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Dentro de la pared

Actualizado: 12 de sep de 2019


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De nuevo, los tenues e incesantes golpes que provienen desde dentro de la pared de mi cuarto insisten en hacerme permanecer despierto otra interminable noche, su magnético y rítmico sonido martillea sin compasión mis oídos. Sin querer, pero impulsado por la horrible atracción de lo macabro, pego el oído a la pared para escuchar con mayor claridad lo que vaga en su interior, un escalofrío angustioso recorre mi piel y se agolpa en mi garganta como queriendo convertirse en un grito que se ahoga por el miedo, lo que escucho allí dentro me congela el corazón como si una fría y descarnada mano lo apretase despiadadamente..... Oigo mi propia voz dentro de la pared rogando entre sollozos auxilio, un débil hilo de distorsionada voz que en mitad de una agonía espeluznante suplica ansiosamente mi ayuda. Mi propia alma errante buscando una salida a su lúgubre y angosta prisión.


Doy un paso atrás, creo que estoy empezando a volverme loco. Me dirijo a mi cama buscando la protección de mis suaves y perfumadas sábanas. Me recuesto y cierro los ojos tratando de pensar en lo más bello y agradable de mi vida. No soy capaz de conciliar el sueño con aquellos golpes a mis espaldas. Abro los ojos lentamente, como temiendo lo que voy a encontrar al otro lado de mis pupilas, el pánico me va acariciando los párpados a medida que intento abrirlos, el temblor de mis manos comienza a convertirse en convulsión pero debo abrirlos y encontrarme cara a cara con lo que me está castigando noche tras noche. Siento el miedo de quien espera en una sala para entrar en el juicio que sabe de antemano perdido pero, a la vez, la esperanza de quien presiente que una condena a muerte le puede liberar del atroz remordimiento que le devora y consume a cada segundo de su lastimosa vida.


Al fin consigo abrir los ojos y lo que encuentro es una oscuridad aún más espantosa que la que me ofrecían mis propios párpados, no sé en qué momento me puse en pié, pero allí estoy, completamente a oscuras y de pie; el aire parece denso, escaso y viciado, es como si lo que respiro fuera ensuciando mis pulmones y como si no hubiera cantidad suficiente de aire para expandir mi pecho. Donde estoy parece haber mucha presión, comienzan a taponárseme los oídos y un ensordecedor zumbido comienza a excavar en el interior de mi cabeza horadando mi cordura. En mis hombros y mi cara noto el tacto de gruesas telarañas, me siento atrapado irremediablemente en la trampa que el destino ha urdido para mí y de la que soy el único responsable. Intento moverme, pero rápidamente me doy cuenta de que estoy angustiosamente atrapado, solo puedo desplazarme hacia los lados; tembloroso, con el pavor de saber lo que me voy a encontrar, intento tocar lo que se encuentra delante de mí que no me permite avanzar. Lentamente, como queriendo retrasar al máximo el resultado de mi búsqueda, extiendo las palmas de las manos hacia adelante y a pocos centímetros, mis dedos reconocen el rugoso tacto de los bloques desnudos del interior de la pared de mi alcoba. Un pánico aterradoramente agobiante se apodera de mí, estoy atrapado dentro de la pared de mi habitación. Desde dentro consigo oir débilmente el tic tac del reloj, que, extrañamente, parece avanzar muy despacio, como burlándose de mí y transformando los segundos en minutos.


Perdido en el miedo, comienzo a gritar pidiendo ayuda y aporreo la pared con toda la fuerza que el reducido espacio de mi confinamiento me permite reunir en los puños, pero la fría y gruesa piedra destroza mis manos y no permite pasar apenas el sonido al otro lado de la pared.


Sudoroso y ensangrentado, creo oír pasos que se aproximan a donde me encuentro, eso me anima a gritar y golpear con más fuerza, hasta la extenuación absoluta, pero al poco, los pasos se alejan desesperanzadoramente y oigo el rechinar de los muelles de una cama. Ahora, con cierta sonrisa de Mefisto, comienzo a calmarme porque sé que sólo me resta esperar a que quien ocupa mi cama decida abrir los ojos, entonces, tendré compañía en mi particular cárcel, ya no estaré sólo a lo largo de los milenios de mi perpetua condena.





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