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Carta desde Centaurus. Cap.3



Tras pasar unos cuantos días en La Paz me fui adaptando a la altitud. La sensación de cansancio y el dolor de cabeza remitieron poco a poco, sin bien en ningún momento fueron exagerados, solo algo molestos.


Por algún motivo que aún no alcanzaba a comprender me sentía acompañada en esta aventura inesperada. Siempre fui una mujer algo miedosa, cautelosa más bien, sin embargo, aquí estaba: en un país que no había visitado jamás, lejos de casa y sin compañía alguna, pero en plena calma porque no me sentía sola en absoluto. Creo que nunca me había sentido tan fuerte ni con tanta decisión.


Ni siquiera me molesté en encender el teléfono móvil hasta el día siguiente de mi llegada. Un breve mensaje a mi familia diciéndoles que había llegado bien y volvió a quedar olvidado y silenciado en el fondo de mi bolso. Los siguientes días olvidé cargarlo y en algún momento debió apagarse, apartándome del todo del mundo que había dejado atrás para encarar este otro, el que había habitado en mis sueños con mayor solidez que en la más tangible de las vigilias. Ese viaje iba a suponer un punto de inflexión en mi vida.


La ciudad de La Paz, en forma de embudo, me hacía sentir en cierta manera atrapada, pero mirar hacia el este y observar el Illimani me ayudaba a proyectar mi ánimo en dirección al cielo azul del invierno de Bolivia. Una vez llegué a aquella ciudad, más pegada al cielo que ninguna otra en el mundo, me descubrí a mí misma dirigiendo con frecuencia mi mirada hacia lo alto, ensimismada, como si allí, perdida en el infinito, me sintiera más cómoda que sobre la faz de la tierra, o como si el azul inmenso fuera el destino que buscaba.


Estaba ilusionada, en breve partiría hacia mi sueño, pero esta vez con los párpados elevados y siendo dueña totalmente de mis actos. Sabía que algo me estaba esperando, y ese algo no era cualquier cosa.


En el hotel pedí asesoramiento sobre quién podría llevarme hasta la laguna verde, en Potosí. Al parecer había mucha gente que ponía su coche a disposición de los turistas y hacía de chófer y guía turístico por un precio más que razonable, y más aún siendo el mes de junio, que era probablemente el más frío de todos, para visitar la multitud de lugares hermosos y mágicos del país: el salar de Uyuni, el lago Titicaca, Tiahuanaco… eran todos tan misteriosos y llamaban tanto mi atención que decidí que iba a pasar allí, en Bolivia, una larga temporada para sumergirme en este sincretismo cultural tan singular. Sin embargo, mi objetivo estaba claro y me dirigiría a él sin dudarlo en primer lugar.


Me dieron el número de teléfono de Pedro, una de las muchas personas que podrían llevarme en la larga travesía hasta mi laguna. Cuando le llamé, escuché al otro lado del teléfono una voz de hombre con marcadísimo acento boliviano que parecía bastante acatarrado. Según me dijo, él no podría hacerse cargo, debía guardar cama unos cuantos días, pero enviaría al día siguiente por la mañana a alguien a recogerme a las ocho en punto.


Aquello me incomodó un poco, en el hotel me habían dicho que Pedro era alguien de suma confianza, pero ahora, recorrer tantos kilómetros hasta un paraje desértico y solitario con alguien de quien no tenía referencias me parecía un poco peligroso. De todas maneras, no quería dilatar más mi marcha hacia Potosí, pues la cara oscura de aquella moneda en que se habían convertido mis sueños estaba plagada de escenas terribles, de apocalipsis y de destrucción, así que me arriesgaría sin pensármelo mucho.


Al día siguiente, a las ocho como habíamos acordado, bajé al hall del hotel con una pequeña maleta con cosas muy básicas que Pedro me había recomendado llevar. Incluí en el equipaje una túnica negra que había visto por casualidad en un escaparate junto a las coloridas ropas propias del lugar. No entendí bien que hacía aquella túnica allí, pero se parecía mucho a la de mi sueño y la compré sin titubear. Quizás aquellas telas, que eran lo único que habían producido sonido en mi sueño al ser sacudidas por el viento del altiplano, tuvieran una función que cumplir.


Un hombre de elevada estatura y de tez muy pálida, que contrastaba de manera llamativa con la piel morena de los bolivianos, entró por la puerta giratoria del hotel justo cuando el enorme reloj del vestíbulo repiqueteó ocho veces.


Aunque había mucha gente a aquella hora en la entrada del hotel, la mayoría dirigiéndose al restaurante a desayunar o reuniéndose para comenzar algún tour turístico, aquel hombre rubio de ojos claros se dirigió a mí sin bacilar un instante. — ¿Eres Olga? Vengo de parte de Pedro —me dijo con una voz monótona, profunda, y con un acento neutro, lejos del dulce y melodioso deje de los lugareños. Le respondí afirmativamente y me hizo señas de que le acompañara al exterior, donde debía estar aparcado su coche.


Todo en él parecía extraño, no solo su voz y su aspecto, sino también su forma de caminar, extremadamente erguida y robotizada. Aquel hombre con el que compartiría los próximos días se me antojó poco humano.


Su vehículo, un lustroso Mercedes de color negro e impecablemente limpio, estaba aparcado junto a la puerta. Me abrió el maletero para que yo colocara el equipaje y después la puerta de los asientos traseros haciéndome un gesto con la mano para invitarme a entrar. Todo esto sin decir una palabra.


No esperaba un automóvil tan lujoso, incluso había dado por hecho de que parte del camino lo haría con otros turistas, como había observado días anteriores en la puerta del hotel. Yo había acordado un precio fijo con Pedro y me dijo que el hombre que enviaba no lo cambiaría. No sabía por qué, pero el afable Pedro me inspiraba confianza.


Cuando arrancó el motor se limitó a decirme que la distancia hasta Potosí era muy larga y que tendríamos que hacer varias paradas por el camino. — ¿Cómo te llamas? —pregunté casi con miedo. —Elián —respondió de manera seca, lo que hizo que no se me apeteciera más conversación con él durante el resto del camino. Me daba la sensación de que no le agradaba charlar en absoluto. No me importaba, el sentimiento de estar acompañada que adivinara desde el primer día que llegué a La Paz hacía que me sintiera bien en el silencio sepulcral roto solamente por el sonido constante e invariable del motor.


Tras casi cuatro horas de ruta en coche paramos en la ciudad de Oruro. Hacía muchísimo frío, pero aún no había llegado la ocasión de ponerme mi túnica negra, que esperaba en la maleta a que llegara el momento oportuno. Allí paramos para comer y reposar un poco. Mi conductor no comió conmigo y durante todo el tiempo que pactamos descansar no le vi, sin embargo, a la hora acordada estaba clavado junto a su coche, en la misma postura erguida y con el mismo rostro carente de expresión.


Me fijé en sus ojos, eran extrañamente azules. Creo que nunca había visto unos ojos como aquellos, pero me imponía de tal manera su expresión vacía y su rostro anguloso, que no sostuve la mirada más que un breve instante, el justo para fijarme en el color. Supuse que estaría acostumbrado a que todos se extrañaran ante el intenso azul cielo de sus ojos, que casi parecían emitir luz.


Otras cuatro horas en coche, sin cruzar una sola palabra, nos ocupó llegar desde Oruro a la ciudad de Uyuni. Me había llamado la atención la vestidura de las mujeres de Bolivia. Los bombines sobre cabellos azabaches brillantes y las polleras de colores me hicieron poco a poco recordar mi pasión por la fotografía. Las sonrisas radiantes en sus pieles morenas, su rica cultura y su música me devolvieron el motivo, que había perdido hace tiempo, por el cual había decidido que quería ser fotógrafa. Unas jóvenes divertidas y bulliciosas posaron para que yo les tomara fotos.


Ocupé las otras cuatro horas de camino en mirar a ratos el paisaje y a ratos en editar las fotografías que había tomado cuando paramos a comer y a descansar.


Había sacado varias instantáneas a la entrada de Oruro de un monumento con forma de casco minero, de color dorado y con una virgen en lo alto. Alrededor habían construido estatuas con forma de hormigas, un lagarto, un sapo y una víbora. Entretenida tomando las fotos, ajustando la velocidad del obturador y la apertura del diafragma, buscando el encuadre y la composición apropiadas, no me percaté de nada fuera de lo común, pero al pasarlas a mi tablet me di cuenta de algo muy extraño: en todas y cada una de las fotos había una mancha oscura que atribuí en principio a algún problema de la lente. Tras revisarlas detenidamente concluí que era imposible que se tratara de algún resto de suciedad en la lente, ya que la mancha variaba levemente de lugar de una foto a otra.


Amplié las imágenes al máximo, las coloqué en negativo, y vi que aquella mancha tenía aspecto antropomorfo. Era como un hombre alto y delgado, incluso podía adivinarse un poco la forma de su cabeza, de sus pies y de sus manos. Sin duda, algo me había estado acompañando desde que llegué a La Paz. Algo benévolo y protector, algo que velaba porque mi misión llegara a buen puerto. No podía explicarlo, pero era justamente lo que sentía, y ahora tenía la prueba en aquellas imágenes.


Busqué la demostración definitiva, saqué la cámara de fotos de su estuche y me enfoqué a mí misma sentada en el asiento trasero del Mercedes negro. Apreté el disparador y, acto seguido, giré la cámara para ver el resultado en la pequeña pantalla. Amplié, nerviosa. Allí estaba la mancha, justo detrás de mí. Casi podía ver una cara en ella, unos ojos grandes, el esbozo de una barbilla… ¿sería el hombre que en mis sueños dejaba caer el papel a orillas del lago?


Una vez llegamos a Uyuni, Elián me dejó en la puerta del hotel donde él mismo había hecho una reserva a mi nombre y se marchó. Acordamos vernos de nuevo al día siguiente en el vestíbulo a las ocho en punto. No me atrevía a preguntarle donde se hospedaría, pero desde luego no había escogido el mismo lugar en el que yo me quedaría.


Observé a aquel hombre misterioso subirse a su coche y arrancar, para perderse luego al final de la calle ya desierta a esa hora. ¿Acaso Elián y su impoluto aspecto impropio de aquella época tenía algo que ver con el objetivo que me había llevado a miles de kilómetros de mi casa? ¿Habría sido casualidad que Pedro se acatarrara justo cuando debía llevarme a mí hacia la laguna? Sentía que una conjugación de astros lejanos estaba cuadrando mi destino y que el extraño Elián jugaba un papel en él.


Uyuni parecía el punto de partida hacia miles de lugares mágicos: el salar, las lagunas de colores, los géiseres, el árbol de piedra y el cementerio de locomotoras del siglo XIX. Todos aquellos parajes parecían ubicarse en otra dimensión, en un plano diferente y en una época remota, en la que fantasmas del pasado, o quién sabe, tal vez del futuro, habían dejado un legado que aún no comprendíamos. Los paisajes lunares y las llanuras blancas que confundían con el cielo su horizonte de sal, evocaban historias de otros planetas donde nada ocurría como conocíamos. La desolación y la soledad que los acompañaban ratificaban el sentimiento de que aquel lugar a tanta altitud no se hallaba ya en la tierra, sino que formaba parte de un cosmos superior a nosotros.


Casi cuatrocientos kilómetros me separaban de la laguna esmeralda de mis sueños, del papel que el hombre extraño dejara caer, y tal vez de los apocalipsis que noche tras noche me agitaron en sueños. Aquellos cataclismos que tan imposibles parecían en este lugar sereno que había traído a mi corazón un sentimiento que nunca había tenido antes, el de saberme importante, el de no tener claro que sucedería al amanecer del día siguiente, el de sentirme plena y rebosante de vida fuera del enclaustramiento diario del trabajo, los horarios, el ordenador y las obligaciones. Esta andadura nueva no tenía nada que ver con aquello que dejé atrás en España, adonde ni sabía si regresaría otra vez.


Dormí plácidamente en Uyuni, aquella estratégica ciudad que hacía de puerta abierta para recorrer ese otro cosmos que jamás hubiera pensado que visitaría y mucho menos con estos planes en mente. Me fui quedando dormida con la romántica idea de lo poco que sabemos acerca de lo que el futuro nos depara, sobre cómo nuestra vida puede cambiar de un momento para otro. De cómo pasé de ser una fotógrafa algo depresiva de una revista de moda en Madrid, a ser la aventurera llena de energías que buscaba el significado de un sueño al otro lado del Atlántico.


A los pies de mi cama velaba la sombra protectora que viajaba conmigo, la que me guardaría de lo que hubiera de sucederme en adelante. Al apagar la luz, el leve reflejo que venía de las farolas de la calle, que fantasmales se introducían por los resquicios que dejaban libres las cortinas, me hizo verla con mayor claridad, sentada mirando hacia mí, y bajo el arropo de lo que intuí como una sonrisa reconfortante, caí dormida.

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©2018 by  Arima Rodríguez