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Carta desde Centaurus. Cap. 6



Tras caminar un buen rato por la zona deshabitada donde había llegado a Eniostes, subí con Elián por una colina arenosa. Aquel paraje estaba tan muerto, que ni siquiera había en él restos secos de vegetación. Recordé que en la carta, Jano había explicado que no conocía la madera y que los árboles le habían parecido criaturas fantásticas. Ahora, que apenas llevaba unas horas en Eniostes, entendía el sentimiento que debió invadirle al encontrarse en la tierra, donde hasta en los sitios más insospechados se abría paso la vida con fuerza. La sombra de un árbol en aquel momento hubiera sido el alto en el camino que necesitaba, no solo por disfrutar de su frescor, sino por no sentir mi alma tan desolada en aquel páramo marchito y desalentador.


Antes de terminar de llegar a lo alto de la colina y, a pesar de que la luz blanca de ambos soles cubría el cielo por completo, pude ver una esfera gigantesca hacia el oeste, semitransparente. Era como la luna, pero quizás diez veces más grande y, desde nuestra posición, me daba la impresión de que su superficie se movía como si estuviera cubierta de agua. Quedé atrapada por la fascinante imagen del cielo enigmático de Eniostes. Me dio la impresión de que el contenido de aquella esfera podía derramarse sobre nuestras cabezas en cualquier instante y miré aterrada hacia mi acompañante.


Elián me explicó que aquella luna, Tesifón, era un satélite natural de su planeta. Veía moverse su superficie porque la fuerza que la gravedad de Eniostes ejercía sobre él agitaba con furia las mareas de metano líquido de su superficie. Sus olas eran como montañas, de miles de metros de altura, y descargaban con furia en mitad del propio océano creando salpicaduras que se alzaban kilómetros desde su superficie. La resaca líquida del satélite no tenía orilla sólida en la que descargar.


Tesifón era una especie de infierno de frío y de mareas furiosas. En algunas ocasiones, las tormentas solares de CA1, la estrella de mayor tamaño, arrastraba metano desde Tesifón haciéndolo entrar en combustión al penetrar en la atmósfera pesada de Eniostes. Eso había generado graves problemas, había calcinado poblaciones enteras en segundos. CA1 era muy imprevisible.


Aquella civilización vivía bajo el terror de lo que en cualquier momento pudiera venir del exterior y de la clara consciencia de que en su interior no quedaba prácticamente nada para subsistir.


Por fin, tras salir de mi sorpresa y tratar de asimilar lo que mis ojos contemplaban, seguimos caminando y llegamos a la cima de la colina. Desde allí pude ver una gigantesca ciudad ubicada en un hondo valle. En la posición privilegiada en la que me hallaba, podía observar edificios altísimos, rascacielos, carreteras que se alzaban sobre el suelo en varios niveles y aeronaves. Elián me explicó que si queríamos hablar con Agni teníamos que entrar allí.


—Elián, no puedo más. Estoy agotada y hace mucho calor —me invadía la curiosidad por ver la ciudad de cerca, pero calculé que la temperatura rondaba los 40 grados —mi anfitrión me había explicado que la polución había generado un terrible efecto invernadero y que la temperatura jamás descendía de los 32 grados —. Aquel terrible calor, sumado a la pesadez que sentía por aquella gravedad a la que no estaba acostumbrada, hacía que solo quisiera tumbarme.


—Tenemos que llegar a la ciudad —me respondió Elián con cierta brusquedad. —Está prohibido caminar fuera de ella desde que Jano regresó, estamos corriendo un grave peligro. Si nos encuentran nos encerrarán y no tardarán en averiguar quién eres.


Sentí que Jano y Elián habían sido muy egoístas conmigo. Me habían arrancado de mi casa para traerme a este infierno muerto donde corría, además, un grave peligro. En la carta parecía que era la tierra la que necesitaba ayuda porque nosotros mismos nos avocábamos al fracaso de nuestra subsistencia y que yo parecía una clave importante para ella, sin embargo, ahora daba la impresión de que era Eniostes la que no aguantaba más. Estaba terriblemente destruída por culpa de ellos.


Yo no comprendía nada, cada vez tenía menos claro mi papel allí y me sentía peor a medida que transcurría el tiempo. Tal vez la radiación de aquellos soles me matara, no sabía si su atmósfera me podía proteger. Quizás hubiera virus para los que no estuviera inmunizada. Fui muy estúpida dejándome llevar por la influencia que aquellos extraterrestres habían ejercido sobre mi mente; y en el fondo sentía que no me habían hecho llegar allí para ayudarme a rescatar mi planeta. Entonces recordé cuando quise saltar a la laguna: no debía culparme por haber sucumbido a su manipulación, yo era un juguete en sus manos.


Pero por otro lado, ¿y si mis pesadillas sobre el apocalipsis de la tierra eran precognitivas y yo podía solucionarlo? Sabía de sobra que nos estábamos autodestruyendo. La imagen que aparecía en mis sueños, donde el planeta era devastado por una terrible hecatombe, encogió mi pecho. La posibilidad, por pequeña que fuera, de salvarlo, me animó a seguir caminando hacia la ciudad a pesar de la desazón que había mermado mis ganas de continuar avanzando por aquella colina a millones de años luz de mi casa.


La tierra era mi hogar y allí estaba cuanto conocía: mi familia y mi sobrinita de año y medio. Allí latía todo lo que alguna vez había amado. Estaban los recuerdos de mis viajes: aquella librería-cafetería en Lisboa en la que compré La divina comedia; y el lago Ness, donde había tomado fotografías mágicas en busca de Nessie. También estaban todos aquellos museos y sus cuadros que yo había admirado extasiada: la Galería Ufizzi, con las pinturas de Boticelli; el MoMA y las obras de Warhol, y mi favorito: el museo del Prado y el legado de Goya. En la Tierra estaba, en la memoria de los hombres, la historia de la humanidad, cada héroe y cada villano; y había también un porvenir, seguramente lleno de errores. Estaba la música. Quería volver a escuchar mis discos de Queen y de Héroes del Silencio. Había dejado también allí mis pelis favoritas: Casablanca, Psicosis... Si podía hacer algo, tenía la obligación de hacerlo. Respiré profundamente aquel aire, que tal vez acabara conmigo, y saqué fuerzas de donde no las tenía para continuar.


La ciudad de Elián, Nueva Amslo, era la única en todo el planeta. Su especie, que apenas sobrepasaba los 70 millones de habitantes, vivía aglomerada en la única zona del planeta en que la tierra era comestible aún y hacia donde habían canalizado la energía que provenía de la esfera de Dyson que habían construido en torno a CA2. El centro de Nueva Amslo era el eje político y económico de todos ellos, y allí vivía casi toda la población. Alrededor de esta, los suburbios, cada vez más pobres a medida que se alejaban del centro, iban recibiendo por nombre un número: desde la zona 2 hasta la zona 15. Se dedicaban principalmente a la minería y la industria.


Seguí a Elián por las calles de la ciudad sin dejar de apreciar cada detalle. Todo parecía milimétricamente funcional. No había un solo elemento ornamental y ningún edificio tenía la apariencia de ser antiguo. Era como si aquella ciudad no tuviera historia alguna, ni sentimientos, ni recuerdos. Tampoco vi parques, cines, ni zonas de ocio.


Todos iban vestidos de negro. Según me explicó Elián ese color disminuía gran parte de la radiación del temible CA1. A nadie le llamaba la atención mi aspecto, con la túnica que había traído de Bolivia. Entendía ahora el por qué me había sentido empujada a comprarla cuando la vi en el escaparate.


Al menos por fuera, aquellos extraterrestre y yo éramos idénticos. Incluso pude adivinar diferentes razas, como si sus antepasados hubieran estado disgregados por otras zonas del planeta y se hubieran adaptado a sus condiciones para que luego la evolución desastrosa que vivieron los hubiera reunido en poco tiempo en un único punto.


Como hubieran imaginado los autores terrícolas de ciencia ficción, había vehículos que circulaban por el aire y carreteras elevadas del suelo en varios niveles donde circulaba otro tipo de transportes, unos con ruedas y otros con una especie de deslizadores. No pude evitar sonreír pensando en cuántas pelis había visto en la que imaginaban así las ciudades futuristas o las civilizaciones de otros planetas. H.G. Wells había dado en el clavo.


Advertí que salíamos del centro y nos encontramos pronto frente a un enorme muro de hormigón con un dos gigantesco pintado a ambos lados del paso. Nos avisaba de que abandonábamos el centro y entrábamos en la zona 2. Había controles para los vehículos pero, afortunadamente, no para quienes iban a pie. Supongo que por eso Elián me había hecho caminar tanto.


Allí, en la zona 2, el ambiente era algo más distendido y los edificios más modestos. No había aeronaves y el tráfico rodado transcurría por una carretera elevada un solo nivel. Igualmente se sentía un lugar frío, en absoluto acogedor y con nada reseñable que anunciara que albergaba una civilización con historia o con un sentimiento colectivo que los identificara. Todo era gris y monótono. También vestían de negro, aunque con menos sofisticación que en el centro, donde algunos me resultaron extravagantes.


Así, fuimos avanzando por diferentes zonas, cada una de ellas más humilde que la anterior. Según me había explicado Elián, ascender de una zona a la inmediatamente superior era muy difícil, aunque en realidad era el gran anhelo que todos albergaban. Una vez nacías en una, lo habitual era que tus descendientes malvivieran en ella. Las élites de Nueva Amslo se ocupaban de que así fuera siempre. La esperanza de vida de las últimas zonas era muy baja y la enfermedad y la desnutrición diezmaban rápidamente una población con un elevado índice de natalidad.


Aquello se parecía muchísimo a la tierra. Seguramente Jano había visto ese comportamiento en los humanos y temió por el futuro de aquel planeta en el que había caído por casualidad y que tanto le había gustado. Supo que, de seguir así, acabaríamos igual que los habitantes de Eniostes.


Al salir de la zona cuatro y antes de la muralla que llevaba a la zona cinco, tomamos un desvío, tierra a través, por una llanura arenosa y vacía, en la que no había ningún camino marcado y que acababa en una colina de poca altura. Tras alcanzarla y bordearla, encontramos una casa muy humilde, de piedra, que parecía esconderse de todo lo que componía Nueva Asmlo y sus suburbios. Alguien muy diferente debía vivir allí, alguien a quien no le interesaba ascender de nivel y habitar en el centro de la ciudad, el objetivo último de aquella sociedad desesperanzada. Un objetivo miserable, bajo mi perspectiva, pero allí no había casas junto al mar o cabañas en los bosques. El centro de la ciudad era lo mejor a lo que se podía aspirar.


Cuando llegamos a la puerta de aquella casa me sentí desfallecer. Caí de rodillas. El calor y el cansancio después de haber andado durante horas, habían podido conmigo y, como en mi sueño junto a la laguna, perdí la noción de todo y me sumí en un espacio mudo y sin tiempo.

Cuando abrí los ojos me vi tendida en un camastro desvencijado, observando un techo lleno de desconchones. Oía el rumor de una conversación. Una de las voces era la de Elián, la otra era indefinida. No hubiera podido descifrar exactamente si con quién conversaba mi acompañante era un hombre o una mujer, si era joven o de edad avanzada. Sonaba como un ente que estuviera más allá de géneros y tiempo. No producía una voz como la de Elián, similar a la humana.


—Agni, tú debes saber quién es y por qué llegó a ella la misiva de Jano. ¿Por qué dices que no debí traerla? Tú dijiste que la carta llegaría a manos de quien fuera necesario —. La voz de Elián sonaba nerviosa, agitada.


La otra voz respondía a Elián con serenidad pero de manera solemne. Mi aturdimiento y las miles de preguntas que acudían a mi mente no me permitían concentrarme en el contenido de su mensaje. Agni era ello. Una especie de oráculo o vidente, por lo que le había entendido a Elián. Su forma de hablar daba a entender que no era un ser al uso. Era consciente ahora de que ni siquiera se me había ocurrido preguntar si había más entidades como ello.


Por fin, unas palabras pronunciadas por Agni se manifestaron con claridad en mi mente:


—Es muy peligroso que ella esté aquí. Jano no quiso hacer caso a mis consejos. Cuando regresó de su viaje interestelar pensó que era necesario ayudar al planeta azul y verde a evitar la devastación que sufrimos nosotros. Vio, al igual que yo, y tú mismo, la muerte frívola que daban a los árboles milenarios y a los seres vivos más inocentes por mero placer, por deporte.

Pude ser testigo de la masacre, de la injusticia y de la autoextinción a la que están avocados. Lo he visto en su futuro. La probabilidad de éxito de la humanidad como civilización es cero. Cuando Jano volvió vino a mí en busca de ayuda, pero Nueva Amslo lo observa todo y ahora está preso. Lo torturarán si no dan con la ubicación de la tierra, si es que no han comenzado ya a hacerlo. Y encima la traes precisamente a ella —.


Yo era un peligro. ¿Pero para quién? Solo había acudido allí guiada por mis sueños, quería intentar evitar una catástrofe. Seguramente se referiría que yo era un peligro para ellos dos. Si Jano estaba en prisión, difícilmente podrían protegerme sin arriesgarse. Bueno, Agni no parecía en disposición de querer ampararme.


—Pero Agni, ¿por qué ha llegado a ella el mensaje? ¿Qué hizo mal Jano?


—Jano lo hizo todo mal, Elián. Habló a través de mí con el espíritu ancestral que compone Eniostes, y confió en él, dejó en sus manos encontrar al destinatario de su misiva. El gran padre Eniostes ha enviado el mensaje a quien único puede ayudarlo a sobrevivir a esta terrible catástrofe. Nuestro planeta solo trata de subsistir, le importa poco lo que le ocurra a las demás civilizaciones con tal de conseguir su objetivo. Su núcleo está vivo, piensa y siente. Así que solo ha hecho lo que tenía que hacer. Jano desoyó mi consejo y además te involucró a ti.


—¿Es cierto que alguna vez hubo vida exuberante aquí? ¿Existió agua, vegetación y otros seres aparte de nosotros?


—Ella y yo somos los dos únicos supervivientes de la extinción de Tesifón que pudimos llegar a Eniostes. Cuando abrí los ojos, hace millones de años, y comencé a almacenar información de cuanto percibía, este lugar era verde completamente. La vida era exultante, se abría paso a toda velocidad. Manantiales frescos y cristalinos discurrían entre flores de todos los colores. La atmósfera era limpia y evitaba que las mareas de metano la atravesaran. Se creaban hermosas auroras de colores cuando este rozaba la exosfera. Había millones de especies, hermosas como nunca podrías imaginarlas: algunas aladas, otras acuáticas.


Ella y yo vimos nacer tu especie, Elián, y también vimos como todo era destruido. Fuimos testigos impotentes de como el cielo azul intenso se volvía blanco y la tierra yerma y seca. Sentimos como todo moría bajo el apocalipsis que los tuyos engendraron. Las armas bacteriológicas que crearon tus antepasados arrasaron con todo, la polución de la tecnología nos sumió en un verano perpetuo. La codicia, la ambición y la miseria del alma concibieron, sobre los restos agonizantes de Eniostes y con apenas unos pocos supervivientes, la ciudad de Nueva Amslo. Aún así, no aprendieron, siguieron cometiendo los mismos errores; la abominación no pereció con el cataclismo. Tesifón ha muerto, Eniostes morirá en breve y la tierra lo hará dentro de unos pocos milenios.


En cuanto a Ízaro, u Olga, como la han llamado en la tierra, es tan antigua como lo soy yo, también nació en Tesifón. Las élites, los Nuevos, borraron su memoria, le dieron aspecto humano y la enviaron con una única misión: viajar entre las estrellas encerrada en una cápsula de tiempo cero hasta encontrar un lugar susceptible de ser parasitado y esperar allí las órdenes precisas. Jano solo ha conseguido acelerar el proceso. Los Nuevos no la habían podido encontrar aún, pero Jano y su altruismo los ha puesto en alerta. Mientras ellos no sepan que está aquí, la tierra está a salvo, solo corren el peligro que se infringen a sí mismos. Nadie puede ayudarles.


Ízaro debe morir. Intenté ahogarla en la laguna verde, pero tú me lo impediste.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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