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Carta desde Centaurus. Cap.5


Tras leer la carta y reflexionar apenas sobre ella, comenzó a sonar un teléfono móvil. Era imposible que fuera el mío, no lo había cargado desde que llegué a Bolivia, además, aquel no era mi tono de llamada. Guiada por el incesante timbre comencé a buscar por mi habitación de hotel su procedencia. El sonido parecía llegar desde todos lados. Me sentí agobiada, necesitaba cogerlo antes de que se colgara porque, de alguna manera, sabía que aquella llamada guardaba relación con la carta que acababa de leer.


¡Mi bolso! De allí venía el sonido, vi obvio que no lo localizara, era el último sitio del que esperaba que llegara.


El teléfono que sonaba era, sin duda, el mío, aunque el tono de llamada fuera otro. Por alguna razón que no acababa de comprender, no se había apagado tras tantos días sin ocuparme de él. Era un número desconocido. Sin pensar más, arrastré hacia la derecha el símbolo verde de la pantalla y me lo llevé al oído sin saber qué debía aguardar al otro lado.


—Te estoy esperando en la puerta del hotel—. Escuché la voz gélida de Elián, quien, sin darme tiempo a responder, colgó de inmediato. Sabía que algo así tenía que suceder tras leer la carta de Jano. Mi destino estaba escrito en algún lugar en las estrellas.


Sacudí mi túnica, me envolví en ella y, deslizándome en la oscuridad para evitar ser vista por alguno de los que me habían acompañado en el vehículo de Martha, bajé hasta la puerta del hotel. Allí estaba el impecable coche negro y su conductor, que ya no me parecía tan extraño, esperando con la puerta de atrás abierta. Su presencia se me hacía ahora tremendamente familiar, lo percibía vinculado con fuerza a mí y a mi secreto. Me parecía el más cercano de los seres y a quien único deseaba ver en ese momento.


Rápidamente me senté en el interior del automóvil.


—Elián, ¿conoces a Jano? —no podía aguantar las ganas de saber más.


—Ahora mismo, todos en mi planeta lo conocen —arrancó el motor tras responderme.


¡Todo este tiempo había sido guiada por un ser de otro planeta! Aunque en el fondo lo sabía, no pude evitar abrir los ojos con desmesura y tapar mi boca abierta con la mano tras procesar la respuesta de Elián. No era lo mismo oírlo en el silencio de mi mente que de labios de alguien. Si en algún momento llegué a dudar de mí o a creer lo que me había dicho mi médico en Madrid, la respuesta de aquel ser me sacó por completo de dudas. Él era la prueba viva de que nada de esto eran locuras mías.


—¿Eres de 03-745?


—Sí, soy de allí. 03-745 es el nombre que le han otorgado en la Tierra, pero nosotros lo llamamos Eniostes.


—Dios mío, Elián. Mi sueños, la nota, tu desaparición… ¿por qué yo? —me sentía tan sorprendida que era incapaz de realizar una pregunta en condiciones.


—Lo entenderás dentro de poco, ahora debemos llegar a tiempo.


Sin saber ni cómo, mientras me hallaba absorta en mis cavilaciones y viendo en mis retinas a modo de fogonazos rápidos de nuevo miles de imágenes de lo que había soñado y de lo que había vivido, llegamos a la laguna verde, justo al punto donde había visto a Jano marcharse por un portal hacia otra dimensión dejando tras de sí la carta misteriosa.


Ambos bajamos del coche y nos aproximamos a la orilla. El Licancabur nos contemplaba con su particular embrujo nocturno. El agua quieta lo reflejaba y nos lo devolvía invertido, como si señalara a la vez el cielo y el centro de la tierra. Empezaba a sentir por qué en aquel lugar estaba la puerta a otros mundos.


El firmamento se reflejaba con tanta claridad en la laguna esmeralda, que sentía que si saltaba dentro del agua llegaría a las estrellas, traspasaría el plano de la vida y me adentraría en uno sin tiempo. Tan atractiva me pareció la idea que corrí dispuesta a sumergirme en ella. Elián me detuvo agarrándome por la cintura y elevándome del suelo.


—Hay quien no quiere que llegues a Eniostes —la fuerza de sus palabras y la de sus brazos atenazándome me hizo temblar de miedo. —No permitas que entren en tu cabeza, solo déjate guiar por mí hasta que estemos frente a Jano, no hagas nada si yo no te lo indico—.


Me soltó y comencé a llorar. Sentí que caía sobre mí algo para lo que no estaba preparada. Podía haberme ahogado en la laguna antes de iniciar nada. Yo era una marioneta de cuyos hilos tiraban en direcciones opuestas, no sabía quiénes ni por qué, pero un poder inconmensurable se escondía tras toda aquella historia. Una fuerza capaz de viajar millones de años luz e introducirse en mi mente sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Había dejado atrás a mi marido, a mi familia. Tal vez no volviera a verlos. ¿Qué más querrían de mí?


En aquel momento de desolada desesperación no podía presagiar lo grandioso de cuanto habría de acontecerme en adelante.


Elián hizo que me girara. El sol comenzaba a clarear el cielo por el este, como una acuarela que se vierte en la bóveda oscura. Ya no era negro y profundo, empezaba a convertirse en el cotidiano cielo de cada día. Justo frente a mí, el aire comenzó a adoptar forma, a ondear. El viento se hacía visible deformando la imagen que había detrás de él. Entonces me di cuenta, el portal comenzaba a tomar forma. Estábamos a un metro y medio escaso de su superficie. Mirar su interior era igual que mirar el reflejo de la gran cúpula celeste en el agua, mis ojos se perdieron en su superficie infinita, y aunque todo me invitaba a sumergirme en él, ahora tenía miedo a lanzarme, esperaba a que Elián me lo indicara.


No sé por qué, temía que la luz del día nos alcanzara sin haber entrado allí. Elián me sujetó la mano con la suya, cálida, y gritó: —¡ahora! —tiró de mí levemente y yo lo seguí con fe ciega, sin preguntar qué había al otro lado. Simplemente sabía que debía ir allí. Ni siquiera sabía si aquel hombre inexpresivo, que me había dejado abandonada a mi suerte en mitad del paraje poco hospitalario del altiplano, era de fiar.


Al atravesar la superficie del portal sentí que mi cuerpo se estiraba con brusquedad para luego quedar flotando en completa ingravidez en un oscuro útero formado por el vacío inmenso del espacio. Pude ver miles de luces fugaces a mi alrededor hasta que entendí que era yo quien se desplazaba a toda velocidad, aunque me sintiera quieta. Supe que atravesaba años y millones de kilómetros en aquellos escasos instantes en suspensión. Nunca sabré por qué ni cómo lo supe, pero lo viví como una verdad inamovible.


El sentimiento de hallarme viajando en el portal era tan hondo, calaba con tanta fuerza en lo más profundo de mi consciencia, que la vivencia se convirtió en una gestación acogedora, de la que sabía que renacería siendo otra. Podía sentí la vibración de las esferas que plagaban el universo, el estallido de estrellas que morían a millones de años luz y el eco antiguo de la explosión que nos conformó. Entendí el origen de la luz y como voló a la máxima velocidad posible una vez pudo escapar del Big Bang. En aquel tiempo, que para mí fueron apenas unos segundos, envejeció mi mente y entendió lo que de otra manera nunca hubiera podido hacerlo. Aún así, aquello había sido solo el primer paso del gran viaje.


Cuando abrí los ojos me encontré en la orilla de la laguna. La luz del día me cegaba tanto que tuve que entrecerrar los párpados. ¿Estaba de nuevo en el punto de partida? Sobre el agua de la laguna volvía a ver el Licancabur invertido, sin embargo, su superficie no lucía color esmeralda, sino de un horrible color terroso. Tardé unos instantes en adaptar mis pupilas a la cegadora luz que se reflejaba en el suelo calizo.


—¡Elián! —grité mientras lo buscaba con la mirada. Me tranquilicé al darme cuenta de que estaba cerca de mí. Me puse en pie, dirigí poco a poco la mirada a mi alrededor y al cielo y lo que observé me heló la sangre. Un escalofrío recorrió mi espalda y me paralizó por completo: el cielo no era azul, era blanco. Y en él lucían dos soles, alejados entre sí, a los que apenas podía mirar porque cegaban mi vista. Aquella llanura de la Puna no estaba sobre la faz de la tierra. Me encontraba a años luz de mi casa, a merced de unos elementos desconocidos por completo, encontraría seres que no sabía cómo me acogerían, ni siquiera sabía si el aire que estaba respirando sería tóxico o no para mí.


Recordé varias cosas que Jano decía en su carta: allí no existían las noches, ni había casi otros seres más que ellos. Creían que su planeta había sido devastado por completo por las antiguas civilizaciones que los habitaron y que ellos habían heredado un planeta yermo. En aquel paraje tan parecido al del altiplano boliviano sentí estar observando el futuro de la Tierra. No había elegantes flamencos rosáceos con las patas hundidas en aguas color esmeralda bajo un cielo azul radiante moteado de algodonosas nubes. Todo parecía devastado por el tiempo.


Cuando pude salir de mi abstracción sentí la necesidad de que Elián me respondiera a miles de preguntas que tenía en la mente. —Elián, ¿por qué no fue el propio Jano a buscarme? ¿Quién eres tú?


—Jano está en prisión. Poco después de su regreso a Eniostes fue apresado, la imagen que viste en tus sueños y junto a la laguna fue un holograma que yo creé a partir de las pistas breves que él me fue dejando en las visitas que le fui haciendo en la cárcel. Fueron muchas, siempre alguien controlaba lo que hablábamos, así que de una manera críptica tuvo que explicarme todo esto. La carta la encontré en su casa. La convertí también en una imagen holográfica para después poder destruirla. La información que tenía la envié al espacio esperando que llegara a algún lugar. Agni me dijo que el mensaje sabría llegar al destino adecuado.


—Pero el papel que leí… —titubeé rebuscando en mi bolso. La carta ya no estaba allí.


—No era papel aunque a tus ojos y a tus dedos se lo pareciera. Cada vez que se abría el portal eran enviadas la imagen de Jano y la carta. Debía hacerlo así por si yo también era descubierto y apresado y no podía ir a ayudarte a venir a aquí.


—No entiendo por qué está preso— le dije a Elián, aunque intuía que la manera de pensar y de proceder de aquellos gobiernos no serían muy diferentes a los de la Tierra.


—Jano tiene, mejor dicho, ambos tenemos una información valiosa que no queremos compartir. Sería peligroso tanto para nosotros como para ustedes. Eniostes se muere, aquí ya nada es natural. Mi especie agoniza.


—¿Y qué puedo hacer yo? —me sentía absolutamente desesperada e insignificante ante la historia que Elián me contaba.


—No lo sé. Pero si el mensaje ha llegado hasta a ti es por algún motivo. Tenemos que ponernos en marcha, mientras más tiempo permanezcamos cerca del portal más llamaremos la atención sobre él. Estoy seguro de que me están buscando. Solamente Jano, tú y yo sabemos dónde está ubicado. Si quieres mantener a salvo a los tuyos es importante que nadie más lo averigüe.


Caminamos durante bastante rato bajo los abrasadores soles. No había ni una nube en aquel cielo blanco, que parecía impertérrito. Ni aclaraba, ni oscurecía. No había viento. Solo había calor constante. Elián se empeñó en que tapara mi piel de la luz, la suya estaba adaptada, pero no sabía qué daño podría hacerme a mí. Yo sentía que me costaba un poco caminar y es que, según me explicó mi acompañante por el camino, aquí la gravedad era levemente mayor que en la Tierra.


—Vaya, Elián, en tu planeta eres más hablador que en el mío —me atreví a hacerle una broma. Elián rió con ganas. “Si va a ser hasta simpático”, pensé.


—No podía permitirme ni un error que te hiciera desconfiar de mí y que fallara mi misión de traerte hasta Eniostes—. Desde luego, Elián había mostrado una curiosa forma de mantenerme tranquila en la Tierra. —Y allí —continuó con un tono de voz diferente, como si no supiera que palabras emplear —me sentía extrañamente bien.


—¿Y qué era la presencia que me acompañó desde que llegué a Bolivia?


—Ni idea, hay muchas cosas que suceden en la tierra que para mí son inexplicables. Quizás Agni pueda aclararnos muchas cosas. Ello conoce el pasado y puede ver parte del futuro, sabe incluso lo que ocurre en otras civilizaciones.


—¿Ello? ¿Civilizaciones? ¿Es que hay más? —me daba cuenta de que a cada respuesta que recibía se abrían un sinfín más de preguntas. —¿Quién diablos es Agni?


—Lo sabrás muy rápido. Solo te pido que no tengas miedo cuando veas a ello.


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©2018 by  Arima Rodríguez

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