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Carta desde Centaurus. Cap.4



A la mañana siguiente, tras una noche plácida, ausente de sueños, me puse en marcha con el silencioso Elián hacia la Laguna Verde. Llegaríamos al atardecer. No podía creer que ya estuviera tan cerca del mágico lugar que se presentara en mis sueños con tanta insistencia como para hacerme volcar mi vida de manera tan drástica. Parecía que España y mi familia estaban a años de distancia de mi memoria, apenas había pensado en ellos. Mi vida en Madrid parecía haber sido vivida por otra persona, en otro tiempo.


A medida que nos alejábamos de Uyuni en dirección a la Laguna, donde acamparíamos, la sensación de estar acompañada se iba haciendo más y más potente, incluso en algunos instantes pensé que si cerraba los ojos y extendía la mano podría tocar la presencia que me había acompañado desde que llegué a Bolivia.


De repente, algo sucedió de manera inesperada. Elián se puso con determinación sus gafas de sol, dejé de ver sus luminosos ojos azules por el retrovisor. Miré por la ventanilla en dirección al sol y lo vi moverse con rapidez, avanzar hacia el ocaso como si las horas se hubieran convertido en minutos. Mientras el disco luminoso avanzaba y su brillo disminuía, el color del cielo iba cambiando con suma prisa, de celeste intenso se iba convirtiendo en violeta hasta llegar al azul grisáceo del crepúsculo. La velocidad del coche parecía cada vez más elevada a medida que avanzaba por aquel paraje lunar del altiplano. Las montañas con sus cumbres manchadas de blanco pasaban tan rápidamente que parecían dejar una estela tras de sí. No sentía el traqueteo del coche, era como si hubiéramos despegado y viajáramos sobre una capa de aire. Había alguien que no quería que yo llegara tarde a una cita y Elián debía de ser cómplice de aquella situación inusual que me empujaba con velocidad hacia el punto clave.


A lo lejos pude distinguir la silueta del volcán de mis sueños, su cono perfecto era inconfundible. Se erguía sereno en mitad del altiplano reseco y frío, se presentía magnético, como si custodiara alrededor secretos que la humanidad entera desconoce. Él era el silente testigo de lo que habría de acontecer.


La carretera giró apenas, bordeando el Licancabur, y Elián se adentró con el coche en la tierra casi un kilómetro, o quizás más, era difícil calcular la distancia a aquella velocidad. Frenó con brusquedad, como si se le hiciera tarde, y mi cuerpo salió despedido hacia el asiento delantero. Se bajó del coche con rapidez, sin darme tiempo a reaccionar, y me abrió la puerta.


Cuando salí, tenía ante mí la estampa nítida de mis sueños: la laguna color esmeralda y tras esta, la montaña. Con la única diferencia de que en mi sueño estaba allí durante un día luminoso y ahora ya era noche cerrada. Tan absorta me quedé contemplando el paisaje, que inmediatamente olvidé lo que había sucedido por el camino, el tiempo que se distorsionaba, la actitud de Elián, más extraña aún que de costumbre, el coche que no pisaba el asfalto… el paisaje que mi mente trataba de asimilar acaparó toda mi atención. Me sentía como si hubiera estado allí miles de veces.


Hacía un frío intenso. Saqué la túnica negra que había comprado en La Paz y me envolví en ella. El aire del altiplano la agitaba continuamente. Me di cuenta en ese instante de que Elián y su coche negro se habían disuelto en la noche, no supe en qué momento, no escuché sus pasos, ni el ruido del motor al ponerse en marcha, ni el sonido del vehículo avanzando por la tierra. Me giré en todas direcciones, pero estaba en completa soledad ante el agua, que bajo el firmamento nocturno se veía negra y frente a la montaña, cuya silueta apenas se esculpía en la oscuridad. Empecé a sentirme anestesiada, ni siquiera percibí preocupación alguna por la desaparición de Elián.


El cielo, negro por completo, lucía repleto de estrellas, tantas, que no era capaz ni de distinguir una constelación de tan abigarrado de luces titilantes como se hallaba. La gran cúpula nocturna era arrebatadora, hermosa. En la noche sin luna, cerca del cielo como me encontraba, mirar hacia arriba era asomarme al universo entero. La bóveda colmada de nebulosas, galaxias y estrellas, de secretos y de misterios, de sublime energía creadora, me observaba a mí, diminuta y enlutada a los pies de la laguna, que por alguna razón yo sentía que no formaba parte de esta tierra, sino que hacía de enlace entre esta realidad y el resto de mundos en el infinito.


Cada vez me sentía más aturdida, la soledad me presionaba desde todas direcciones, respirar a tanta altitud era difícil y mis movimientos se tornaron lentos. Mi parpadeo, los latidos de mi corazón y la tela que el viento agitaba se ralentizaron estrepitosamente. Supe que había llegado el instante. No sé por qué, pero sentía que dos mundos iban a colisionar de un momento a otro. Me puse de rodillas para tocar el agua y comprobar si era salada. Un grupo de flamencos alzó el vuelo y pasó sobre mi cabeza, sobresaltándome justo antes de que introdujera la mano en la orilla de la laguna. Las aves habían presentido la misma colisión silenciosa que yo, y se marchaban, dejándome en la más absoluta soledad en aquel escenario.


Quedé ensimismada durante unos segundos por el aleteo cadencioso de las aves, que rompían en silencio el aire de la noche, y que, como bailarinas, agitaban con delicadeza sus esbeltas alas. Con lentitud, la pequeña bandada danzaba sublime con el negro telón estrellado de la noche como fondo.


Cuando se perdieron en el horizonte y descendí la vista, me di cuenta de que frente a mí había una especie de espejo sin marco, de grandes dimensiones, que colgaba en la nada. Emitía tenues destellos, similares a los de la superficie del agua bañada por la luna, que lo distinguían del espacio vacío que lo rodeaba. Vi entonces una sombra humanoide atravesándolo. No sé de dónde venía, pero abandonaba esta realidad para introducirse en su interior. Al traspasarlo, aquel ser quebró su impoluta superficie creando ondas perfectas en esta, como si la cara vertical del espejo fuera líquida, y desapareció en la nada. Aquello debía ser una puerta que conducía a otra dimensión. Antes de desaparecer por completo, sentí que dirigía su rostro hacia mí y clavaba sus ojos en los míos, a pesar de no distinguirse cara alguna en su oscura silueta. Volvió a mirar al interior del espejo, estiró el brazo y dejó caer tras de sí un pliego de papel doblado que descendió con lentitud hacia el suelo blanco. ¡El papel de mis sueños!


Me apresuré cuanto pude y conseguí cogerlo a tiempo antes de que pudiera mojarse en la orilla húmeda. Lo guardé bajo la túnica. Mi prioridad ahora era llegar hasta aquella puerta extraña. Corrí hacia ella, pero mis pies apenas avanzaban aunque les imprimí toda la fuerza que pude. Las ondas que se habían creado en el espejo se desdibujaron y este desapareció. Cuando estiré mis dedos para tocarlo ya se había deshecho.


Regresé a la orilla, quería comprobar si las sensaciones que había tenido durante mis sueños eran certeras. Metí la mano en el agua, estaba muy fría, tanto, que mis dedos se entumecieron casi al instante. Aquella anestesia se fue extendiendo con lentitud hacia mi mano y luego por todo mi cuerpo. Me los llevé a los labios, efectivamente, las aguas limpias de mi laguna eran tan saladas como las había sentido en mi lengua al despertar. Mi boca comenzó a perder también sensibilidad.


Poco a poco fui perdiendo la consciencia. Mientras el sopor me llevaba a un dulce momento de descanso, multitud de raudas preguntas cruzaban mi mente. Parecían estrellas fugaces que volaban por el cielo nocturno sobre mí pronunciadas por el eco de mi voz. ¿Por qué en mi sueño era de día? ¿Por qué las aves habían alzado el vuelo antes de que cayera desmayada? ¿Qué era aquel espejo? Sin posibilidad de responder a ninguna de ellas, me dejé llevar por el letargo y sentí mi cuerpo desplomarse y caer al suelo con suavidad.


—Señorita, oiga, despierte. ¿Se encuentra bien? — alguien me zarandeaba. La cegadora luz del sol no me dejaba apenas abrir los ojos. La tierra blanca sobre la que estaba tendida me deslumbraba y el propio sopor que sentía me dificultaba la toma de consciencia. Cuando entreabrí los párpados, una joven me miraba con gesto de preocupación. —No se preocupe, es el soroche. Se encontrará bien en unos momentos. ¿Dónde están sus acompañantes? La hemos encontrado aquí sola, y una maleta pequeña, que supongo que será suya, a unos metros de usted —.


La joven que me había despertado, como descubriría más tarde, era la conductora de un pequeño transporte con capacidad para seis turistas. Sus clientes me miraban sorprendidos unos pasos detrás de la muchacha. —Me llamo Olga. He venido en un Mercedes negro que conducía un hombre rubio, alto, Elián —. Miré hacia el cielo, era pleno día. —Llegamos anoche —es lo único que se me ocurrió pensar.


En ese momento, tras mis palabras, me di cuenta de que allí estaba la laguna a pleno día, y podía contemplarla tal y como la viera en mis sueños. El agua era de color verde intenso, parecía pintada al óleo. Me olvidé de la muchacha, de los turistas, y mis ojos se sumergieron en sus aguas saladas salpicadas de motas rosáceas de largas patas que se movían con suma elegancia. El magnetismo de los intensos colores hacía que escuchara a la joven llamarme como si estuviera muy lejos, en otro plano, en uno que ya no me importaba.


—¡Olga! —Martha me sacó de mi ensimismamiento agitándome el hombro. Entonces la miré. Me ayudó a incorporarme y me llevó hasta su vehículo. Me hizo sentarme en él y me explicó que era imposible que yo hubiera llegado por la noche, ya que ellos habían hecho una ruta a pie el día anterior desde la laguna y habían regresado al atardecer, para acampar después. Habían pasado la noche a los pies del Licancabur. Apenas habían recogido las tiendas y tomado el desayuno cuando me vieron llegar a pie, sola, hasta la laguna, para caer a continuación desmayada. Al parecer solo había perdido la consciencia durante dos o tres minutos.


Tras darme agua y comida me invitaron a regresar con ellos a La Paz. Martha insistió en llevarme al hospital más cercano, pero le aseguré que me encontraba bien y que mi hotel estaba en la capital, que solamente quería regresar a él. Le mostré la tarjeta con la dirección y el número de teléfono y pareció quedarse tranquila. Aún así, yo no lo estaba, no era capaz de explicarme qué había sucedido realmente y mucho menos me parecía que debiera contárselo a ella.


Por fortuna, tanto Martha como los demás turistas no insistieron más en querer saber cómo había llegado hasta allí yo sola, a pie. No hubiera sabido responderles. En La Paz llamaría a Pedro y le contaría lo sucedido con Elián.


Mientras regresaba en el monovolumen me acordé del papel. ¡Dios mío! ¿Cómo podía haberlo olvidado si todo aquel periplo había sido organizado solamente para recogerlo? Miré mi túnica negra, con restos aún de la blanca tierra de la laguna esmeralda. Introduje mi mano bajo ella y la emoción me recorrió todo el cuerpo cuando sentí su tacto. Allí estaba. No pude contenerme y sonreí. Mis acompañantes, que poco confiaban en mi cordura, me miraron de reojo, preocupados. Dejé el papel en su sitio, lo leería al llegar a Uyuni para hacer escala.


Cuando por fin el monovolumen de Martha paró y entramos en el hotel en el que pasaríamos la noche, pude quitarme la túnica sucia y buscar un momento de tranquilidad donde poder leer a solas lo que había recogido en aquella noche extraña entre el espejo de agua y la laguna de plata. Nerviosa, temblando, abrí poco a poco el pliego. Se trataba de una carta escrita con una extraña grafía, casi parecía letra de niño, como si quien la redactó no supiera escribir bien.

“Mi nombre es Jano y espero que esta misiva llegue a buen puerto…”


Todas mis preguntas encontraron respuestas en aquella epístola. Jano debía ser la sombra que vi atravesando el espejo. Era un ser de otro planeta y lo que había contemplado era el instante en el que él abandonaba la tierra a través de un portal dimensional que se había abierto en el altiplano de Bolivia. Pero si eso había sucedido días atrás, o meses, o lo que fuera, ¿habría un bucle temporal en aquel sitio que repitiera la situación una y otra vez? ¿O todo se había conjugado para que yo llegara en el momento exacto en el que él dejaba la carta? Y las más complicadas de todas las preguntas: ¿por qué yo? ¿Qué debía hacer ahora?


Según rezaba en aquellas líneas, nuestro planeta estaba en peligro. Jano sospechaba que terminaríamos como ellos, destruyendo todos los recursos con los que ahora contamos y a los que no les prestamos la suficiente atención.


“Me llevaré esta carta conmigo, si alguien ha leído este escrito, que enviaré desde 03-745, es que he tenido éxito y quizás regrese con ayuda a La Tierra.” Entendía que Jano había dado con la manera de viajar entre su mundo y este y que yo había llegado en el momento en el que él enviaba la carta desde 03-745. —Es cierto que este planeta necesita ayuda, estamos heridos de muerte —pensé. Pero si ahora había seres en otro lugar que sabían de nuestra existencia quizás estuviéramos en peligro, no todos serían tan buenos como Jano. O quizás ni el propio Jano era bueno. —Según él, en su planeta no había recursos, y en este, aunque hagamos un mal uso de ellos sí que tenemos…todavía —me sentía alarmada y confusa.


Necesitaba hablar con Jano. Tenía bien claro que no regresaría a La Paz. Debía encontrar la forma de volver a la laguna verde y entrar con aquel extraterrestre por el espejo, o detenerle antes de que lo hiciera él y que me sacara de dudas.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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