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Detrás del maltrato


Constantemente somos bombardeados a través de los medios de comunicación por noticias sobre maltrato hacia la pareja, convirtiéndose, sin lugar a dudas, en uno de los problemas más importantes de la sociedad actual por la gravedad de las consecuencias personales, familiares, sociales y jurídicas que se derivan. Es considerado en la actualidad como uno de los principales problemas de salud pública en el mundo por la OMS.



DATOS ESCALOFRIANTES


Las estadísticas reflejan que una gran mayoría de los maltratos son ejercidos por parte de hombres hacia mujeres, generalmente iniciándose estas actitudes maltratadoras durante la adolescencia o juventud temprana aunque también existen casos de inicio tardío. Hay ocasiones en que el maltrato es ejercido por parte de la mujer hacia el hombre (si bien generalmente no es reconocido como violencia de género).


Es difícil contabilizar la cantidad de hombres o mujeres que reciben el devastador maltrato psicológico por parte de su pareja. Si bien las estadísticas nos muestran que la vejación física de hombres hacia mujeres se dispara, no existe un sondeo fiable de la tasa de maltrato psicológico hacia la pareja, por lo que es difícil determinar hacia que género se inclina la balanza. Más adelante trataremos también el tema de las falsas denuncias.


En España, el año 2018 se cerró con 47 mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas según el balance del Ministerio de Igualdad, cuatro menos que en el año anterior. Se trata de la cifra anual más baja desde que hay datos oficiales. De estas 47 víctimas mortales, 33 jamás había denunciado a su agresor y, de las 14 que sí habían interpuesto denuncia, tan solo cinco tenían medidas de protección en vigor. En total, son 976 mujeres asesinadas desde el 1 de enero de 2003, cuando se empezaron a contabilizar.


Uno de los casos más espeluznantes tuvo lugar el 15 de diciembre en Manresa (Barcelona): una mujer de 57 años fue localizada muerta en su casa. Su cuerpo estaba lleno de llagas e infecciones así como zonas gangrenadas y putrefactas. Necesitaba cuidados, pero su marido, de 63 años, la dejó morir lentamente, teniéndola durante semanas en una habitación sin luz.

También es necesario hablar de varones víctimas de la violencia machista: hombres que mueren a manos de otros hombres durante una agresión de género, varones asesinados por ser la nueva pareja de la mujer, por ser personas queridas o por ser alguien que se interpone en una acción extrema de maltrato o de poder y que sirven de diana para volver a dañar a la mujer. No están en la ley, pero existen. El agresor establece una relación de poder y una violencia planificada: dañar a la víctima dañando a quienes ella quiere, hijos, hermanos, padres o parejas actuales.



VIOLENCIA DE GÉNERO, TIPOS


Se entiende por violencia de género toda aquella conducta llevada a cabo por parte de un sujeto con el fin de causar un daño físico, psicológico o sexual a otro por motivos derivados de su pertenencia a un sexo o género concretos. En ocasiones la violencia no es ejercida sobre la propia pareja, sino, como comentamos antes, que se agrede al entorno o a los hijos de esta con el fin de provocar su sufrimiento.


La persona que realiza el acto perjudicial, el maltratador o maltratadora, comete dichos actos de forma voluntaria e intencional, con total conocimiento de que suponen una vulneración de los derechos de la parte agredida.


El maltrato puede ser silencioso en ocasiones (el psicológico), y es catastrófico para la persona que lo sufre. La baja autoestima puede ser tanto una causa como una consecuencia de que este fenómeno se manifieste. La persona víctima del maltrato emocional suele sufrir problemas serios, como estrés, ansiedad, depresión e incluso adicción a sustancias psicoactivas.


Perfil del maltratador:


  • Intolerancia: no respetan las opiniones, actitudes o comportamientos de los demás. Son personas llenas de prejuicios. Esto provoca que reaccionen de forma agresiva, ya que consideran que no hay motivo para evitar que impere su propia voluntad. Imponen las propias opiniones o que las cosas se hagan a su manera, al menos en círculos sociales pequeños, aquellos en los que pueden intentar hacerse respetar mediante la violencia. Ejercen control y dominio sobre la pareja, a quien tienden a considerar inferior.

  • Son personas encantadoras al principio: no se muestran intolerantes desde el comienzo pero a medida que la confianza con la otra persona se incrementa aparece el comportamiento destructivo.

  • Suelen tener buena imagen pública: No es infrecuente que cuando salen a la luz casos de malos tratos surja sorpresa entre las personas que conocen al maltratador. Esto se debe a que fuera del hogar tiende a actuar con perfecta normalidad, no habiendo por lo general en su conducta signos visibles de hostilidad hacia su pareja. Es en el hogar, en la vida privada, donde el individuo manifiesta y descarga su agresividad.

  • Sentimientos de inferioridad y baja autoestima respecto a sus semejantes que provocan una profunda frustración. Esta se puede transformar fácilmente en violencia contra quien es más débil físicamente o contra quien está en una situación de vulnerabilidad debido al contexto. Además, se busca un lugar seguro en el que ejercer esa violencia, y el ámbito doméstico suele serlo para el agresor, ya que ofrece intimidad.

  • Son autoritarias y rígidas: se caracterizan por poseer rasgos antidemocráticos e intransigentes. Son amantes del orden, pero en base a su criterio personal. Tienden a pensar a partir de categorías rígidas y estancas, lo cual facilita que empaticen poco con los demás. Cualquier crítica es percibida como un ataque, y las víctimas pagan su falta de habilidades sociales y su sensación de fracaso.

  • Alto poder crítico: A pesar de que estas personas no hacen autocrítica sí que critican a los demás con gran facilidad. Buscan los defectos de la otra persona y les machacan emocionalmente con su debilidad e incluso se inventan una para hacer que la víctima se sienta mal y disfrutar con su reacción o con el fin de someterla.

  • Son chantajistas: Suelen hacer que la víctima se sienta culpable por cosas que ni siquiera ha hecho o cosas que ha hecho pero que no necesariamente están mal.

  • Presentan pensamiento dicotómico y rápidos cambios de humor: al ser personas psicológicamente rígidas, para ellos todo está bien o está mal, no hay término medio y pueden pasar de un estado agradable al enfado o la ira en cuestión de segundos. Estos cambios de humor se deben muchas veces a su hipersensibilidad y a que suelen sentirse ofendidas con facilidad. Si algo no encaja con su verdad, para ellos está mal.

  • Desconectan a la víctima de su entorno y la controlan: Consiguen su sumisión total a través del aislamiento con respecto a su familia y amigos. Su idea es que se sienta amenazada y tenga miedo a hablar con otras personas. Muchos reincidentes posean una elevada capacidad de manipulación y sugestión. En algunos casos se ha manifestado habilidad para convencerlas de que las conductas agresivas se han llevado a cabo por su bien, que son normales o incluso de que la agresión era merecida.

  • Son personas mentirosas, crueles e insensibles: no solo maltratan a sus parejas, sino que suelen extender este tipo de comportamientos a sus hijos e incluso pueden infundir daño físico a mascotas.

  • Hacen falsas promesas y se hacen la víctima: aunque pueden parecer arrepentidas a veces, estos individuos tienden a realizar falsas promesas. Son expertos en pedir perdón pero, en realidad, no se arrepienten. Sus “voy a cambiar” no tienen ningún valor, porque a la mínima vuelven a actuar de igual forma. Suelen adoptar el rol de víctima para justificar sus acciones: “no me quieres porque siempre estás más pendiente de tus amigas”. Las labores de daño psicológico son continuas, pero no necesariamente tienen que ser directas.

  • Carecen de control emocional: se comportan de manera impulsiva. Al no tener una gran capacidad de reflexión, no se detienen por nada, para ellos el fin justifica los medios. Incluso pueden actuar sigilosamente en lugares públicos, convirtiendo la vida de la víctima en un auténtico calvario.

  • Estereotipos de género interiorizados: la mujer ha de ser sumisa, cariñosa y dependiente mientras que el hombre ha de ser fuerte, dominante y estoico. Si uno de los dos no cumple dichos papeles aparece frustración y agresividad.

  • Relaciones de dependencia: en la personalidad del maltratador tiende a haber dependencia del entorno lo que provoca miedo y fijación ante la idea de ser abandonado, cosa que se traduce en un elevado nivel de celos hacia otros posibles "competidores". El individuo que maltrata tiende a temer que la pareja le abandone o le ponga en evidencia e intenta evitar que se vea influenciada o atraída por sujetos externos que puedan alejarla de ella, reaccionando de forma violenta a supuestas interacciones con personas ajenas. La persona maltratada es considerada un elemento de su propiedad que debe permanecer fiel y cumplir sus designios.

  • Minimizan la violencia o culpabilizan a los demás: el maltratador tiende a considerar la violencia ejercida como justificada, disminuir la importancia de sus efectos o situar la culpa en la actuación de la pareja o en otros factores como el alcohol o las drogas.



¿CÓMO SE CONVIERTE UN NIÑO EN UN MALTRATADOR?


La principal característica que observamos a menudo en un niño que en edad adulta se convertirá en un maltratador es la actitud tiránica que tiene hacia las personas que le rodean, sobre todo hacia las figuras de autoridad como pueden ser los padres. A estos niños les cuesta sentir empatía hacia los demás o no la sienten en absoluto, no les importa hacer sentir mal o causar dolor.


Desobedecen, no muestran respeto y no son capaces de adaptarse a unas normas, sobre todo en casa. El niño suele tener una actitud egoísta y si no obtiene las lo que pretende conseguir, se vuelve desafiante, tratando de imponer su criterio a toda autoridad, ante la cual se encoleriza y termina empleando contra ella métodos como el chantaje, la presión o la violencia. Pueden llegar a la mentira, al robo de dinero o de objetos o a escaparse de casa.


La violencia psicológica es importante, hablan a sus tutores con desprecio, mediante insultos y tratando de ridiculizar a cualquier figura que muestre ante ellos la autoridad que son incapaces de aceptar. Si no se sabe poner freno, esta actitud se va acrecentando según pasan los años, al ganar poder físico e intelectual, llegando hasta el punto de amedrentar y maltratar físicamente a la familia.


Aunque puede haber una tendencia genética hacia la ira y la hostilidad, este tipo de comportamiento viene determinado por el ambiente y la educación.


Los factores ambientales que pueden dar lugar a esta problemática pasan por la presencia de actitudes violentas en el núcleo familiar, ya sea por parte de progenitores u otros familiares, que el niño normaliza e imita reproduciendo esas pautas de conducta.


Pero, quizá, el factor más importante es la educación, tendemos a sobreproteger a los niños, a permitirles demasiado para tratar de evitarles cualquier tipo de frustración y, en el camino nos olvidamos de establecer unas normas y unos límites claros y necesarios para que se pueda desarrollar correctamente.



EL CICLO DE LA VIOLENCIA DENTRO DE LA PAREJA


¿Por qué la parte agredida no deja a su agresor? ¿Por qué no denuncia los ataques? ¿Por qué después de denunciar muchas veces retiran la denuncia? ¿Cómo llegan a convertirse en víctimas?


Podemos darle respuesta a través del proceso de victimización. Una relación donde existe maltrato no suele empezar a producirse de la noche a la mañana, empieza de forma sutil y la víctima no siempre es consciente de la gravedad de la situación que está viviendo.

Las víctimas no son agredidas todo el tiempo ni de la misma manera, sino que existen fases: el denominado ciclo de la violencia. En una misma relación, el ciclo puede repetirse infinitas veces y la duración de sus fases ser variable.


1. Fase de Calma


En una primera fase la situación está calmada, no se detectan desacuerdos. Cuando el ciclo se ha repetido varias veces la víctima puede empezar a tener la sensación que la calma se mantiene porque todo está correcto según el punto de vista del agresor.


2. Fase de Acumulación de Tensión


Comienzan los pequeños desacuerdos. La víctima trata de mantener las cosas como el agresor quiere: intenta calmar, complacer o, al menos, no hacer aquello que le pueda molestar a la pareja, en la creencia irreal de que puede controlar la agresión. En esta fase se comienza a ejercer un maltrato psicológico basado en la idea de control. Es una señal de alarma de lo que está por venir.


Muchos agresores se excusan precisamente diciendo que estuvieron avisando a su víctima pero que ésta no les hizo caso y les siguió provocando.


Comienzan las conductas de agresión verbal o física de carácter leve y aislado, a partir de pequeños incidentes: sutiles menosprecios, insinuaciones, ira contenida, sarcasmo, largos silencios, demandas irracionales, etcétera. La víctima va adoptando una serie de medidas para gestionar dicho ambiente, y progresivamente va adquiriendo mecanismos de autodefensa psicológicos de anticipación o evitación de la agresión. La persona agresora comienza a controlar a la víctima, que a su vez tiende a minimizar o negar el problema: “tenemos nuestros más y nuestros menos, como todo el mundo”, “es muy pasional, se deja llevar por el enfado”, “es mi único apoyo en la vida”.


3. Fase de Explosión


El agresor pasa a la acción. Se caracteriza por una fuerte descarga de las tensiones provocadas en la anterior fase. Se producen las agresiones físicas, psicológicas y/o sexuales más importantes.


Es la fase más corta pero también la que es vivida con mayor intensidad. Las consecuencias más importantes para la víctima se producen en este momento, tanto en el plano físico como en el psíquico, donde continúan instaurándose una serie de alteraciones psicológicas por la situación vivida.


En esta fase la víctima puede mantener elevadas expectativas de cambio en su pareja: “con el tiempo cambiará, hay que darle tiempo” y sentimientos de culpa “me lo tengo merecido”.


4. Fase de Luna de Miel


Al principio, acostumbra a ser la fase responsable de que la víctima se mantenga en el ciclo pues en ella el agresor inicia una serie de conductas compensatorias para demostrar que lo siente y que no volverá a pasar más. Esto hace que la víctima vea también la parte positiva del agresor y quede atrapada en reflexiones acerca de cómo conseguir que esta parte aparezca más frecuentemente.


Suele tratar de hacer ver a la víctima que necesita ayuda profesional y el apoyo de ella, y que no puede abandonarlo en dicha situación, esto hace que algunas víctimas vuelven con el agresor o retiren la denuncia.


Con el tiempo esta fase suele ir desapareciendo. Muchas víctimas comentan: “yo, mientras no me chille y no me maltrate, ya me basta” obviando así que una relación se sostiene en cosas que van más allá de la ausencia de malos tratos.


Al acortarse la fase de luna de miel las agresiones van siendo cada vez más fuertes y frecuentes, lo que disminuye los recursos psicológicos para salir de la espiral de la violencia.

El maltrato continuo provocaría la percepción de que se es incapaz de manejar o resolver la situación por la que se atraviesa. Este sentimiento de indefensión lleva a un aumento de depresión y ansiedad, que produce un efecto debilitador en las habilidades de resolución de problemas.



DENUNCIAS FALSAS POR VIOLENCIA DE GÉNERO


El máximo problema de la violencia de género es que suele producirse sin testigos en la intimidad del hogar con lo que el número de denuncias falsas es desconocido en España.


Año tras año, el ratio de condenas en este tipo de delitos ronda el 20% y las absoluciones por falta de pruebas, el 80%. Asumir que el 80% de las denuncias son falsas porque no hay condena sería descabellado. Lo cierto es que en ese 80% hay una proporción de denuncias falsas y otra de casos en los que no hubo pruebas suficientes para condenar a un agresor. Es decir: no sabemos cuántas denuncias falsas hay. Esto desemboca en un debate acalorado sobre los pros y contras de la abolición de la presunción de inocencia, donde muchos hombres consideran sentirse marginados por la ley.



REHABILITACIÓN


¿Es posible resocializar a quienes han vejado a sus parejas? ¿Puede un maltratador ser un buen progenitor? ¿Tiene derecho a una segunda oportunidad? ¿Existen terapias que pueden servir para esos cometidos?


El tratamiento a maltratadores se ha creado con el objetivo de dar una segunda oportunidad al sujeto mediante la modificación de su conducta tanto con la finalidad de evitar la reincidencia como la prevención de posibles futuras víctimas. A través de dichos tratamientos se procura superar la falta de habilidades para resolver los problemas de pareja, aumentar el autocontrol de los agresores y prevenir futuros ciclos de violencia tanto dentro de la pareja, contra su expareja o en el entorno familiar. Ahora bien, tratar a un agresor no significa considerarle no responsable.


La introducción de programas de tratamiento para agresores en España es relativamente novedosa, su aparición se puede situar sobre los años 90.


Muchas personas violentas son responsables de sus conductas, pero presentan limitaciones psicológicas importantes en el control de los impulsos, en el abuso de alcohol, en su sistema de creencias, en las habilidades de comunicación y de solución de problemas, en el control de los celos, etcétera. Un tratamiento psicológico -no psiquiátrico, que sólo en algunos casos resulta necesario- puede ser de utilidad para hacer frente a estas limitaciones.


Tratar psicológicamente a un maltratador es hoy posible, sobre todo si el sujeto asume la responsabilidad de sus conductas y cuenta con una mínima motivación para el cambio. Es más, un mal pronóstico no excluye el intento de un tratamiento. Si no, ello nos llevaría al criterio indefendible del mero almacenamiento de los sujetos en las cárceles. Al margen de las diversas funciones que se atribuyen a las penas -retributiva, ejemplarizante y protectora de la sociedad-, no se puede prescindir de su función de reeducación y reinserción social del infractor.


Tratar psicológicamente a la víctima y prescindir de la ayuda al agresor es insuficiente ya que es una forma de impedir que la violencia, más allá de la víctima, se extienda a los otros miembros del hogar (niños y ancianos), lo que ocurre en un 30% o 40% de los casos. El maltratador, por lo general, o bien no entra en prisión (las penas de menos de 2 años -o de 3, si es un toxicómano o alcohólico) y muestra una irritación adicional por la condena, o, si resulta encarcelado lo es por un corto periodo, con lo cual, en uno y otro caso, aumenta el riesgo de repetición de las conductas violentas contra la pareja.

Si se produce una separación o divorcio y el agresor se vuelve a emparejar, se puede predecir que va a haber, más allá del enamoramiento transitorio, una repetición de las conductas de maltrato con la nueva pareja. Por ello, la prevención de futuras víctimas también hace aconsejable el tratamiento psicológico del agresor.


Los resultados obtenidos hasta la fecha son satisfactorios: se ha conseguido reducir las conductas de maltrato y evitar la reincidencia, así como lograr un mayor bienestar para el agresor y para la víctima. Por último, desde una perspectiva preventiva, en la medida en que disminuya el número de hombres violentos en el hogar, también lo hará la violencia futura. Se trata, en definitiva, de interrumpir la cadena de transmisión intergeneracional y el aprendizaje observacional por parte de los hijos.


El tratamiento psicológico no es tanto una alternativa a las medidas judiciales, sino más bien algo complementario



CONCLUSIÓN


Las relaciones de pareja actuales están basadas en expectativas de igualdad que tienden a inhibir los comportamientos violentos. No debe olvidarse que éstos encuentran un caldo de cultivo adecuado en la dependencia y en la asimetría de la relación. De hecho, ha habido unos cambios determinantes en cuanto a una mayor igualdad en la pareja: el aumento de la edad media del hombre y de la mujer al emparejarse, lo que tiende a reflejar una decisión más pensada; la independencia económica de la mujer y la implicación activa en todos los sectores sociales; y la aceptación social del divorcio, a modo de válvula de seguridad.
Asimismo en la sociedad actual se cuenta con un mayor apoyo social, jurídico y económico para las víctimas de maltrato. Todo ello contribuye a frenar la percepción de desamparo y alienta a denunciar los casos o a buscar ayuda psicológica o institucional.
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©2018 by  Arima Rodríguez

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