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Bajo el subsuelo de Dintare


Comencé a correr lo más rápido que pude escaleras abajo, hacia las galerías subterráneas donde vivía. Cuando vi las hileras de candiles de latón a ambos lados del pasillo supe que estaba en casa, que ya no podrían cogerme. Ninguno de ellos se atrevería a descender hasta allí. ¿Quién querría bajar al inframundo de aquella ciudad solamente por unos panes y un pintalabios?


Me llamo Farid y vivo en el subsuelo de Dintare. Lo que ahora son galerías, túneles y casas subterráneas fueron antiguamente calles, viviendas y negocios al aire libre. La superpoblación que los avances tecnológicos y médicos originó hizo que la ciudad se siguiera edificando verticalmente y el nivel del suelo ascendiera hasta lo que fue la cuarta planta de los edificios. La orografía de Dintare hacía poco práctico extender la ciudad horizontalmente, y además, todos querían estar cerca del centro ya que allí transcurría la vida comercial y financiera de la ciudad y tampoco les interesaba perder tiempo en las carreteras, donde el tráfico se hacía absolutamente insoportable.


Yo jamás había salido de Dintare, ni siquiera tenía una idea clara de cómo era la vida fuera de allí. Mi mundo comenzaba y terminaba en los límites de la gran urbe.


Los que no teníamos recursos nos quedamos a vivir allí, en el absoluto olvido, en lo que fueron las antiguas calles de la modesta ciudad de Dintare, que ahora se erguía potente y caótica sobre nuestras cabezas. Permanecimos en la penumbra de la luz de los candiles, en la humedad constante de las filtraciones y entre los escombros sucios del pasado. Allí nunca salía el sol, ni llovía, ni había atardeceres rojizos con los que llenar el alma. No podíamos jugar a ver las formas en las nubes ni podíamos tener flores en la ventana. Desconchones en las paredes, techos apuntalados, suciedad y demás inmundicia: así era el subsuelo de Dintare y así éramos nosotros, los desdichados que vivíamos allí.


Pero no solamente los humildes comenzamos a hacinarnos en los cimientos de la ciudad. Huidos de la justicia y enfermos se unieron a la particular población que habitaba en los subterráneos, aquellos marginados por el mundo perfecto y abundante que discurría paralelamente a nuestras vidas. Perros callejeros, huidizos gatos, ratas y personas. Parecíamos un amasijo informe de sombras que reptaban bajo la vida próspera de los de arriba, que jamás osaban adentrarse en nuestra realidad.


Florence había sido una mujer importante en el pasado, cuando aún teníamos cielo sobre nuestras cabezas, o al menos eso contaba ella. Arrebatadoramente hermosa y con una voz prodigiosa, llenó teatros y tuvo a sus pies a miles de adoradores. Una traición, su adicción al alcohol o quién sabe el qué, la empujó a vivir bajo la ciudad. Ahora, ya mayor, se maquillaba en exceso cada mañana, encendía un cigarrillo que solo apagaba cuando encendía el siguiente y se dejaba morir junto a la ventana de la ruinosa estancia donde malvivía.


En ocasiones me hablaba de cómo era el exterior de Dintare. Mencionó bosques frondosos y pueblos pequeños más allá de los edificios gigantes que conformaban el horizonte último que yo divisaba, pueblos sin subsuelo, sin enfermos enterrados en vida bajo tierra. Me describió animales de granja, flores silvestres, césped, y un sinfín más de cosas que yo no había visto jamás, y que jamás vería.


Recuerdo un día en el que abrió un álbum de fotos que tenía en una descuadrada estantería llena de polvo. Cientos de imágenes mostraron a una deslumbrante joven enfundada en vestidos lujosos y con joyas refulgentes. –Mira Farid, esta era yo cuando tenía tu edad –y sus ojos brumosos se llenaron de lágrimas que no llegaron a descolgarse de sus pestañas atiborradas de rímel. Se quedaron ahí hasta que se secaron, pero no resbalaron por sus mejillas. Entre el humo de su cigarro observé con fascinación y cierta incredulidad aquellas fotos maravillosas.


Nunca quise a Florence, era imposible: era una mujer agria, hablaba poco y olía fuertemente a tabaco. Su cuerpo esquelético y su piel ajada no eran apetecibles. Solamente poseía recuerdos y un pasado deslumbrante que añoraba. Yo me había convertido en su amante. Si alguien no la mantenía económicamente ella se dejaría morir, y yo necesitaba compañía humana o terminaría por volverme loco entre aquel gentío compuesto por gente muerta, aquel olor a desesperanza y a mierda y, sobre todo, con la terrible sensación de hambre y sed que sentía durante la mayor parte del día.


Ella a veces canturreaba mientras abotonaba nuevamente la camisa sobre sus pechos secos. Aún guardaba el eco lejano de lo que alguna vez fue una voz hermosa. –Gracias por el pintalabios –fue lo más agradable que me había dicho en mucho tiempo. –Ten cuidado, a los de arriba les sobra todo lo que a nosotros nos falta, pero les daría igual cortarte el cuello por un maldito pintalabios rojo.


Por mucho que yo insistiera ella apenas comía. Su delgadez extrema me preocupaba, pero nunca tenía hambre. Solamente quería fumar. Allí abajo no había médicos, solo había dolor y enfermedad.


Un día, como otro cualquiera, ascendí los escalones de madera húmeda que subían hasta su casa, toqué en la puerta y esperé, pero nadie me respondió del otro lado. La ventana estaba cerrada. Empujé apenas la puerta y esta cedió. Florence se hallaba muerta en el suelo del salón, sin maquillar y sin vestir. Tenía los ojos terriblemente abiertos. Su cabello revuelto y canoso le cubría parte del rostro y de la espalda. Cogí el álbum de fotos, cerré la puerta y me marché. No había a quien avisar de aquello. Cuando empezara a dar mal olor alguien se encargaría de sacar de allí sus restos, tirarlos al alcantarillado y quedarse con las cuatro paredes en las que murió. Así funcionaba la vida bajo la próspera Dintare.


Me quedé absolutamente solo, con el recuerdo de los tiempos felices de Florence, los que yo no conocí, con las fotografías de una belleza de la que ya no quedaba nada cuando se fue a vivir al cuartucho en el que finalmente murió. En algunas fotos sonreía. Yo solo la había visto sonreír una vez en sueños, entre mis brazos, en los que su cuerpo menudo se perdía algunas noches y su agrió carácter se suavizaba lo suficiente como para permitirme dormir junto a ella.


Mi casa no era más que un mísero cuartucho que fue alguna vez el trastero de una vivienda pequeña en el que no entraba apenas luz de la calle. Solo contaba con un diminuto ventanuco con una rejilla y una desvencijada puerta de madera. Cuando llegué allí tras el horror de ver el cuerpo de Florence sin vida, me senté sobre una pale de madera que hacía las veces de silla y mesa a hojear con parsimonia el álbum de fotos de mi difunta amante. No había en ellas un atisbo de la mujer que yo conocí, jamás hubiera adivinado que era ella si me hubieran mostrado esas fotos sin decirme de quien se trataba.


De entre todas las imágenes había una que me llamaba poderosamente la atención. Se apreciaba en ella una preciosa joven con un vestido celeste y una cándida sonrisa de labios rosáceos y gruesos. Su mirada inocente no se dirigía hacia quien tomaba la foto, sino hacia un enorme ramo de rosas blancas que alguien le entregaba, un señor mayor vestido con suma elegancia. Llevaba el cabello ondulado suelto y un colgante pequeño y delicado con un brillante. Yo nunca había visto rosas de cerca, solamente en alguna floristería, lejos del alcance de rateros como yo, ni tampoco había visto un brillante sin una cristalera de seguridad de por medio. Pero ella había tenido rosas en sus manos y brillantes en su piel.


Decidí que aquella foto debía acompañarme ahora que me había quedado absolutamente solo en aquel lugar tan sórdido. Guardé la fotografía de la joven del vestido celeste en mi cartera para poder observarla y recordar de vez en cuando que existía otra vida, que existían mujeres hermosas que olían bien, y que existían las rosas.


Aquella noche, la que siguió a la muerte de Florence, fue sumamente extraña. Me tumbé en un rincón donde amontonaba paja y me dormí rápidamente. En mis sueños se apareció ella, indignada, me arrebataba la foto de mis manos y me decía que no debía meterme en sus asuntos, que aquellos eran sus recuerdos y que yo no tenía permiso para hurgar en ellos. Me desperté sobresaltado sintiendo sobre mí su mirada penetrante, envuelta en humo, como siempre, y bajo una sombra de ojos azul intenso. Según salí del agitado trance del sueño y me sentí lo suficientemente despierto lo vi claro: si ella había sido famosa en el pasado aún debía haber quien la recordara en la superficie, seguramente habría incluso quien llorara su muerte. No supe por qué, pero tuve la certeza de que debía buscar a alguien relacionado con ella y contarle lo que había sucedido, por mucho que en el sueño me hubiera reprochado entrometerme en su vida. Era como el mundo onírico quisiera revelarme algo que aún no estaba en situación de conocer.


Tras haber buscado la manera de llevarme algo a la boca, me senté de nuevo a mirar el álbum. Algún nombre, la fachada de algún edificio… necesitaba una pista por la que comenzar a investigar. “Teatro Gran Paraíso” podía leerse en una de las fotografías en cuya puerta posaba Florence con un elegante vestido negro de noche. Gran Paraíso, para mí un paraíso es un lugar donde corriera brisa fresca, donde pudiera acostarme sin hambre, donde mi ropa oliera a limpio y donde alguien me sonriera al sostener la puerta del portal a una casa, aunque fuera una casa humilde. Guardé la fotografía del teatro junto a la otra, la inolvidable imagen en la que llevaba el vestido celeste.


¿Qué sería lo que Florence no quería que yo supiera? Algo lo suficientemente importante como para tomarse la molestia de avisarme desde el otro lado, donde quiera que fuera que hubiera ido su alma, si es que acaso la tenía. En el subsuelo de Dintare no existían creencias religiosas, nadie se molestaba en pensar en ello, nos sentíamos abandonados por cualquier fuerza, divina o humana. Sin embargo, aquella presencia en mis sueños había sido tan real, tan tangible, que a mí no me quedaban dudas de que la propia fallecida había querido hablarme.


Subí a la superficie en busca del Teatro Gran Paraíso, si es que aún existía. Sería difícil preguntarle a alguien, todo el mundo me rehuía. Temían contagiarse de alguna enfermedad, ensuciarse la ropa si se rozaban conmigo o simplemente temían escuchar sus conciencias.

Me sentía inseguro transitando por aquellas calles atestadas de gente bien vestida y oliendo a perfume, en cualquier momento podían detenerme acusándome de robo o simplemente los guardianes podían aporrearme sin previo aviso. No había justicia para nosotros, ni arriba, ni abajo.


Estaba poco acostumbrado a caminar bajo la luz del día, mis ojos no se habituaban a tanta claridad. El sonido de los coches y las luces de los escaparates me agobiaban. De no haber creído que era importante hubiera bajado a mi lugar inmediatamente tras robar algo de comida. Debía ir todo el tiempo vigilando mis espaldas, era una situación muy opresiva. De vez en cuando me ocultaba con el fin de descansar en callejones tras los contenedores de basura.


Desapareciendo de vez en cuando llamaría menos la atención y de paso podría rebuscar para encontrar provisiones. Un abrigo raído que alguien había tirado, unas piezas de fruta demasiado maduras. Siempre se podía encontrar en la basura que había al aire libre cosas mejores que las que nosotros poseíamos en los cajones de nuestras casas bajo tierra.


Tras varios días de búsqueda di con un lugar que se parecía mucho al teatro de la fotografía. Sin embargo, ya no era un teatro, lo habían convertido en un cine. Coloqué la fotografía a la altura de la fachada. Todo coincidía. Aquel era el lugar. De repente comenzó a llover, pero yo no podía moverme de allí. En mi imaginación el cine volvía a ser el espléndido teatro de la foto, y por su puerta vi salir exultante a la joven Florence, feliz tras haber triunfado nuevamente. Un grupo de periodistas y fotógrafos se apelotonaba frente a ella, y ella, radiante, respondía a sus preguntas, daba las gracias con amabilidad y sonreía feliz. Recibía flores y regalos. Un lustroso coche negro la esperaba junto a la entrada del teatro, un caballero con uniforme le abría la puerta y ella, sin dejar de saludar a sus admiradores con suma dulzura, entraba en él. Este se perdía en el horizonte bajo la lluvia y la alejaba de mí.


Me enamoré con locura a la mujer de la foto. No solo era hermosa, sino que su mirada estaba llena de inocencia y de felicidad. Sus manos blancas sostenían con delicadeza todo lo que había entre ellas. Cuando cerraba los ojos podía incluso escuchar su voz de ángel cantar para mí. Debía encontrar a la Florence del pasado, a la que había muerto en el mismo instante en el que puso un pie en el primer escalón que la condujo al subsuelo. Me arrebataba el alma pensar que la tuve entre mis brazos, aunque con otra forma y otro rostro. En aquel despojo en el que se había convertido debía quedar algún vestigio de su pasado agazapado en algún lado, y había sido mío completamente.


Desde el día en el que la lluvia terrible me había calado hasta los huesos frente al teatro, su imagen me acompañó cada noche mientras me perdía en el mundo de los sueños. Y cada mañana era su sonrisa la que me despertaba. En mis delirios febriles ella me acariciaba el rostro con sus manos pequeñas y dulces, me susurraba canciones al oído y dejaba en mi piel impregnado su perfume de flores.


Durante varios días observé el mundo alrededor del cine, ya sabía quiénes eran los trabajadores e incluso me aprendí sus turnos. Me llamó la atención uno de ellos, el de mayor edad. Ese era mi objetivo, aquel hombre debía recordar cuando el cine aún era el Teatro Gran Paraíso, y tal vez recordara a Florence y pudiera indicarme como hallar algo de ella: su antigua casa, algún familiar, amigos… No podría hablarle mientras estaba trabajando, ni siquiera creo que me hubieran dejado acercarme a la taquilla, así que esperé a que saliera, le seguí con sigilo y localicé el lugar en el que vivía.


Yo apenas sabía escribir, pero como pude le dejé una nota en su buzón diciéndole que quería saber cosas sobre el teatro y sobre Florence. Expliqué en mi pequeña misiva que yo era un amigo de ella y que se encontraba en problemas. Le pedí que me esperara en el parque frente a su casa el sábado a las diez de la mañana, junto al kiosco, para contarle lo que sucedía. Le mentí en aquellas líneas, no quería correr el riesgo de que no apareciera.


Antes de las diez le esperé en el lugar acordado, oculto entre los árboles del parque. Le vi aproximarse, con gesto nervioso, mirando hacia todas partes, llevaba la nota en la mano derecha y un paraguas en la izquierda. La fina lluvia que caía volvía a empaparme. Todo lo que rodeaba a Florence y su pasado estaba envuelto en lluvia, como en un intento del destino por diluir la tinta de su historia por alguna razón que yo no acababa de entender.


-Me llamo Farid, soy amigo de Florence. Fui yo quien dejó la nota en su buzón –le extendí la mano, pero aquel hombre, pulcramente vestido con una gabardina de color gris claro, recién afeitado y con un anillo de oro en el anular de su mano derecha me observó asqueado de pies a cabeza y no hizo ni ademán de levantar el brazo para devolverme el saludo. -¿Qué ocurre con Florence? –fue su recibimiento.


Le pregunté por el teatro y por ella y le mostré la fotografía. Intenté hablarle de mis sentimientos, de cómo amaba a aquella joven y que para mí constituía lo único hermoso y bueno dentro de mi mundo sucio y caótico, que era la única esperanza en un lugar sombrío que carecía de todo atisbo de creencias. Me interrumpió bruscamente, mi vida parecía molestarle sobremanera: -mira, joven, no sé de dónde habrás sacado esa fotografía, pero dudo mucho que ella quiera saber nada de ti –sin más se dio la vuelta y se alejó. –Florence ha muerto, le grité a sus espaldas, en un desesperado intento de captar su atención. -¿Cuándo ha sido eso? –se giró con expresión sorprendida hacia mí. –Hace unas semanas. –No seas estúpido, el miércoles hablé con ella –se volvió a girar y esta vez sí que no pude reaccionar, le vi perderse entre la lluvia, que ahora era atronadora.


Me senté en un banco, no sabía cómo recomponer las piezas del puzle que tenía entre mis manos. ¿La mujer escuálida que encontré muerta no era la misma de la foto? ¿Por qué tenía ella el álbum de fotos de otra persona? Lo habría robado, como hacía yo con tantas cosas. ¿Por qué inventarse una vida que no era suya? Las gruesas gotas de lluvia que caían desde mi cabello mojaban la fotografía. Los colores de la foto antigua se diluían en el agua, se mezclaban y borraban a la dulce joven de la sonrisa. Las flores de sus manos se volvieron un manchón blanco que acabó fundiéndose con su vestido. Su cabello se mezcló con el cartel del teatro Gran Paraíso. En aquella mezcla de tintas, el reflejo de mi rostro que incidía sobre el empapado grabado se distorsionó, y en una gota enorme, que contenía mi imagen, la tinta de la foto y unos recuerdos que no me pertenecían, corrió por la superficie del papel brillante y cayó al suelo, convirtiéndose en nada.


Pronto lo vi claro, yo también había hecho lo mismo que la Florence desgastada que conocí bajo tierra, me inventaba una vida que no era la mía. La verdad era tan desconcertante que había que salir de ella de alguna manera. Yo había fabulado un amor profundo y puro hacia una joven que no conocía, y trataba de buscar a alguien que, hasta hacía solamente un instante, para mí era un completo fantasma. Amaba un pasado que no conocí y que no volvería jamás. En mi obsesión absurda trataba de compensar mi futuro desolador para no enfrentarme a la realidad extrema de que seguiría viviendo bajo la penumbra de un mundo cuyo cielo era cemento y donde todo el sol que vería hasta el fin de mis días no era más que la llama inquieta de unos candiles antiguos de latón.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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