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8 minutos antes de morir


“La comisión internacional de científicos, CICFOM, ha declarado, de forma unánime y sin posibilidad de error, que mañana viernes día 29, a las seis de la tarde (horario GMT), el sol sufrirá un colapso que lo llevará a su total y absoluta extinción.


Dos años de intensa y rigurosa investigación ha llevado al comité científico de élite a alcanzar esta apocalíptica conclusión. Han rastreado el espacio profundo para encontrar mecanismos similares al que tendrá lugar en la citada fecha, y, aunque extremadamente inusual, han podido observar este tipo de cataclismos en estrellas de características similares a la nuestra. Una implosión en el núcleo del sol lo apagará paulatinamente en el denominado por los astrofísicos “período agonizante”, cuya duración es de aproximadamente dos horas. Una vez cumplido este plazo, todo el gas que lo compone pasará a formar parte del espectro oscuro del vacío cósmico, dejando de emitir luz y calor.


Durante esas dos horas advertiremos una disminución en el brillo y un descenso progresivo de las temperaturas. Tras la muerte absoluta del astro, la humanidad tendrá ocho minutos, lo que tardarán sus últimos rayos en viajar hasta nosotros, para encomendar su alma a aquello en lo que crean y despedirse de lo que hasta hoy ha sido su hogar.


Cada ser humano y su memoria; cada héroe, cada conquistador y cada abuelo que ama a sus nietos; cada guerra, ganada o perdida; todos los dictadores y también cada uno de los defensores de la paz y la justicia; todos los besos que dimos y los que guardamos; en definitiva, cada instante de la historia de la humanidad, la individual y la colectiva, con sus triunfos y sus miserias, morirá con el último rayo de luz que llegue a la tierra para perderse en el olvido absoluto y en la nada.


En nombre de todos los miembros del CICFOM se les quiere hacer saber que ha sido un placer compartir esta nave que es la tierra con todas aquellas personas y formas de vida de bien que han aportado algo positivo a la existencia en el planeta y que han colaborado en hacer de nuestra casa un sitio mejor.”


Lancé hace menos de tres horas la noticia a todos los medios de comunicación. En el silencio de mi despacho, en la más absoluta soledad, dudé durante unos instantes si pulsar o no el botón de enviar. Encendí un cigarrillo, su humo me solía ayudar a tomar decisiones importantes, me concentré en el sonido que hace el papel al consumirse, releí el mensaje por enésima vez, y tras aplastar la colilla en el cenicero y observar la columna de humo menguar hasta convertirse en nada, lo envié sin más.


Con velocidad se ha difundido íntegramente por el planeta. De inmediato, las televisiones de todo el mundo cortaron su emisión para retransmitir la noticia. Las redes sociales colapsaron y los periódicos digitales copiaron y pegaron en sus páginas el contundente y dantesco comunicado. Las emisoras de radio han repetido el mensaje una y otra vez, sin parar, desde que se hiciera público, en todos los idiomas del planeta. No debe quedar un humano sobre la faz de la tierra que aún no se haya enterado de que le queda poco tiempo de vida antes de un final terriblemente trágico.


Desde mi despacho observo el último pulso del mundo y, sobre todo, contemplo, sin sorpresa, la más salvaje de las formas del ser humano, la más auténtica, la que ya no tiene nada que perder. Lo más primitivo del hombre ha aflorado con energía, como si hubiera estado esperando desde siempre este instante trágico, agazapado tras las buenas maneras y la moralina barata de nuestra sociedad.


A mi teléfono móvil llegan meteóricamente noticias de todos lados del mundo, de los lugares en que he apostado de manera estratégica a mis subordinados. Solo ellos saben la verdad de la situación, han sido adiestrados con maestría para callar. Todo, absolutamente todo, tiene un precio en metálico.


Cualquier vestigio de ética y moral se extinguió de manera inmediata tras el comunicado, el caos se ha disparado a lo largo y ancho del planeta. Los más aberrantes instintos se han adueñado de los que parecían los más nobles y de mayor honradez. Casi pareciera que estaban deseando con voracidad que llegara este momento para poder ser ellos mismos.


Algunos, asustados y acobardados, se han escondido como ratas miserables, sin intención de ayudar a otros que no sean ellos mismos, más temerosos del hombre que de la muerte del sol.

Han sido creados a toda prisa grupos de religiosos fanáticos que abogan por pedir a gritos el perdón divino. Algunos han cometido terribles sacrificios humanos y automutilaciones en un intento desesperado por ser escuchados por alguna fuerza que pueda detener esta aniquilación hacia la que nos precipitamos.


Varios incendios han arrasado los más importantes símbolos de las ciudades, así como edificios administrativos, embajadas y aeropuertos en un desbordado e incoherente arrebato de ira. Pareciera que las instituciones y los emblemas tuvieran culpa de lo que sucede más allá de sus diminutos e irrisorios tramos de tierra.


Algunos han irrumpido en el Vaticano y han comenzado a destruir obras de arte de valor incalculable, exhibiendo así una última expresión de protesta hacia aquello que siempre han considerado corrupto pero que nunca han osado hostigar con determinación, sino tras la barra de un bar o en el sillón de sus casas. Ahora, cuando no tienen ya nada que perder, ni que ganar, es cuando se han decidido a actuar. Sin haber pasado por un término medio se han precipitado hacia la violencia. El ser humano es incapaz de mantenerse en equilibrio y solo lo arranca de su cómoda posición el aliciente más extremo.


En un intento de llegar hasta la Kaaba, miles de musulmanes se han convertido en una ingente y peligrosa marea humana que ya no camina sobre el suelo en su afán de llegar al más sagrado de sus símbolos, sino por encima de los cadáveres de los que han querido llegar y en su vano intento han sido aplastados por la avalancha que venía detrás. No parece importarles el hecho de caminar sobre muerte, solos les interesa, paradójicamente, salvar su alma a tiempo a costa de lo que sea.


Me han dicho que el olor a sangre ha inundado la mezquita, que los alaridos de dolor se mezclan con los rezos agonizantes de los que tratan de llegar al centro, y que miles de peregrinos se apelotonan y empujan para poder penetrar en el recinto.


En todos los países del mundo, las personas han abandonado su puesto de trabajo y han salido a tomar las calles. Algunos, los menos, los más serenos, han ido a pasar las últimas horas de sus vacías vidas con sus seres queridos, acurrucados, lloriqueando quizás por no haber sabido aprovechar mejor su valioso tiempo. Tal vez han estado llenos siempre de la vacía sensación de inmortalidad que acompaña a la estupidez humana.


Todo esto ha ocurrido en menos de tres horas. El infierno se ha desatado sobre la faz de la tierra, nunca estuvo en realidad bajo ella, sino fragmentado en el interior de casi todos, esperando el instante de poder reunificarse para hacerlo arder con todas sus fuerzas. Enviar el mensaje no ha hecho sino dar el pistoletazo de salida a un sentimiento común que hervía de ganas de explotar.


Desde mi sillón observo el cielo a través del gigante ventanal de mi despacho, en el piso diecisiete. Juego con una moneda mientras el sol, como cada noche, sereno y rojizo, ajeno a lo que ocurre en la diminuta mota de polvo azul que ve a lo lejos, corre a ocultarse tras la línea del horizonte, formada por la silueta de los rascacielos, que se observan negros, opacados por su fulgor inmenso.


Miro con detenimiento la fotografía de mi familia que siempre tengo en mi mesa, en realidad es por ellos por quien más siento todo esto. La pequeña Ana, de tres años sonríe abrazada a Marcos, de siete. Aún son ajenos a la inmundicia en la que han nacido, solo tienen razones para continuar adelante. Marilia me da igual, no es ni mejor ni peor que yo, por mucho que la ame. Me preocupan solamente mis hijos, sin embargo, ¿qué futuro les esperaría a ellos en este planeta de horror y vacío, de infiernos escondidos, de escombros humanos?

El timbre del teléfono me saca de mis cavilaciones.


—Se te ha ido de las manos, maldito cabrón —pude escuchar al otro lado la nerviosa voz de mi socio —.Pensaste que nadie se lo iba a creer, que era un juego, pero ahora mismo han muerto personas como consecuencia de esto. La CICFOM se nos va a echar encima, joder, no sé cómo has conseguido que no hayan desmentido la noticia, ni quiero saberlo, te juro que no. De todas formas, ellos son los que menos me preocupan. Te crees el puto dueño del mundo, pero la has cagado, ¿Qué piensas hacer? –la voz del otro lado del teléfono, que había comenzado a hablar de manera nerviosa y había terminado a gritos y con la respiración agitada, me causó risa. –Maldito necio… ¿qué cojones importa que el sol no se apague mañana? la humanidad no necesita ni siquiera ocho minutos para inmolarse, lo supe desde que pusieron sus miserables destinos en nuestras manos –.


Colgué el teléfono y encendí el siguiente cigarrillo. Fumo mientras veo a la estúpida multitud precipitarse hacia su fin, y a mí con ellos.

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©2018 by  Arima Rodríguez

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