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Carta desde Centaurus. Cap.1

Actualizado: mar 25



Mi nombre es Jano y espero que esta misiva llegue a buen puerto.


Soy del planeta 03-745, situado en la galaxia que ustedes llaman Centaurus-A y orbita alrededor de un sistema binario de estrellas, por lo que hasta que llegué aquí no conocía el concepto “noche”. En mi planeta es siempre de día y nuestro organismo está adaptado a esas condiciones de luz perenne.


En ocasiones, una de las estrellas eclipsa a la otra y la intensidad de la luz disminuye, sobre todo las horas en que CA1, de mayor tamaño, se coloca frente a CA2. Es entonces cuando vivimos algo similar a un atardecer de La Tierra. La luz que CA1 proyecta sobre nuestra atmósfera hace que la superficie adquiera un color blanquecino, así que nuestros “atardeceres” nunca son rojizos o anaranjados, como los que aquí he podido contemplar.


Boquiabierto, observé la primera tarde que el cielo azul vibrante se tornaba en tonos cálidos, rosáceos, hasta apagarse y volverse negro absolutamente. Tras aquella visión tan hermosa, la oscuridad intensa que le siguió me asustó sobremanera. Pensé que algo horrible estaba sucediendo, que el sol había muerto. Al cabo de un rato me di cuenta de que todo parecía tranquilo, no había señales de alarma, solo bajó ligeramente la temperatura. Horas más tarde, en el horizonte, pero en el lado opuesto al que el sol había desaparecido, y tras otro espectáculo de luz inimaginable, el astro radiante volvía a renacer de entre las tinieblas. Entendí entonces que el planeta en el que me hallaba rotaba sobre su propio eje y orbitaba alrededor de una sola estrella.


Mi hogar se encuentra a más de 14 millones de años luz de La Tierra, y aunque nuestra vida media es más larga que la de ustedes, sería imposible, con la tecnología que poseemos, hacer un viaje tan largo en una sola generación. A decir verdad, no sabría explicar bien cómo llegué hasta aquí. Hacía una revisión rutinaria en la esfera de Dyson que mi civilización construyó alrededor de CA2 con el fin de aprovechar sus recursos, cuando me vi empujado por una fuerte marea gravitatoria que no habíamos previsto en los cálculos realizados para la organización de las tareas habituales. De repente, tras sentir aquel potente choque invisible, aparecí en este planeta, tan diferente al mío, tan colmado de vida.


Para mí, el viaje duró apenas unos segundos, pero para mi especie pueden haber pasado años. Lo averiguaré al regresar, si consigo hacerlo. Los cálculos para organizar mi vuelta no son ni sencillos ni fiables. Debía recoger muchos datos de este planeta y tratar de hallar el lugar y el momento en que un portal dimensional se abriría. Nosotros nunca viajamos de esa manera, es extremadamente peligroso: no sabemos si nuestro organismo está preparado para ese tipo de travesía –ahora sé que sí ­­-ni estamos seguros de que nuestros cálculos sean certeros. Podríamos incluso desaparecer de la línea espacio temporal en que habitamos. Quizás este viaje que me aventuro a planear permita a mi civilización dar un salto de gigante a nivel tecnológico. O quizás sirva para que pierdan a un habitante de nuestra escasa población.


La civilización a la que pertenezco es mucho más antigua que la de ustedes y somos casi la única forma de vida que existe en el planeta. Los hallazgos más antiguos de escritura narran la existencia de prados verdes y multitud de seres vivos, pero apenas se han encontrado pruebas de que sea real nada de lo que se recoge en los documentos. Algún esbozo de otras vidas, muy fáciles de confundir con formas caprichosas en las rocas han sido hallados, pero ninguna prueba clara que respalde las escrituras arcaicas. De haber existido señales de ese pasado, las fortísimas tormentas de viento que asolan mi planeta de vez en cuando las han borrado.


Hay quienes defienden, inspirados en las escrituras, que nuestros antepasados arrasaron con todo y agotaron los recursos vivos del planeta, que compartíamos hábitat con otras formas de vida y que nos alimentábamos de deliciosos manjares, y no de tierra con poco valor nutritivo, como ahora hacemos. Explican que múltiples mutaciones permitieron que nos adaptáramos cuando a punto estábamos de extinguirnos por nuestra imprudencia. Yo soy un científico, así que nunca creí en nada de eso en la medida de que jamás hemos hallado pruebas que lo respalden. Sin embargo, ahora, al ver este exuberante planeta lleno de vida pienso que tal vez lo que recogen las antiguas escrituras no sean tan solo metáforas de un anhelo antiguo.


Los primeros días que pasé aquí caminé por una zona boscosa. Enseguida me gustaron los árboles, parecían pilares que sostenían el aire, solemnes y quietos. Observé que algunas formas de vida eran algo hostiles con otras, pero todas formaban un conjunto equilibrado, como un mecanismo compuesto por miles de engranajes que encajaban a la perfección.


Tras varios días de caminata vi una edificación a lo lejos. Para mi espanto, me di cuenta de que había sido confeccionada con árboles. No podía creerlo, habían matado a las arrebatadoramente bellas criaturas que me acogieron los primeros instantes para construir un edificio. Aquella madera estaba muerta, no tenía pulso. Y alguien moraba en sus entrañas calladas. Me pareció monstruoso.


Pasaron los días, aprendí lo que era la lluvia, la brisa… incluso el poco frecuente arco iris. Pero también les conocí a ustedes, los humanos. Desapercibido me pude mover sin ser descubierto, pues nuestros aspectos son bastante parecidos. Descubrí que no solo se alimentaban de los demás seres vivos por necesidad, sino que lo hacían por placer. Que mataban más animales de los que podían consumir y que, sin piedad, arrojaban a la basura lo que no tenían tiempo de comer. Los vi injustos, unos acumulaban más de lo que podían disfrutar mientras otros mendigaban lo que necesitaban para vivir. Observé que han envenenado el aire que respiran y el agua que tanto necesitan. El sol y el viento les ofrecen recursos que no aprovechan. No entendí nada.


Cada vez pienso con mayor firmeza que mi hogar pudo haber sido así algún día y nosotros, tan inconscientes como ustedes. Ahora estamos solos en el planeta, la única forma de vida que existe además de nosotros son las bacterias. La tierra nos alimenta, pero es pastosa e insípida, como pude comprobar después de probar algunas frutas que crecen aquí. No hay nubes, la luz del sol nos castiga constantemente. No existen ni la lluvia, ni la nieve, ni el aire fresco, solo un tremendo calor perpetuo y seco. No hay árboles bajo cuya sombra sentarse a leer mientras el viento empuja las hojas secas, dibujando siluetas evocadoras en el aire.


No quiero ver el apocalipsis que ustedes mismos están fabricando. Regreso a mi planeta, con la esperanza de que alguien me crea allí, y escribo esta misiva con la esperanza de que alguien me crea aquí. En mi bolsillo llevo la hoja de un árbol, los pétalos de una rosa y la pluma de un cisne. Según mis cálculos, en pocos días debe abrirse un portal en la llanura de la Puna, en Bolivia.


Me llevaré esta carta conmigo, si alguien ha leído este escrito, que enviaré desde 03-745, es que he tenido éxito y quizás regrese con ayuda a La Tierra.

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©2018 by  Arima Rodríguez