• elmundoenpalabras

Carta desde Centaurus. Cap.2




Desconocía el motivo, pero desde hacía meses no dejaba de soñar con un paraje muy concreto de manera constante, cada noche. Daba igual que mi día hubiera sido tranquilo o agitado, que hubiera ido a trabajar o que fuera domingo. Al cerrar los ojos me transportaba una y otra vez al mismo lugar silencioso y extraño.


En mi sueño abría los ojos despacio, el efecto del sol hacía que necesitara unos instantes para acostumbrar mi vista a tanta luz. Me cegaba tanto, que sentía un leve dolor en la frente a medida que elevaba los párpados. Cuando por fin mis pupilas se habían adaptado al sol espléndido y al fulgor del suelo de tierra blanca, un paisaje totalmente árido se dibujaba ante mí. Me giraba para contemplar el lugar que me rodeaba y, que, de alguna forma, me tenía atrapada. Me sentía diminuta ante el espacio inmenso, el cielo infinito y la lejana línea del horizonte.


Parecía hallarme en una llanura aislada de cualquier atisbo de civilización. Alrededor de mí había algunas montañas de contornos suaves, más oscuras que el suelo y que coronaban sus cúspides con algo de nieve, que como ríos blancos y quietos parecían deslizarse por sus faldas erosionadas, sin que ninguno de ellos llegara a la base de la montaña por la que discurrían.


Justo frente al lugar donde siempre comenzaba mi sueño se alzaba un volcán en forma de cono perfecto. Pétreo y silente, parecía contener en su interior algún efluvio que llegaba hasta mi piel y penetraba en mí a través de los poros. Cuando descendía la vista, tras quedar ensimismada por la silueta del volcán, me daba cuenta de que había una laguna de color esmeralda sin vegetación alguna en medio de la soledad de aquel paisaje desértico. Una laguna de aguas quietas bajo un cielo azul radiante.


Sin saber por qué, siempre me ponía de rodillas, despacio sobre la tierra blanca, mientras mi túnica negra, que me tapaba el cabello y el cuerpo, era mecida por el aire. Introducía la mano dentro de la laguna. El agua estaba terriblemente fría. Respirando con bastante dificultad llevaba luego los dedos a mis labios comprobando que el agua era salada. En todas las ocasiones, instantes más tarde, como si el aire que respiraba no tuviera suficiente oxígeno, caía desmayada en la orilla. Al caer, veía como si volaran sobre mí unas hermosas aves color rosáceo de gran tamaño que apenas podía distinguir pues me abandonaba la consciencia y la perdía entre el aleteo borroso de sus alas algodonosas.


Durante mi sueño no se producía ningún sonido. Todo estaba en silencio. Lo único que podía escuchar de manera constante eran las sacudidas de las telas que me envolvían al ser agitadas por el viento. Yo no hacía ruido al caer ni las aves al alzar el vuelo. Y cada cosa sucedía con extremada lentitud.


Al despertar y encontrarme de nuevo en mi cama, sin saber bien el motivo, sentía que aquel lugar existía, que no estaba solamente en mis sueños, y que había una causa de peso para que yo soñara con él una y otra vez. Algo importante que yo debía saber pasaba en la laguna esmeralda y el volcán.


Una noche, mi sueño se amplió algo más. No solo fue más largo, sino que además fue más nítido que nunca, aquello ya no parecía un sueño, era más bien un fragmento de realidad traído desde otro momento de mi vida, del futuro, quizás. Después del desmayo siempre me despertaba, pero esa noche, cuando abrí los ojos no me vi en mi habitación nuevamente, descubriendo por enésima vez que nada había sido real. Esa vez, al recuperarme, vi a un hombre alto ante mí, semitrasparente, que se difuminaba más y más hasta desaparecer a medida que yo salía del sopor del desmayo. En sus manos tenía una especie de carta que dejaba caer al suelo sin dejar de mirarme y antes de que su silueta se la llevara el viento reseco. Lentamente vi como descendía y como yo trataba de apresurarme para que no llegara al suelo, sin embargo, no lo conseguí. La orilla húmeda donde cayó la disolvió por completo.


A raíz de esa noche, la certeza de que algo muy importante había en aquel papel que caía a los pies de la laguna verde de mis sueños se hizo más contundente. A ratos, cuando podía en la oficina donde trabajaba o al llegar a casa, buscaba información por Internet tratando de encontrar aquel lugar.


Hallar la clave de mi sueño llegó a convertirse en una obsesión tan absorbente que consiguió tragarme por completo. La vivencia nocturna se metió en los entresijos de mi vigilia y horadó mi cordura hasta tal punto que casi dejé de comer y de realizar mi trabajo frente al ordenador. Dibujaba el paisaje y lo buscaba, frenética. Necesitaba encontrarlo por algún motivo que no llegaba a alcanzar. Comencé a tomar somníferos para dormir más, con la esperanza de que mi sueño me diera alguna pista más clara sobre qué debía hacer con él.


Una noche, la luz de la luna me trajo la respuesta. Me dormí con la ventana abierta, observando el brillo de plata que dibujaba sombras en mis sábanas, y entonces, todo cambió. Algo se activó en mi mente y abrió las puertas a un nuevo retazo de sueño. Cuando hombre y papel se hubieron disuelto en el paraje, corrí hacia el volcán, y a sus pies encontré unas ruinas, unos muros de piedra. Caminé entre ellos y de repente vi que algo dorado refulgía semienterrado en las piedras volcánicas. Era una estatuilla de oro.


Desperté de manera brusca. Ya sabía dónde debía comenzar a buscar mi laguna esmeralda. Había visto algo similar en el Museo de América. Aquel ídolo de oro pertenecía, sin duda, al arte inca. Era la pista que necesitaba para centrar mi búsqueda.


No pasó mucho tiempo desde que en mi sueño caminara por las ruinas hasta que diera con el lugar. Cuando vi las imágenes en mi ordenador no pude más que abrir los ojos desmesuradamente y emitir un grito. ¡Lo había conseguido! Frente a mí veía, aún sin creérmelo, el lugar exacto al que me transportaba todas las noches. Cada detalle del paisaje era idéntico al de mi sueño. El color del agua, la forma perfecta del cono volcánico, las montañas de los alrededores. Se trataba, ni más ni menos, que de la laguna verde, en la llanura de la Puna, en Bolivia. Por eso me costaba respirar en el sueño y caía desmayada, el lugar está a gran altitud, era una pista importante, ¿cómo no me había dado cuenta antes?


Me levanté de la silla y corrí al baño de la oficina. Deseaba gritar que había conseguido lo que tanto tiempo había estado buscando, pero no había nadie a quien confiarle aquello. Recuerdo que me lavé la cara, me sentí triunfante y volví a mi asiento deseosa de que fuera la hora de volver a casa para poder planear en calma mis siguientes pasos.


Ahora que había dado con el lugar solo me restaba saber el motivo que me llevaba allí cada noche, quién era aquel hombre y qué decía el papel que dejaba caer al suelo. Para averiguarlo me propuse dormir profundamente. Cuando llegó la tarde del sábado, me tomé una fuerte dosis de somníferos, necesitaba pasar más horas allí y controlar el sueño, llegar a tiempo de coger el papel y leerlo. Sabía que una vez que me desmayara debía salir rápidamente del letargo y lanzarme hacia la orilla de la laguna antes de que el agua salada se llevara consigo las letras.


Sin embargo, mi plan no dio resultado, a partir de ese día no volví a soñar con aquel lugar jamás. Tras ese sábado, mis sueños se convirtieron en terribles pesadillas apocalípticas, una diferente cada noche. En todas, La Tierra llegaba a su terrible final: paisajes devastados, cielos sulfurosos, calor intenso. ¿Sería una advertencia? ¿Guardaban relación con la llanura de la Puna y el hombre que desaparecía?


Las noches de pesadillas no se querían ir de mis sueños. Cada vez eran peores, más intensas y voraces, más nítidas. El dolor y la tragedia inundaban el ambiente de mis noches y despertaba con la terrible sensación de que eran tan veraces como el sueño tranquilo de la laguna verde. Aquel apocalipsis iba a ocurrir y por alguna razón se me revelaba a mí. Pero yo no sabía qué hacer con todo aquello. Yo solo era fotógrafa y redactora de una revista de moda.


Decidí que debía encontrar respuestas. Aquella situación me desbordaba sobremanera, no podía concentrarme en nada de lo que hacía. Mi vida había comenzado a girar en torno al sueño primero, y a las pesadillas después. Comencé a tener problemas para conciliar el sueño, me sentía cansada todo el día. Perdía peso a pasos agigantados y unas acentuadas ojeras se marcaron bajo mis ojos de manera perpetua.


Mi médico me ordenó descanso, pensaba que padecía un estado depresivo pasajero. Había llegado el momento ineludible de encontrar respuestas. Iniciaría mi viaje a Bolivia, sin billete de vuelta. Hasta que no resolviera lo que quiera que estaba sucediendo no regresaría.


Saqué mi billete y preparé la maleta. En pocos días aterrizaría en La Paz. Intentaría acostumbrarme a la altitud de la ciudad antes de continuar mi viaje hacia La laguna verde. Estaría sola en mi travesía, a nadie podía contarle semejante locura. A todos les dije que mi viaje a Bolivia guardaba relación con mi interés cultural por tan fantástico país y que me apetecía pasar sola una temporada para recuperarme. Mentí diciendo que el estrés en el trabajo me había pasado factura y que el paisaje a Bolivia me devolvería mi pasión por la fotografía, que había desaparecido por tener que realizarlo en el trabajo a diario, sin entusiasmo, sino por obligación.


Mis allegados no comprendían nada absolutamente de lo que me ocurría. Mi familia pensaba que tal vez les estuviera ocultando una enfermedad grave. Mis amigos, que cada vez se habían ido alejando más de mí debido a que yo ya no devolvía los mensajes y las llamadas, murmuraban entre ellos lo extraño de mi comportamiento.


Mi marido me preguntaba, una y otra vez, temiendo quedar excluido de esta nueva andadura que pretendía recorrer, qué me sucedía. Quería acompañarme, pero no podía pedir días en el trabajo de manera tan inesperada. Yo no tenía fecha de vuelta, así que ni siquiera hubiera sabido cuántos días tendría que solicitar. Creo que pensó que lo abandonaba, que mi situación era culpa suya. Pero, ¿qué podía hacer yo? ¿Contarle que iba a resolver unas pesadillas al otro lado del océano? Solo podía esperar que a mi vuelta pudiera traerle una explicación y algo que la respaldara.


Por fin, a pesar de las miradas desconfiadas de mi familia y amistades, que intentaron de manera reiterada persuadirme de mi viaje, quizás porque notaban comprometido mi equilibrio emocional, aterricé en el Aeropuerto Internacional de El Alto. Cuando llegué al hotel sentía un poco de cansancio. Me aconsejaron que procurara no comer mucho ni beber alcohol. Me advirtieron que la disminución de oxígeno haría que me sintiera cansada unos días y que pronto me aclimataría.


Una vez puse los pies en La Paz, sentí que estaba cerca del lugar, que me hallaba próxima a lo que el destino me había preparado. Un inmenso pálpito me avisaba de que estaba en el sitio y el momento adecuados. Mis noches volvieron a ser plácidas, como habían sido antes de que el paisaje del altiplano se hubiera colado en mi cordura.


Tras pasar varios días en la capital prepararía mi viaje hacia La Laguna Verde, en Potosí. Unas catorce horas en coche me separaban de mi sueño nocturno. Sentía que una gran aventura acababa de empezar y que sería el principio de algo colosal, aunque aún no pudiera explicarlo.

¡SÍGUEME! 

  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon

©2018 by  Arima Rodríguez

Esta página utiliza cookies y otras tecnologías para que podamos mejorar su experiencia en nuestros sitios