo lo bueno y hermoso que había quedado atrás.


Cuando terminó de abrir la puerta, una figura absolutamente negra en el fondo de la sacristía lo sobresaltó. Con una lentitud que se le hizo eterna, la presencia se dio la vuelta. El temblor constante de sus manos pasó de ser apenas imperceptible a convertirse casi en convulsión.


—¡Oh! Mi querido Gaspar, me has asustado. No esperaba a nadie aquí dentro —. La dulce voz de la hermana Piedad estaba algo agitada por la sorpresa.


—Pi-Piedad. No esperaba encontrarte aquí tan temprano —dijo al fin, algo más calmado, también sorprendido por el inesperado encuentro.


—Mi querido Gaspar, sabes que la casa de dios nunca duerme —dijo con voz monótona, como si aquellas palabras fuesen un comodín y las hubiese utilizado en incontables ocasiones con alguno de sus feligreses.


El serio rostro de la hermana Piedad, iluminado por la pálida refulgencia de las velas, incomodó al pintor. No debía de haber ido allí, pensó; aquella idea lo había acometido desde que puso el pie en las blancas baldosas de la iglesia. ¿Podría confiar en ella? ¿Qué pensaría de él tras contarle los inquietantes resultados de aquel don del que creía ser poseedor? Se imaginó con una camisa de fuerza y con dos policías a cada lado, sujetándolo fuertemente de los brazos, sin humanidad, llevándoselo al hospital para enfermos mentales de Dévelon, a tan solo sesenta y ocho kilómetros de distancia de Puerto Blanco: como si no fuese más que otra alma corrompida. Solo los cuervos estarían allí, graznando en cada forcejeo con aquellas marionetas del sistema mientras lo introducían en el automóvil para llevárselo.


La religiosa observó a Gaspar con sumo detenimiento y cierto aire de reprobación. Los ojos enrojecidos, los dedos temblorosos, la barba de varios días y las ropas poco limpias le daban a entender que el pintor estaba sumido nuevamente en otra espiral vertiginosa de alcoholismo. El incómodo silencio se hizo más notable hasta que la hermana Piedad habló de nuevo. Intentó, con poco éxito, no imprimir reproche a sus palabras, su misión era acercar a los hombres a Dios, pero le repelía el abandono al que aquel hombre se había entregado y el fuerte olor a bebida que desprendía.


—No parece que te encuentres bien. ¿Has venido a pedirme ayuda? —tras sus palabras el eco de los pasos que siguieran a Gaspar por el camino retumbaron en el interior de la iglesia. Ambos miraron hacia el exterior de la sacristía.


—La madera de los bancos del coro crepitan cuando hay humedad —confirmó con serenidad la hermana Piedad —. El hábito negro se le antojó sumamente amenazante al ya algo menos ebrio pintor, no podía adivinar bien los leves movimientos que la mujer realizaba con sus manos, introducidas en las amplias mangas.


El pintor, todavía invadido por aquellos oscuros pensamientos, y con la cabeza gacha habló por fin.


—En realidad sí, hermana. Tengo algo que contarte pero no estoy seguro de saber hacerlo —. Dijo, intentando mantener la calma y las emociones que lo abordaban en ese instante.


—Gaspar, te conozco desde que eras tan solo un niño, ¿el maligno te ha querido tentar? Habla, pues ningún mal debe ser callado.


Gaspar alzó la cabeza y miró fijamente a los ojos de la monja.


—Al contrario, hermana Piedad. Dios me ha otorgado la herramienta perfecta para purgar de parásitos el mundo onírico.



II

Para la hermana Piedad, entrar en la casa de Gaspar, cochambrosa, sucia y oscura, supuso un doble sentimiento: repulsión y compasión. Estaba acostumbrada a su convento impoluto y sagrado, en el que ningún tipo de suciedad, espiritual o material, permanecía mucho tiempo. Ella a diario se ocupaba de limpiar todo con esmero. Los muebles de su celda eran escasos, pero ni una mota de polvo reposaba en ellos; el crucifijo antiguo colocado sobre la cabecera de su cama estaba siempre reluciente y sus sábanas lucían invariablemente limpias y estiradas. Así eran su vida y su fe: pulcras.


En la casa de Gaspar se acumulaba suciedad por los rincones, una gruesa capa de polvo lo cubría todo y las cortinas, pesadas y hechas jirones, oscurecían la estancia haciendo imposible que no pareciera de noche allí dentro. El olor a comida agria se mezclaba con el del gasoil. Algo debía haberse estropeado en la cocina y alguna plaga debía andar por las viejas maderas de la casa.

Lo que el pintor le había contado parecía una auténtica locura, pero su vehemencia y la luz de sus ojos mientras explicaba lo que había sucedido en la últimas jornadas habían hecho imposible que le dijera que no iría a comprobarlo. —El alcohol debe estar haciendo que delire, que no distinga la realidad del estado de ebriedad —pensaba la religiosa mientras seguía a Gaspar hasta el cuarto donde estaban sus pinturas.


Montados sobre tres caballetes, el pintor le mostró los lienzos en los que había estado trabajando. Horrendos paisajes que albergaban criaturas descomunales y malignas, de los que parecía brotar solamente destrucción y dolor inmensos, se mostraron ante ella. Dio un paso atrás, asustada, pensando que la mente de su querido feligrés estaba aún más devastada de lo que ella había imaginado. El dolor de la soledad debía haber destrozado la humanidad que le quedaba, solo una mente desfigurada pudo haber reflejado aquella impudicia.


—¿Qué le parece? —una sonrisa desencajada se asomó al rostro sin afeitar del pintor.


—Querido Gaspar, te contaré mi pesadilla para que puedas pintarla —la monja evitó responder a la pregunta. Solo quería salir de allí y volver a su convento cuanto antes para continuar con su reposada rutina diaria.


Iba a comenzar cuando de pronto la asaltó una duda. ¿Qué estaba haciendo allí, en aquella casa desvencijada? Estaba a punto de contarle a Gaspar, un hombre solitario y atormentado por sus pinturas, una de sus peores pesadillas. ¿Acaso Dios no la había escuchado? Hacía muchos años le había suplicado que se hiciese cargo de ellas; tomó el camino de la fe, convirtiéndose en abadesa por ello…, pero aquellos terribles y odiosos sueños siempre terminan volviendo. Nunca hubo respuesta por parte de Él. En las noches más oscuras, emergía de las capas más profundas de la inconsciencia para atormentarla con los acontecimientos de un pasado ya muy lejano…


Pensó que quizá por fin el Altísimo había escuchado las súplicas de hacía tantos años y le había enviado a Gaspar, junto con aquel don que decía haber obtenido. ¡Eso es! Quizá había mandado aquella alma atormentada para la purificación y liberación de aquel martirio de su niñez.


Apartó los pensamientos de escapar de allí para volver al convento y seguir con su rutina diaria. Debía de ser más comprensiva con la insólita experiencia que aseguraba haber vivido Gaspar.


Tomó asiento sin esperar a que el pintor le invitase a hacerlo.


—Solo a Dios, en mis oraciones nocturnas, le he contado lo que te voy a contar a ti ahora. Ni siquiera en confesión he sido capaz de narrar lo que vas a escuchar. Quizás El Señor, en su infinita sabiduría, ha cruzado nuestros caminos en este instante para liberarnos a ambos del infierno personal que nos asola el alma —La religiosa suspiró con profundidad y rebuscó entre sus recuerdos hasta dar con las imágenes que tanto había intentado sepultar. Entornó la vista y sujetó en sus manos blancas un sencillo rosario de madera.


—Sucedió cuando tan solo era una niña —siguió diciendo tras unos breves segundos de silencio, su voz denotaba temor —. Mi familia, padre y madre, siempre habían vivido en este pueblo, en la parte más alta del mismo. Mi padre, pastor, se había dedicado toda la vida al cuidado de las ovejas, al igual que su padre y el padre de su padre. Siempre fuimos una familia de pastores.


Todo ocurrió en el transcurso de una eterna noche en la que el viento aullaba y el tiempo amenazaba con traer lluvia. Yo estaba en la cama, mis padres ya me habían dado las buenas noches y retirado al comedor hacía rato. Los oía hablar, intranquilos. Él decía que escuchaba una de las puertas del establo abierta, golpeando por las rachas de viento contra el marco, y que debía ir a ver qué pasaba. Ella le decía que no, que tan solo era una rama de los árboles cercanos chocando contra el techo de la misma. La conversación terminó bruscamente, escuché a mi padre abrir la puerta de nuestro hogar y salir, precipitándose en la absoluta oscuridad entre murmullos.


Minutos después, un grito aterrador quebró el silencio de la noche. Gaspar, te aseguro que no fue él. Aquel diabólico grito no podía haberlo producido ningún órgano fonético humano; ningún ser en la faz de la tierra podría emitir semejante aberración auditiva. Ninguno. Escuché a mi madre exclamar asustada el nombre de su marido, levantarse y salir corriendo en pos de él, dejando la mecedora en la que había estado sentada en un vaivén eterno. El terror, con mano fría, se apoderó de mi alma.


No logro recordar con lucidez qué pasó a continuación, pero me encontré en la calle, descalza y tiritando de frío. Estaba frente al establo pero la puerta del mismo había desaparecido. No veía a mis padres por ninguna parte y, cada vez más, el miedo me paralizaba.


Vi entonces que de la honda oscuridad del establo emergía una sombra que avanzaba hacia mí. Retrocedí unos pasos, segura de que lo que había producido el espeluznante grito que oyera minutos atrás, se dibujaría claramente frente a mis ojos en el instante en que llegara a la zona bañada por la luz de la luna. Avanzó un poco más, y fue entonces cuando lo pude observar con claridad. Fue tal la impresión, que caí hacia atrás y me quedé sentada en el suelo, pero ni aún así fui incapaz de cerrar los ojos o apartar la vista de él.


Un chillido de terror se atoró en mi garganta, pero no pudo liberarse, así que aunque me esforcé, no produje sonido alguno. Solamente podía jadear.


Aquella criatura era enorme y de aspecto rocoso. Su cara infernal parecía casi de hombre, pero dos grandes cuernos de carnero se enroscaban en lo alto de su frente. Sus ojos brillaban perversos bajo el abundante pelo de su cabeza, que caía sobre sus cejas pobladas. Tenía una barba larga y puntiaguda que le reposaba en el pecho amplio. Su terrible boca de enormes colmillos babeaba sangre. Sus brazos eran poderosos y sus manos acababan en afiladas garras. Yo había visto en muchas ocasiones a mi padre despiezar el ganado, así que cuando reparé en sus zarpas gigantescas, supe que había en ellas restos de vísceras.


Bajo la luz blanca y átona de la luna parecía que su gruesa piel era rojiza. Avanzó aún más hacia mí. El sonido sordo de unos cascos, como si fuera la pisada de un animal, hizo que pudiera apartar por fin mi mirada del influjo de la suya y hacerla descender, despacio, para observar sus piernas. Eran extremadamente velludas, sus rodillas se doblaban hacia atrás y acababan en pezuñas, que se clavaban en la tierra a cada paso que daba.


Sentí mucho frío, mi vista se nubló poco a poco y perdí las fuerzas. Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos en una cama, en casa de mi tía.


Hallaron el establo teñido de sangre. Gran parte del ganado había sido destrozado y sus restos estaban desperdigados por todos lados. Algunas cabezas tuvieron que ser sacrificadas porque tenían heridas mortales. Había salpicaduras rojas en las paredes de madera y en el techo. Cuentan que el olor era nauseabundo y que una nube de moscas zumbaba ensordecedoramente.


Pensando que había sido obra de alguna manada de lobos, aunque estos nunca habían bajado hacia las cercanías del pueblo, hicieron una batida por los alrededores, incluso se adentraron en el bosque. Nunca encontraron nada: ni depredadores, ni señal alguna de mi familia.


No volví a ver a mis padres jamás, Gaspar, y durante muchas semanas fui incapaz de pronunciar una palabra. En aquellos aciagos días soñé todas y cada una de las noches con el ser sulfuroso que vi la noche en la que mis padres desaparecieron. Con el tiempo, las pesadillas se fueron volviendo menos frecuentes, pero todavía siguen apareciendo algunas noches para atormentarme.


Gaspar, que se había mantenido en pie y con los ojos cerrados mientras la hermana Piedad relataba aquella horrible vivencia, los abrió cuando pronunció las últimas palabras y posteriormente finalizó.


—Lo siento —murmuró. En su ronca y adormilada voz no se manifestó sentimiento alguno —. Necesitaré una fotografía del establo, si la tienes, para poder dibujarlo. De no tenerla necesitaré que me lo describas con todo lujo de detalles.


Piedad asintió. Ningún vecino de las inmediaciones quiso adquirir aquel establo por temor a lo sucedido por lo que finalmente decidieron derruirlo y en su lugar edificaron varias viviendas; las pocas ovejas que habían quedado sanas y con vida fueron donadas a otros pastores que meses después aseguraron que su comportamiento no era normal.


Creía conservar, en el sótano, alguna fotografía donde aparecía aquel inmundo establo. Piedad haría cualquier cosa para deshacerse de aquél diabólico recuerdo y, quizá, si Gaspar decía la verdad y funcionaba, tal como aseguraba con vehemencia, podría pedirle que plasmase en sus lienzos otras muchas pesadillas que la atormentaban sin piedad.