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Caelus: la huída del paraíso


Recuerdo habitar otros mundos, hace ya muchos años, cuando comenzaron los viajes espaciales para turistas a los gigantes gaseosos del sistema solar. En ellos, el transcurso de los días y las noches no se asemejaba a los de La Tierra, como tampoco el paisaje oscuro que se vislumbraba desde su incierta superficie, su cielo plagado de lunas y el sol pequeño, lejano e insignificante. Era sumamente diferente a cuanto había visto, sin embargo, al cabo del tiempo terminé por acostumbrarme.


Más tarde, cuando a bordo de la nave Caelus fui a los planetas que orbitaban alrededor de MS-034, me abordaron nuevas sensaciones. La ingravidez extrema de Perséfone, uno de sus planetas, evitaba que me anclase a la realidad y entre sus helados geíseres azules, cuyo material no volvía a caer sino que se perdía en la noche, soñé cosas que nunca antes había soñado.


La superficie viscosa de algunos de sus otros planetas me invitaba a sumergirme hasta el núcleo metálico. Esas incursiones fueron realmente estremecedoras, el sonido de los metales semifundidos moviéndose era una melodía absolutamente nueva, cada planeta tenía su propia sinfonía. Después de seis o siete viajes a diferentes núcleos, dejé de sentir emoción al preparar el equipaje para realizarlos.


La visión del vacío negro desde los inmensos ventanales de la Caelus hacía que me zambullera de lleno en la mente colectiva que debía habitar en cada átomo disperso del hasta ahora infinito universo. En los miles de años luz de vacío que había entre una estrella y la siguiente se encontraba la abrumadora presencia de la creación, que había otorgado al ser humano unos sentidos demasiado escasos para percibir y comprender el contenido de aquella “nada”.


En La Tierra, la calidad de vida se había convertido en lo habitual. El control de los radicales libres que frenaban el envejecimiento, la definitiva cura del alzhéimer y el cáncer y la erradicación de virus como el SIDA o el ébola, habían elevado la esperanza de vida considerablemente. Enfermedades crónicas como la diabetes, el asma y la artrosis habían sido solucionadas desde hacía ya varios siglos. El tiempo de los hombres se había prolongado excesivamente para mi gusto.


Dejaron de existir las guerras cuando la instauración de las energías renovables extinguió la lucha por los recursos y el medio ambiente se hubo restaurado por completo. El decreto sobre la libertad de culto y el manifiesto de los derechos humanos se convirtieron en una ley inamovible. Todas las viejas luchas de los milenios que precedieron a la sociedad actual tuvieron finalmente sus frutos.


La ciencia halló el punto anatómico donde se pudo inhibir la violencia. Los gobiernos de todo el mundo se pusieron de acuerdo en realizar la intervención desde que cada bebé estuviera lo suficientemente estable como para recibirla. La armonía borró las tragedias universales y estas fueron reemplazadas por lo que en épocas anteriores se consideraban males menores e incluso trivialidades.


Sin embargo, nadie preparó nuestra mente para vivir tanto tiempo, nadie supo encontrar la cura para el cansancio y el hastío de vivir, la nada era demasiado extensa como para enfrentarse a ella desde la ciencia o la tecnología. Nadie calculó cuánto se tarda en sentirlo todo ni lo que anhelaríamos cuando ya no nos quedara nada más por desear.


Solamente los viajes espaciales me resultaban ahora mismo lo suficientemente motivadores para seguirle encontrando sentido a la vida. Ya había probado todo lo demás, así que no encontraba mucho sentido a seguir en la Tierra. Quizás más allá de sus fronteras encontraría un pretexto para no convertirme yo también en la nada oscura que inunda el espacio vacío. Mis sentidos saciados buscaban siempre cosas nuevas. Yo no era el único pasajero de la Caelus.


Nadie lo hubiera adivinado en el pasado, pero llega el punto, tras varios siglos de vida, que hasta el amor termina cansando, la música deja de removerte sentimientos y sin una tragedia latente que te mantenga alerta, ninguna cosa buena tiene realmente mucho sentido. Cuando has visto todas las auroras boreales, has sentido el amor de muchas generaciones de descendientes o has anegado tus ojos de atardeceres junto a la orilla de todas las playas, ya no te queda nada más por hacer.


Hubo un tiempo en que la humanidad anheló poseer el secreto del tiempo, quiso eliminar el dolor cuando tenía aún la capacidad de sentir terror ante el porvenir. ¡Cuánto se equivocaba en su codicia absurda! Es la presión y la urgencia que te otorga la ausencia lo que te ayuda a sentir lo que existe. Nada es bueno de por sí, ni lo es eternamente. La cinta de los dos extremos que conformaba la vida se había convertido en otra cinta bien diferente, había sido cortada por la mitad y se había realizado un empate con ella. Todo era un devenir continuo e infinito casi, sin sobresaltos mayores.


Esto pienso mientras Caelus se dirige ahora hacia una estrella de neutrones. Si salimos vivos de allí ese será el penúltimo lugar que visitemos. Antes de marcharme de la vida solo me queda ver como la gravedad extrema de esta estrella me permite contemplar de primera mano la distorsión en el tiempo y el espacio que se produce a su alrededor. Por lo demás, ya he visto todo. Y si hay algo más, tampoco siento curiosidad ni ganas.


La última parada de la Caelus nos llevará al suicidio o a otro lugar ignoto donde podamos renacer quizás, a un nuevo universo al que no llevemos nuestra memoria en el equipaje. Aunque lo dudo. El destino final es Sagitario A*. Ninguna nave ha regresado de allí ni ha dado señales de vida tras atravesar el horizonte de sucesos. Espero que esa última percepción, en la que la gravedad tire hasta desintegrarme sea lo suficientemente extrema como para no marcharme con sensación de vacío de esta vida demasiado larga y tibia.


A bordo llevamos un diario, en el que cada persona que así lo ha querido ha anotado cosas que le gustaría recordar si acabáramos con vida pero sin memoria esta travesía.


Yo aún no he encontrado nada que quiera apuntar en él, ya que solo quisiera sentir todas y cada una de las cosas como si las viviera por primera vez: la emoción de un primer beso, el horror ante lo desconocido y la sensación de arroparme en la cama en las noches más frías del invierno.


Realmente casi nadie ha escrito nada, ni ha dejado objeto alguno en la caja junto al diario. Todos los que estamos a bordo de esta misión suicida deseamos dejar atrás todo lo que conocemos, si algo nos anclara a La Tierra, ¿para qué habríamos de embarcarnos a bordo de esta nave? Tampoco he querido leer los escasos párrafos que han escrito algunos, un deseo que quieres llevarte al otro lado de la memoria es demasiado íntimo para dejarlo en manos públicas. Ellos sabrán.


Dentro de las frías paredes de la nave, el entumecimiento emocional que me sobrecoge se hace aún más palpable. Aquí dentro nada puede engañarme: ni el familiar olor del café, ni las risas de los pequeños que componen la décima generación de mis descendientes, ni el sonido de la lluvia golpeando las ventanas. En el interior de la impersonal nave, donde cada objeto cumple una misión irreemplazable, la certeza de la desidia cobra un peso final. Nunca me había sentido tan lúcido y decidido como ahora.


Me aproximé a la trituradora y arrojé en ella la foto de mis hijos, la de mis padres, mis títulos universitarios y algunos objetos más que traje conmigo. Era obligatorio portar algunos de estos elementos antes de comenzar el viaje, los organizadores querían tener la certeza de que nadie se dirigía hacia el final sin estar absolutamente seguro. Tal vez, tras varios años de viaje, aquellos objetos hicieran cambiar de opinión a alguien, así que podría subir a bordo de la nave que había preparada con destino a La Tierra antes de que la Caelus se dirigiera definitivamente hacia Sagitario A*.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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