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DIARIO DE UNA COLECCIONISTA. LA FERIA.

Actualizado: 2 de abr de 2019


Book of secrets by chalktwins

Martes, 12 de febrero de 2019


Querido diario:


Martín dice que escribir un diario está muy pasado de moda, que ya nadie lo hace. Sin embargo, a mi me ayuda a poner en orden mis ideas y mi vida. Me ayuda a mirar en los recovecos de mi mente y a desempolvar recuerdos antiguos y anhelos que ya he olvidado. La cotidianidad los sepulta de alguna manera y escribir supone para mí la oportunidad de recuperarlos. A solas puedo desnudarme ante ti sin pudor alguno, es como mirarme en un espejo nítido. Además me gusta contemplar mi letra, a veces es redondeada y parsimoniosa y en otras ocasiones discurre rápidamente por las hojas como apurada por contar lo que tengo en mente. Martín también dice que a todo le doy siempre un halo de misterio y de poesía, que debería dedicarme a escribir guiones de cine. Ya me gustaría poder dedicarme a algo tan creativo y apasionante. Inventar mundos debe ser lo más parecido a escapar de este, tan apático y siniestro, y cambiarlo por otro construido a medida.


Sigo con mi colección de sellos. Coleccionar algo me sirve para sublimar mis obsesiones y evitar que invadan mi día a día, a veces pienso que sin mi colección me ahogaría de alguna manera. Lo que más me gusta es el reto de encontrar los más raros y poder contarle a los demás que yo los poseo. Es como los secretos, lo suculento de conocer los secretos de otros es que los demás sepan que tú los sabes y ellos no. Suena un poco a maldad o a falta de autoestima, no sabría decirlo muy bien, pero a ti te lo puedo contar, sea una cosa o la otra es demasiado terrible como para decirlo abiertamente. Marcarme objetivos, como encontrar los sellos más raros, me ayuda también a superar el tedio de los días monótonos, le da cierto sentido a mi vida. Creo que coleccionar algo es una manera innata de auto superación en una sociedad rodeada de comodidades. Todos mis recuerdos de la infancia y adolescencia giran en torno a colecciones, siempre he estado reuniendo algo, aunque nunca le he encontrado una finalidad práctica. No todo debe ser práctico, hay cosas que deben ser solamente hermosas o reconfortantes, eso lo convierten ya en prácticas.


Este fin de semana se organiza una feria de coleccionistas en el barrio gótico, en los alrededores de la catedral, mi lugar favorito de la ciudad, sin duda. Es un escenario fantasmagórico lleno de ecos de la historia, todo ya de por sí todo parece antiguo y enigmático bajo la sombra de las piedras grises, espero encontrar allí algunos de los sellos más complicados, todo apunta a que va a ser un encuentro multitudinario. Parece ser que la filatelia va a ser la joya de la corona en la feria, sin embargo, el cartel es un tanto misterioso porque anuncia que van a venir coleccionistas de “cosas inverosímiles”, ojalá haya fósiles, meteoritos y ese tipo de cosas. Si hay algo que me gusta es la novedad, pensar que en este mundo no hay nada que se haya terminado de descubrir, que siempre hay posibilidades de que cada cosa pueda ser aún más maravillosa y de que al final nadie haya tenido nunca razón. También habrá actuaciones poco habituales y mesas redondas.


Ya te contaré mis descubrimientos.


Gothic by tallphil

Viernes, 15 de febrero de 2019.


Querido diario:


Hoy ha sido el primer día de la feria del coleccionista. ¡Ha sido espectacular! Cientos de carpas y mesas se han apostado por todo el barrio gótico a ritmo de música renacentista. Había mucho movimiento y el ambiente era inspirador. Los puestos más importantes los han colocado en torno a la catedral, con carteles coloridos y junto a la alegre música, sin embargo, en rincones oscuros y en callejuelas estrechas hay algunos que parecen mucho más interesantes, furtivos en la semipenunbra de la tarde y apenas visibles por alguna farola. Bajo mi soñadora mirada imagino colecciones de objetos valiosos que la historia ya ha dado por perdidos, o colecciones de ooparts que podrían dar al traste con los conocimientos que la humanidad posee. Quizás, bajo la mesa, hayan escondido aquellas cosas que no todo el mundo está preparado para ver.


Los puestos de comida que han montado por la feria son también bastante originales. Aparte de haber comida de todos lados del mundo les han puesto nombres pintorescos: el rincón del posa vasos (donde solo sirven bebidas y cada posa vasos es diferente) o la tasca del pin, donde hay toda variedad de pinchitos cada uno con un emblema distinto.


Por lo pronto solo he visitado los de filatelia, y a decir verdad he encontrado auténticas joyas. He podido comprar algunas piezas muy valiosas, sin embargo el dinero no me ha dado para darle a mi colección la dimensión que me gustaría. Tal vez en otra ocasión. He recogido varias tarjetas de coleccionistas y anticuarios y probablemente más adelante pueda comprar algunos otros sellos. Esas tarjetas tienen un aura especial, será el color de madera gastada del fondo de casi todas ellas sobre el que brillan las letras en oro viejo, casi parecen llaves para acceder a otros mundos.


He ido a almorzar con Martín, y la verdad es que a él esta feria no le interesa mucho, así que hemos vuelto a casa, la única colección que parece importarle bastante es la de dinero. Esta tarde daré otro paseo por allí a ver qué “cosas inverosímiles” encuentro. Será fascinante ir sola, sin la mirada práctica e hiperrealista de Martín. He guardado algo de dinero por si me topo con algo que me dé una pista de la diferencia que subyace bajo la mediocridad de la vida y por fin consigo escaparme de ésta.


A la noche o mañana te sigo contando.


Mercadillo zoco 2 by putator

Viernes, 15 de febrero de 2019.


Querido diario:


No podía esperar a mañana para contarte. Esta tarde me ha sucedido algo muy extraño, parece que hasta el tiempo se ha puesto de acuerdo para sobredimensionar mi anécdota. Esta mañana el día se despertó soleado, pero esta tarde, una niebla cada vez más espesa se ha ido apoderando de las calles. La feria se tornaba siniestra a medida que se alejaba del epicentro. Callejeando he encontrado un pasadizo estrecho con varios puestos y he ido a echar un vistazo. Un señor muy mayor estaba sentado detrás de una mesa en la que no había absolutamente nada, solo un mantel de satén rosáceo. –Lo habrá vendido todo-pensé. Pero el anciano no hacía ademán de recoger y marcharse, permanecía sentado sonriente, con las piernas cruzadas y actitud relajada. Miles de arrugas se dibujaban alrededor de sus labios y de sus ojos bondadosos, tenía la postura de quien ha visto todo y sentido todo. Pronto me di cuenta de que en las demás mesas del pasadizo tampoco había nada absolutamente. Me resultó un tanto inquietante aquella larga fila en semi penumbra de mesas vacías en la que apenas se oían susurros que fácilmente podrían confundirse con el rumor de los manteles acunados por la brisa. ¿Leerían la buenaventura? ¿Serían clarividentes? ¿Qué pintaban en aquella feria?


Me acerqué a la primera mesa y le pregunté al anciano por sus colecciones. –Yo soy coleccionista de instantes- me dijo con absoluta normalidad. Me hizo señas de que me sentara frente a él, al otro lado de la mesa. Sin darme cuenta de lo que estaba sucediendo, según me senté, acudieron a mi cabeza imágenes del pasado, de cuando era pequeña. Mis padres nos habían llevado a mi hermana y a mí a la playa, la tarde caía y teñía el cielo de ocre, mi hermana y yo correteábamos jugando con una cometa, teníamos el pelo revuelto y estábamos llenas de arena. Mis padres sonreían y nosotras reíamos a carcajadas. Nos sacaron un montón de fotos. En mi recuerdo, en aquella tarde de felicidad absoluta, el rumor tenue de las olas se hacía más y más fuerte hasta apagar el sonido de nuestra risa. Cuando el fragor de las olas se hizo insoportablemente intenso salí de ese pequeño trance en el que me había sumergido. El anciano me miraba sonriente, como si hubiera sido capaz de ver lo mismo que yo, como si aquel recuerdo le reconfortara tanto como a mí. Desde que había discutido con mi hermana hacía unos años sentía ciertamente que en mi vida faltaba algo importante, no sé en qué momento dejamos de jugar juntas con la arena de la playa y pasamos a odiarnos. Sentí de repente que parte de mi pasado había sido mutilado y que, como un miembro fantasma, de vez en cuando me dolía.


Con esa tremenda tristeza me levanté rápidamente de la mesa, le di las gracias a trompicones al anciano y me vine directamente a casa. Mientras me dirigía a la estación de metro la niebla se iba disolviendo y tan rápido como apareció, se deshizo. De la misma manera, la preocupación se fue también disipando de mi cabeza, la arrastró la niebla consigo adonde quiera que se hubiera esfumado.


Mañana por la mañana iré de nuevo a la feria, intentaré encontrar al anciano y preguntarle por lo que había sucedido, y pagarle, claro, porque con lo sorprendida que me levanté ni siquiera le pregunté cuánto le debía. Aunque seguía sin tener muy claro cómo era eso de coleccionar instantes ni qué había pasado con el mío. ¿Qué ganaba el anciano con mi instante? Tal vez cómo yo, lo único que quería era atesorar algo que le pareciera bonito. Casi, pensé, debía ser él quien me pagara a mí.


Mañana te prometo más sobre esta feria inusual.


Evening beach 4 by the strawberry tree

Sábado, 16 de febrero de 2019


Querido diario:


No le he contado nada a Martín de lo que me sucedió ayer tarde a pesar de que tuve el teléfono en mi mano para llamarle, pero, ¿para qué?, no iba a creerme. Después de desayunar he ido nuevamente a la feria. Me costó mucho dar con el callejón que visité ayer y cuando di con él, el anciano no estaba. Las demás mesas del pasadizo estaban atestadas de objetos: conchas marinas, calendarios de bolsillo, monedas… había colecciones de todo tipo. No había ninguna vacía como ayer.


Decidí dejarme llevar por mi intuición y caminar hasta sentir que debía pararme. Algo debajo de mi plano consciente sabía cosas que yo desconocía. Mis pies me llevaron bajo una escalera antigua de piedra donde volví a ver varias mesas vacías con alguien detrás en actitud de espera. Pregunté por el anciano coleccionista de instantes, pero nadie parecía conocerlo, tampoco nadie parecía sorprendido por mi pregunta.


Una señora de enormes ojos verdes y exageradamente maquillada fumaba un fino puro detrás de una de las mesas. Su llamativo vestido me hizo fijarme en ella, llevaba además muchos anillos de oro, pulseras que tintineaban cada vez que movía el brazo para saborear una calada y unos aretes gigantescos. Le pregunté por su colección. –Cariño, yo colecciono sueños-. -¿Sueños nocturnos o anhelos? –Siéntate – extendió su mano de largas uñas rojas en estilete.


Desde el mismo instante en el que me senté en la silla, las piedras grises del barrio gótico y la extravagante señora se desdibujaron hasta disolverse en el aire. Poco a poco se formó ante mí la imagen de una casa inmensa, llena de habitaciones, y en cada una de las habitaciones muebles llenos de cajones vacíos y estanterías sin nada. Salones y galerías se sucedían una tras otra, incontables, muchas tenían un acogedor silencio, otras poseían ventanales por los que la luz entraba a raudales, desde algunas veía un frondoso bosque y desde otras una playa interminable y solitaria. Aunque en mi sueño yo sabía que aquella era mi casa, me sentía extraña. Por un lado me alegraba tener una casa grande porque escondía muchas posibilidades, pero por otro me agobiaba la idea de que hubiera tantas cosas y habitaciones que yo no podría jamás disfrutarlas todas, había estancias por las que no había pasado en meses y aquello me hacía sentirme mal, como si desperdiciara lo que tenía por no saber manejarlo.


Para cuando abrí los párpados, ni la señora ni la mesa estaban allí ya y el espacio bajo la escalera estaba absolutamente vacío. Desde que tengo memoria sueño de vez en cuando con la enorme casa llena de habitaciones que soy incapaz de disfrutar. En cada uno de mis sueños la casa es diferente, a veces está en el campo, a veces es una antigua casa colonial y otra es un hogar de diseño vanguardista, pero con todas me pasa exactamente lo mismo, las recorro y pienso: “había olvidado esta habitación y es perfecta para pasar la tarde leyendo”, “en este armario podría poner mis disfraces, pero no recordaba que lo tenía”, “es cierto, había un jardín precioso tras esta puerta”. Y sobre todo tenía siempre la sensación de que en algunas de aquellas estancias el tiempo permanecía detenido.


Algunos cuartos de baño eran fantásticos y cómodos, perfectos para tomar un baño relajante en una bañera amplia, pero nunca los había usado porque eran demasiado numerosos como para yo asimilar su existencia e integrarla en mi día a día.


Deambulé pensativa por la feria. Aquello era tan extraño. Aquellas colecciones carentes de sentido y aquellos coleccionistas que se disolvían en la nada. ¿Mi sueño formaría ahora parte de la colección de la señora de ojos verdes? ¿Podría ella pasearse por mis casas enormes y aprovechar todo aquello que yo no supe?


Esta tarde seguiré investigando, ahora tengo que ir a comer a casa de mis padres.


Domingo 17 de febrero de 2019


Querido diario:


Ayer estuve almorzando con mis padres. Estoy algo preocupada, los veo un poco mustios. Martín piensa que están muy bien, mejor que nunca, y que me preocupo por nada, que a su edad es normal que no tengan la misma energía que antes. En el salón de mis padres, entre las decenas de fotos que tienen, había una mía y de mi hermana que sacaron aquella tarde dorada en la playa, sin embargo, ayer no estaba. Mi hermana aparecía con el pelo rizado absolutamente despeinado y abrazada a mí, y yo tenía la cara llena de arena, ambas mirábamos risueñas a la cámara, ajenas a todo lo que no fuera aquel instante mágico de verano. De alguna manera yo sentía que aquella tarde seguía existiendo en algún punto del tiempo y que realmente podría en algún momento viajar a ella y revivirla. Solo tenía que mantenerla en mi memoria con la mayor nitidez posible: el aroma del mar, la risa de mi hermana y el ocaso naranja de fondo. Le pregunté por la foto a mi madre, pero no parecía recordarla, de alguna manera tuve la impresión de que los ojos de mi madre se volvieron vidriosos cuando le pregunté por la foto. Es muy extraño, esa fotografía llevaba años en la repisa al lado de la tele, ¿cómo no iba a recordarla? Definitivamente creo que mi madre no se encuentra bien. Tendré que ir a verla con más frecuencia, pero sin Martín, para él todo está siempre bien, le va a parecer que me obsesiono.


Por la tarde regresé a la feria. Además de los puestos iban a sucederse una serie de actos: un concierto de viola, una exhibición de esgrima y una charla sobre armas antiguas y réplicas. Yo ya me sentía obcecada con aquellos extraños puestos que aparecían y se esfumaban sin dejar rastro. No me interesaban ni los actos ni los puestos corrientes. Dejándome llevar por el sonido antiguo de la viola flotando entre las paredes de piedra antiguas caminé por cada oscura callejuela y recorrí los recovecos más escondidos hasta que di con lo que buscaba. En mitad de una plazoleta solitaria, de nuevo, una mesa vacía y alguien detrás esperando por mí. Nadie más vagabundeaba por allí.


-¿Dónde está su colección?- El hombre del otro lado de la mesa, joven y de pelo rizado, rompió su rictus impertérrito y me sonrió. Como los demás, me hizo el gesto con la mano para que me sentara. Comenzó a caer una fina lluvia sobre nosotros, delicadas gotas que apenas mojaban cuanto tocaban, pero en esta ocasión la mesa y su dueño no desaparecían. Él me miraba fijamente sin hacerme ninguna pregunta. –Lo siento –me dijo, -no posees nada que yo coleccione-. Se puso la capucha para no mojarse el cabello y apartó su mirada de la mía. Desde aquel instante me volví invisible para él, creo que en esta ocasión fui yo quien se disolvió en la nada. Antes de que terminara de ponerse la capucha y de que yo finalizara de disiparme ante su vista le pregunté qué coleccionaba, pero la ligera lluvia se convirtió en un fuerte aguacero, acalló todos los sonidos y aunque él movió los labios no llegué a escuchar lo que me dijo. Su voz cayó al suelo junto a las gotas de lluvia y se deshizo. Yo me quedé allí, mojándome, ensimismada en mis pensamientos. La lluvia había borrado la única mesa y su morador. Varios transeúntes corrían en distintas direcciones intentando guarecerse.


Anoche no me encontraba bien, creo que me he resfriado a causa de la lluvia. Dormí bastante mal y soñé a ratos con que me había comprado un pequeño estudio en una gran ciudad ruidosa en la que iba a comenzar a trabajar. Resultaba todo muy incómodo porque no tenía espacio suficiente para colocar mi ropa ni mi colección de sellos. Cuando quería sentarme a leer junto a la ventana el ruido del tráfico no me dejaba y al mirar por el cristal solo podía ver otros edificios. Me desperté muy temprano y no he parado de estornudar. Pero eso no va a impedir que vaya de nuevo a la feria. Algo me dice que hay muchas cosas más interesantes por descubrir allí.


Under the rain by laurabltrn

Domingo 17 de febrero de 2019


Querido diario:


Hoy he pasado todo el día en la feria. Había una mesa redonda sobre coleccionismo. Para mi sorpresa el hombre de ayer tarde, el que me dijo que yo no tenía nada que él coleccionara participaba en ella. Su participación fue breve y enigmática. Habló sobre la importancia del amor en el mundo del coleccionismo y en la vida en general. En su corta intervención miró para mí fijamente, o al menos eso me pareció, como si no hubiera más público allí. Pero no mencionó qué clase de cosas coleccionaba. ¿Amantes?, ¿Amores?, ¿Pasión por el trabajo? No me quedó claro en absoluto.


Martín me ha estado llamando desde ayer tarde, pero no he tenido ganas de coger el teléfono. De repente me ha entrado en la cabeza la idea de que no estamos hechos el uno para el otro. Es un hombre cariñoso, práctico e inteligente, pero de alguna manera siento que no encajamos. Me hubiera gustado que viniera conmigo a la feria, pero prefirió quedarse adelantando trabajo porque “a él no le van mucho estas cosas”. De todas maneras no me quiero precipitar, creo que ahora mismo entre el resfriado, el enfado y las cosas extrañas que me han sucedido no tengo la mente muy lúcida. Aquella feria estaba poniendo del revés mi concepto de lógica y de realidad, y eso me tenía fascinada. Aunque tal vez, pensé por un instante, debiera tenerme preocupada, a lo mejor estaba viendo y experimentando cosas que no existían. Sin embargo, desde pequeña, nunca he sentido más real lo que habita en el exterior de mi piel que en su interior.


Entré en un gran salón que también formaba parte de la feria y que me llamó la atención por su decoración. Telas suaves de colores estridentes surcaban la estancia en todas direcciones. De sus bordes colgaban monedas doradas que sonaban unas contra otras en un metálico tintineo. Había que ir apartando los suaves telones para ver adonde te dirigías, se balanceaban con suavidad como si desde varios puntos una brisa las meciera. De fondo se oía una música arabesca y el aroma a sándalo inundaba el ambiente. Se escuchaban murmullos y risas que provenían de todos lados, sin embargo no veía a nadie. Debían estar atrapados entre las cortinas como yo.


Aparté una cortina amarilla y vi a una muchacha joven y exageradamente hermosa que se encontraba sentada tras una mesa vacía. Me sonrió como sabiendo que yo conocía el ritual. De alguna manera sabía que yo ya había visitado a otros coleccionistas como ella. Extendió la mano pintada delicadamente con henna y me senté sobre un cojín al otro de la mesa. -¿Qué coleccionas? – Anhelos-. Su voz sonó como un suave soplo que podía haberse confundido con la brisa que acunaba las cortinas. Las telas de colores se mecieron primero despacio y luego comenzaron a moverse rápidamente como si hubiera entrado un vendaval, se mezclaron entre ellas y la sonriente joven desapareció. Comenzaron a sucederse a toda velocidad imágenes dispares de todos los lugares del mundo. Tan pronto un bosque frondoso y un lago cristalino eran sustituidos por un desierto dorado o por un acantilado vertiginoso, una cascada se convertía al chocar contra las piedras en una ajetreada ciudad. Había puestos callejeros de comida que pasaban a ser una fila de dromedarios bajo un sol abrasador. Olía a curry, luego a mar y después a humo de coches. Un amanecer junto al mar se convirtió al instante en un anochecer tras un cañón rocoso. Me sentí mareada por la rápida sucesión de imágenes y por el sentimiento de felicidad extrema que me invadió. Me sentí estar en todos aquellos lugares y vivirlos. Cuando todo paró, la joven había desaparecido, y las telas de colores, y el aroma a sándalo.


Yo estaba en medio de la calle, junto a un puesto de artículos de la segunda guerra mundial. Objetos que expelían dolor y memoria, que llevaban impresas la locura y la miseria. Me horrorizó ver las insignias que llevaban los judíos cosidas en sus ropas junto a un pin conmemorativo de Lenin o un cuchillo de las juventudes hitlerianas.


Una feria de coleccionistas que oscilaba entre el terror, la maravilla, la obsesión y nuestro pasado. La mayoría de los objetos palpitaban contando una historia y yo, de repente, podía sentir todo aquello a la vez. Desbordaba y febril decidí ir a descansar un rato, el resfriado y las emociones estaban pudiendo con mi cuerpo, sentía las piernas temblorosas y el ánimo afectado.


Esta tarde volveré a ir, no pienso perderme ni un rincón de esta feria.


Domingo, 17 de febrero de 2019.


Querido diario:


Por la tarde noche fui de nuevo a la feria. Siempre me gustó esa hora mágica de penumbra que te deja en la duda sobre si amanece o anochece. Quería ver la ceremonia de clausura e investigar un poco más sobre aquellos coleccionistas de cosas invisibles. De alguna manera sentía que aún podía esperarme algo especial allí, que no todo se había terminado. Sabía que yo tenía allí un propósito, aunque mucho me temía que aquel propósito que yo intuía no era beneficioso para mí.


Sin embargo, todo parecía absurdamente normal. Todos iban embalando en baúles y cajas sus colecciones. Había mucho bullicio. La gente se movía muy deprisa para terminar antes de que se cerrara la noche. Extrañamente, cada vez se movían más y más deprisa, tanto así, que al final parecían solo sombras blanquecinas que volaban de un lado a otro. Como fantasmas raudos. Entre tanto barullo y movimiento solo un hombre permanecía quieto junto a su mesa vacía, no parecía tener nada que recoger. Me acerqué a él. -¿qué coleccionas? – Decisiones-. Una vez me senté, vi imágenes que no sabía muy bien como enlazar. Me vi a mí misma en el aeropuerto sin nadie que fuera a despedirme. Vi mi cartera abierta sin la fotografía de Martín que siempre llevo. Mi equipaje era pequeño, apenas una mochila como equipaje de mano y nada que facturar. Parecía que en un futuro había decidido abandonarlo todo y marcharme para empezar de nuevo, en mi fantasioso mundo de cosas imposibles y metas inalcanzables, como quien se deja llevar por un guión de cine de una película que no protagoniza. Sin embargo, lejos de estar asustada, aquella decisión me parecía la más razonable, la que debía escoger. No había pasaje de vuelta, solo un destino un tanto incierto en el que quería experimentar nuevas culturas y lenguas, sabores diferentes y sabidurías a punto de perderse.


Después del trance, la plazoleta en la que me encontraba estaba absolutamente vacía. Ni rastro del joven que coleccionaba decisiones, ni apariencia de que allí hubiera existido una feria en ningún momento. No había ya nadie, ni siquiera había papeles por el suelo. Ni un solo tríptico de la feria ni un cartel. Sólo las piedras grises sobre las que se alargaban ya las sombras de la noche. Las farolas jugaban a crear fantasmagóricos efectos sobre ellas y yo me sentí absolutamente sobrecogida. Me fui. Me sentía temblorosa, estaba segura de tener bastante fiebre. Mis pies y mis manos estaban helados y yo me sentía desfallecer de cansancio.


Cuando llegué a casa me llevé una terrible noticia…


Plane in the skies 4 by slavixs

Miércoles, 17 de abril de 2019.


Querido diario:


Llevo mucho tiempo sin escribirte. Estuve gravemente enferma en el hospital durante algunas semanas, mi madre dice que por momentos deliraba: hablaba de que me habían robado en la feria y les contaba a todos que había escuchado el sonido de unas telas de colores. Al mejorar he estado muy ocupada y creo que estas serán las últimas líneas que te escriba, casi no tengo tiempo ya para nada. He tenido que cancelar el viaje que tenía programado para semana santa en el que pretendía encontrarme a mí misma en la soledad de algún lugar nuevo con vivencias por estrenar, un poco por probarme a mí misma antes de tomar ninguna decisión importante, pero entre que estuve enferma y que estoy organizando mi boda con Martín ahora mismo es imposible ese viaje tan deseado. Te prometo que si en algún momento vuelvo a tener tiempo te contaré un poco más.


No he dejado de recordar aquella feria de hace unos meses. Aquel instante en la playa que ahora forma parte de otra colección, aquel sueño de la casa llena de habitaciones y aquel anhelo que dejé en las mesas vacías y que ahora pertenecen a otras personas. Aquella intrigante colección de la que yo no poseía nada, la voz que se estrelló contra el suelo antes de llegar a mis oídos. Y sobre todo, me preocupaba el destino de mi decisión.


Mi hermana falleció aquel domingo, el mismo en el que regresé enferma de la feria. El último que te escribí. El recuerdo hermoso que tenía de ella ha ido desapareciendo, cada vez es más borrosa la imagen que conservo en mi mente de aquella tarde en la playa. En mi memoria se han ido borrando los ojos claros de mi hermana y su cabello alborotado. El atardecer ocre se ha teñido de rojo sangre en mis recuerdos. Cuando termine de olvidar ya seré incapaz de regresar a aquel momento y revivirlo una y otra vez. Las fotografías no aparecen en casa de mis padres y no quiero preguntarles por ellas. Están destrozados por su muerte. Poco a poco solo me quedará el terrible recuerdo del día que discutimos y se deshizo nuestra relación.


No he vuelto a soñar con mi casa enorme tampoco, y echo de menos la sensación febril de mi sueño en el que redescubría todo aquello que poseía y que a su vez me parecía una nueva oportunidad. No sé por qué, pienso que ahora sabría cómo sacar provecho a todas aquellas estancias sin utilizar, sobre todo a aquellas en las que se detenía el reloj. Serían como una vida paralela en la que dedicarme tiempo.


Creo que parte de mí, quizás la más importante, se quedó en aquella feria, en manos de desconocidos personajes que atesoraban las más bellas cosas. Pienso que podía haber dejado allí a Martín si de verdad alguna vez lo hubiera amado. El joven de pelo rizado no pudo verlo en mi corazón. Al menos evité que algo extraño se lo llevara de mi vida y de mis recuerdos. Sin embargo, allí había dejado mis decisiones, en manos de un extraño, así que sentía que ya nada podía hacer sino seguir con el plan que había trazado hacía un año más o menos.


En algún lugar de mi cartera estaban guardadas las tarjetas de los coleccionistas de sellos, tal vez ellos supieran dónde encontrar a los coleccionistas de las mesas vacías. Quizás pudieran devolverme aquello que se habían llevado, o podría cambiarlos por otras cosas: mis amados sellos, otros recuerdos bonitos, historias que no me importaban… ¡Qué mal hice en abrir mi alma y mostrar lo que más atesoraba! A lo mejor podía escaparme en el último momento de todo aquello que se me venía encima, pero sin instantes, anhelos, sueños o decisiones. Sin todo eso, realmente, tampoco merecía la pena escaparse de ningún lugar ya que no encontraría destino alguno.


FIN?



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©2018 by  Arima Rodríguez