Crónicas de una puta mierda


—Pásame el porro ya, jodida puta, que te lo vas a fumar tu sola.


Los sábados por la noche se han convertido en una completa mierda. Siempre el mismo ritual: que una tipa me haga una mamada por la mínima cantidad posible de dinero, colocarme un rato y tirar para casa a dormir la mona. Al día siguiente, el jodido domingo aburrido, me levanto a las tantas con dolor de cabeza, la boca pastosa y me miro la polla por si me han salido gusanos o se ha caído un trozo.


Vanessa, Penélope o como coño dijera que se llama se ha metido una raya a mi costa. Se lo pienso descontar del precio de la mamada, y si se pone tonta, la saco del coche a patadas y punto. Esta infeliz no tiene ni chulo. Por fortuna, va tan pedo, que no se ha podido quejar en condiciones de que le he pagado de menos.


—Venga, joder, sal del coche ya, que me lo llenas de ladillas. Y plantéate quitarte los dientes, a ver si la comes mejor.


—Cabrón pichafloja, te vas a enterar —me grita mientras pongo el motor en marcha.


Antes, los fines de semana valían la pena. Me reunía con los amigos y nos íbamos de cañas. Solíamos reírnos mucho y escuchar bandas de rock locales que tocaban en El Starter, un bar medio cutre en el que siempre empezaba nuestra juerga. Si de paso ligábamos, pues ya era un punto extra al fin de semana. Luego, el domingo por la tarde, quedábamos para descojonarnos y recordar las chorradas de la noche anterior.


¿Cuándo nos cargamos todo aquello? Juanfran se casó, así que le perdimos poco a poco la pista. Desde que tuvo el crío, un enano llorica y afeminado, nos vemos solo por Navidad, en algún cumple y poco más. Ángel se mudó a las afueras de Madrid, con el pretexto de que el aíre con polución de la ciudad lo estresaba… ¡tremendo marica, pero si fumaba hasta por los ojos! No se fumaba el tubo de escape de los coches por no molestarse en abrir mucho la boca. Encima se ha hecho vegano, ¡joder! Me acuerdo que de amanecida se comía los bocatas de carne de dos en dos; no sé qué coño mosca le ha picado. Mariela, casada también, pero a esta ni por Navidad. De vez en cuando envía un meme por Whatsapp para recordarnos que se descojonaba por todo y punto. Follar con ella sí que era una gozada, olía bien, me trataba con cariño, pero claro, ¿para qué iba a querer a un trozo de mierda como yo?


Y aquí estoy. Un perdedor en toda regla. Sin curro, sin colegas y viviendo con mi madre, a la que no ayudo ni a fregar los platos. La vieja se desloma a trabajar limpiando escaleras y yo me levanto siempre de la cama pasadas las 12. No entiendo cómo aún no me ha echado a la calle.


He llegado a un punto en el que todo me importa una puta mierda. Ni me acuerdo de la última vez que me cambié de calzoncillos, ¿cinco días? Más o menos. Cuando no tengo dinero para comprar tabaco se lo quito a mi madre del bolso. Ella se da cuenta, pero debo de darle muchísima pena.


Puta mascarilla de los cojones, paso de ponérmela. Si me multan me da igual, no tengo una cuenta corriente como para que me embarguen. La cerré cuando dejé de tener nómina. También me he saltado el toque de queda. Con un poco de suerte me arrestan y así le quito a mi madre una carga de 107 kilos, apestosa y peluda.


Al llegar a casa, me quito la ropa y me tiro en la cama. Joder, no entiendo el estómago de la puta, con el tufo a sobaco que llevo.


Hace unos días creo que toqué fondo. Estaba con resaca en la cama, me moría de ganas de mear, pero no me apetecía levantarme, así que me lo hice encima. ¿Creen que me importó? Pues no. Ahí seguí durmiendo hasta que me levanté más tarde porque me entró hambre. Un trozo de pizza acartonada y a mi cuarto otra vez. Aparté la sábana con orines y me volví a acostar. Al día siguiente mi madre me mandó a gritos a la ducha. Con treinta y tantos tacos y aún le hago caso.


Me pregunto si de esta situación interna sórdida se sale. Cuando entiendes que eres una montaña de escombros donde se cagan los perros callejeros, creo que ya no puedes volver atrás. Nunca fui gran cosa, pero coño, al menos meaba en el baño. No levantaba la tapa, pero tampoco me lo hacía encima.


¿Saben qué distancia hay desde donde estoy ahora hasta vivir en la calle y dormir en un cajero? Mi madre y su sufrimiento cristiano. Si no la hubieran criado como a una gilipollas, me habría puesto en la calle cuando empecé a ser un estorbo. A estas alturas ya ni le quedaría recuerdo alguno de mí. Estoy seguro de que piensa que se gana así un lugar en el cielo. Pero ya se sabe: «padre nuestro, padre muerto».

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