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Compendio de autodestrucción para un perdedor

Actualizado: 2 de abr de 2019


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Necesitaba volar hacia allí antes de que fuera demasiado tarde. La sensación que produce un edificio abandonado es tan escalofriante casi como la de un cadáver, sin embargo, también encierra una fascinación morbosa que de alguna manera describe al ser humano. Los desconchones de la pared y el suelo sucio y repleto de cascotes, colillas y jeringuillas me hacían estremecer, sin embargo, había algo que aún me tenía atrapado en aquel lugar. Las paredes grisáceas con restos de antiguas pintadas mal hechas guardaban secretos e historias que yo conocía demasiado bien, había vigilado aquel lugar día y noche y sabía qué ocurría en las horas sin nombre de las madrugadas cualesquiera. Nada bueno había sucedido allí nunca, ni siquiera cuando estaba recién construido y funcionaba como una factoría, aunque cuando eso yo aún no había nacido, pero tenía la sensación de que aquella estructura rectangular jamás olió a nueva, siempre rezumó una miasma transparente pero tóxica. Mucho me temía que nunca había albergado nada bueno aquel armazón que ahora se desmoronaba peligrosamente, extrañas sombras se deslizaban entre sus rincones. El salitre y la humedad constante del mar, a escasos metros, habían acelerado la descomposición de sus paredes, y probablemente habían enchumbado los sentimientos atrapados en su interior, primero de los desgraciados trabajadores y más tarde los de los okupas, yonquis y putas, enmoheciendo absolutamente todo. Las vivencias, las voces y los susurros rebotaban una y otra vez en el suelo, las vigas y las ventanas, destruyendo todo, y yo podía oírlas con total claridad, lamentos ahogados de un presente sin destino habían quedados impregnados en la atmósfera polvorienta del lugar. El techo se había desplomado, el tiempo lo había rasgado y lo había tumbado, como a un cielo que nunca había escuchado a nadie que pusiera un pie allí dentro. Se podía ver desde el suelo la parte inferior de la carretera que discurría a muchos metros por encima, por donde circulaba gente que tenía destinos hacia los que conducir, raudos, sin detenerse a observar lo que ocurría por debajo de ellos. Los cristales estaban estallados, y los pocos que aún quedaban íntegros estaban cubiertos por una capa de mugre amarillosa. Olía a orines y a mierda. Pero era el único lugar al que yo podía ir en días fúnebres como aquel.


El cielo no había querido encenderse esa mañana. No había días azules ni nubes algodonosas para mí. Solo aire helado y gris, cielo encapotado y despiadado y terribles olas que salpicaban el paseo marítimo mojando el suelo y a quien decidiera pasar por allí. Las saladas gotas, como pedernales que se desprendían del bravo oleaje, me golpeaban la cara y me dejaban un regusto salobre en la boca. Recuerdo vagamente que no conseguía combatir el frío aquella mañana mientras me dirigía a la factoría abandonada y sucia, ningún abrigo era suficiente para calentarme las manos. No había podido desayunar, ni siquiera me había tomado un café, no me cabía. De todas maneras, no recordaba haber comprado café en mucho tiempo, probablemente ni tenía en casa.


Apenas había dormido unas pocas horas cuando me desperté empapado en sudor probablemente por alguna pesadilla. Según me levanté de la cama y vi el desolador aspecto de mi cuarto me sentí obligado a salir de allí: el cenicero tan lleno de colillas que se había rebosado, la ropa sucia regada por el suelo y una manta raída y oscura haciendo las veces de cortina para impedir que entrara la luz de un sol inexistente. La gruesa capa de polvo de los escasos muebles solo era interrumpida por la señal de que en algún momento puse encima la mano o una lata. No podía soportarlo, ni podía soportar no tener adonde ir. En lo que me quitaba la camiseta mojada y helada y buscaba abrigo tropecé con varias botellas de cervezas, tal cual cayeron al suelo se quedaron, y allí seguirían cuando volviera, si es que podía volver y no me quedaba atrapado en la dimensión oculta de la realidad escabrosa de mi vida, en aquel plano paralelo en el que escuchaba susurros que provenían de lugares imprecisos y cuyo mensaje aún no era capaz de descifrar. Mucho me temía que en un futuro próximo podría entenderlos con espeluznante claridad.


Había estado haciendo una maravillosa colección, lo que los días fríos no me ayudaban en absoluto a mejorarla. Mi pequeño frasco tenía dentro nada menos que seis mosquitos. Eran horrorosos: tenían las patas gigantes y un grueso aguijón por el que succionaban la sangre, si fueran más grandes parecerían extremadamente peligrosos, a mí se me antojaban como diminutos alienígenas que andaban y volaban con la cabeza agachada olisqueando su presa. Cada vez que salía a la calle me llevaba mi pequeño tesoro conmigo, nunca sabía cuando lo iba a necesitar. Aquella mañana los necesitaba, formaban parte de mi plan de autodestrucción para un perdedor. Sonaba casi al título de un libro, si supiera escribir podría hacer un manual titulado “Compendio de autodestrucción para un perdedor”. Seguro que se vendería, el mundo está absolutamente plagado de perdedores, muchos de ellos bien ocultos, y lo más probable es que prefirieran autodestruirse que enmendarse, sobre todo porque esto último no parecía muy posible. Yo al menos ya había tirado la toalla. Ya nací siendo un perdedor, es como nacer rubio, por mucho que te cambies el color del pelo seguirá saliendo rubio una y otra vez, hasta que te quedes sin él.


Me senté en el suelo húmedo, en un rincón de la factoría y apoyé la espalda en la pared. Había estado cayendo una fina lluvia toda la noche y allí dentro el agua se colaba con total facilidad y además estaba siempre presente la filtración del mar, ni en los días de más calor aquel lugar estaba completamente seco, por eso se había estado pudriendo desde su interior. Ni me fijé si el rincón estaba limpio o no, me daba igual. Pronto percibí la desagradable sensación de tener mojado el pantalón, eso me retrotraía a instantes terribles vividos hacía tiempo. No podía recordar aquellos momentos con total nitidez, pero el pantalón mojado me frustraba terriblemente y sabía que guardaba relación con el pasado, con uno que estaba sepultado en algún rincón horrible de mi cabeza al que no tenía manera alguna de acceder. Estaba convencido de que mi mente estaba llena de rincones oscuros sin entrada, condenados, la imaginaba como un laberinto con trampas y cerraduras que me ponían a prueba sobre todo de noche, mientras dormía, cuando los centinelas que lo custodiaban bajaban un poco la guardia y yo intentaba abrir los arcones de terribles secretos. Siempre con miedo del minotauro que acechaba en mi laberinto particular y que podía devorarme en un instante. Pero amanecía con la mente en blanco de nuevo, solamente retazos de mis sueños permanecían unos instantes para, inmediatamente, disiparse como si fuera el humo de un cigarro.


No podía soportar tener el pantalón húmedo, y a pesar del frío terrible y de estar en un lugar en el que alguien podía entrar en cualquier momento, me lo quité. Mi ropa interior debía estar sucia, no recuerdo la última vez que me duché y me cambié. Esta vez no me senté. Me daba demasiado asco que mi calzoncillo se mojara también. Hasta alguien como yo tiene algún límite.


Durante muchos años estuve trabajando en unos almacenes, de noche. Mi labor consistía en colocar e inventariar el material diariamente. Pasaba largas e interminables horas yo solo bajo la muerta luz eléctrica y luego, al día siguiente, pasaba casi todo el día durmiendo para poder volver a trabajar a la noche, era un bucle que cada vez me desgastaba más. Un buen día decidí que ya no quería continuar desempeñando ese trabajo, y dejé de ir al almacén, sin más. A nadie le pareció preocuparle demasiado, creo que yo tampoco era buen trabajador, alguna vez me llamaron la atención por no haber colocado bien la mercancía o por cometer errores en el inventario. Sinceramente, jamás me esmeré en hacerlo bien. Días después de dejar el trabajo me sentía tan desganado que no fui ni capaz de intentar buscar la manera de cobrar la prestación por desempleo, así que más que vivir, sobrevivía. Mis padres no sabían nada. No quería que pensaran aún peor de mí. Ya se sentían bastante decepcionados.


No tenía novia ni amigos, demasiado tímido y con muy poca autoestima para ello. Mi afición favorita hasta ahora había sido ver la tele, pasear por las tardes y acechar lo que ocurría en la fábrica durante la madrugada de los fines de semana. Sin embargo, había encontrado hacía poco algo que me gustaba realmente: coleccionar mosquitos y además darles una utilidad. Desde luego no era algo que me fuera a reportar grandes beneficios a la hora de encontrar al amor de mi vida, pero yo lo disfrutaba en mi permanente soledad. Para ello me los había llevado a la fábrica abandonada, para que me fueran útiles. A nadie podría contarle esto, les parecería una absoluta aberración, sin embargo, yo no pensaba que estuviera dañando a nadie. Tanto los insectos como yo salíamos ganando. Era casi una simbiosis. Quienes lo supieran dirían de mí que estaba mal de la cabeza o que era un cerdo. Pero qué más me daba, a mí aquello me hacía sentir bien durante el instante que duraba y de paso alimentaba a mis nuevas mascotas.


Me había costado trabajo encontrar el recipiente adecuado para guardarlos. Debía tener una apertura lo suficientemente gruesa pero no demasiado, pues podrían escaparse. En casa medí más o menos la circunferencia de mi glande en su parte más gruesa. Justamente de ese tamaño tenía que ser la apertura del frasco. Anduve bastante hasta encontrar el adecuado, y algunos compré que no servían, no me cabía bien dentro o dejaban huecos libres por el que los mosquitos podían huir. Tras probar unos cuantos di realmente con el adecuado.


Esa mañana, en mi factoría cayéndose a trozos me dispuse a intentar que mi día fuera un poco a mejor que los últimos, en los que apenas había comido y en los que había dormido muy mal. Abrí el frasco y lo introduje en él todo lo que pude. Las picaduras y la consecuente inflamación en una zona tan delicada me llevaban al absoluto éxtasis. Nada había que pudiera hacerme sentir más placer que aquel escozor inmenso que iba en aumento a una velocidad desorbitada hasta llevarme al más fulminante paroxismo. Después venía el dolor pero yo sentía que había valido la pena, que era el pago necesario por alcanzar aquel acceso ilimitado al placer.

Durante varios días tras aquella mañana tuve que estar curándome la zona, pero eso no me disgustaba en absoluto. Me hacía recordar lo mucho que me había gustado y me alentaba a volver a repetirlo desde que la inflamación y las ronchas hubieran desaparecido.


Soy un miserable, no tengo nada, solo una enfermiza afición que, aunque no dañe a nadie, es malsana. Sigo sin tener muy claro que hago aquí, sin capacidad alguna para tomar decisiones, y sin ganas de moverme para hacer otra cosa que disfrutar de mi nuevo hobbie, que realmente me saca de mi infierno solo unos instantes, para luego devolverme a él más abatido aún que antes. No soy capaz de cambiar las cortinas de mi casa, ni siquiera de vaciar el cenicero, voy apretando las colillas y haciendo una montaña apestosa con ellas. Cada vez se me hace más lejos ir a mi rincón descalabrado bajo la carretera y junto al mar. Sé que en breve ni seré capaz de ir. He ido entendiendo poco a poco los susurros de mi mente, me animan a permanecer acostado en el sofá fumando.


Aquel día, me puse de nuevo mi pantalón, aún húmedo, y así caminé hasta mi casa. Compré cigarros en el bazar que había debajo, subí y me tendí en la cama. Ese día no pasó más nada, ni el siguiente, ni el otro.




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